Hacia una mística de ojos abiertos…

Hacia una mística de ojos abiertos, corazón solidario y amor políticamente eficaz (I) 

 

Juan José Tamayo

Estamos celebrando este año el décimo aniversario del fallecimiento de Raimon
Panikkar, místico itinerante, que supo aunar en su vida y su pensamiento ambas
dimensiones –mística e itinerancia- con una extraordinaria coherencia y fue capaz de conciliar en su persona experiencias místicas de diferentes religiones: judía, cristiana, hinduista, budista, y la mística secular.

2020 es también un año de para recordar a teólogas y teólogos nonagenarios que
brillan con luz propia y viven –o vivieron- la mística no como evasión y huida del
mundo, sino en el corazón de la realidad con todas sus contradicciones, al ritmo de la historia, en el horizonte de la liberación, en busca de nuevos valores humanistas y ecológicos y desde el compromiso por la transformación personal, comunitaria y
estructural.

Me refiero a Gustavo Gutiérrez, para quien el método de la teología de la
liberación es la espiritualidad; a Johan Baptist Metz, fallecido el año pasado, que
propone una “mística de ojos abiertos”, que lleva a con-sufrir, a sufrir con el dolor de los demás; a Pedro Casaldàliga, que vive la mística en el bien decir estético de su
poesía, en el compromiso con los pobres de la tierra y en defensa de los derechos de las comunidades indígenas y afrodescendientes; a Hans Küng, ejemplo de mística interreligiosa que conduce al diálogo simétrico de religiones, espiritualidades y saberes; a Dorothee Sölle, fallecida en 2003, que supo compaginar en su vida y su teología armónicamente mística y feminismo desde la resistencia.

Celebramos el ochenta y dos aniversario del nacimiento Leonardo Boff, que
definió a los cristianos y cristianas como “contemplativos en la liberación” y de Jon
Sobrino, testigo de la mística vivida en torno al martirio y de la “liberación con
espíritu”, convencido como está de que “sin práctica, el espíritu permanece vago,
indiferenciado, muchas veces alienante”; el ochenta y cinco aniversario de Juan Martín Velasco, fallecido en abril pasado, místico en tiempos de ausencia de Dios, y el ochenta aniversario del nacimiento de la carmelita Cristina Kauffmann, fallecida en 2006, cuya vida fue, en palabras suyas “un correr hacia Dios”.
Ellas y ellos han hecho realidad la conocida afirmación de Karl Rahner: “El
piadoso de mañana o bien será un ‘místico’, una persona que ha ‘experimentado’ algo, o no será nada” 1 .

Preguntas
Pero llegados aquí me surgen no pocas preguntas. Hace cerca de 40 años,
Gustavo Gutiérrez se preguntaba en su libro La fuerza histórica de los pobres si tenía sentido seguir haciendo teología en un mundo de miseria y opresión, si la tarea más urgente no era más de orden social y político que teológica, si se justificaba dedicarle tiempo y energía a la teología en las condiciones de urgencia que vivía América Latina y si los teólogos no estarían dejándose llevar más por la inercia de una formación teológica que por las necesidades reales de un pueblo que lucha por su liberación 2 .
Yo me planteo y os planteo similares preguntas, en este caso en relación con la
mística. ¿Tiene sentido hablar de mística en tiempos de secularización, de crisis de Dios y de fundamentalismos religiosos? ¿Se trata de la búsqueda de una “nueva
espiritualidad” o, más bien, de una especie de “tapa-agujeros” en una época post-
religiosa y de una manera de evadirse de la realidad? ¿No puede parecer una distracción ociosa hablar de mística en medio de la pandemia provocada por el coronavirus con cerca de cuatro millones de personas contagiadas en el mundo y doscientas setenta mil fallecidas y con una postpandemia de incalculables consecuencias para el futuro de la humanidad?
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11 Tomo la cita de Johann Baptist Metz, Por una mística de ojos abiertos. Cuando
irrumpe la espiritualidad, Herder, Barcelona, 2013, p. 182.
2 Gustavo Gutiérrez, La fuerza histórica de los pobres, CEP, Lima, 1979 (Sígueme,
Salamanca, 1982).

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A la vista de las grandes brechas abiertas en el mundo entre ricos y pobres,
hombres y mujeres, personas “nativas” y “extranjeras”, pueblos colonizados y potencias colonizadoras, de tamañas situaciones de injusticia estructural, del crecimiento de la desigualdad, de las agresiones contra la tierra, contra los pueblos originarios, contra las mujeres, contra la memoria histórica y a favor del olvido: feminicidios, ecocidios, epistemicidios, genocidios, biocidios, memoricidios, ¿se puede seguir hablando de mística con un discurso que no sea alienante y unas prácticas religiosas que no sean estériles?

Las preguntas se tornan más urgentes y radicales todavía tras las dramáticas
imágenes que vemos a diario en televisión de personas migrantes, refugiadas y
desplazadas que quieren llegan a nuestras costas surcando el Mediterráneo o saltar las vallas con concertinas y mueren en el intento por la insolidaridad de la “bárbara” Europa llamada “cristiana” o que, procedentes de los países centroamericanos empobrecidos por el voraz y salvaje capitalismo, son detenidas en la frontera de Estados Unidos y separados los niños y niñas de sus padres y madres. O en los campos de refugiados donde viven hacinadas decenas de miles personas en condiciones infrahumanas, las mujeres son abusadas, muchos niños y niñas deambulan solos y desnutridos y a todos se les ha robado la esperanza y el futuro, muy difíciles de recuperar.

Son preguntas que me golpearon durante la visita que hice hace un par de años a
la Casa Museo de la Memoria de Medellín (Colombia), donde vi las estremecedoras
imágenes que representaban a las 8.731.000 víctimas oficiales (las reales son muchas más) del conflicto colombiano. Fueron víctimas de masacres, desapariciones forzosas, violencia sexual, amenazas múltiples, homicidios, reclutamientos forzosos, desplazamientos forzosos, torturas, despojo de bienes, separaciones familiares, etc.

¿Es posible hablar de mística y ser místicos y místicas en un mundo construido
sobre el sistema de dominación patriarcal que inferioriza a las mujeres, naturaliza dicha inferioridad, ejerce la violencia machista de manera sistemática e incluso la justifica a partir de la masculinidad hegemónica y, en el caso de las religiones, de las masculinidades sagradas, que dicen representar a Dios? En medio de la dictadura del patriarcado que convierte a las mujeres en ¿No se corre el peligro de convertir la experiencia mística en evasión de la realidad y el discurso sobre la mística en música celestial?

¿Cómo pueden pensar y vivir la mística las mujeres en las instituciones
religiosas donde con frecuencia imperan las estructuras patriarcales, se elaboran
discursos androcéntricos, se impone a las mujeres una moral de esclavas, se niega su corporalidad y no se las reconoce como sujetos morales, religiosos y teológicos
autónomos, cuando la mística constituye una afirmación de la subjetividad y de la
autonomía, como veremos en el artículo siguiente?

Tras la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y el Mal Absoluto que fue el
nazismo, el filósofo de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno, afirmó en su libro
Notas sobre literatura: “No querría yo quitar fuerza a la frase de que es de bárbaros
seguir escribiendo poesía lírica después de Auschwitz” 3 . ¿Podemos hacer la misma afirmación hoy en relación con la mística?

Aquí dejo planteados los interrogantes. Dejo tiempo suficiente para que los
lectores y lectoras puedan responder a partir de las preguntas que vayan plantándose. Mi respuesta, en el siguiente artículo.

 

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