Discriminación de la mujer en la Iglesia

Antonio Aradillas: «Todas las mujeres son anatemas; una discriminación legalizada»

Mujeres sacerdote

«Por un quítame allá este canon del Código de Derecho Canónico», está abocada la Iglesia a afrontar uno de los problemas de mayor gravedad que se le ha planteado en la historia

El canon es el 1024 en el que sin ambages se proclama y define que “solo el varón bautizado recibe válidamente la ordenación sacerdotal»

Tal discriminación, además de absurda, produce el riesgo de que la mitad de la clientela, que es femenina, borre sus nombres del listado, o del libro parroquial de partidas del santo bautismo

En religión, llegar tarde es siempre pecado. Es no llegar. Y esto incluye consecuencias aún más cuando la mujer es su protagonista, como madre, esposa, hermana, monja o religiosa. Es sobre todo, una descortesía

Son ya muchas las mujeres, teólogas o no, los teólogos y parte importante del pueblo de Dios, que lamentan y no “pasan” ya de la discriminación “religiosa” que la mujer por mujer padece en la Iglesia

Los señores curiales, doctores en misoginia, van a tener que hacer horas «extras» firmando actas de anatemas a diestro y a siniestro… Por poner un ejemplo cercano, los lectores/as de RD son –somos- muchos…

07.08.2020 Antonio Aradillas

Simple y llanamente, y “por un quítame allá este canon del Código de Derecho Canónico”, está abocada la Iglesia a afrontar uno de los problemas de mayor gravedad que se le ha planteado en la historia, con dramática y particular mención para los presentes. El canon es el 1024 en el que sin ambages se proclama y define que “solo el varón bautizado recibe válidamente la ordenación sacerdotal”.

La noticia fue, es y, si Dios no lo remedia, seguirá siendo, noticia-primer titular en los medios de comunicación social, eclesiásticos o no, siempre y cuando algún dato, detalle o comportamiento masculino, y aún femenino, pero clerical, actualice algunas de sus múltiples consecuencias humanas y divinas.

Y es que, a estas alturas políticas y familiares, que a la mujer, por mujer, no se le considere apta para asumir y realizar idénticas labores y ministerios que al hombre-varón, parece increíble, inaceptable e impropio de una civilización medianamente culta. Tal discriminación, por legalizada que esté y aún porque algunos pretendan acorazarla además con razones bíblicas, teológica y aún para-dogmáticas, además de absurda, y ofensiva para el conjunto de los seres humanos, produce en la comunidad eclesial heridas difícilmente subsanables, con el riesgo de que la mitad de la clientela, que es femenina, borre sus nombres del listado, o del libro parroquial de partidas del santo bautismo, o se anclen en la categoría sociológica de exclusividad de pertenencia “ritual” a catalalogaciones religiosas, sin compromisos y ”sin pena ni gloria”, hoy todavía tan en uso.

Las mujeres no fueron jamás repudiadas por Jesús, con su ejemplo y doctrina, aún con el reconocimiento oficial u oficioso de su “reputada” condición de “públicas” o “de la vida”. La mujer fue merecedora de más y mejores atenciones de aceptación y comprensión que los varones, destacándose además que la reacción de agradecimiento por parte de las mismas se correspondió con creces, sinceridad, dolor o alegría, tal y como lo aconsejaron, o impusieron, las circunstancias, sobre todo en su Pasión y Resurrección.

No es de mi competencia adoctrinar acerca de la validez, o ilicitud, de los anatemas dirigidos al por ahora limitado grupo internacional de mujeres “ordenadas-consagradas” por vocación para actuar como sacerdotes, haciendo caso omiso del canon 1024 del Código de Derecho Canónico en su edición del año 1983, reforzado una y otra vez, con declaraciones pontificias en diversidad de fórmulas y versiones, aunque sin citar jamás el término dogma, pero sí el de la excomunión, con alegrías chapuceras de presuntos teólogos, quienes cuando cambien las circunstancias –que cambiarán-, no serán los últimos en apuntarse a la “Iglesia en salida”, con eso de tener que vivir de ella, por haberlo hecho sempiternamente así…

Pero todo se andará. El camino no será ya largo. No hay tiempo de más. Aunque sea doloroso. Pero aún a los mismos “misterios” tradicionales del santo Rosario se les añadieron, en su día, también los episodios de los “luminosos”, a recitar precisamente los jueves, cuarto día de la semana, dedicado además a Júpiter. En religión, llegar tarde es siempre pecado. Es no llegar. Y esto incluye consecuencias aún más cuando la mujer es su protagonista, como madre, esposa, hermana, monja o religiosa. Es sobre todo, una descortesía. Y esta no cabe en la Iglesia, por afectarle a su desarrollo y por imposibilitar cualquier convivencia dentro de la misma.

Con, o sin anatemas, la mujer llegará prestamente a ejercer ministerio sacerdotal con todas sus consecuencias salvadoras y con la seguridad que lo hará exactamente igual- o mejor- que el hombre-varón. La condición esencial de la nota de ecumenicidad de la Iglesia católica así lo demanda con lógica, aunque todavía sin plenos convencimientos “curiales”

“Anatematizar” no es palabra cristiana. Ni humana. Es ritual. En este caso, canónica y con la infeliz comprobación de que a no pocos “anatematizados” y “anatematizadas” “en el nombre de Dios”, un día, otro papa les coronó santos y santas, “ con elevación al honor de los altares”.

Ante tan indeciso panorama eclesiástico y eclesial, quede bien claro que son ya tantas las mujeres, teólogas o no, los teólogos y parte importante del pueblo de Dios, que lamentan y no “pasan” ya de la discriminación “religiosa” que la mujer por mujer padece en la Iglesia, lo que obligará a los señores curiales, doctores en misoginia, a hacer horas “extras” firmando actas de anatemas a diestro y a siniestro… Por poner un ejemplo cercano, los lectores/as de RD son –somos- muchos…

 

 

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