Sinodalidad (III) . superar la pastoral de la conservación

A estas alturas ya debemos tener claro que nos estamos jugando un modelo eclesiológico que debería desembocar en una nueva identidad eclesial. Digo “debería” porque a simple vista no parece que el compromiso con el camino sinodal sea algo evidente y asumido por la mayoría de la Iglesia, entendida como todo el Pueblo de Dios.
Puede que haya algunos que intuyan y no les guste que esta nueva identidad eclesial, más bien pronto que tarde, planteará otra cuestión fundamental que es la diferencia entre poder y autoridad en la Iglesia. Hay que reconocer que esto de la sinodalidad debemos empezar a trabajarlo ya -a nivel personal y comunitario- porque va a exigir por parte de todos un esfuerzo muy necesario por el bien de la Iglesia, si es que nos tomamos la Iglesia y nuestra pertenencia a ella en serio. De poder en la Iglesia vamos más que sobrados. Ahora toca discernir, es decir, distinguir el poder de la autoridad entre todos, para crear formas de participación que vayan conformando el modelo circular de Iglesia al que nos invita la sinodalidad.
a iglesia parisina de Saint Roch tras la reanudación de las celebraciones de los templos en Francia/EFE
Otro elemento que nos toca ir trabajando juntos es la conversión pastoral que, como hemos podido ver durante el confinamiento e incluso ahora, durante la limitación de aforos en las iglesias, está muy necesitada de cambios y aires nuevos y frescos. Nuestra pastoral sigue firmemente arraigada en lo sacramental y no parece que su recorrido alcance mucho más. Todavía tenemos presente la cantidad -no calidad- de las supuestas celebraciones retransmitidas a través de los medios digitales durante la pandemia. Es verdad que algunas, poquísimas, se salvaban por la extrema calidad y cuidado que se ponía en ellas. Y lo de supuestas es porque, ¿qué se celebraba o intentaba celebrar? ¿Ritualismo on-line? La pastoral no puede reducirse a lo cultual y sacramental y menos, cuando la presencia del Pueblo de Dios no se da. Pero lo más triste de todo esto, es que ya nos lo dijo bien claro el Vaticano II y, al parecer, o ya se olvidó o, peor, nunca se llegaron a enterar algunos.
Todo el miedo que refleja poner en funcionamiento los cambios, no deja de manifestar una falta de fe en el Espíritu que, después de todo, es quien guía a la Iglesia y no los hombres; tampoco quedan lejos de este miedo las preguntas que no nos hacemos por miedo a las respuestas. Se me ocurren unas cuantas que podrían ayudarnos a reflexionar: ¿Merece la pena el esfuerzo por mantener una pastoral que nos ha traído a la situación que tenemos ahora? ¿Por qué, debido a la pandemia y el confinamiento, la casi supresión de las catequesis en general, no ha causado apenas impacto en el laicado? ¿Por qué la disminución de la recaudación de fondos, siempre necesarios y ahora más para la ayuda social y el mantenimiento, se vincula solamente con la falta de asistencia al culto? ¿Por qué no se ha llegado a crear en el laicado la certeza de pertenencia a la Iglesia, que implica también su mantenimiento económico, incluso si no se puede participar en el culto? ¿Por qué seguimos repitiendo el mismo modelo de formación en los futuros sacerdotes que solo va a servir para alargar la agonía de “esta” Iglesia?
Los ecos del clericalismo
La sinodalidad, en su estado embrionario actual, no va a ser la panacea a todos los males que aquejan a la Iglesia, pero sí el aprendizaje para ir perdiendo los miedos atávicos a las respuestas a ciertas preguntas y, entre todos, ir buscando las respuestas. El problema general lo tenemos ya identificado -el clericalismo practicado por igual por la mayoría del clero y por parte de un laicado mal formado o deformado-, ahora es necesario ir identificando los acentos concretos de ese problema general en cada una de las Iglesias locales porque, por si alguien no lo sabe, ahora, las Iglesias locales tienen todo el protagonismo. ¡Y podemos hacerlo juntos, obispos, laicos, clero, religiosos! No dejemos que siga venciendo el poder, ¡hagamos que convenza la autoridad!
Tengamos el valor de empezar a vivir procesos de discernimiento en comunidad -que esto también es pastoral- teniendo presente que todos somos iguales por el bautismo. Sí, el discernimiento implica libertad en general y libertad de conciencia en particular, y puede dar algo de miedo al principio. Sin embargo, me temo que no es tanto la libertad la que asusta como el grado de compromiso que conlleva. ¡Vamos, sin miedo! La Iglesia nos necesita a todos porque todos somos Iglesia. Nos estamos jugando mucho.

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