La Pontificia Academia para la vida

La Pontificia Academia para la Vida contra el descarte de nuestros mayores

“Los ancianos nunca tuvieron que morir así (…) fueron tratados cruelmente”
“Todo está en juego: la política, la economía, la sociedad, las organizaciones religiosas, para iniciar un nuevo orden social que ponga en el centro el bien común de los pueblos”
“Durante la primera oleada de la pandemia, una proporción significativa de las muertes por Covid-19 se produjo en instituciones para ancianos, donde se debería haber protegido a la parte más débil de la sociedad, pero donde se produjeron proporcionalmente más muertes que en el hogar y el entorno familiar”
“La eliminación de los ancianos es una maldición que esta sociedad se inflige a sí misma con frecuencia”
“Quitarle el derecho a la vida a los débiles es robarle la esperanza a la gente, especialmente a los jóvenes. Por eso, descartar a los ancianos -incluso en el lenguaje- es un grave problema para todos”
“Al descartar a los ancianos, reducimos las oportunidades de que la sociedad crezca hacia arriba y no se ocupe de las necesidades momentáneas del presente”
‘La vejez: nuestro futuro. La condición de las personas mayores después de la pandemia’
09.02.2021 Jesús Bastante
“El número de muertes de personas mayores de 65 años es impresionante. Hemos visto lo que les ha ocurrido a los ancianos en todos los países del mundo a causa del coronavirus. Nunca tuvieron que morir así (…): fueron tratados cruelmente”. Durísimo documento de la Pontificia Academia de la Vida, que pone negro sobre blanco la situaciones de “soledad y aislamiento” de muchos de nuestros mayores, que se convirtieron en el principal foco de mortalidad durante este primer año de crisis mundial por el coronavirus.
El documento, que lleva por título ‘La vejez: nuestro futuro. La condición de las personas mayores después de la pandemia’, arranca con un recuerdo a la histórica vigilia del Papa en una vacía plaza de San Pedro, el 27 de marzo pasado, en el que hizo un llamamiento a “permitir nuevas formas de hospitalidad, fraternidad y solidaridad”.
Lecciones a aprender
¿Qué lecciones podemos aprender del coronavirus?, es uno de los objetivos del texto que invita a “aprender de la tragedia de la pandemia, sobre sus consecuencias para hoy y para el futuro de nuestra sociedad”.
Y es que la pandemia ha hecho “imprescindible repensar el modelo de desarrollo de todo el planeta”, porque “todo está en juego: la política, la economía, la sociedad, las organizaciones religiosas, para iniciar un nuevo orden social que ponga en el centro el bien común de los pueblos”.
El bien común, añade la Pontificia Academia de la Vida, “no es una fijación cristiana: su definición concreta se ha convertido ahora en una cuestión de vida o muerte”, y la fraternidad en una “pasión evangélica”, como relataba Bergoglio en Fratelli Tutti.
El cuidado de los demás frente al “descarte”, se observa especialmente en el mundo de los ancianos, “los más afectados por la pandemia”.
“Una tragedia inimaginable”
“Durante la primera oleada de la pandemia, una proporción significativa de las muertes por Covid-19 se produjo en instituciones para ancianos, donde se debería haber protegido a la parte más débil de la sociedad, pero donde se produjeron proporcionalmente más muertes que en el hogar y el entorno familiar”, recalca la Academia de la Vida: “Una tragedia inimaginable”, según la OMS.
“La institucionalización de los ancianos, especialmente de los más vulnerables y solitarios, propuesta como única solución posible para cuidarlos, en muchos contextos sociales revela una falta de atención y sensibilidad hacia los más débiles”, denuncia la institución dirigida por Vincenzo Paglia, quien utiliza palabras del cardenal Bergoglio para recalcar que “la eliminación de los ancianos es una maldición que esta sociedad se inflige a sí misma con frecuencia”, que hoy resultan proféticas.
Una de cada cinco personas será anciana
Frente a ello, es preciso “una reflexión interna” sobre lo ocurrido, para lanzar “una nueva visión, un nuevo paradigma que permita a la sociedad cuidar a los ancianos”. En sociedades como las occidentales, con una mayor esperanza de vida (ligada al “drástico descenso” de los nacimientos), han llegado a coincidir cuatro generaciones. “Esta gran transformación demográfica representa un reto cultural, antropológico y económico”, especialmente en las grandes ciudades, donde en el futuro “una de cada cinco personas será anciana”.
Por lo tanto, continúa el documento, “es esencial hacer de nuestras ciudades lugares inclusivos y acogedores para las personas mayores y, en general, para todas las formas de fragilidad”.
“Es innegable que la pandemia ha reforzado en todos la conciencia de que la ‘riqueza de los años’ es algo que hay que valorar y proteger”, apunta el documento, que invita a “replantear profundamente los modelos de atención a las personas mayores”.
Modelos de atención
“¿Quién no querría seguir viviendo en su propia casa, rodeado de sus afectos y de las personas más cercanas, incluso cuando se hace más difícil? La familia, el hogar, el propio entorno son la opción más natural para todos”, constata el Vaticano, que invita a tener siempre a la persona mayor, “con sus necesidades y derechos, en el centro de la atención”.
El documento baja a lo concreto al instar a “prestar especial atención a las viviendas para adaptarlas a las necesidades de los ancianos: la presencia de barreras arquitectónicas, la insuficiencia de instalaciones higiénicas, la falta de calefacción, la escasez de espacio deben tener soluciones concretas”.
Todo ello, añade, “requiere un proceso de conversión social, civil, cultural y moral. Sólo así se podrá responder adecuadamente a la demanda de proximidad de las personas mayores, sobre todo de las más débiles y desfavorecidas”.
“Una alianza cuidadosa y activa entre las familias, el sistema socio-médico, los voluntarios y todos los actores implicados puede evitar que las personas mayores tengan que abandonar su propio hogar”, propone el organismo vaticano, que invita a “un enfoque personalizado de la intervención socio-sanitaria”.
Atención a las familias
Una atención que apoye a las familias, “que no pueden asumir solos, en casa, la responsabilidad de cuidar de una única y exigente enfermedad, lo que resulta costoso en términos de energía y dinero”. Es importante, añade el texto, “invertir la tendencia, sobre todo mediante planes eficaces que promuevan la civilización de la situación y el medio ambiente, para no dejar atrás a los que envejecen”.
Sobre las residencias de ancianos, la Pontificia Academia de la Vida recuerda que “hay muy buenos ejemplos que demuestran que es posible humanizar el cuidado de los ancianos más frágiles”, dado que “en algunos contextos sociales pobres, la solución institucional puede ser una respuesta concreta a la falta de un hogar propio”, sin olvidar que algunos ancianos “eligen por sí mismos trasladarse a sus casas de reposo para encontrar compañía”, mientras que “otros lo hacen porque la cultura dominante les empuja a sentir un dolor y una incomodidad por sus hijos”.
Transmisores de la fe
Por eso “es tan importante preservar el tejido humano y un entorno acogedor y atento donde todos puedan ser atendidos, servidos y satisfechos”, no sólo en el ámbito sanitario o residencial, sino también en el mundo eclesial, donde los mayores han sido, y siguen siendo, los mayores transmisores de la fe a sus nietos. Incluso en una sociedad secularizada como la nuestra, donde “la actual generación de niños no tiene la formación cristiana y la fe”, éstos la pueden transmitir a sus nietos. Porque, como señala el Papa en Evangelii Gaudium, hay que “anunciar la presencia de Cristo [también] a los ancianos”, que “están llamados a ser misioneros”.
Los obispos, sobre los ancianos
En el ámbito espiritual, “la vejez también se entiende en este contexto espiritual: es la edad propicia para el abandono en Dios”, recalca el organismo vaticano, que destaca que “la debilidad de los ancianos es también pro-vocacional (…). Una sociedad que abraza la debilidad de los ancianos puede ofrecer a todos una esperanza para el futuro”. Por ello, añade, “quitarle el derecho a la vida a los débiles es robarle la esperanza a la gente, especialmente a los jóvenes. Por eso, descartar a los ancianos -incluso en el lenguaje- es un grave problema para todos”.
El abandono “es una actitud peligrosa”, que contrasta con la realidad del cristianismo, que “no sólo no responde a la debilidad del hombre, desde su concepción hasta el momento de su muerte, sino que le da sentido e incluso fuerza”. Es “el sorprendente potencial de la vejez” que ejemplifican los ancianos Simeón y Ana, que se encuentran con Jesús, como ancianos y jóvenes han de encontrarse en la sociedad actual, tal y como repite continuamente el Papa Francisco.
“Al descartar a los ancianos, reducimos las oportunidades de que la sociedad crezca hacia arriba y no se ocupe de las necesidades momentáneas del presente”, lamenta el escrito, que reclama “una ética del bien común y el principio del respeto a la dignidad de cada persona, sin distinción de ningún tipo, incluida la edad”.

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