¿Una Iglesia sin futuro?

«La Iglesia –esta Iglesia- no tiene futuro. Se acaba»

Aradillas: «La Iglesia es mucho más que los templos que la albergan y los burócratas que la sirven»

Mitras, báculos,  anillos, cetros, tronos, capas pluviales, sillas gestatorias, ceremonias  litúrgicas o para- litúrgicas, ornamentos  que se dicen  sagrados, privilegios, broches de oro o de plata, piedras preciosas, inciensos, tratamientos, gestos regios o imperiales, mansiones palaciegas…

Mitras episcopales

23.05.2020 Antonio Aradillas

Una vez más, ni quiero,  ni debo dejar de proclamar, con legitimidad, evangelio, buen gusto y sentido común,  algunas de las reacciones que sienten y padecen  los cristianos ante estampas  tan absurdamente clericales como las que se nos prodigan  sobre todo en las ceremonias litúrgicas …A todas ellas, y a tantas otras más, las definen  el poder, la soberbia, el sentirse poseedor  de la verdad  y, sobre todo y por encima de todo,  su tan cuestionada sacralidad, por su condición de “ministros sacramentalizados” del único y verdadero Dios, Creador y Señor del cielo y la tierra

Representada, revestida, predicada y propuesta la Iglesia  de esta manera,  automáticamente dejó de ser  la Iglesia de Jesús, para convertirse en otra cosa, institución, organización o en un contubernio cualquiera. Sus protagonistas dimitieron “ipso facto” de toda consideración y estigmatización  religiosas, para no pasar de siervos y esclavos de intereses personas o de grupos, en provecho exclusivo de satisfacciones  plenarias en esta vida    y hasta en la otra, aún cuando tal satisfacción exigiera manipular no pocos textos, y buena parte de la doctrina  impartida y vivida en los santos evangelios.

La Iglesia –esta Iglesia- no tiene futuro. Se acaba.  Es decir, se nos está acabando sobre todo jerárquicamente. El mismo concepto de “jerarquía” y -”servicio sagrado al pueblo”-, y la vigencia y estilo  de quienes la componen en líneas generales, así lo testimonian, afirman y reafirman. Es incomprensible, inexplicable y absurdo aspirar a ser, y a ejercer de “jerarquía”, haciendo uso de los  símbolos,  con los que se presentan y actúan sus miembros,  paganos por historia, por “santas” tradiciones y por los abusos que justificaron y hasta  “consagraron”…

Mitras, báculos,  anillos, cetros, tronos, capas pluviales, sillas gestatorias, ceremonias  litúrgicas o para- litúrgicas, ornamentos  que se dicen  sagrados, privilegios, broches de oro o de plata, piedras preciosas, inciensos, tratamientos, gestos regios o imperiales, mansiones palaciegas,  acólitos en su diversidad  de versiones (desde  las “dignidades eclesiásticas canonicales”  hasta las de los monaguillos/as) , tintinábulos y campanas,  sermones… difícilmente hacen y son testimonios  vivientes  de la Iglesia,  por supuesto que sin el “Visto Bueno” de los santos evangelios, que silenciará no pocos  artículos del Código de Derecho Canónico, y algunos  “preceptos” conciliares  elaborados y proclamados  al dictado  de intereses políticos regios o “feudales”

La Iglesia es mucho más –y muchísimo menos-  que los templos que la albergan  y que los burócratas que la sirven, en el caso en el que no  se sirvan de ella como suprema justificación para sus desmanes.. Servirse de la Iglesia es tarea, actitud y vocación  carrerista  merecedora de  las tonantes  descalificaciones “franciscanas”, de las que emplea  con rigor  el papa actual. Servirse, que no servir, a la Iglesia, y en ella a quienes más lo necesitan  por sus pobrezas y desvalimientos, es una ofensa a Dios  y a Jesús, su “Alter Ego” enviado por Él para tan santa  misión y ministerio.

La presencia activa y litúrgica de las capas magnas  cardenalicias  y tantos  otros signos- sacramentos, que exornan los actos  de piedad, de culto y adoración a Dios  en sus santos y santas , espantan al personal que todavía  participa, “oye”, “va” o “está” en las misas, con promesas definitivas por su parte  de no exponerse  más a asistir a tal espectáculo ornamental, que le roban  la piedad y la razón de ser religiosa…

Desde aquí, con santas urgencias  y con el evangelio en la mano, en nombre de muchos le pido a Dios  que las misas sean misas de verdad  y que la parte añadida que tienen  de función,  de misterio  y de aparatosa espectacularidad  y puesta en escena de sus protagonistas, pase  a mejor  vida,  enclaustrada  en los archivos, bibliotecas  y museos….

Pero, ¿ cómo es posible  que a estas alturas, y con la que está cayendo sobre las mitras episcopales –gracias sean  dadas a una monja de 95 años cumplidos- , ninguno de sus ilustrísimos y reverendísimos porteadores se haya decidido a prescindir voluntariamente de ellas? ¿Será acaso  por la sencilla, práctica y “pastoral”  exigencia de que en el diccionario de la RAE, además de “gorro alto”, mitra  expresa también  la idea académica, nada menos que la  de “cargo de obispo o de arzobispo”?

Y, por favor,  y además del tema de las mitras, aclárennos de una santa vez, el sentido y contenido actuales de los colores propios de los tiempos litúrgicos y de las fiestas de santos y santas. En el organigrama hoy vigente  y activo en la vida  social y convivencial, los colores, precisamente estos colores, donde, cuando y entre quienes poseen plena  vigencia, con  himnos, compromisos, financiación y entusiasmo, “dimes y diretes”, sacrificios  y, en ocasiones, hasta persecuciones,  es en las esferas que se relacionan con los partidos políticos o con los clubes y equipos de fútbol  y otros deportes…

 

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