La Iglesia vaciada

Por Pepe Maillo

La Amazonia sigue formando parte de la Iglesia vaciada
En el ámbito social, se ha acuñado una significativa expresión que define adecuadamente la penosa situación de los pueblos y gentes abandonadas por unas políticas y actitudes que combinan a la vez indiferencia e injusticia: “La España vaciada”, la España olvidada y desfavorecida, los pueblos del silencio. A nivel político han surgido voces con propósitos de enderezar o, al menos, paliar esta grave situación, pero las pretenciosas voces han quedado reducidas a tímidos susurros.

¿Podríamos hablar también, por analogía, de la “Iglesia vaciada”? ¿Existe una Iglesia olvidada, marginada y desfavorecida? Teóricamente, no. En la práctica, categóricamente sí. No me refiero a los deplorables y deprimentes “templos vacíos”, cada vez más desiertos, ni a las iglesias vaciadas por el coronavirus, sino a unos estratos de la estructura piramidal de la Iglesia que son relegados, postergados y reducidos al silencio. Se proclama que la Iglesia somos todos, pero se margina a no pocos en aras de unos principios eclesiales, que no evangélicos.

La exhortación del papa Francisco “Querida Amazonia” acaba de dar portazo o cerrojazo, como queramos llamarlo, al acceso de “varones idóneos casados” y de las mujeres a los ministerios de la Eucaristía y del Perdón. En una anterior reflexión mía, bajo el título “Diaconisas: Y los sueños sueños son…” (23 mayo 2019), a raíz de unas declaraciones del Papa en el avión de regreso de su viaje a Macedonia, ya presagiaba este descarte. Posteriormente, se abrieron esperanzas cuando se divulgó, con ilusoria convicción, que Francisco iba a dar un paso decisivo hacia la reforma del modelo clerical de la Iglesia, asumiendo las dos propuestas estrella que el Sínodo de Amazonia había aprobado por mayoría absoluta: la ordenación de varones casados como sacerdotes y de mujeres como diaconisas.

En la Exhortación, Francisco ha asumido alborozado los expectantes sueños de los pueblos amazónicos. Sueños que el propio Papa define y comenta gozoso. Pero qué agradable resulta soñar cuando el sueño es seductor y placentero; sin embargo, el sueño inquieto se vuelve desasosiego, si no pesadilla. El último sueño del Sínodo de la Amazonia se ha convertido en un mal sueño para Francisco. La esperanzada propuesta de la Iglesia amazónica de acceder asiduamente a la Eucaristía se ha convertido en sueño vaciado. La Amazonia nos ha revelado y puesto en evidencia que era el territorio de los pueblos alejados, olvidados y desvaforecidos. No solamente en cuanto a tradiciones y costumbres, sino también en el aspecto eclesial. Y lamentablemente, tras el dictamen de Francisco, la Amazonia sigue formando parte de la Iglesia vaciada.

La Exhortación cae en una tremenda contradicción al presentar la figura del ministro bajo la definición del sacerdocio. Su discurso es, absolutamente, una lectura sacerdotal del ministerio. Por una parte afirma que “se requiere lograr que la ministerialidad se configure de tal manera que esté al servicio de una mayor frecuencia de la celebración de la Eucaristía, aun en las comunidades más remotas y escondidas” (86); y a continuación, haciendo jerigonzas teológicas, no propone ninguna solución pastoral a esta necesidad específica; ni siquiera aparece una triste mención a la ordenación de hombres casados. ¡La sutil técnica del descarte, el silencio! Tampoco hace alusión explícita al celibato; pero al definir que el ministro, por el sacramento del “Orden sagrado”, queda “configurado con Cristo sacerdote” que le reviste de “un carácter exclusivo” (87), está decretando que quien presida la Eucaristía debe ser célibe por naturaleza. ¿Un casado no está también “configurado con Cristo” por el Bautismo? Queda claro que esta interpretación del ministerio ordenado impide centrar la ministerialidad en torno a las comunidades.

La sinrazón del argumento papal llega a la total incongruencia cuando afirma, refiriéndose a la necesidad vital de la Eucaristía en las comunidades: “Si de verdad creemos que esto es así, es urgente evitar que los pueblos amazónicos estén privados de ese alimento de vida nueva y del sacramento del perdón”. (89) Y para más desconsideración, carga sobre los diáconos permanentes, religiosas y laicos toda la responsabilidad en el vigoroso crecimiento de las comunidades. (92) ¿No hubiera sido más congruente ordenar a estos diáconos, probado que son “viri probati”, como ministros de la Eucaristía y del Perdón? Al fin y al cabo, ya han recibido el orden “sagrado” del diaconado. ¡Ah, pero están casados!… Esta situación les hace indignos. Esto es lo que ha impedido a Francisco admitir al sacerdocio a hombres casados para atender a miles de comunidades indígenas de la Amazonia, que seguirán quedándose sin Eucaristía. Como han señalado tantos comentaristas, Francisco considera más importante el celibato que la Eucaristía

¿Y la Iglesia vaciada de mujeres? Sí, sí, los templos llenos; pero la Iglesia, vaciada. Se ha ensalzado y reconocido la labor que desempeñan las mujeres en la Iglesia. Empezando por Francisco: “El papel de la mujer en la Iglesia no es fruto del feminismo, es un derecho de bautizada con los carismas y los dones que el Espíritu le ha dado” (Discurso a la UIG, 12 mayo 2016). Sin embargo, se les impide acceder a puestos de alta responsabilidad en la estructura eclesial, frente al clericalismo imperante; su misión se reduce a sumisión completa a las autoridades eclesiásticas en todo y para todo. Mujeres de la Iglesia católica, unidas en el colectivo “Revuelta de mujeres en la Iglesia”, han decidido que es el momento de decir “¡Basta ya!” y denunciar la “enorme desproporción” que existe en esta institución en la que “los hombres deciden” y ellas permanecen silenciadas. Buscan la igualdad de derechos con los varones y equiparación en el desempeño de los ministerios, sin diferencias jerárquicas, precisamente por su idéntica consagración bautismal. Tienen claro que una Iglesia clericalizada y masculinizada nunca las ha representado.

Francisco en la Exhortación no olvida a las mujeres. Pondera la labor que “con admirable entrega y ardiente fe mantuvieron a la Iglesia en pie en esos lugares durante siglos”. Y les alienta paternalmente a continuar su inapreciable quehacer en las comunidades como “bautizadoras, catequistas, rezadoras y misioneras” (99). Pero que no pasen de ahí. De lo contrario, “se otorgaría a las mujeres un status y una participación mayor en la Iglesia”; lo que supondría “clericalizarlas” (100). Reivindicar el papel de la mujer en la Iglesia no consiste en alabar su servicio y su “abnegado aporte”, es otorgarles la igualdad real, es abrirse a la desaparición del clericalismo.

La sinodalidad es una dimensión constitutiva de la Iglesia. No es una “invención” del presente Pontificado, sino una especie de “retorno a los orígenes”. Hasta que no se logre una nueva eclesiología sinodal y se coloque en el centro a la comunidad como su eje estructurador, no se podrá superar la cultura clerical reinante. Reformar es volver a la forma original. Volver a Galilea, no a Trento.

 

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