Se adaptó a la nueva “pastoral tecnológica”

No tener miedo a reinventarse y seguir evangelizando en tiempos de pandemia

                                                                 Maria Luiza São Raimunda
• “Me puse a disposición para aprender a manejar la tecnología para no estar lejos de la gente, de las familias, y todo se fue sucediendo, intentaba encajarme en las videoconferencias, participar”
“Cuando estábamos delante del ataúd de mi marido, me dijo, nunca abandones la comunidad, nunca dejes de celebrar la fe, que eso es lo que te hará seguir adelante”
“Siento que la iglesia es una extensión de mi hogar y mi hogar es una extensión de la iglesia. He vivido toda mi vida así, y digo que cuando cuido de la gente, Dios cuida de mí”
14.02.2021 Luis Miguel Modino, corresponsal en Brasil

El 12 de febrero, la exhortación postsinodal Querida Amazonía cumplió un año de su publicación. En ella, el Papa Francisco nos dice que “sin las mujeres, [la Iglesia] se desmorona, como muchas comunidades de la Amazonía se habrían desmoronado si las mujeres no hubieran estado allí, sosteniéndolas, preservándolas y cuidándolas”. Estas palabras nos ayudan a entender historias de vida presentes en la Iglesia de la Amazonía. Son historias con rostro femenino, como la de María Luiza Lahan Lamarão, alguien que es sólo un ejemplo entre los muchos que podemos encontrar en la Amazonía, en Brasil y en el mundo.
Es una de las coordinadoras de la comunidad de San Raimundo, en la parroquia del mismo nombre, formada por tres comunidades. Es una mujer que siempre ha estado presente en el día a día de la parroquia, situada en uno de los barrios más antiguos de la capital del Estado de Amazonas, en una pequeña colina a orillas del río Negro. Acostumbrada a ver la vida con esperanza, dice que “he aprendido al caminar a no quedarme atrás, a mirar siempre hacia adelante, y Dios siempre muestra una alternativa en medio de los retos y las dificultades”.
Su vida nunca fue fácil, pero siempre supo reinventarse y seguir adelante. Ella misma cuenta que, embarazada de siete meses de su hijo mayor, perdió a su padre, “y fui yo quien dio valor, esperanza a mi familia”. Más tarde, a la edad de 37 años, María Luiza quedó viuda, con 3 hijos, el mayor de 13 años. “En el momento de la muerte de mi marido lloré y grité, pero luego recé y me puse de nuevo en pie para seguir la vida”, dice alguien que ha aprendido a ver la vida desde la confianza en Dios.
Ante la pandemia, que le ha impedido estar físicamente en la iglesia, María Luiza dice que “junto con mi deber de coordinar la comunidad, me sentí obligada a hacerme presente incluso en esta situación”. Es entonces cuando no tuvo miedo de aprender a utilizar la tecnología. Ella misma cuenta que “Edgar, que es mi ahijado en mi caminar en la iglesia y también mi compañero en la coordinación, es joven y entiende todo lo relacionado con la tecnología, y yo me puse a disposición para aprender a manejar la tecnología para no estar lejos de la gente, de las familias, y todo se fue sucediendo, intentaba encajarme en las videoconferencias, participar”.
Durante este tiempo de aislamiento, “mi dedicación a la oración también ha sido muy intensa, hoy digo que rezo mucho más que antes, me dedico mucho, mucho a mi propia espiritualidad”, dice María Luiza. Según ella, “cuando nos dedicamos a la misión, desbordamos todo lo que tenemos dentro, el amor que tenemos, el Espíritu de Dios, y luego necesitamos recargarnos”. Para ello, ha profundizado en la oración, “he aprendido otra forma de rezar”, insiste, afirmando que está atenta a seguir evangelizando a su familia, incluso desde lejos, “a estar siempre motivando a los hijos, a sus familias, a seguir rezando, a unirse más en la oración”.
Uno de los dones de María Luiza es la música, estudió música y ha puesto sus conocimientos al servicio de la Iglesia. Recuerda que su madre, que fue la que la animó en este campo musical, “cuando estábamos delante del ataúd de mi marido, me dijo, nunca abandones la comunidad, nunca dejes de celebrar la fe, que eso es lo que te hará seguir adelante”, algo que, “incluso con todas las dificultades, con mis 3 hijos, nunca dejé de ir a las celebraciones, a la iglesia, nunca dejé de tener mi participación, mi servicio, siempre dentro de mi disponibilidad, de mis posibilidades, pero primero mi fe, y creo que ayudé mucho a mis hijos en la cuestión de la educación en la fe”.
Durante la pandemia, junto con su nieto de 13 años, que vive con ella, comenzó a tocar el culele, “descubrí que esto me iba a ayudar a servir a mi iglesia, en la liturgia, con el canto, también ayudando a la gente que lo necesitaba, grabando el audio para que los agentes musicales aprendieran las canciones”. De hecho, ha creado su canal de YouTube donde realiza su labor evangelizadora a través de la música. “Tengo algo conmigo, nunca dejar de darme, esto para mí es una cuestión de naturaleza espiritual, de fe, de darme, de darme a la iglesia, de darme a la gente”, insiste María Luiza. Ella ve que “realmente, en este tiempo, me estoy recreando, ha sido muy gratificante para mí”.
Querida Amazonía hace la propuesta de “que las mujeres tengan una incidencia real y efectiva en la organización, en las decisiones más importantes y en la orientación de las comunidades”, algo que está presente en la vida de María Luiza. Junto a esto, el mes pasado, el Papa Francisco promulgó un motu proprio en el que abría oficialmente los ministerios del lectorado y acolitado a las mujeres, una práctica habitual en muchos lugares, entre ellos la Archidiócesis de Manaos.
Cuando se le pregunta cómo ayudar a la gente a sentirse comunidad en esta época de aislamiento, María Luiza reconoce que es bastante complicado. Pero luego, con su optimismo afirma que “como ya tenía un trabajo intenso en la comunidad, y soy muy conocida, la gente se acercaba a mí, la gente quería escucharme, la gente quiere sentirse acogida, aunque esté lejos”. Dice que “siempre intento dar una palabra de motivación para que la gente no deje de sentirse parte, de sentirse Iglesia. En mis conversaciones, en las redes sociales, en mis audios en los que hablo personalmente con cada persona a través de las redes sociales, a través de WhatsApp, también fue un descubrimiento de cómo puedo ser útil con mis palabras, pero también escuchar, siempre me ha gustado escuchar a la gente”.
María Luiza insiste en que “esto, en cierto modo, da a la gente una credibilidad, una confianza. La gente no tiene miedo de hablar conmigo sobre las cosas”. Al mismo tiempo, afirma que “también he aprendido a callar cuando algo no me gusta, a menudo es mejor escuchar y callar que responder”. Afirma que “yo también he ayudado de esta manera, en las redes sociales, llamando, preguntando cómo están las cosas, la gente me llama. Siento que la iglesia es una extensión de mi hogar y mi hogar es una extensión de la iglesia. He vivido toda mi vida así, y digo que cuando cuido de la gente, Dios cuida de mí”.
Las últimas semanas ha sido un tiempo de muchas muertes en Manaos. La gran mayoría de la gente ha visto cómo personas cercanas, familiares, amigos, conocidos, morían, a menudo sin los cuidados necesarios. “Algunas partidas las sentí mucho, lloré la partida de muchos. Pero sentí que debía ser un heraldo de esperanza para dar mi solidaridad, pero también para mostrar que Dios no ha abandonado al que pasa por momentos de sufrimiento”, insiste María Luiza.
Ella, que es una de las voluntarias de la Red de Escucha Espiritual creada por la Archidiócesis de Manaos, dice que “siempre aconsejo que se reúnan siempre que puedan y cuenten lo significativa que fue la persona en su vida, cómo dejó una semilla de amor”. Movida por un sentimiento de esperanza, afirma que “tenemos que continuar con esta semilla, estará presente a través de nuestros recuerdos, nuestra añoranza y seguir teniendo este vínculo, saber que él ya ha ocupado el lugar que le estaba reservado allí en el cielo, y nosotros también estaremos un día en la misma condición”.
Ante tantas situaciones de muerte, María Luiza dice que “la muerte a veces nos asusta, pero tenemos la comprensión de que es un paso hacia Dios, no sabemos hasta cuándo, y tenemos que prepararnos”. Por ello, afirma la necesidad de “estar atentos, de rezar, de no dejar de contemplar a este Dios maravilloso, a este Dios que es bondadoso, que es justo, que es misericordioso”. La agente de pastoral insiste en que “no tengo miedo de la muerte, y siempre la he afrontado así”, un testimonio que tiene sentido viniendo de alguien que enviudó a los 37 años.
La situación que vive desde hace casi un año la considera “una gran experiencia de fe y misión”. María Luiza, que es ministra de la Eucaristía, dice que “lo que más me dolió fue no poder llevar más la comunión, son todos ancianos, personas de riesgo, eso me molestó, no poder llevar la Eucaristía a la gente, pero ahora todos estamos en la misma condición, no poder participar en la Eucaristía, no poder recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús concretamente”.
En vista de ello, dice, “también aprendí a recibir la Santa Comunión espiritualmente; fue una experiencia muy grande para mí. Al principio lloré porque no iba a comulgar, lloré porque no podía llevar la Eucaristía a quienes la necesitaban, pero luego aprendí que el hecho de no poder ir no significaba ni significa que no comulgara. Comulgo de la Palabra, soy consciente de ello, y cuando celebro la Eucaristía, me siento parte de ella. Fue una gran experiencia de aprendizaje para mí

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