¿Es posible una política evangélica?

El legado de Francisco: ¿Es posible una política evangélica?
«Como cristianos no podemos desfallecer al desánimo reinante que inunda todos los espacios sociales»
«Tenemos en Francisco un camino y un modelo alternativo para aplicar, comprender y vivir el poder y la política de forma diferente, desde la radicalidad y el sentido profundo del evangelio»
«La política necesita del evangelio porque sitúa a la persona en el centro de todos los órdenes de la vida»
«Generosidad, solidaridad y servicio son las directrices para una regeneración de la política»
13.12.2020 | José Miguel Martínez Castelló*
Los efectos de la pandemia se están agudizando por varias realidades que tendremos que afrontar como sociedad. Además de los sanitarios, de las innumerables pérdidas humanas, la destrucción de sectores económicos, el crecimiento exponencial de la pobreza y las desigualdades galopantes que se están incrustando como algo normal en nuestras vidas, hay que añadir el colapso de la política y el poder. Su ejercicio y gestión está haciendo aguas y está a punto de encallar y naufragar.
Hace unas semanas un alumno de 1ºbachillerato me dejó un libro que puede ayudarnos a comprender nuestra realidad política, El niño de Schindler de Leon Leyson. Describiendo la vida de los judíos en la ciudad de Cracovia de los años 30 ante la ascensión imparable de los nazis, relata el autor cómo se repetía como un mantra la respuesta a todas las atrocidades que iban sufriendo después de la ocupación de las tropas alemanas en Polonia en septiembre del 39: ¿Podrá ser peor? ¿Podrá volver a ocurrir?
Salvando las distancias hoy nos preguntamos: ¿cuál será la próxima ocurrencia? ¿De qué serán capaces unos y otros de afirmar y negar? ¿Es posible ir a peor? ¿Es factible otra clase política? Y más importante todavía: ¿puede darse otra forma de concebir el poder y la política? En la calle y en los medios de comunicación se afirma que esto ya parece un mal endémico, no sólo a nivel nacional, sino internacional y mundial.
Hace más de 100 años, Galdós hacía una descripción nada halagüeña de lo que tenemos bajo nuestros pies: “Los dos partidos que se han concordado para alternarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales y ningún fin elevado les mueve. No acometerán ni el problema religioso, ni el educativo, ni el económico. No harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica”.
¿Les suena? Y apostilla con un pronóstico del que, por desgracia, no se ha cumplido, sino que radicaliza lo que decía: “Tendremos que esperar como mínimo 100 años más, si hay suerte, para que nazcan personas más sabias y menos chorizos de los que tenemos actualmente”. El paso de los años no ha significado un cambio en la situación política. Todo lo contrario.
Ahora bien, ¿qué nos queda pues? ¿La resignación? Y desde el cristianismo, ¿podemos aceptar esta realidad como un mal necesario? Como cristianos no podemos desfallecer al desánimo reinante que inunda todos los espacios sociales. Estamos en pleno Adviento que nos prepara para acoger una nueva forma de vida que se contrapone a la mundanidad, a los valores mediáticos y públicos que se asumen sin rechistar y sin crítica alguna.
Por el contrario, tenemos en Francisco un camino y un modelo alternativo para aplicar, comprender y vivir el poder y la política de forma diferente, desde la radicalidad y el sentido profundo del evangelio. El 22 de diciembre de 2016, ante la curia romana, expresó: “La Navidad es la fiesta de la humildad amante de Dios. La lógica de la Navidad transforma la lógica mundana, la lógica del poder, la lógica del mandar”.
No estamos ante una pose. Detrás de estas palabras se esconde el sentido último de su pontificado, su verdadero legado, su desafío y no es otro que lo que anunció a toda la humanidad, sin distinciones, aquel 19 de marzo de 2013, una nueva forma de entender el poder y la política que resulta la única forma digna y necesaria de ejercerlo.
Volvamos a sus palabras: “Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz”. El servicio es la savia que da fuerza y sentido al ejercicio del poder. De ahí la insistencia en la idea, que traspasa todos sus discursos, de custodiar, cuidar la creación y todas sus realidades que la componen desde la Naturaleza a las personas descartadas, que no cuentan para el sistema económico y de mercado. Por todo ello debemos plantearnos qué entiende por política y poder, por una parte, y qué consecuencias tiene dicha concepción, por otra.
A lo largo de 2016 Francisco mantuvo un diálogo con Dominique Wolton sobre política y sociedad. Desde el minuto uno de esa conversación, publicada en la editorial Encuentro, Francisco pone las cartas boca arriba en cómo tenemos que entender la política. Tiene que aplicarse y concebirse como un poliedro en el que todos los puntos y los problemas deben estar unidos conservando su unidad. Para hacer posible que este poliedro dé sus frutos, sólo cabe una actitud que hoy resulta revolucionaria y utópica: tender puentes.
Vivimos la anulación del diálogo y del encuentro. Hoy las posiciones no se mueven, están fijas, se gobierna en contra de, sin pensar en la realidad de la calle, del día a día, donde las personas sufren y viven. La política necesita del evangelio porque sitúa a la persona en el centro de todos los órdenes de la vida. Cuando se dice que la religión o las confesiones religiosas tienen que estar fuera de “lo público” se ignora la aportación que los valores religiosos y evangélicos podrían hacer a la buena gestión de la cosa pública que tanto se presume defender.
Francisco con su sabiduría histórica y análisis sencillo, pero profundo y directo, acude a los orígenes de la formación de la Unión europea para situar que otra política es posible, porque lo fue. No habla de ensoñaciones, de quimeras, sino de realidades.
Como recordó en la entrega del premio Carlomagno de 2016, y desde la figura de Robert Schuman, “Europa no se hará de una vez, se hará en realizaciones concretas desde una solidaridad de hecho. En este nuestro mundo atormentado y herido es necesario volver a aquella solidaridad de hecho, a la misma generosidad concreta que siguió al segundo conflicto mundial”.
Generosidad, solidaridad y servicio son las directrices para una regeneración de la política. Sin embargo, los males de la política son los males de la sociedad. Estamos ante una difuminación de la persona porque hoy todo se volatiza a través de una pantalla. Hemos dejado que la realidad virtual sustituya a la cercanía, la carne sufriente que chilla y busca una ayuda y una mirada de auxilio y comprensión. Al eliminar el servicio del vocabulario político, las ambiciones individuales y partidistas son las que mandan olvidando el horizonte de las personas, de sus problemas y preocupaciones.
Por ello que Francisco nos recuerde, golpeando nuestras conciencias, que nuestra sociedad es la del descarte. ¿Cómo es posible concebir y mantener una política que no tiene una palabra cálida y de esperanza tanto para nuestros jóvenes como personas mayores? Cuando Dios ha desaparecido de todo el espectro social, somos capaces de eso y más. Sin embargo, la Navidad encarna y posibilita entender una política evangélica, en el que su prioridad es dar luz ahí donde anidan las tinieblas actuales de la desesperación, la soledad y la incertidumbre.
Los caminos y las consecuencias de esta forma entender la política están en la proximidad. Dice Francisco: “No puede haber una Iglesia de Jesucristo alejada de la gente. La Iglesia de Jesucristo debe estar atada al pueblo, religada a la gente. No es posible evangelizar sin proximidad”. Uno de los retos que tenemos que afrontar es la fuerte desafección que la ciudadanía siente respecto a la política y sus dirigentes. Desafección es distancia, ya no se cree en lo que se escucha de la política porque nunca realiza ni lleva a cabo lo que expresa.
Estamos ante una falta de confianza, puesto que los fines del poder es servirse a sí mismo. Por ello Francisco habla de proximidad, de tocar los problemas reales y abordarlos, pero para ello se requiere de una transformación de la concepción del poder. El Hijo del hombre ha venido a servir, y no a ser servido, hasta la propia muerte del monte Gólgota en la cruz. La fuerza y el poder de Francisco está en su coherencia porque aquello que dice está encarnado en sus actos, en sus gestos y en su vida. Y de esto adolece la política actual.
Por el contrario, el horizonte de una política evangélica se enmarca en dos caminos que están todavía por recorrer y que podrían ayudar a sanar el ejercicio del poder: “No hemos de olvidar los dos pilares del cristianismo, de la Iglesia: las Bienaventuranzas y, a continuación, Mateo 25, del protocolo según el cual seremos juzgados”. El pobre, la viuda, el migrante, el refugiado, las personas ancianas que están solas, jóvenes sin futuro, los encarcelados, enfermos mentales, todas las vidas presas de adicciones, son las prioridades de una política evangélica.
El evangelio comienza en la gruta de Belén, a la intemperie, dándose para compartir nuestras miserias, codo con codo, con un espíritu de servicio eterno, hasta la muerte. Este es el legado de Francisco. Un cimiento más para que la última palabra de la humanidad sea, frente a la desesperanza y la muerte, el amor y la esperanza.
*Doctor en Filosofía. Profesor del colegio Patrona de la Juventud Obrera (PJO) de Valencia. Autor del libro “Esperanza entre rejas: retos del voluntariado penitenciario (PPC, 2020, en prensa).

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