24 y 25: Palabra de Dios y Unión de las Iglesias

Días 24 y 25: Palabra de Dios y Unión de las iglesias, propuesta de JM Peiro
Presenté ayer el libro de J. M. Peiro: Cristo Educador. Hoy matizo el titulo: “Cada educador es Cristo”, hombre/mujer de la Palabra y Comunión que es Cristo.
Peiro quiere educar por “inmersión” en la Palabra, y por eso su libro es una introducción a la fiesta del domingo 24. Al mismo tiempo él educa para la fiesta del lunes, un programa para la comunión de las iglesia, desde la perspectiva de la “conversión” de Pablo, que es la Conversión de las Iglesias.
El libro y programa de Peiro retoma el motivo de exegetas y hombres de iglesia como F. Delitzsch (protestante alemán del siglo XIX) que decía en su Comentario a los Salmos:
El trabajo común sobre los evangelios (la Escritura) constituye la forma más honda de unión entre las iglesias, y la promesa más segura de su futura unidad. La educación según las Escritura será la fuerza que moverá la iglesia del futuro.
La inmensidad de la tarea de comentar y actualizar las Escrituras exige la colaboración de todos los cristianos. Sería importante la colaboración de autores de la Iglesia Católica y también de las iglesias ortodoxas y de las protestantes.
El trabajo común sobre las Escrituras constituye la forma más honda de educación cristiana y de unión entre las iglesias, con la promesa más segura de su futura unidad. La exposición de las Escritura será la fuerza que moverá la iglesia del futuro, como portadora de una nueva educación humana, como impulso y sentido de la comunión entre todos los hombres.
La tarea de enseñanza o magisterio es con el amor la más importantes del mundo mundo: o aprendemos a enseñarnos y educarnos en fraternidad, para vivir de un modo distinto (en inmersión de amor ) o terminaremos en un caos de muerte sin sentido.
En esa línea avanza el libro y programa de educación cristiana de J. M Peiro Alba. Ayer presenté la primera parte del prólogo. Hoy presento la segunda. Gracias José Miguel por permitirme que escribiera el prólogo, en la línea de mis libros sobre la historia de Jesús y sobre la educación cristiana.
20.01.2021 | X Pikaza

Jesús fue ante todo un maestro, un educador. No quiso negar la vida de los hombres sino acompañarles para que fueran verdaderamente humanos. Por eso, sus evangelio son manuales de educación cristiana, pues él quiso que sus seguidores y amigos fueran también cristos, educadores, con él y como él. Así lo ha visto y mostrado J. M. Peiró en este libro que puede y debe titularse “El verdadero educador es Cristo”.
Por eso es bueno que los educadores cristianos tomen como fundamento de su misión y enseñanza el camino de Jesús, de forma que ellos mismos sean Cristo y Comunión de Dios para los otros. En ese contexto me parece absolutamente necesario tomar a Jesús como el “creyente” por antonomasia (como dice la carta a Santiago y la de los Hebreos), es decir, como aquel que ha ido buscando a Dios y descubriéndole en la vida de los hombres, a quienes anuncia la llegada del Reino, es decir, la venida del mismo Dios.
Por eso es necesario que los cristianos verdaderos (mujeres y varones) sean educadores como Cristo (presencia del Cristo educador) antes que presidentes de comunidades en línea de poder… La verdadera autoridad de la Iglesia, su auténtico poder, es la educación.
Jesús supo y mostró que la tarea de enseñanza o magisterio es con el amor (para el amor) la experiencia y tarea más importantes de los hombres y mujeres sobre el mundo: o aprendemos a enseñarnos y educarnos en fraternidad, para vivir de un modo distinto (en inmersión de amor acogedor y creador) o terminamos acabando en un caos de muerte sin sentido.
Éste es el descubrimiento y enseñanza principal de los evangelios, en los que se ofrece no sólo la cara negativa, en la línea de un judaísmo que rechaza toda “visualización” de Dios (no seáis rabinos de escuela, ni padres impositivos de familia, ni dirigentes sociales), sino también y sobre todo la cara positiva de Jesús maestro. Así lo ha puesto de relieve este espléndido libro de J. M. Peiro Alba, El Cristo educador, que aquí estoy introduciendo, a partir de una visión de Jesús como profeta, maestro y sanador, un libro pensado y escrito, con muy buen criterio escolar (actual), empezando, paradójicamente, por el evangelio de Juan y acabando por Marcos.
En la postal de ayer presenté la primera parte de mi prólogo del libro de J. M. Peiro. A continuación ofrezco la segunda.
DEL PROLOGO DE PIKAZA (2ª PARTE)
Poderoso en obras, enseñanza que sana
En la línea de ese Cristo, conforme a la cual todos serán vivificados, se sitúan sus sanaciones o milagros, de forma que su anuncio y mensaje no se expresa solamente por su profecía y sabiduría (educación en gratuidad, nuevo conocimiento de Dios y de los hombres) sino especialmente por sus curaciones, que son signo, principio y esperanza creadora de Vida, esto es, de Resurrección. De un modo lógico, él ha podido situarse cerca de magos y/o, sobre todo, de carismáticos y sanadores.
Entre la sabiduría (conocimiento) y la salud (salvación) hay un nexo profundo que los evangelios y la vida (enseñanza) de Jesús han puesto de relieve. Ciertamente, Jesús sabe que hombre vive de la palabra (de toda palabra que viene de la boca de Dios, vinculando en conocimiento de amor a los seres humanos: cf. Mt 4, 4 par). Pero, al mismo tiempo, el hombre vive por un tipo de “salud” integral que, como definió de un modo magistral San Juan de la Cruz, se identifica con el amor (Cántico Espiritual B, Comentario 11). Quien vive en amor vive en salud; quien ofrece amor ofrece y comparte “salud”[1].
Pues bien, Jesús ha puesto su enseñanza y vida al servicio de la salud de los hombres y mujeres de su entorno, de un modo especial de los descartados y enfermos (cojos‒mancos‒ciegos, leprosos, posesos etc…). Ciertamente, las enfermedades tienen otros aspectos y principios de tipo biológico, somático, vírico etc., en el contexto de una vida que culmina y se expresa plenamente por el don final de la muerte. En ese contexto, la enseñanza/vida de Jesús está al servicio de la curación/vida de los hombres, en amor compartido, en esperanza de resurrección.

Lógicamente, la educación pública de Jesús se ha realizado en la escuela de la calle, entre enfermos y marginados. Así ha formado una especie de “hospital móvil de campaña”, donde él aparece como “médico” integral (de cuerpos y almas), con su “vacuna de comunicación de fe” como la más eficaz de las medicinas (así dice al curar a alguien: tu fe te ha salvado). Al servicio de ese proyecto de salud ha puesto su existencia. Por eso, resulta normal que gran parte de la tradición evangélica, desde Marcos hasta Juan, haya recogido y elabora esa faceta central de su magisterio:
– Jesús ha sido amigo de los enfermos, es decir, de débiles y cansados, heridos de la vida y expulsados de la buena sociedad israelita. Cierto judaísmo oficial sentía la necesidad de defender su pureza e identidad como pueblo, expulsando al leproso y hemorroisa, al loco (endemoniado) e impedido (cojo, manco, ciego…). De esa forma ha protestado con su vida en contra de ser impositiva y elitista, poniéndose de parte de los más débiles, y situando la salud de los hombres y mujeres como tales por encima de su identidad legal y de su posible vinculación israelita (identificada con un tipo de salud).
En ese sentido, los milagros de Jesús, como obras a favor de enfermos y expulsados vitales y sociales, no son sólo signos de salvación final, sino también de educación y maduración actual, en este mundo, por el mensaje universal de vida que llevan en sí mismos. Por encima de la ley nacional y/o de la pureza del sistema socio-religioso que algunos tienden a imponer sobre el conjunto social expulsando a los “enfermos peligrosos”, convirtiéndolos en chivo expiatorio del orden establecido, Jesús les acoge, abriendo así desde ellos un mensaje y camino universal de salvación.
– Jesús ha querido curar el mal de raíz de las personas, no sólo sus síntomas externos, y en ese aspecto su camino de sanación ha de entenderse como proyecto de “educación para la vida y el amor”, un conocimiento de vida que se abre y sana a todos. Las enfermedades tienen otros rasgos de tipo somático/biológico; pero ellas son, al mismo tiempo una expresión (signo y consecuencia) de un tipo de ruptura personal y social. Cada vida humana es un cruce y encuentro de vidas, y en esa línea Jesús cura a los hombres y mujeres, pero de tal forma que son ellos mismos los que se curan por fe (esto es, por educación vital de fe), para vivir de esa manera, en comunión con otros, integrando en amor su identidad más honda en la identidad y vida de los hombres y mujeres de su entorno, especialmente de los excluidos, enfermos y pobres.
De esa forma, la educación para la salud viene a definirse como educación para la comunión interhumana, de forma que ella cura, cambia (=transforma) precisamente la relación personal de unos con otros, integrando así a los enfermos o leprosos en su comunión de liberados del reino. En esa línea, para poner un ejemplo, el milagro de Jesús no consiste en detener externamente el flujo de sangre irregular de una hemorroisa, sino en que ella crea y se atreva a compartir la vida en amor, con otros que la aceptan (se aceptan) así, como personas liberadas para el reino de Dios (que es el reino de la vida humana, asumida en plenitud). De esa manera, frente a un tipo de legalismo “ortodoxo” que expulsa por ley a los impuros, Jesús acoge en su comunidad a los que buscan y quieren (necesitan) curación. Este es su milagro, su novedad frente a un viejo judaísmo y un nuevo cristianismo que sigue elevando barreras para defender el poder y prestigio de los puros.
Estos milagros de Jesús pueden llamarse humanizaciones, y en esa línea se fundan y despliegan en y por la fe de los pobres y enfermos (cf. Mt 11, 2-6 par), expresándose en forma de cambio personal, como un modo distinto de expresar la vida, como espacio y camino de comunicación en gratuidad. Jesús supera la barrera de ley que separa y expulsa a los impuros (enfermos), para llevarles a un espacio de vida en que la fuerza de Dios (su mesianismo) se expresa como principio de comunión interhumana, abriendo así un camino y espacio de vida (de más alta educación) a los antes marginados. Por eso, sus milagros son expresión y camino de una educación en fe y en libertad, pues enseñar y curar se identifican, al menos en parte[2].
– Amigo de enfermos. Jesús se ha solidarizado con los débiles, cansados y expulsados de la sociedad dominadora de su tiempo, en especial de los leprosos, locos (endemoniados) e impedidos (cojos, mancos, ciegos…), es decir, de los perdedores, animándoles a vivir en autonomía y libertad (en contra de los intereses de la clase dominadora). Nuestra sociedad actual tiende a educar para triunfar, y por eso se centra de un modo especial en los intereses de los triunfadores, como si la vida fuera una batalla al servicio de una abundancia y triunfo fácil.
Jesús ha protestado en contra de esa actitud, poniéndose de parte de los más débiles, no del triunfo del sistema en cuanto tal, sino de los vencidos y expulsados. Ese ha sido su “milagro”: Ha querido acoger y animar a los descartados sociales, abriendo así una brecha en el gran sistema de poder socio‒religioso y político de los triunfadores (templo de Jerusalén, imperio de Roma).
– Educación sanadora (liberadora).Sócrates pensaba que al hombre se le cura enseñándole a pensar en libertad, porque en el fondo el pecado es una enfermedad del pensamiento, y “pensando” bien (conociendo la verdad) puede curarse mucha enfermedad. Pero no se cura enseñando cualquier cosa, sino enseñando a vivir en verdad, en gratuidad y en comunión (perdón), desde las propias debilidades, creando así un tipo de patria o nación que no se identifica ni con la patria del imperio de Roma ni con la del templo de Jerusalén.
En esa línea, Jesús no enseña en los centros de los grandes rabinos (que serán los triunfadores de un tipo de sociedad religiosa cerrada), ni en la escuela de los que se adiestran para el tipo de guerra final que se estaba preparando en aquel tiempo en Palestina, sino en la calle y en los caminos donde vive los impedidos, pobres y expulsados, para abrir allí un espacio en el que puedan convivir todos.
Éste es su milagro más profundo, el signo de Dios a favor de los pobres y enfermos (cf. Mt 11, 2-6 par), abriendo un espacio y camino donde puedan vivir todos, empezando por los pobres, descartados y enfermos. En ese sentido, Jesús no ha separado conocimiento (enseñanza) y milagros, como si fueran dos cosas distintas, pues los milagros son una expresión de su enseñanza de fe más alta, como afirmaba Mc 1, 26-27, presentando a Jesús como era mensajero de una doctrina nueva que cura a los enfermos.
No ha sido pensador teórico, un sabio de doctrinas abstractas, sino un hombre de acción, alguien que ha puesto en marcha un movimiento de reino, entusiasmando a muchos pobres y enfermos de su entorno. Precisamente ellos, los que parecían expulsados de todos los sistemas sacrales y sociales, han sentido su fuerza, han asumido su camino, para buscar juntos el “reino”, en experiencia de fraternidad sanada. Así muestra Jesús que el futuro del Reino no es obra de los triunfadores externos, de los que se aprovechan de los demás, sino los enfermos y expulsados de un reino de poder del mundo.
Educar para la mesa compartida y la fraternidad
Jesús ha situado en el centro de su movimiento el signo de la mesa compartida, es decir, de la comunión de pan y de palabra. Éste es el más significativo de sus “gestos”, en un mundo donde un tipo de dinero posesivo, al servicio del poder sigue separando, hoy como entonces, de formas distintas (pero igualmente destructoras) a ricos y pobres. En contra de eso, Jesús educa y cura para que hombres y mujeres puedan compartir el pan y la palabra desde los más pobres, a fin de que ellos sean “sanadores” de los ricos, a fin de que todos puedan compartir la mesa común de la vida.
Así pide a los suyos que vayan por caminos y pueblos y que, al hacerlo, proclamen el Reino, extiendan su enseñanza y ofrezcan el testimonio de Jesús, de dos en dos (Mc 6, 7a), sin nada propio ni más riqueza que su vida, de forma que ellos mismos sean libro y texto de enseñanza como amigos de los pobres y excluidos. Éste es el tema de fondo: Los pobres os evangelizarán, es decir, serán vuestros maestros. Por eso les dice Jesús que no lleven pan, ni alforja, ni dinero, ni dos túnicas (Mc 6, 8-9 y par.), sino que sean escuela itinerante, sin casa propia para ello (ni sinagoga, ni templo), ni edificio particular, ni “Ministerio de Doctrina”, sino que su vida sea testimonio y proyecto de evangelio, de pan común, enseñanza de Reino, nueva humanidad, escuela “ambulante” de evangelio, para detenerse por un tiempo a la vera del camino, a la orilla del lago o en la falda de la montaña para compartir el pan y los peces de la vida.
Jesús les manda así para que sean anuncio y presencia viva del reino, con autoridad para cuidar enfermos, expulsar demonios y compartir, a campo abierto (sobre el mismo suelo), los panes y los peces de la vida, sentados en corros de cien y de cincuenta, de manera que todos puedan comer y quedar saciados (Mc 6, 35-44; 8, 1‒9 par). Estos pobres pueden y deben formar una “escuela en corro” de palabra y comida, sin más centro que Jesús, que aparece según eso como profeta y sabio, sanador y anfitrión, abriendo grupos de palabra y mesa, no en espacios cerrados (clubs particulares, asociaciones exclusas…), sino en el ancho campo donde todos pueden llegar y sentarse, escuchar, responder, conversar, comiendo y dando gracias al Dios de la vida.
Jesús no creó escuelas elitistas para aprender a triunfar, como muchas de este tiempo, lugares de excelencia social y aprendizaje de poder que dividen a los hombres y mujeres, entre aquellos que pueden y manejan las técnicas económico-sociales y aquellos que no pueden manejarlas ni triunfar, al servicio de “castas” económico-sociales entre personas y pueblos. Él instituyó más bien una escuela itinerante de enseñanza, sanación y mesa compartida, al servicio de la comunión y vida de todos.
Frente a una educación que centra su escuela en el “pan” como medio de dominio de unos sobre otros (Mt 4, 1-4 par), Jesús responde que el hombre no vive sólo de pan material (que puede estar manipulado por el Diablo), sino “de toda palabra que sale de la boca de Dios”. No ha transformado externamente las piedras en comida, para así triunfar sobre los hombres, sino que ha creado una “escuela de comunión” en la que los hombres comparten el pan y la palabra.
En ese sentido, su milagro esencial ha sido el compartir su Palabra y su Vida, en esperanza de resurrección, esto es, de transformación personal y social, en un camino en el que Dios viene a revelarse como Dios de vivos (de Abraham, Isaac y Jacob) no de una religión de muertos, como creían entonces algunos saduceos, creadores de una religión de muertos (cf. Mc 12, 2 par). En esa línea, Jesús insiste en la comida, que él entiende de un modo integral, a modo de comunicación de palabra y pan, pues la primera enseñanza y comunión del hombre es su misma vida entregada y compartida con los otros. En esa línea, conforme a los relatos de las “multiplicaciones”, los discípulos de Jesús aprenden y enseñan a “compartir” no sólo el pan, sino la “curación” por la palabra, en gesto radical de gratuidad[3].
Jesús puso así en marcha un movimiento profético, de sabiduría y de transformación humana, educando a los hombres y mujeres para crear comunidades o iglesias, asambleas fundada en la escucha de la Palabra de Dios (de unos y otros) y en la Comunión de vida, como “experiencia de Dios” (que habla en el amor de unos y otros). Había en aquel tiempo diversas “escuelas”: Los celotas adiestraban soldados de Dios para liberar la tierra “santa”, los rabinos formaban rabinos para cumplir mejor la ley, los profetas buscaban seguidores escatológicos para compartir la esperanza del Reino…
Jesús, en cambio, reunió a un grupo de amigos y discípulos no sólo para anunciar y preparar con ellos el reino de Dios, sino para compartir en este mundo la vida prometida de ese reino. De esa forma educa Jesús para crear familia, y por eso busca colaboradores, hombres y mujeres que le acompañen, compartiendo la vida unos con otros. En esa línea aparece como creador de una humanidad en la que todos (varones y mujeres, padres e hijos, sacerdotes y laicos, letrados e iletrados, libres y esclavos…) pudieran vincularse en amor y vida compartida, como “agrupación eucarística”.
Él no enseña a los discípulos para que hagan cosas, sino para que vivan en plenitud como personas, esto es, para que “sean”. En esa línea, la iglesia es una escuela “eucarística” de vida, pero no al servicio de ella misma (de su grupo), sino de la nueva humanidad. La iglesia de Jesús no es una escuela “endogámica”, un lugar de instrucción al servicio de sí misma, sino un semillero de Reino de Dios, una casa abierta en línea de humanidad, un lugar (una experiencia) en la que se vinculan y unifican el conocimiento mutuo (la vida compartida) con la identidad de cada uno. En esa línea, la Iglesia es, por un lado, el signo máximo de “globalización”, esto es, de comunicación universal; pero, al mismo tiempo, ella es signo y principio de profundización personal, lugar donde cada hombre puede encontrar a Dios como centro y principio de su propia vida:
– Por una parte, Jesús ofrece una enseñanza universal. No es un maestro elitista que sólo enseña a unos pocos sabios. No es siquiera un profeta de conversión, como Juan Bautista (y otros profetas de aquel tiempo), que ofrecen un mensaje particular para algunos. La tradición del evangelio le recuerda anunciando el Reino de Dios a todos los que vienen a escucharle, en el campo abierto, sin necesidad de edificios especiales, sinagogas o templos (cf. Mc 1, 14 par). Eso es lo que él quiere que hagan sus discípulos, como exorcistas y/o carismáticos (cf. Mc 3, 15 par; 6, 6-13 par), promotores y testigos de fraternidad sobre la tierra la tierra.
– Pero, al mismo tiempo, Jesús llama por su nombre a cada uno, persona a persona, como presencia de Dios y destinatario de su Reino, pues cada uno de los hombres y mujeres a quienes él llama y con quiénes él habla es único ante Dios, presencia de su Reino. Ciertamente, él reconoce el valor especial de su pueblo Israel (pueblo elegido), pero cada hombre y/o mujer, cada niño, excluido o enfermo (judío o no judío) es “todo Israel”, como si fuera Dios mismo en persona en la tierra.
Éste es el signo más hondo de la “mutación” de Jesús, en la que se vinculas una comunión universal (todos los hombres y mujeres forman un único cuerpo) y una más honda profundización personal (en el fondo, divina) de cada ser humano, que así aparece como “encarnación” o presencia intensa de Dios, en una línea que ha sido desarrollada después de forma cristológica y trinitaria: (a) En unión con Jesús cada hombre y/o mujer es “cristo” (=encarnación de Dios). (b) En unión con los demás cada hombre y/o mujer se integra en la “trinidad universal” (pues todos ellos forman la comunión divina).
Sólo desde ese fondo se puede hablar de la unión (y en el fondo de la identificación) del amor a Dios y el amor al prójimo: La profundidad de la vida en Dios (amarle de todo corazón) se identifica con la amplitud comunitaria del amor al prójimo (amar al prójimo como a ti mismo, cf. Mc 12, 28‒34). En esta línea se puede y debe poner de relieve la relación entre Encarnación y Trinidad (amor a Dios y amor al prójimo), como experiencia más honda de “educación” cristiana[4].
Ser en Dios: Superar la ley, vivir en gratuidad
Para que esta educación en amor a Dios y al prójimo resulte posible es necesario superar un tipo de “normatividad de ley” (esto es, de talión: Ojo por ojo, diente por diente), para integrarse en un espacio universal de gracia. Ésta es la “clave”, que Pablo ha formulado diciendo que en Cristo pasamos de la “ley” anterior a la “gracia”. Ésta es la experiencia superior de los grandes maestros cristianos (como Juan de la Cruz) cuando afirman que es preciso superar el plano del “discurso” (esto es, del ordenamiento puramente discursivo de la vida, donde todo se razona y prueba) al plano de la “contemplación más alta”, en el que todo viene a desvelarse en forma de gratuidad superior, de contemplación y experiencia de amor que se recibe, se comparte, se regala, sabiendo así que los hombres y mujeres sólo tenemos aquello que perdemos, esto es, que damos en experiencia y esperanza de resurrección.
En esa línea, Jesús ha transformado y superado una visión legalista de la ley, que en el judaísmo se podía entender como mandamiento, para situar en el centro de todo lo que somos un principio superior de gratuidad, en línea de amor, es decir, de comunicación de vida y esperanza de resurrección. Desde ese fondo podemos formular de un modo esquemático los dos momentos fundamentales de la educación cristiana:
– Pedagogía de Antiguo Testamento y rabinismo, educación según ley. Este momento de educación según Ley es importante dentro del cristianismo, en la perspectiva de Israel (Antiguo Testamento), pues sin ella, entendida en forma de organización (sistema social, mandamiento) no se podría avanzar en la línea de la educación cristiana, como ha puesto de relieve San Pablo en Gal 4 cuando presenta la ley como “pedagogo” en el camino que conduce a la gracia de Cristo. Eso significa que, para alcanzar la libertad, el hombre ha tenido que someterse a un tipo de ley, con unas normas y obligaciones, pues sólo a través de ellas (superándolas por dentro) se puede suscitar la gracia[5].
– Pedagogía de Jesús, amor y gratuidad sobre la ley. Por encima de la ley (cumplida y superada) emerge el don de amor, la gracia que Jesús ofrece de un modo generoso a los pobres e impuros, a los excluidos y culpables, superando (no negando) el nivel de los mandamientos. Ciertamente, Pablo sabe que la ley ha sido (y en su plano sigue siendo) esencial, pero añadiendo que ella culmina en la gracia, que es el don de Dios. Eso significa que la ley es por sí misma insuficiente, pues no logra liberar a los hombres en amor, para la gracia; pero sólo allí donde el hombre cumple y supera la ley, poniéndose en manos de la vida de Dios, puede ser transformado por la gracia[6].
Esta ha sido la raíz de disputa entre Jesús y las autoridades religiosas de su entorno (éste es el centro de la novedad evangélica de Pablo) Lo que estaba en juego en esta disputa no eran pequeñas discusiones sobre leyes particulares o sobre rituales concretos, sino el despliegue más alto del amor como gracia. No se trata, pues, de negar la ley, sino de transcenderla por dentro. Pues bien, desde su experiencia radical de gracia, Jesús no ha querido educar a un grupo de buenos y perfectos, creando una escuela de privilegiados según ley, sino abrir para todos un camino de vida en gratuidad en sentido económico, social y religioso. Esta aceptación básica de la ley pero no para quedarse en ella, sino para cumplirla por “transcendimiento” (en un nivel de gratuidad) constituye el centro y sentido de la experiencia cristiana.
En este contexto de aceptación y superación interna de la ley, para situarnos de esa forma en un espacio superior de libertad (gratuidad) nos sitúa la muerte de Jesús, a quien las autoridades legales han matado precisamente para cumplir la ley (que Jesús ha cumplido y superado precisamente por su muerte). Como sabe el Nuevo testamento, y de un modo particularmente intenso San Pablo, a Jesús le han matado “según ley”, esto es, para cumplirla, cerrándose precisamente en ella. Pues bien, llegando hasta el final en esa línea, el Nuevo Testamento descubre y sabe que, siendo necesaria, la ley sólo se cumple de verdad allí donde se transciende por amor, esto es, por gracia, superando así el plano de la obligación y viniendo a presentarse como principio y signo de gratuidad o de verdad más alta, como muestra en un sentido la historia de Sócrates.
— A Sócrates,el máximo educador filosófico de Occidente, le condenaron en Atenas, ciudad de la cultura, porque su programa educativo iba en contra de la ley de una oligarquía ciudadana; le mataron según ley, por sentencia oficial, aprobada por el Areópago de Atenas, y lo hicieron democráticamente, porque un tipo de educación en libertad como la suya ponía resultaba peligrosa para el sistema legal de Atenas
— A Jesús, el educador religioso por excelencia, le mataron las autoridades sagradas de Jerusalén, porque proponía un camino de educación que, partiendo de la ley, la superaba en línea de gratuidad, chocando así con los intereses de una sociedad establecida (de tipo político-religioso), que decide condenarle a muerte. Siendo plenamente legal en su base, un proyecto educativo como el de Jesús termina superando la ley oficial, poniendo así en riesgo la estabilidad del sistema.
Desde ese fondo se entiende la escuela cristiana. Ciertamente, en un sentido, ella debe aceptar los esquemas de una buena ley, pero, en otro sentido, ella puede acabar siendo peligrosa para el sistema, tanto en la línea de Sócrates como en la de Jesús, pues ambos eran peligrosos para el sistema establecido. A los dos les condenan por ser educadores, promotores de un tipo de sabiduría más alta[7].
Conclusión, Dios le ha resucitado. Pascua cristiana, enseñanza de vida
Los discípulos quedaron tan chocados por la muerte de Jesús, su maestro que, al menos en parte, huyeron a Galilea, abandonado su proyecto educativo. Pero, tras un tiempo, algunos de ellos, en especial unas mujeres, retomaron su camino anunciando y promoviendo su mensaje educativo, no sólo en Galilea, sino en la misma Jerusalén, confesando que Dios le había resucitado, ratificando así su proyecto educativo.
La condena a muerte, que debía haberse entendido como fracaso de su proyecto, vino a tomarse por la pascua (resurrección) tomarse como aprobación “divina” de su escuela, esto es, de su “mutación” educativa. Esa experiencia de resurrección puede y debe entenderse en diversos planos y niveles, pero uno de ellos, quizá el primero, se expresa diciendo no sólo que “la cosa de Jesús sigue adelante” (como algunos han dicho), sino que se mantiene su escuela, esto es, su de mutación humana, entendida y vivida como experiencia radical de presencia de Dios.
En ese sentido, la escuela de Jesús ha de tomarse como experiencia de resurrección, testimonio y verdad (permanencia) del mensaje y de la vida de Jesús, que, habiéndose situado en un plano de ley, la sobrepasa en perspectiva de gracia y apertura al don más hondo de la vida, que no puede comprarse ni venderse, sino que se regala y se comparte en una línea abierta a la vida de Dios. En ese nivel de pascua, educar no es simplemente enseñar conocimientos aislados, sino transmitir y compartir un tipo de vida superior, en gratuidad, pues los participantes de la escuela cristiana no sólo aprenden cosas, sino que reciben la misma vida de Dios en Cristo.
Dios ha resucitado a Jesús, que así aparece como maestro resucitado o, mejor dicho, “maestro de resurrección”, esto es, de vida en gratuidad y comunión, superando el plano y nivel de la muerte. Como he venido señalando, educar es curar, ofrecer y compartir vida con otros: padres e hijos, hermanos, compañeros Pues bien, en sentido radical, Jesús ha sido educador de vida con su entrega hasta la muerte y su presencia resucitada.
En esa línea, el verdadero educador en el sentido de Jesús ha de ser un “resucitado”, alguien que ha superado la muerte, de forma que aparece y habla desde el otro lado de la vida, desde su más honda experiencia de renacimiento, pues la verdadera enseñanza es aquella que se transmite a los demás por encima de la muerte, y el verdadero maestro es aquel que “resucita” (perdura y se recrea) en los discípulos. Por eso, no basta con decir que la enseñanza de Jesús “sigue adelante”, como algo separado de su vida, sino que sigue y se despliega su misma vida, como experiencia y testimonio del Dios creador, que supera la muerte. En ese sentido, el verdadero educador cristiano puede y debe entenderse como “Jesús resucitado”
De un modo consecuente, evocando un poema de G. A. Bécquer (¡poesía eres tú!), podemos afirmar que la educación cristiana se identifica con la vida y obra de Jesús, de forma que el educador cristiano es el mismo Jesús resucitado, Educar en cristiano es hacer que los hombres y mujeres sean en verdad como y por Jesús, asumiendo su estilo y camino de vida, de forma que entreguen y compartan esa vida (la de Jesús) unos con otros, en gratuidad y entrega mutua, educando de esa forma para Dios, es decir, para los demás, renaciendo de esa forma en ellos, para ellos, en esperanza de futuro compartido.
Apéndice. Marcos, primera educación cristiana
Este prólogo al espléndido libro y programa de J. M. Peiro Alba, El Cristo educador, podía haber terminado con las reflexiones anteriores, de tal forma que a partir de aquí podía y puede estudiarse su texto, que comienza con el evangelio de Juan, y luego sigue con los de Lucas, Mateo y Marcos. Asumo con pleno asentimiento ese orden que me parece el adecuado para este libro/guía de educación cristiana. Pero el autor podría haber seguido también un orden más histórico, tomando como punto de partida el evangelio de Marcos. Así lo indicaré para quien quiera seguirme todavía unas páginas, en las que ofrezco una primera lectura “escolar” del evangelio de Marcos, para después seguir, en un orden históricamente ascendente con los otros (Mateo, Lucas y Juan).
De esa forma, el lector interesado podrá plantear y recorrer el estudio de la Escuela de Jesús siguiendo un orden complementario al que ofrece este libro de J. M. Peiró. Empezar por Juan significa comenzar desde lo ya sabido, conforme a la liturgia y teología de la Iglesia, para recuperar, en un camino de vuelta el recorrido de los tres evangelios sinópticos (Lucas, Mateo, Marcos); este esquema tiene la ventaja de ofrecer una visión escolar más sistemática. Pero también se puede empezar por el evangelio de Marcos, en línea más histórica, para seguir avanzando por Mateo y Lucas hasta Juan.
Evidentemente, yo no quiero ni puedo ni quiero ofrecer aquí un recorrido total (de conjunto) de la escuela según los evangelios, partiendo de Marcos, como por otra parte he comenzado a realizar en mis dos comentarios, a los evangelios, al de Marcos (Verbo Divino, Estella 2012) y al de Mateo (Id. 2017). No sé si tendré tiempo ni posibilidad de componer los dos comentarios que me faltan (el de Lucas y Juan). Pero me alegra saber que existen comentarios muy buenos sobre esos evangelios y proyectos educativos, de conjunto, como éste que ofrece el Prof. Peiro Alba. Aquí me limita a “completar” de algún modo, inicialmente, el camino del Prof. Peiró, trazando un camino que podría, que puede, comenzar con marcos, como verá quien siga leyenco.
El “primer” evangelio. Algunos llaman así al evangelio de Mateo, colocado por la Iglesia al principio del canon del Nuevo Testamento. Pero, en sentido histórico, Evangelio de Marcos es quizá el primer texto cristiano de educación integral en la fe. Anteriormente había libros importantes, como el Antiguo Testamento, que era por entonces la única Biblia de la Iglesia, con recuerdos de Jesús, transmitidos de un modo directo por testigos y transmisores de su vida.
Diversas comunidades conservaban y transmitían el mensaje de los apóstoles y misioneros del principio (Pedro, Pablo, Santiago, Juan…) y leían cartas que algunos, especialmente Pablo, habían escrito a los creyentes. Había también colecciones de los dichos de Jesús, como el llamado “documento Q”. Pero no existía (que sepamos) un libro expresamente dedicado a la educación cristiana en la fe.
El primero en escribirlo, cubriendo ese hueco, fue un hábil narrador, llamado Marcos, autor del evangelio de su nombre. No sabemos quién era, ni donde vivió, aunque se puede suponer que formaba parte de una comunidad del entorno de Galilea, posiblemente en Siria (algunos dicen que en Roma) y que había conocido a los primeros cristianos. No conocemos su perfil social, pero sabemos que vinculó en su texto tradiciones de Pedro, con una “teología” más cercana a Pablo.
Era un apasionado de Jesús cuya trayectoria mesiánica recogió y quiso unificar, de un modo narrativo (no dogmático), escribiendo así el primer texto unitario de educación en la fe, una especie de historia evangélica de Jesús que culminaba en su crucifixión y se abría a la fe pascual que debía ratificar cada cristianos. Por eso, a diferencia de lo que harán más tarde los nuevos evangelios (Mateo, Lucas y Juan), no incluyó en su texto unas apariciones de Jesús resucitado (ni un evangelio de la infancia).
Las cartas de Pablo tenían otra finalidad polémica y doctrinal, lo mismo que el posible documento Q, y no existía todavía ningún libro cristiano estrictamente dicho, pues la Biblia de los seguidores de Jesús esa la misma del judaísmo (el Antiguo Testamento), y Marcos pensó que era necesario escribirlo, para que su comunidad y las comunidades cristianas del entorno tuvieran un punto de referencia, es decir, su nueva Biblia, no para sustituir a la anterior, sino para completarla e interpretarla.
A su juicio, ese punto de referencia sólo podía ser la vida y muerte de Jesús, a quien las comunidades cristianas veneraban como resucitado, no una doctrina sobre Dios, el pecado o la vida tras la muerte. ¿Quién había sido Jesús? ¿Cómo se podría condensar su historia? ¿Cuál fue su aportación a la vida de sus seguidores? Todo esto lo quiso exponer Marcos en un libro de fe y de historia evangélica, porque el don de Dios a los hombres no se puede centrar en unas afirmaciones doctrinas, más o menos importantes, sino en la vida de Jesús[8].
Cuando todo se tambaleaba. Nadie lo había hecho antes, nadie había tejido así los hilos de la trama de Jesús tal habían sido acogidos y transmitidos por las diversas comunidades. Marcos lo hizo y su texto (su evangelio) sigue siendo modelo y referencia de todos los escritos cristianos posteriores. La trama de su historia es simple, como todas las narraciones verdaderas, y expone la historia mesiánica del Cristo, Hijo de Dios (Mc 1, 1), que proclamó el mensaje del Reino y fue crucificado bajo Poncio Pilato, gobernador romano (Mc 15).
Retomando el corazón del mensaje de Pedro, de Pablo y de otros misioneros ya muertos, de la generación primera de la Iglesia (que habían actuado entre el año 30 y el 60 d. C.), y recuperando tradiciones de los grupos más cercanos a Jesús (discípulos de Galilea), en un momento clave (cuando todo podía derrumbarse), tras el año 70 d.C., pues el templo de Jerusalén había sido destruido, Marcos supo exponer la biografía pascual de Jesús Nazareno, el Crucificado (16, 6), y lo hizo de un modo tan intenso que su obra fue y sigue siendo clave todavía para entender el cristianismo.
Era un momento crucial para la Iglesia naciente, y podía pensarse que la división de opiniones sobre el tipo de resurrección y presencia de Jesús, con las diversas prácticas sociales de las comunidades podían conducir al surgimiento de iglesias totalmente distintas, unas en la línea de Pablo, otras en la de Pedro o Santiago, unas más gnósticas, otras más judeocristianas… Los primeros apóstoles habían muerto sin dejar un libro único de orientación cristiana, no había un Derecho Canónico, ni una Jerarquía unificada, ni un Catecismo. Pues bien, en ese momento, escribió Marcos su evangelio, como libro de educación en la fe, ofreciendo una imagen de Jesús que todos podían aceptar, pues abría para los creyentes un camino de salvación que les unificaba y fundaba en el misterio de Dios: ¡La vida de Jesús!
Quiero insistir en ello, pues hoy vivimos en una situación semejante (año 2021), no sólo entre diversas confesiones cristianas, sino dentro del mismo catolicismo. Ciertamente, ahora tenemos un Catecismo oficial y un Derecho Canónico bien estructurado y una Jerarquía que interpreta de modo autorizado la doctrina, pero hay diversas tendencias cristianas, a veces enfrentadas entre sí… y Marcos nos recuerda que, en un momento como éste, lo único que puede unificarnos también es una Vida y Mensaje de Jesús como el Marcos ofreció en su tiempo.
Cuando, que había sido el destino del proyecto de Jesús, había sido destruida y parecía que la herencia de Jesús y las diversas ramas del judaísmo podían derrumbarse, Marcos supo volver a la raíz y elevarse de nivel, situando en la base de todos los posibles cristianismos la figura (biografía) humana de Jesús. De esa forma “reinterpretó” e impulso el cristianismo desde una perspectiva de pascua (¡buscar a Jesús resucitado, y acogerle y expandir su camino), pues sólo la recta comprensión de la vida y muerte de Cristo podía ofrecer una respuesta a los problemas de la vida cristiana.
Como había dicho Pablo en 1 Cor 15, 3 ss, había diversas comunidades con formas distintas de vida y práctica cristiana, pero todas mantenían una misma “fe de base”, proclamando que Jesús había muerto por nuestros pecados y había resucitado por nuestra salvación. Sobre ese fundamento escribió Marcos su evangelio, que puede titularse Vida y Obra de Jesús Resucitado, como si fuera un nuevo comienzo de la Biblia, una especie de Génesis cristiano. Su libro sobre Jesús quiso ser y fue una clave para interpretar la tradición judía y la vida de las comunidades cristianas, centradas en una figura concreta (Jesús de Nazaret) y no en un tipo de doctrina.
Historia de Jesús resucitado. En ese contexto se puede afirmar que Marcos ha sido y sigue siendo el primer libro de educación cristiana en la fe Quien hoy lea su historia puede pensar que era la cosa era fácil, pero nadie lo había intentado previamente (que sepamos), ni Simón, a quien los cristianos llamaron Pedro (cimiento de la Iglesia), ni Pablo que tantas cosas apasionadas había sobre Cristo, ni los demás discípulos antiguos (Santiago, Juan, Magdalena, Apolo…). Nadie había recogido la vida de Jesús como “libro de educación en la fe” para los cristianos.
Lo hizo él, Marcos, hacia el 70/73 d.C., unos quince años después de que Pablo hubiera escrito su famosa carta a los Romanos, el libro más profundo de teología que aún existe (pero que no es manual de educación en la fe), unos ocho después de que murieran martirizados los fundadores de las iglesias (Pedro, Santiago…; hacia el 64 d.C.), sin haber escrito un evangelio, en el momento de mayor convulsión del judaísmo y del cristianismo (que era todavía el judaísmo de Jesús), tras el 70 d.C. En ese momento clave de la historia de la Iglesia, Marcos ofreció a los cristianos un documento esencial de “catequesis”, un compendio de iniciación cristiana: El libro de la historia mesiánica de Jesús.
Había en las iglesias buenos libros de discusión sobre temas importantes, empezando por las cartas de Pablo y quizá por otros recuerdos y escritos de Santiago y de Pedro y de otros misioneros que recordaban las cosas de Jesús, como reconocerá algunos años después Lucas al comienzo de su evangelio (Lc 1, 1-4). Las comunidades seguían leyendo el Antiguo Testamento, e interpretando el mensaje de Jesús apoyándose en visiones de tipo escatológico (como hará el Apocalipsis de Juan). Pero no había un libro base del cristianismo, y Marcos sintió la necesidad de escribirlo y lo hizo, asumiendo y recreando tradiciones anteriores.
En ese momento, cuando muchos discutían sobre la esencia de la fe, y comenzaban los primeros herejes, unos de tipo gnóstico espiritualista (divididos en cien grupos), otros más judeo-cristiano (atados a la ley y el orden impuesto desde arriba), Marcos pensó que la respuesta era contar la historia “real” (esto es, pascual) de Jesús, el mesías galileo a quien habían matado en Jerusalén, según ley, porque anunciaba y preparaba la llegada del Reino de Dios. Éste era el “tesoro” cristiano, su gran valor: La historia de Jesús.
En un sentido, esa historia suponía un retorno al pasado, pues todos los grupos cristianos estaban unidos por la historia pasada de Jesús, no por cuestiones de teología o por visiones sobre el fin del mundo, ni tampoco por la forma de organizar la Iglesia (que variaba, según los lugares). Pues bien, Marcos quiso que la unión y corazón de las iglesias fuera el recuerdo de Jesús, su vida mesiánica. No todos entendían de la misma forma a Pablo (como dirá más adelante 2 Pedro), ni todos entendían o aceptaban las tradiciones de la Carta a los Hebreos o del Apocalipsis (que quizá empezaba a circular ya en las comunidades…), pero todos podían entender y aplicar la vida de Jesús, y así la presentó Marcos, de forma poderosa, en su evangelio.
Éste fue el centro de su proyecto de educación en la fe, y por eso centró en Jesús la verdad del evangelio, para trazar desde Galilea (no de Jerusalén, donde le habían matado) un camino apasionante de vida y esperanza. Jesús era el gran tesoro de los cristianos, y por eso contó Marcos su historia, en un libro abrupto, cortante, que fue y sigue siendo un prodigio literario, teológico y humano: El relato del “fracaso externo” y del triunfo profundo y definitivo de Jesús Nazareno, que anunció la llegada del Reino de Dios en Galilea y que fue asesinado en Jerusalén, como Hijo de Dios y salvador para todos los hombres.
Jesús no fue Hijo de Dios por “levantar en armas” al pueblo de Jerusalén, y por ganar una guerra final contra los enemigos, sino por haber anunciado la llegada del Reino de Dios, siendo asesinado precisamente en Jerusalén, donde ese Reino debía haber llegado. Pues bien, ahora que Jerusalén había sido destruida (tras el año 70 d.C.), los cristianos podían llevar el evangelio a todo el mundo. No necesitaban más normas ni equipajes; tenían a Jesús, entendían su vida y su anuncio de salvación, un manual de educación en la fe; podían seguir anunciando en todo el mundo su buena noticia. De esa forma, Marcos quiso que la historia de Jesús fuera el primer libro de educación cristiana.
Volver a Galilea, retomar el evangelio de Jesús. Marcos escribió un Evangelio, es decir, el libro de la victoria del crucificado, no un conjunto de visiones del Hijo del Hombre, ni un manual de teología, ni de disciplina comunitaria (como habían hecho los esenios de Qumrán), ni una colección de interpretaciones eruditas del Antiguo Testamento, como harán algunos libros cristianos posteriores (empezando por la Epístola de Bernabé). Escribió el evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios (Mc 1, 1), que culmina y se abre con el anuncio de la resurrección, pidiendo a todos los discípulos que vuelvan de forma creadora (no geográfica) a Galilea, para retomar desde allí el camino y proyecto de Jesús (cf. Mc 16, 1-8).
Con esta invitación (¡volved a Galilea, allí le veréis!) termina Marcos su catequesis, es decir, el libro de la educación de la fe, que deberá extenderse después a todos los pueblos (Mc 13, 10; 14, 9). Así contó la “historia” del evangelio de Jesús crucificado, a quien Dios envío y acompañó hasta la muerte. Así mostró que el Salvador no es alguien que vendrá simplemente al final, ni un ser superior, de otra esfera divina (como algunos pensaban que decía Pablo), sino el mismo Jesús que había muerto al servicio del Reino de Dios y que estaba presente como fuente de vida y como principio de esperanza en cada uno de los cristianos.
Jesús no había impuesto externamente el Reino de Dios, con violencia (como podía haberlo hecho el Hijo del Hombre de Daniel, en el Antiguo Testamento), sino que lo hizo de un modo mucho más profundo, compartiendo la vida y sufrimiento de los hombres, y muriendo por ellos. Jesús actuó, según eso, de una forma muy humana (y muy divina), como creyente israelita (cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento) y como salvador universal, muriendo por anunciar el Reino de Dios, y resucitando para extender a todos los pueblos de la tierras.
Marcos escribió la historia de ese Jesús muerto y resucitado (que vive en Dios) y que está presente y debe venir, como portador y primicia del Reino. No quiso ni pudo escribir un libro con las “visiones” de ese Jesús, es decir, con sus apariciones pascuales, como si él fuera un ser supra-terreno, quizá parecido a los ángeles, sino que trazó los momentos básicos su historia y misión, desde el Bautismo en el Jordán hasta la muerte en el Calvario. Éste fue su argumento, ésta su gran aportación, algo que nadie había hecho todavía: Escribió la “vida” humana de Jesús (los hechos principales de su historia, su mensaje, sus gestos “milagrosos”, su llamada a los discípulos, su ascenso a Jerusalén, su muerte), pero sabiendo y mostrando que él era el mismo Mesías resucitado, presencia de Dios. No escribió, por tanto, una crónica de los hechos externos de su vida, sino un Evangelio de recuperación (reconocimiento) pascual de la historia de Jesús que es Hijo de Dios y salvador de los hombres.
Su libro ha de entenderse, por tanto, como un proceso de re-conocimiento de Jesús, una toma de conciencia (un caer en la cuenta) del contenido pascual (es decir, salvador) de las cosas que dijo y que hizo, tal como culminaron en su muerte, siendo ratificadas por Dios en la resurrección. Ciertamente, es una especie de “crónica”: Recoge y relata muchas cosas de la historia de Jesús. Pero es una crónica contada desde la fe, por alguien (una comunidad) que descubre y proclama la presencia de Dios en Jesús.
Iniciación de Marcos, una fe más ilustrada. Marcos ha narrado la historia de Jesús desde el lado del corazón y de la fe, poniendo así de relieve el carácter salvador de su mensaje y de su muerte salvadora, como mesías y portador del Reino prometido. Marcos sabía que ese Reino no llegó externamente, pues Jesús no triunfó en Jerusalén, sino que le mataron; pero él supo y dijo que la muerte de Jesús ha sido es el signo supremo del Amor de Dios, que quiso darnos el regalo de su propia Vida a través de Jesús Hijo.
En contra de aquellos que esperaban un retorno inmediato de Jesús, Hijo del Hombre (en Jerusalén o en otro lugar, al modo antiguo), Marcos quiso abrir a los cristianos los ojos del corazón y la puerta del evangelio, para que descubrieran que Jesús era ya el salvador del mundo. Por eso, no había que esperarle de un modo pasivo, sino retomar y extender su camino. Por eso, el joven de la pascua dice a las mujeres que abandonen Jerusalén (lugar de tumbas), para reiniciar el mensaje del evangelio como hizo Jesús en Galilea (cf. Mc 16, 6-8).
De esa forma escribió Marcos el primer manual de iniciación en la fe cristiana, un manual práctico que ha marcado todo el cristianismo posterior, en una línea cercana a la de Pablo, aunque con matices que Pablo no había descubierto o señalado: Jesús es Mesías de Dios precisamente porque ha muerto por fidelidad al Reino, es decir, porque le han matado los que rechazaron su mensaje. Con ese convencimiento, escribió la historia de los dichos y los gestos de Jesús, empezando en Galilea y terminando en el Calvario.
Este manual, escrito en torno al año 70-73 d.C., ha revolucionado la historia del cristianismo. Así lo entendieron muy pronto otros dos “evangelistas” (Mateo y Lucas), que retomaron la trama y argumento del libro de Marcos para sustituirlo en sus comunidades (o para ampliarlo), añadiendo algunos detalles (como la historia de la infancia de Jesús, el Sermón de la Montaña y algunas parábolas). De esa manera, Mateo y Lucas escribieron también unos libros alternativos de iniciación cristiana, lo mismo que hizo, en clave más mística, el cuarto evangelio (Juan). De todas formas, la Iglesia posterior no prescindió de Marcos, sino que lo conservó y lo sigue presentando como manual básico (y primero) de iniciación cristiana.
De esa forma, los cuatro evangelios, a partir de Marcos han sido y siguen siendo los textos principales de la educación cristiana a la fe, y así los seguimos estudiando todavía (antes que el Catecismo o el Código de Derecho Canónico). Por eso quiero recomendar a todos su lectura: Que (con los otros evangelios) sea su libreo de cabecera y de trabajo apostólico al servicio del Reino.
NOTAS
[1] Así dice Juan de la Cruz: “«La causa por que la enfermedad de amor no tiene otra cura, sino la presencia y figura del Amado, como aquí dice, es porque la dolencia de amor, así como es diferente de las demás enfermedades, su medicina es también diferente. Porque en las demás enfermedades – para seguir buena filosofía – cúranse los contrarios con contrarios; mas el amor no se cura sino con cosas conformes al amor. La razón es porque la salud del alma es el amor de Dios, y así, cuando no tiene cumplido amor, (el alma) no tiene cumplida salud, y por eso está enferma. Porque la enfermedad no es otra cosa, sino falta de salud, de manera que cuando ningún grado de amor tiene el alma, está muerta; más cuando tiene algún grado de amor de Dios, por mínimo que sea, ya está viva, pero está muy debilitada y enferma por el poco amor que tiene; pero cuanto más amor se le fuere aumentando, más salud tendrá, y cuando tuviere perfecto amor, será su salud cumplida» (Comentario al Cántico B, 11).
El tema del amor como salud integral (y de la educación como curación) constituye uno de los motivos de reflexión más importantes del evangelio y de la pedagogía y medicina integral de nuestro tiempo. de nuestro tiempo. Cf. en esa línea: Cf. J. Baruzi, San Juan de la Cruz y la experiencia mística, Conserjería de Educación de CL, Valladolid 1993; D. Chowning, “Sanados por amor. El camino de la sanación en San Juan de la Cruz”: Revista de Espiritualidad 59 (2000) 253-333; G. Morel, Le sens de l’existence selon Saint Jean de la Croix I-III, Aubier, Paris 1960-1961; X. Pikaza, Amor de hombre, Dios enamorado, Desclée de Brouwer, Bilbao 2003; Ejercicio de amor, San Pablo, Madrid 2018; J. Vives, Examen de amor. Lectura de San Juan de la Cruz. Santander, Sal Terrae, Madrid 1978.
[2] Jesús no ha separado los milagros del resto de sus “actividades” y del conjunto de su vida: no ha sido un teórico, sabio de doctrinas abstractas, sino un hombre de acción, y de esa forma ha puesto en marcha un movimiento de reino, entusiasmando a muchos pobres y enfermos de su entorno. Precisamente ellos, los que parecían expulsados de los sistemas sacrales y sociales han sido lo que han acogido con más fe y esperanza el camino y mensaje de Jesús, los han asumido su camino, pero no para perderse en la pura irracionalidad o fantasía individual sino para buscar juntos el “reino”, un tipo de comunión distinta de la formada por el templo de Jerusalén y por el imperio de Roma.
[3] Éste es un tema que pude de relieve desde una perspectiva histórico‒teológica en Fiesta del pan, fiesta del vino. Mesa común y eucaristía, Verbo Divino, Estella 2005. Esa “educación para compartir” el pan de la vida y la palabra no es de tipo puramente doctrinal (de teoría), ni puramente material (repartir externamente el pan…), sino que tiene carácter sacramental estricto, pues al final de su vida, Jesús pudo recoger su enseñanza y testimonio de un modo “eucarístico” como palabra y pan de comunión. Enseñar no es sólo “comer juntos”, como en una multiplicación puramente material, sino convertir la propia vida (cuerpo-sangre) en alimento (palabra-pan) para los demás (cf. Mc 14, 22-27).
[4] Como buen judío, Jesús ha venerado al Dios de sus antepasados, Señor que dirige la historia, y de un modo especial, la ha invocado como Padre (Abba) de todos los seres humanos, en especial de los pobres y descartados del mundo. Éstos son los rasgos principales de este Dios trinitario. (a) Dios es Padre personal (de cada uno, en especial de los pequeños). (b) Dios es Padre universal (de todos, en especial de los pobres). Eso hace que debamos compartir su amor entre todos, de manera que la escuela de amor a Dios es, al mismo tiempo, escuela de amor al prójimo. Éstos son los ejes de la educación cristiana, centrada en el amor a Dios y al prójimo, en línea de interioridad (amor a Dios, contemplación) y comunión (amor al prójimo).
[5] La ley en sí no es libertad, ni es gratuidad, pero sólo a través de una pedagogía de ley podemos superar ese nivel y alcanzar como don la libertad de Dios en Cristo. Entendida así, la ley (Antiguo Testamento) forma parte del camino y despliegue de la libertad cristiana. Sin un orden de leyes entendidas y vividas como aprendizaje de maduración no es posible encontrar la libertad en Cristo, como ha puesto de relieve la teología de San Pablo. Por eso, la ley, siendo necesaria, no está al servicio de sí misma, sino de la gracia más alta, esto es, del amor que se revela y despliega como don y presencia de Vida. Eso significa que las leyes son importantes y así deben cumplirse para que en ellas podamos madurar, de manera que, cumpliéndolas, podamos al fin superarlas en amor, que no es negación, sino superación interna de la misma ley, como ha sabido San Juan de la Cruz, cuando dice que, al final de la “subida al monte de Dios”, en la montaña del amor (culminado el camino de la ley), ya no existe ley externa, pues el justo es ley para sí mismo.
[6] En un sentido histórico‒crítico, con abundante bibliografía, sigue siendo fundamental la obra de J. P. Meier, Un judío marginal IV. Ley y Amor, Verbo Divino, Estella 2009.En esa línea, la gracia de Jesús puede suscitar y ha suscitado conflictos con un tipo de interpretación intra‒ judía (y/o posterior) de la Ley, propia de aquellos que piensan que ella tiene un valor permanente y no debe ser trascendida.. En contra de eso, Jesús presenta e interpreta su enseñanza como experiencia de transcendimiento y experiencia radical de gracia. Jesús ha tenido que superar un tipo de ley para recibir en su grupo de mesa y comunión fraterna, a leprosos y mujeres con impureza legal y social), a publicanos y prostitutas (pecadores), lo mismo que a los pobres de la tierra (poco cumplidores de la ley), ofreciéndoles perdón y/o espacio de reconciliación en gratuidad, como puro don, no como salario por el cumplimiento de unas leyes anteriores. Lógicamente, su gesto podía aparecer como peligroso para la estabilidad político‒social del pueblo; por eso, según ley, él ha sido rechazado por los sacerdotes de Jerusalén y condenado a muerte, por las autoridades políticas de Roma.
[7] Siendo condenado a muerte en Jerusalén (como Sócrates lo fue en Atenas), Jesús no se defendió en un plano legal, ni respondió con armas a la amenaza de aquellos que le ejecutaron de un modo violento. No era un maestro “militarizado”, ni un poeta que canta la gloria de las batallas nacionales, como pudieron ser Píndaro y el autor de 1 Macabeos. Tampoco fue un instigador político directo, sino un hombre que educaba en libertad en nombre de Dios y de su gracia. Pues bien, precisamente por eso, porque superaba por dentro el nivel del sistema socio-político de su tiempo, las autoridades legales vieron que su proyecto resultaba peligroso… y terminaron condenándole a muerte.
Jesús no había sido sólo profeta, sabio, carismático, portador de la palabra de Dios, sino pretendiente mesiánico, suscitando una esperanza de cambio entre los hombres y mujeres de su pueblo. Esto significa que quiso educar a los hombres y mujeres para el reino, proponiendo un camino de educación conflictivo, que choca con los intereses de la sociedad establecida. Por eso, aunque parte de la población pudo aclamarle en su entrada en Jerusalén (¡Bendito el reino que viene de nuestro padre David! Mc 11, 10)los poderes fácticos le condenaron a muerte. No quiso conquistar la ciudad con soldados, pues la verdadera transformación se hace con “ideas”, y por eso resultaba especialmente peligroso.
[8] Entre los comentarios a Marcos, en castellano, además del mío ya citado, cf. J. M. González Ruiz, Evangelio según Marcos, Verbo Divino, Estella 1988; J. Marcus, Marcos. Mc 1-8, Sígueme, Salamanca 2010 y Marcos 9‒16, ibid. 2012; J. Mateos y F. Camacho, El evangelio de Marcos. Análisis lingüístico y comentario exegético I-III, Almendro, Córdoba 1993-2000; Marcos.Texto y comentario, Almendro, Córdoba 1994; M. Navarro Puerto. Marcos, GLNT, Verbo Divino, Estella 2006; B. Rigaux, Para una historia de Jesús. El testimonio de Marcos, Bilbao 1967; R. Schnackenburg, El evangelio según san Marcos I-II, Herder, Barcelona 1982.

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