Otras formas de ser Obispo en la Iglesia

Pikaza: “Necesitamos obispos distintos, hombres y mujeres, elegidos de manera diferente”

Se habla estos días de quinielas e incluso de “carambolas” episcopales en España y en muchos países del mundo. Muchos medios presentan el nombramiento y cambio de sede de los obispos como un simple ejercicio de poder sacral, como una medida de política eclesial, no de evangelio. No hará falta poner ejemplo. En España se está hablando de “baile” o ajedrez de obispo (con peones, torres y reinas..), entre Donostia y Ciudad Rodrigo, Cádiz y Compostela, Salamanca, Córdoba, Sevilla etc., y lo mismo en otros países.
La forma en que se nombra actualmente a los obispos, y la manera que ellos tienen de “ejercer su poder” no parece la mejor, y muchos pensamos que es preciso cambiarla, no sólo para elegir obispos (varones o mujeres), sino para que puedan dejar de serlo, sin que ello sea castigo ni tragedia, de forma que vuelvan al “cuerpo común” de los cristianos, pues el episcopado no es un “orden ontológico” más alto, ni una jerarquía personal permanente, sino un servicio de iglesia que dura mientras la iglesia y el mismo obispo lo quiera.
No es fácil dar recetas: Una cosa son las diócesis grandes de siglos, y otra las nuevas iglesias misioneras… Una cosa es protestar y pedir cambios, otra cosa es iniciarlos de hecho, según el evangelio… Una cosa son los obispos actuales, “jerarcas varones célibes”, casados (de anillo) con la Iglesia, otra cosa son los obispos servidores de las comunidades nuevas, al estilo de las primitivas,varones o mujeres, casados o solteros… que han de venir muy pronto, en la línea del Pedro (casado) o de Pablo (soltero), ambos misioneros y creadores/servidores de iglesias.
Han pasado dos milenios de iglesia “occidental” (romana) con fórmulas distintas de ejercer el “nombramiento” y la misión episcopal. Empieza el tercer milenio. Si las iglesias de occidente no quieren caer en la insignificancia deberán (=deberemos) buscar nuevas formas de nombramiento y ejercicio episcopal, según el evangelio
10.12.2020 Xabier Pikaza
Jesús no fue obispo
No quiso establecer una Iglesia/institución de obispos residenciales sino un movimiento de reino. Es evidente que, si para realizar su misión y perdurar ella ha debido estructurarse, y en parte lo ha hecho bien, al modo romano, como sistema de poder. Pero ese modelo está acabando y ella debe volver al principio para retomar el camino.No defiendo una iglesia invisible, sino bien visible, pero no en línea de poder, sino de animación/fermento, no como estructura sacral fija, sino como impulso libre y creador de vida, de oración, de amor mutuo, de resurrección.
Muchos tienen la impresión de que un tipo de iglesia establecida tiene miedo al evangelio, a la novedad que supone su fermento de gracia y libertad personal, de comunión y servicio de evangelio. Y mientras tanto va creciendo el divorcio cada vez mayor entre la jerarquía eclesial (un tipo de “aparato”) y el conjunto del “pueblo cristiano” (y no digamos del pueblo no cristiano, que “pasa” del tema.
Jesús no fue obispo al modo actual, sino un “lego”, hombre del pueblo, que volvió a los símbolos básicos de la vida, el pan y vino compartido, el amor a los necesitados, la gratuidad… No quiso crear instituciones sacrales mejores, ni un orden de ritos nuevos, sino abrir un camino de amor para todos los humanos…
Pero después, los cristianos hemos creado una iglesia de jerarcas, ratificado la diferencia ministerial entre varones y mujeres; hemos clericalizado las funciones administrativas de la comunidad, hemos elevado sobre el conjunto de la iglesia un orden (o casta) de funcionarios, muy inteligentes y dotados, pero que no responden al evangelio.
Ha terminado un ciclo histórico: estamos ante la última generación de ministros (obispos y presbíteros) clericales o sacerdotales de la iglesia. Y tiene que llegar una generación nueva de cristianos, liberados para un tipo de ministerio no jerárquico, a partir de las mismas comunidades, sin condiciones de celibato, sin discriminación de sexo (obispos varones y obispos mujeres; obispos casados u obispos célibes), una generación de servidores del evangelio que no sean sacerdotes jerárquicos, ni tengan poder sagrado, ni puedan convertirse en grupo o casta por encima de los fieles.
En principio, cambios no han de venir de la “cúpula” clerical (aunque es tiempo de que ella cambie), sino de la raíz del evangelio, desde el recuerdo del Jesús y las primeras comunidades cristianas, desde la fe del pueblo. Son muchos los buenos cristianos que no se sienten representados ni dirigidos por el tipo actual de jerarquía; no se les puede acusar de rebeldes, ni llamar anti-cristianos, o protestantes, porque la rebeldía protestante debe integrarse en la iglesia católica, para tenga allí fruto. Pero no ha de ser una protesta en contra, sino a favor del evangelio, en la línea del mensaje y camino de Jesús en Galilea, tal como ha sido ratificado en la “pascua”, que nos lleva de Jerusalén a la nueva montaña de Galilea (Mt 28, 16-20) para extenderse desde allí a todas las naciones.Tenemos que volver al principio del evangelio, a la puerta de todos los servicios eclesiales que es Jesús.
Se ha dicho y se dice que ese cambio es imposible, que la iglesia (como todas las instituciones sociales de prestigio) se mantiene por sus jerarquías de poder… Pues bien, en contra de eso, la iglesia ha de mostrar que ella es distinta, que puede instituirse a modo de comunión personal, sin estructuras de imposición fijadas para siempre. No estoy defendiendo un angelismo, la pura improvisación: dejar que cada uno viva y haga como quiera, llamándose cristiano. Parece que nos da miedo la religión de la vida entera, de la comunicación festiva de los hombres y mujeres en la eucaristía.
Para introducir el tema: ¿Palabra de Dios hecha carne en el obispo?
La iglesia no es un “sistema de poder”, sino una experiencia de libertad y vida compartida. Nadie es en ella función de nadie; no hay en la iglesia una clase de tropa, como no hay clase de jerarquía. Pero puede y debe haber en ella un tipo de “servicios”, en línea de evangelio.
1. Los servidores o “ministros” de la iglesia han ser hombres y/o mujeres que han tenido experiencia de Jesús. Por eso, la autoridad de los ministros eclesiales sólo puede interpretarse y vivirse como un “don”, una forma de regalo de vida. Los ministros de la Iglesia son “expertos” de Jesús, quieren ser y vivir como él, como portadores de su Palabra y servidores de su Vida, gratuitamente, por llamada o vocación de Jesús (del Dios de Jesús).
2. Por eso han de ponerse al servicio de los demás, en especial de los pequeños y excluidos, necesitados. No consagran o defienden lo que existe, sino que quieren cambiarlo, como Jesús en una línea de acogida, animación sanación, con palabras y con obras. En esa línea se ha dicho que los primeros en la iglesia son los apóstoles (cf. 1Cor 12, 28): enviados de Jesús para ofrecer palabra y pan, esperanza y dignidad a los excluidos del orden familiar y social, sacral y económico del mundo.
3. Plano horizontal: delegados de la comunidad. Conforme a lo anterior, todos en la iglesia son (debemos ser) ministros de evangelio. Pero es normal que las iglesias (las comunidades cristianas) elijan y “empoderen” a ministros “oficiales”, imponiéndoles las manos como signo de confianza, de presencia del Espíritu de Cristo, confiándoles así unos servicios establecidos, por un tiempo determinado o mientas puedan relizarlos. Dentro de una iglesia instituida, esos ministerios brotan de la fraternidad y están a su servicio, tanto en el aspecto externo (misión, apostolado) como en el interno (cuidado pastoral de los creyentes). Por eso, siendo enviados de Jesús y servidores de los pobres, actúan como portavoces y animadores de una comunidad que les envía y escucha.
Los clérigos no son representantes de un poder superior (¡Dios no es poder!), ni funcionarios de un sistema sacral, sino representantes de Jesús y de una iglesia, en cuyo nombre actúan, y han de hacerlo de un modo gratuito, generoso, transparente. No tienen poder ninguno, pueden y deben tener mucha autoridad pero no como separados, por encima de los otros, sino dentro de la fraternidad, que no es un bien abstracto, una idea general, una noción de propaganda política, sino la comunión concreta de los miembros de una iglesia, que dialogan desde el Cristo y comparten pan y vino (eucaristía).
Ciertamente, las iglesias se vinculan entre sí, formando una “comunión de comuniones” en el Cristo. Pero cada una de ellas viene a ser lugar de diálogo y comunicación donde los hermanos comparten y resuelven en amor y responsabilidad su vida[1].

Estos tres elementos (experiencia del Dios de Jesús, servicio a los excluidos y mediación comunitaria) se vinculan y son inseparables El Dios de Jesús nos transciende, y actúa de formas diversas… Pero siempre ha de hacerlo a través del amor y diálogo comunitario.
Por eso, el nombramiento normal de los obispos debe hacerse a través del diálogo de los cristianos, que son portadores de la palabra y amor de Cristo y así han de expresarlo, escogiendo a sus ministros, a la luz de las necesidades de los pobres y excluidos, conforme a la palabra del Primer Concilio de Jerualén: nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros (Hech 15, 28).
El Espíritu Santo actúa a través del diálogo comunitario, no por la inspiración de algunos miembros especiales de la iglesia. Ciertamente, tiene que actuar el Espíritu de Dios, pero sólo puede hacerlo a través diálogo libre en amor y respeto, en cada una de las comunidades.
Nombramiento concreto. Tres momentos inseparables:
1. La comunidad “nombra” a sus representantes u obispos. Antes que los obispos está iglesia, esto es, una comunidad responsable y gozosa de personas que comparten la palabra, se ayudan mutuamente y celebran el misterio de la pascua de Jesús y la fraternidad universal en forma de eucaristía. Por eso no se puede hablar de Iglesia si sus miembros no saben dialogar, si no dialogan y escogen sus propios “ministros” o animadores. Si no son capaces de hacerlo, no pueden llamarse en verdad iglesia de Jesús, sino sólo una delegación subordinada de poderes exteriores.
En un mundo de disputas y enfrentamientos como el nuestro (año 2020), la iglesia sólo será signo de reconciliación y futuro evangélico si ofrece ejemplo verdadero de diálogo personal y social. Si no lo pueden hacer, si sus fieles se encuentran de tal forma divididos que resultan incapaces de escoger, desde el mensaje y ejemplo de Jesús, unos ministros, ellos no son dignos de llamarse cristianos. Es evidente que ahora no lo hacen, en parte porque no asumen su propia responsabilidad dialogal y el parte porque se lo impide en método (provisional, dictatorial) de nombramiento de pastores desde Roma, con consultas secretas que se prestan a sospechas y manipulaciones
El Gobierno admitió a los obispos que “hicieron lo correcto” con las inmatriculaciones
2. Pero una iglesia no se encuentra nunca aislada; por eso, en la “ratificación” (ordenamiento) de un obispo participan, como testigos de la transparencia y comunión de las iglesia y como garantes de continuidad apostólica y unidad creyente, los obispos de las comunidades más cercanas. Sin esta presencia y ratificación de los ministros de las comunidades del entorno (de eso que llamaríamos hoy archidiócesis o provincia eclesiástica) no habría verdadero nombramiento de pastores.
En esa línea, son ellos, los obispos vecinos los que imponen las manos o consagran al que ha sido nombrado, ofreciéndole así una tarea y una gracia que viene de Jesús, desde el principio de la iglesia. Es posible que surjan a veces tensiones entre grupos cristianos de una diócesis y entre una diócesis y los obispos vecinos; pero ellas tienen que arreglarse siempre hablando, en diálogo fundado en la verdad del evangelio que se expresa en el pan compartido, en la mesa común, como decía Pablo (cf. Gal 2, 5.14).
3. Es normal que se comunique el nombramiento al obispo de Roma, no para que Roma “nombre”, sino para que acoja el nombramiento, no en gesto de sometimiento sino de comunión. Es evidente que el ministerio episcopal está fundado en Dios, brota de Cristo. Pero esa fundamentación no significa que lo deba nombrar el Papa. También los cristianos que lo eligen dentro de la diócesis actúan como portadores del Espíritu, no como simples ciudadanos de una democracia formal.
El obispo de Roma no tiene la exclusiva del Espíritu Santo… Al contrario, el Espíritu Santo empieza hablando por la comunidad reunida, que escoge a sus ministros (¡nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros!). El Espíritu Santo se manifiesta a través a través de los obispos “consagrantes”, que actúan también en nombre del Espíritu Santo e introducen al nuevo pastor en la línea de la sucesión episcopal o apostólica y de la comunión universal o católica. Quizá pudiera decirse que la comunidad lo elige, los obispos vecinos lo consagran y el papa le ofrece el signo de la apertura universal.

Ampliación y desarrollo
Ciertamente, los obispos (y en su plano los presbíteros) deben animar la vida de unas comunidades concretas de creyentes que comparten palabra y amor (eucaristía), en diálogo de transparencia, donde todos los problemas se expresan y arreglan hablando, pues no hay una instancia mayor que el amor mutuo. Pero, al mismo tiempo, ellos son testigos de un Jesús que proclamó el evangelio a los pobres (cf. Lc 4, 18-19), de manera que su primera tarea consiste en acoger a los excluidos y humillados, a los disidentes, distintos y oprimidos.
Por eso, los ministros de la iglesia han de responder a Palabra de Jesús: no son portadores de los resultados de una asamblea, ni simples portavoces de un grupo, sino creyentes que expresan y expanden aquello que han creído. Pero, al mismo tiempo, reciben el encargo de la comunidad de creyentes que les confía su tarea de amor comunión cristiana; por eso, expresan en su vida la vida y comunión de los creyentes de su iglesia. Esos aspectos se encuentran vinculados: los ministros de la iglesia son testigos de Jesús y portadores del amor comunitario. En ambos planos, ellos son trasmisores un amor directo, de una comunión en la que sólo importan las personas, por encima de todas las presiones ideológicas o generales del sistema[2]:
– El sistema tiende a crear estructuras de poder impersonal, resolviendo de esa forma sus problemas, en línea de producción y administración. Así puede manejar a sus miembros, elaborando ideologías que sirven para ocultar la verdad y oprimir de manera sistemática a muchos. Pero, en otra perspectiva, puede ayudar y ayuda a muchos de sus miembros, sobre todo en occidente donde ha suscitado y ofrece mejores condiciones de vida: trabajo más fácil, bienes de consumo, tiempo libre para el diálogo y encuentro cara a cara, en el nivel del mundo de la vida.
– La iglesia se sitúa en el nivel de la comunicación personal directa. Ella no es sistema social, ni organización de burocracia para aportar servicios espirituales a quienes lo pidan, sino comunión directa de personas que escuchan la voz de Dios y dialogan sin más finalidad que vivir humanamente, en amor y contemplación. Por eso, todas sus estructuras están al servicio de la comunión personal. Eso significa que ella ha de crear espacios donde los creyentes, animados por la gracia y el perdón de Cristo, puedan compartir el amor y dolor de la vida, dialogando desde la Palabra de Jesús (que es de todos, no de algunos solos), en comunicación encarnada (eucaristía).
La iglesia es comunidad de persona, no sistema de poder sagrado. Ella existe solamente en el nivel de las relaciones personales, de conocimiento, comunicación y amor concreto. Nadie es iglesia por carta o ficha, internet o delegación, sino por experiencia de fe en el Dios de Cristo y comunión de amor con otros creyentes, que cultivan esa fe en diálogo mutuo. De manera consiguiente, una iglesia a la que nombran desde fuera sus obispos y/o presbíteros no es comunión de creyentes responsables, encuentro de personas, sino delegación sagrada de una dictadura, que sólo puede (podría) aceptarse para períodos breves de crisis, como sabían los juristas de la república romana (para poner un ejemplo vinculado al sistema que intentamos superar). La presencia de Cristo y la “autoridad” apostólica de la iglesia se expresan a través de la comunidad, que es portadora de un don y palabra trascendente. Pues bien, esa verticalidad (nivel contemplativo) se expresa por la mediación comunitaria, a no ser en los fundadores (puros apóstoles) que evidentemente no pueden brotar de la comunidad (que aún no existe). De aquí se deducen tres consecuencias:
1.Siendo comunidad de creyentes de Jesús, la Iglesia tiene el poder y autoridad de nombrar obispos, delegados de Jesús y/por la iglesia, varones o mujeres, por un tiemplo (o mientras puedan hacerlo rectamente. Pero si tiene el poder de crear, tiene, al mismo tiempo, el poder de limitar la autoridad de los obispos, trazando para ellos unos tiempo y estilos de animación oficial (en nombre de la comunidad entera) y así puede “agradecer” al obispo (varón o mujer) sus servicios, pidiéndole que se retire de nuevo a su vida normal cristiana, pues en el momento en que no hay “diócesis” comunidad que le agradezca y acepte sus servicios el obispo deja de ser obispo.
2 Este servicio debe “organizarse” con un tipo de normas establecidas, de forma que no quede en manos de la espontaneidad o dictadura de algunos… Por eso es necesario que haya instituciones “mediadoras”, conferencias de obispos, que sirvan para garantizar el buen orden del conjunto… Sin que se entienda como castigo el hecho de un obispo deje de serlo tras unos años de servicio, pues no hay jerarquía superior, ni un orden de personas episcopales por principio (por ordenación, por ontología) por encima de los simples fieles. La división permanente de jerarcas y simples fieles, de claro y laicado va en contra del evangelio de Jesús.
3 Carece de sentido que el Papa, el obispo de Roma, tenga el poder de nombrar (y controlar a todos los obispos…). Ese “poder” ha podido tener un sentido para superar la crisis de muerte eclesial del siglo X-XI, con la Reforma Gregoriana (del Papa Gregorio)… Pero actualmente, si no hay otra reforma que podríamos llamar “franciscana” (o petrina, paulina y jacobina/joanea de la iglesia primitiva…) la iglesia del siglo XXI morirá de asfixia de poder. Ciertamente, la autoridad del Papa como signo de unidad y animación me parece esencial, y debe recrearse, pero no en línea de infalibilidad separada de las iglesias de y de primacía de poder sobre ellas.
A modo de colofón
Cada iglesia-comunidad sólo existe en el diálogo directo de sus miembros: es comunión de personas que sienten el gozo de juntarse en fe y amor, sobre la base de Jesús, cuya memoria han transmitido los apóstoles (Pedro y Pablo, los evangelistas etc). Cada una expresa y realiza los diversos aspectos del misterio: anuncio de la Palabra y Bautismo, Eucaristía y Perdón de los pecados, Matrimonio y celebración de la Vida, ministerios y servicios fraternos. Las comunidades no son delegaciones de la iglesia-universal, ni partes de un todo superior, sino asambleas autónomas de creyentes que comparten la fe y celebran el amor (eucaristía), en federación con las restantes del entorno y del mundo, conforme a la tradición apostólica. Por eso, pueden y deben anunciar la Palabra y celebrar el Misterio, suscitando los ministerios convenientes, conforme al esquema indicado (don de Jesús, comunión fraterna, servicio a los excluidos del sistema).
Debemos recuperar la raíz judía y pascual del evangelio, superando el sistema imperial (romano), que se impuso desde antiguo, convirtiendo a las comunidades en una sola iglesia romana, donde todos los asuntos importantes se resuelven desde un vértice administrativo y sacral que habría recibido de Dios el poder pertinente para ello. El sistema imperial había impuesto sobre la república una ideología de unificación militar, propia de tiempos de crisis; cayó aquel imperio, pero ha sido copiado y recreado en forma sacral por la iglesia de Roma, que ha realizado así grandes servicios culturales. Pero el ciclo de esa iglesia-sistema ha terminado y tenemos que volver a la verdad del evangelio (no a la república romana), de manera que las iglesias puedan presentarse como experiencia y fruto de comunión cristiana.
Conforme al sistema imperial el mismo Emperador nombraba a sus delegados o funcionarios a lo largo y a lo ancho del imperio. En contra de eso, el modelo de federación o comunión de iglesias pone de relieve la unión dialogal: los fieles de cada iglesia comparten y resuelven sus problemas; las diversas iglesias se unen en la misma comunión (Cuerpo del Cristo), en diálogo fraterno, para bien de los más pobres. Se suele decir que cada iglesia tiene derecho a unos ministros que expresen y celebren en ella el Don de Cristo. Ese lenguaje me parece inexacto: no es que cada iglesia tenga derecho, sino que sólo es iglesia verdadera si acoge y expresa, si celebra y expande en forma comunitaria el misterio de fe y comunión de Cristo, nombrando para ello los ministros (obispos, presbíteros) que fueren necesario.
No es que cada iglesia tenga derecho a que le concedan desde arriba o desde fuera, por condescendencia o control de otra iglesia, unos ministros, sino que ella misma, como expresión de la gracia de Cristo, puede y debe expandir y celebrar la fe y esto implica necesariamente ministerios. La elección y nombramiento de ministros no es asunto de simple democracia, pero la praxis de las iglesias debe ser ejemplo de transparencia participativa y dialogal, pues los ministerios no brotan sólo de un poder horizontal del pueblo (=demo-kracia), sino que de la gracia Cristo; por eso, cada iglesia nombra a sus ministros desde el de don Cristo y para bien de los excluidos del sistema.
Conclusión de la conclusión. Este sistema actual de nombramiento y ruleta de obispos, con el nuncio en medio… sin que una iglesia pueda nombrar (y cesar) a su obispo, en comunión con otras iglesias…, sin que el obispo pierda nada al ser cesado (pues nada tenía como suyo)… nos parece no sólo anti-evangélico, sino ineficaz, uno de los modos más seguros de que terminar de morir este tipo de Iglesia.
[1] Cada iglesia es comunidad autónoma y debe resolver sus problemas, incluso los de admisión y ruptura de sus miembros (cf. Mt 18, 15-20). Sólo en casos muy contados ella debe buscar una “suplencia”, pidiendo la ayuda de expertos de fuera, para plantear y resolver algunos temas. Allí donde, como sucede en la actualidad, la suplencia se convierte en norma y los temas principales (ministerios, asuntos organizativos) se resuelven desde una instancia externa o “superior” (obispados, Vaticano), las iglesias dejan de ser lugar de comunión personal directa, para convertirse en delegaciones impersonales de un sistema administrativo.
[2] Desde ese fondo, la eucaristía, que ha sido señal y presencia de Cristo en el grupo cristiano (entre los puros), debe abrirse hacia los pobres (no creyentes), como expresión del pan multiplicado. Así debemos superar un “ciclo” de eucaristía exclusiva de creyentes puros y retomar la inspiración de Mc, tanto en los relatos de multiplicación (Mc 6, 34-44; 8, 1-9), como en signo del pan en la barca, que no debe estropearse con la levadura del poder-sistema (Herodes) y de la pureza-fariseísmo (Mc 8, 14-21). Perspectiva convergente en Werbick, Chiesa, 178-203; 251-255; 377-396.

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