Audiencia del Papa

El Papa reitera su denuncia: «Hoy, una guerra ‘a pedazos’ se libra en varios escenarios y de diferentes maneras»

«Hijos de Dios son los que saben que no hay reconciliación sin el don de la vida, y que la paz siempre debe ser buscada»

«La paz del Señor es diferente a la que da el mundo, con sus guerras y con sus múltiples tratados de paz rotos. La paz que viene del Señor es la que “hace de dos pueblos uno solo”; es la paz que aniquila la enemistad y que reconcilia con la sangre de su cruz»

«En estos momentos que estamos viviendo a causa de la pandemia, para que, con un gesto concreto de bien, puedan llevar la ternura, la alegría y la paz de Cristo Resucitado»

15.04.2020 José Manuel Vidal

Audiencia del Papa sin gente, en la biblioteca vaticana, como viene siendo habitual desde que estallara la pandemia. El Papa Francisco glosa la bienaventuranza de los ‘hacedores de paz’ y denuncia, una vez más, que «hoy, una guerra ‘a pedazos’ se libra en varios escenarios y de diferentes maneras» y que «en el contexto de una globalización compuesta principalmente por intereses económicos, la ‘paz’ de unos corresponde a la ‘guerra’ de otros». La paz de Cristo es diferente, porque «aniquila la enemistad y reconcilia con la sangre de la Cruz».

Texto de la catequesis papal (traducción propia)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy está dedicada a la séptima bienaventuranza, la de los «pacificadores», que son proclamados hijos de Dios. Me alegro de que ocurra inmediatamente después de la Pascua, porque la paz de Cristo es el fruto de su muerte y resurrección, como escuchamos en la lectura de San Pablo. Para entender esta bienaventuranza necesitamos explicar el significado de la palabra «paz», que puede ser mal entendida o trivializada.

Debemos orientarnos entre dos ideas de paz: la primera es la bíblica, donde aparece la hermosa palabra shalom, que expresa abundancia, prosperidad, bienestar. Cuando en hebreo se desea el shalom, se desea una vida bella, plena y próspera, pero también según la verdad y la justicia, que se cumplirá en el Mesías, príncipe de la paz (cf. Is 9,6; Mic 5,4-5).

Luego está el otro sentido, más extendido, en el que la palabra «paz» se entiende como una especie de tranquilidad interior; se trata de una idea moderna, psicológica y más subjetiva. Comúnmente se piensa que la paz es la tranquilidad, la armonía, el equilibrio interior. Este segundo significado es incompleto y no puede ser absolutizado, porque en la vida la inquietud puede ser un momento importante de crecimiento. A veces es el Señor mismo el que siembra en nosotros sla inquietud, para que vayamos a encontrarlo. Mientras que puede suceder que la tranquilidad interior corresponda a una conciencia domesticada y no a la verdadera redención espiritual. Muchas veces el Señor debe ser «signo de contradicción» (cf. Lc 2,34-35), sacudiendo nuestras falsas certezas para llevarnos a la salvación. Y, en esos momentos, parece que no tenemos paz.

En este punto debemos recordar que el Señor ve su paz como diferente de la paz humana cuando dice: «Os dejo la paz, os doy mi paz». No como el mundo lo da, yo te lo doy a ti». (Juan 14:27).

Preguntémonos: ¿cómo da el mundo la paz? Si pensamos en los conflictos bélicos, las guerras normalmente terminan de dos maneras: o bien con la derrota de uno de los dos bandos, o bien con tratados de paz. Sólo podemos esperar y rezar para que siempre se tome este segundo camino; pero debemos considerar que la historia es una serie interminable de tratados de paz negados por guerras sucesivas, o por la metamorfosis de esas mismas guerras en otras formas o en otros lugares. Incluso en nuestra época, una guerra «en pedazos» se libra en varios escenarios y de diferentes maneras. Debemos al menos sospechar que en el contexto de una globalización compuesta principalmente por intereses económicos, la «paz» de unos corresponde a la «guerra» de otros. ¡Esto no es la paz de Cristo!1

En cambio, ¿cómo «da» el Señor Jesús su paz? Hemos oído a San Pablo decir que la paz de Cristo es «hacer dos, uno» (cf. Ef 2:14), anular la enemistad y reconciliar. Y la forma de llevar a cabo este trabajo de paz es su cuerpo. Porque él reconcilia todas las cosas y hace la paz con la sangre de su cruz, como dice el mismo Apóstol en otra parte (cf. Col 1, 20).

¿Quiénes, entonces, son los «pacificadores»? La séptima bienaventuranza es la más activa, explícitamente operativa; la expresión verbal es similar a la utilizada en el primer versículo de la Biblia para la creación e indica iniciativa y laboriosidad. El amor, por su naturaleza, es creativo y busca la reconciliación a cualquier costo. Se llaman hijos de Dios aquellos que han aprendido el arte de la paz y lo practican, saben que no hay reconciliación sin el don de la vida, y que la paz siempre debe ser buscada. ¡Siempre y en cualquier caso! No olvidemos esto. No es una obra autónoma fruto de la propia capacidad, es una manifestación de la gracia recibida de Cristo, que nos hizo hijos de Dios.

El verdadero shalom y el verdadero equilibrio interior fluyen de la paz de Cristo, que viene de su Cruz y genera una nueva humanidad, encarnada en una multitud infinita de santos y santas, inventivos, creativos, que han ideado formas siempre nuevas de amar. Esta vida como hijos de Dios, que por la sangre de Cristo buscan y encuentran a sus hermanos y hermanas, es la verdadera felicidad.

Una vez más, Feliz Pascua a todos, en la paz de Cristo!

 

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