Los movimientos populares, signo de los tiempos

                                                        El Papa y los movimientos populares

«El liberalismo, de izquierda y derecha, gobierna por mediación. Un cuerpo parlamentario representa, por un sistema de partidos políticos, a quienes tienen una parte de los bienes comunes»
«Los movimientos populares, por el contrario, son la forma política que crece a los márgenes del sistema, sin partido que los represente. Es la forma no partidaria que sume la organización de los que no tienen parte de los bienes comunes»
«Volviendo a la escena del Capitolio, todo parecería indicar que, por ahora, el liberalismo no está capacitado para ordenar el caos si logran profanar su trono justo en el día de Reyes»
11.02.2021 | Emilce Cuda
Resulta sorprendente que justo el 6 de enero, día de la Fiesta de Reyes, un rey vikingo se haya sentado en el trono de la democracia. La epifanía, fiesta religiosa cristiana, es la manifestación del Dios personal, quien se encarna, se hace visible y dice: yo soy y acá estoy. Además, se revela al mundo pagano, no judio, todo un signo de pluralidad.
Curiosamente, la irrupción del pueblo en el espacio público también es conocida como manifestación. Es el momento en que el pueblo, a falta de representación, se hace visible políticamente, aparece de cuerpo presente, y dice en lenguaje simbólico: acá estamos. Tal coincidencia de ninguna manera debe ser considerada como un signo teológico político, pero da que pensar. No todo es locura o blasfemia.
Ahora bien, qué significa la exhibición de los cuerpos en el espacio público, el espacio de lo político. Muy simple: quienes ya no se sienten representados por la palabra, se expresan con el cuerpo. La manifestación popular de cuerpo presente emerge a consecuencia de una crisis de representación política y económica.
El liberalismo, de izquierda y derecha, gobierna por mediación. Un cuerpo parlamentario representa, por un sistema de partidos políticos, a quienes tienen una parte de los bienes comunes. Los movimientos populares, por el contrario, son la forma política que crece a los márgenes del sistema, sin partido que los represente. Es la forma no partidaria que sume la organización de los que no tienen parte de los bienes comunes.
Los movimientos populares, a falta de representación, saltan la mediación y se manifiestan de cuerpo presente. No por eso son una masa inorgánica y saqueadora. Ante la amenaza de muerte por exclusión social se movilizan y aparecen, por un momento, como un pueblo. Se movilizan por sueños, no por miedos; por eso reclaman derechos y no seguridad. Se conforman a partir de una e-moción comunitaria, o amistad social, que les permite pensar, organizarse y hacer juntos. La epifanía popular, en tanto manifestación organizada de los cuerpos devaluados -esos que hasta ahora solo son contabilizados como gasto público por los PBI nacionales-, lejos de ser obscena, constituye el momento político de reclamo por participación en los procesos de toma de decisiones sobre el destino de los bienes comunes.
Sin embargo, no todo desborde simbólico de los cuerpos en el espacio público debe interpretarse como movimiento popular organizado a partir de la decisión comunitaria de unirse para salvarse. El momento de lo político puede también ser el momento del caos, en el que cualquier deus mortalis capitalice el descontento popular desarticulado y lo organice a su modo hasta sentarse en el trono de la democracia. La organización política de los descartados, por ellos mismos y a partir de sus propias necesidades, por el contrario, es una forma de prevenir el caso; se trata de convertir la pasión de los cuerpos en acción comunitaria.
Entender la política como forma es premoderno; hoy se la entiende como relaciones de fuerza. Sin embargo, los movimientos populares se autodefinen como una forma de organización comunitaria, no partidaria, articulada por necesidades y no por intereses. Eso se debe a que lo perciben como el único modo posible de organización en un escenario de amplia desigualdad social y alta tasa de desempleo, lo que hace imposible la organización partidaria. En la política como forma prevalece la armonía de lo diferente, no la idea, y eso facilita la organización de las periferias.
En la política como relaciones de fuerza prevalece la tensión. Eso es el sistema de partidos como modo de organización liberal -tanto de izquierda como de derecha-, pero esto solo es posible en una sociedad con desarrollo industrial avanzado y pleno empleo, que permita el diálogo social entre los sectores productivos. La armonía es más funcional en un espacio social desorganizado laboralmente. Se las arregla mejor con las diferencias, hasta hacer sonar la música dodecafónica de la democracia con la participación de todos los sectores, incluso los de la economía popular.
Los movimientos populares no son cuerpos a la mera disponibilidad. Son comunidades organizadas capaces de prevenir el momento populista. El sufrimiento injusto los mueve a unirse para salvarse y dar forma política al caos como lucha por la justicia. Por eso mismo son considerados por el magisterio pontificio como un signo de los tiempos, por ser una experiencia comunitaria de salvación. Pensarlos como subsuelo del planeta desde donde pueda surgir una nueva energía moral no es poesía latinoamericana. De acuerdo con el magisterio conciliar, el sensus fidelium -o instinto de fe-, habilita también al pueblo como sujeto comunitario de discernimiento social.
Volviendo a la escena del Capitolio, todo parecería indicar que, por ahora, el liberalismo no está capacitado para ordenar el caos si logran profanar su trono justo en el día de Reyes. Sin embargo, hay antecedentes. El primer movimiento popular en reclamo de derechos políticos y económicos, por parte de quienes eran desconocidos civilmente por el liberalismo, surgió entre los trabajadores católicos de Estados Unidos durante el siglo XIX.
Con su lucha pública, de acuerdo a principios evangélicos, dieron forma democrática a la primera república moderna. Lo que se llamó despectivamente Americanismo, fue impulsado por obispos jesuitas de origen iralndes. Esa forma política fue de Baltimore a Roma, dio origen a la primera encíclica social Rerum Novarum, y reaparece al inicio de Fratelli Tutti: “vengo a proponer una forma de vida con sabor a evangelio”.
Alexis de Tocqueville, un post-católico, habla de la democracia en América, y no de la república como la llamaban los americanos. Ante una desigualdad que se daría inexorablemente a causa del nuevo sistema económico industrial, prioriza la forma de vida democrática enraizada en las costumbres religiosas del primer Estado laico, a la tensión republicana.

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