La Buena Noticia del Dgo. 4º Adv-B

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo

Hágase en mí según tu palabra

El evangelista Lucas temía que sus lectores leyeran su escrito de cualquier manera. Lo que les quería anunciar no era una noticia más, como tantas otras que corrían por el imperio. Debían preparar su corazón: despertar la alegría, desterrar miedos y creer que Dios está cerca, dispuesto a transformar nuestra vida.

Con un arte difícil de igualar recreó una escena evocando el mensaje que María escuchó en lo íntimo de su corazón para acoger el nacimiento de su Hijo Jesús. Todos podemos unirnos a ella para acoger al Salvador. ¿Cómo prepararnos para recibir con gozo a Dios encarnado en la humanidad entrañable de Jesús?

«Alégrate». Es la primera palabra que escucha el que se prepara para vivir una experiencia buena. Hoy no sabemos esperar. Somos como niños impacientes, que lo quieren todo enseguida. No sabemos estar atentos para conocer nuestros deseos más profundos. Sencillamente se nos ha olvidado esperar a Dios, y ya no sabemos cómo encontrar la alegría.

Nos estamos perdiendo lo mejor de la vida. Nos contentamos con la satisfacción, el placer y la diversión que nos proporciona el bienestar. Sabemos que es un error, pero no nos atrevemos a creer que Dios, acogido con fe sencilla, nos puede descubrir nuevos caminos hacia la alegría.

«No tengas miedo». La alegría es imposible cuando vivimos llenos de miedos, que nos amenazan desde dentro y desde fuera. ¿Cómo pensar, sentir y actuar de manera positiva y esperanzada? ¿Cómo olvidar nuestra impotencia y cobardía para enfrentarnos al mal?

Se nos ha olvidado que cuidar nuestra vida interior es más importante que todo lo que nos viene desde fuera. Si vivimos vacíos por dentro, somos vulnerables a todo. Se va diluyendo nuestra confianza en Dios y no sabemos cómo defendernos de lo que nos hace daño.

«El Señor está contigo». Dios es una fuerza creadora que es buena y nos quiere bien. No vivimos solos, perdidos en el cosmos. La humanidad no está abandonada. ¿De dónde sacar verdadera esperanza si no es del Misterio último de la vida? Todo cambia cuando el ser humano se siente acompañado por Dios.

José A. Pagola

Testigos de la Palabra

En el centenario del nacimiento del cardenal Eduardo F. Pironio, profeta de la alegría y la esperanza (y II)

CARD. AQUILINO BOCOS MERINO, CMF

Eduardo Pironio, como sacerdote (1943) y obispo (1964), se encontraba ejerciendo su ministerio en un contexto cultural, social, político y eclesial poblado de contrastes y desafíos que originaban conflictos y, a la vez, alumbraban nuevas expectativas. No solo Argentina, también toda América Latina, era entonces un hervidero de sueños que apuntaban al progreso, a la liberación, a la igualdad, a la justicia y a la paz. Existía un clamor por acabar con las zonas empobrecidas, los pueblos marginados, las villas miseria, las carencias para llevar una vida digna en vivienda, educación, trabajo estable y sanidad. Se sentía la imperiosa necesidad de superar, en el conjunto de los pueblos, la marginación social, política y cultural. América Latina comenzaba a tener su propia voz en el concierto de las naciones pidiendo respeto y apoyo para salir de tanta postración y exclusión.

Los primeros años del ministerio de Pironio están dedicados a la formación de seminaristas, al acompañamiento a grupos de la JOC, a la dirección de ejercicios espirituales, a la ayuda a sacerdotes y comunidades religiosas. Primero, con una visión inquieta hacia la novedad que se vislumbraba en la Iglesia. Después, desde las orientaciones ofrecidas por el Concilio, los sínodos y el Magisterio de la Iglesia. Un primer impacto lo recibió al leer las encíclicas de san Juan XXIII: ‘Mater et Magistra’ (1961) y ‘Pacem in terris’ (1963).

Una clave significativa y constante en el pensamiento del cardenal Pironio fue “vivir la hora”. Finalizados los estudios en Roma, llega a Argentina y, al año siguiente (1955), se produce el golpe militar que derrocó a Perón. En 1956, escribe en la revista ‘Notas de Pastoral Jocista’ un artículo titulado “La importancia de nuestra hora”, en el que declara: “La misión de los cristianos hoy es volver a poner a Dios en el ritmo de la historia. Volverlo a poner en la economía, en el derecho, en la cultura, en la política, en la vida profesional, social y familiar. En una palabra, volver a ponerlo en el campo de las tareas temporales. (…) El cristiano no se puede abrir a Dios sino desde la situación concreta en que se mueve y con vehementes deseos de iluminarla. La única actitud buena es la de una fe viva y encarnada”. Cuando habla de “la hora”, no oculta su radical y firme convicción: “Quiero ser un hombre de fe que irradie la Luz desde la frontera de la eternidad”.

‘La hora’ es crucial, magnífica y dramática; tiempo de prueba y de esperanza. Es el hoy de la purificación y de la salvación, tiempo de muerte y de resurrección. Al hablar de ella, Pironio se inspira en el pasaje evangélico de Juan, donde se contrapone el destino del hombre griego o pagano y del seguidor de Jesús (cf. Jn 12, 20-30). A la luz de este texto, relee, con ojos bien abiertos, la realidad histórica. Intenta situarse ante su complejidad y analizar el tejido cultural, social y eclesial. Procura vivir el presente con sentido crítico y afrontar el ‘aquí y ahora’ con magnanimidad y generosidad. En su intento, desvela la lucidez del pensamiento abierto y creativo que le bullía dentro. La vigilancia y la responsabilidad le liberan de las tinieblas y engaños y le abren a la nueva luz y a la nueva vida que, por doquier, emerge como un don.

En la vida ministerial de Pironio se pueden apreciar diversos períodos. Cada uno de ellos tiene sus propios desafíos y oportunidades, tensiones y satisfacciones, crisis y esperanzas. El hilo conductor es el discernimiento de los signos de los tiempos y lugares. La luz le llega de Jesús, de su Palabra, de su Cruz, de su Pascua. En la contemplación percibe el viento del Espíritu. A los pies de Jesús resucitado se siente reconciliado, lleno de alegría y de esperanza.

1. Antes y durante el Concilio. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, florecieron y fructificaron varios movimientos: cultural, social, bíblico, litúrgico, patrístico, teológico, laical, ecuménico y misionero. Todos tienen su incidencia en la preparación del Concilio Vaticano II. Es como si el Espíritu Santo hubiera ido preparando este trascendental acontecimiento del siglo para la Iglesia y para el mundo. Pironio, días antes de iniciar el Concilio, escribía: “Dentro de poco estaremos ya en pleno Concilio. (…) Será la primera floración de aquella primavera de la historia y de la Iglesia tan providencial y reiteradamente anunciada por Pío XII y, en parte, realizada en la madurez de sus frutos”. Participó en el Concilio: primero, como observador; luego, como perito; y, finalmente, ya obispo, como padre conciliar.

Vivió el Concilio como un verdadero Pentecostés. Disfrutó al escuchar que el Papa consideraba el Concilio como una reunión fraterna de obispos y que la Iglesia, Esposa de Cristo, debe recurrir hoy menos a las armas de la severidad que al remedio de la caridad. Veía en el acontecer conciliar el modo en que el Espíritu animaba a la Iglesia a ser ‘Luz de las gentes’ (LG) y ‘Esperanza de los pueblos’ (GS). Cada documento aprobado era motivo de acción de gracias.

En dos campos intervino especialmente: en el papel de los laicos en la Iglesia y en algunos puntos de la redacción de la constitución ‘Gaudium et spes’. Lo más satisfactorio para él fue la nueva mentalidad y los nuevos compromisos que asumía la Iglesia en la transformación del mundo a la luz del Evangelio.

2. Durante el servicio al CELAM. Asumió como gran empeño transmitir y hacer germinar las orientaciones del Concilio en América Latina. En noviembre de 1967, es nombrado secretario del CELAM. Fue un acto de reconocimiento a su capacidad de ofrecer iniciativas y a su servicio de animación espiritual y pastoral. Poco después, el Papa le nombrará secretario de la Conferencia de Medellín. Estamos en 1968, año del paso de la televisión en blanco y negro al color; pero un año que venía precedido de turbulencias y convulsiones en distintos países de Latinoamérica y de revoluciones culturales y protestas en Uruguay, Guatemala, México, Francia (el Mayo francés en París), Berlín y tantas otras ciudades del mundo.

Pironio, desde la Secretaría y la Presidencia del CELAM, se hizo voz viva y vigorosa para despertar la conciencia de la Iglesia. Ante el Sínodo de 1971, escribe: “Hoy la Iglesia de América Latina vive providencialmente ‘su hora’. Hora decisiva de esperanza y compromiso. Hora llena de la actividad y exigencias del Espíritu. No es euforia ni tranquilidad pasiva. Es serenidad en Dios y urgencia de trabajo. Es, sobre todo, la hora de la generosa donación de todos y de la fecunda glorificación por la cruz (Jn 12, 23-24)”.

Quien relea los discursos y artículos contenidos en su libro ‘Escritos Pastorales’ (BAC, 1973) descubrirá el énfasis y alcance que tiene “la hora” en América Latina. En la presentación, detalla: “No es precisamente la hora del triunfo o del prestigio. Es la hora del desprendimiento y la muerte, de la presencia y la donación, de la cruz y la esperanza. Algo definitivamente nuevo y comprometedor está obrando el Espíritu de Dios en nuestra Iglesia”.

En este año 1968, escribe la ‘Oración a Nuestra Señora de América’ (disponible en Internet). En ella refleja su amor al pueblo latinoamericano pobre y peregrino, lleno de esperanza en el Jesús que María trae en sus brazos y “nos hace fuertes, ricos y libres”. Expone a María las acuciantes necesidades: “Falta el pan en muchas casas, falta la verdad en muchas mentes, falta el amor en muchos hombres, falta el Pan del Señor en muchos pueblos”. Clama hacia Ella: “Señora de los que peregrinan: somos el Pueblo de Dios en América. Somos la Iglesia que peregrina hacia la Pascua”. Concreta los deseos para los miembros de la Iglesia: “Que los obispos tengan un corazón de padre. Que los sacerdotes sean los amigos de Dios para los hombres. Que los religiosos muestren la alegría anticipada del Reino de los Cielos. Que los laicos sean ante el mundo testigos del Señor resucitado”.

Las oraciones compuestas por Pironio –especialmente esta– sintetizan el programa de su servicio a la Iglesia en Latinoamérica, que proyectará, posteriormente, a la Iglesia universal en Roma. Algún periodista ha visto en esta ‘Oración a Nuestra Señora de América’ una sintonía espiritual entre Pironio y Bergoglio.

3. Ejercicios en el Vaticano (1974). El título fue “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21), pero el tema central era “la Iglesia de la Pascua”. La segunda meditación fue ‘La fidelidad a nuestra hora’. En ella ofrece una perfecta radiografía de la situación eclesial y mundial. Las crisis de identidad y pertenencia estaban en el momento álgido, tanto para sacerdotes y religiosos como para instituciones laicales. A la pregunta: ¿qué significa ser fieles a nuestra hora?, responde: “a) Descubrir, amar y vivir intensamente esta hora: es el único capítulo de la historia de la salvación que nos toca escribir a nosotros. Y siempre hay que escribirlo ‘con la sangre que pacifica’ (Col 1, 20); b) penetrar evangélicamente en los signos de los tiempos, escuchar al Espíritu Santo, que nos habla en el silencio interior, en la Palabra revelada, en los acontecimientos de la historia, en el rostro de cada hombre, en la expectativa y en las aspiraciones de los pueblos; c) dar todo al Señor, que vive en esta Iglesia concreta: glorificadora del Padre y servidora de los hombres”.

4. En los últimos años y ante el tercer milenio. Seguía insistiendo en la necesidad de aceptar el desafío providencial de ‘nuestra hora’, amarla con gratitud y vivirla con intensidad serena. Durante 12 años presidió el Consejo de Laicos. ¡Una bendición para la Iglesia! Hay dos puntos de referencia claves: el Sínodo sobre los laicos (1987) y su exhortación postsinodal (ChL), y la proximidad del tercer milenio. La exhortación, en la que tanto influyó el cardenal, se sitúa en “esta magnífica y dramática hora de la historia, ante la llegada inminente del tercer milenio. (…) Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso” (n. 3). (…)

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