Entrevista a Luis Marín, nuevo subsecretario del Sínodo de Obispos

Luis Marín: «No podemos regresar al tiempo anterior. Esa época anterior al Covid ni existe ni va a regresar»
«La hermana Nathalie Becquart es la primera mujer en ocupar un cargo que le otorga derecho a voto en el Sínodo, lo cual es verdaderamente histórico. No debiera serlo, pero lo es»
«Yo estoy claramente con Francisco. Le expreso mi total fidelidad y mi decidido apoyo. Creo que ha emprendido unos procesos de renovación que generan una enorme esperanza. Con sencillez, con claridad y con valentía»
«Deseo con todas mis fuerzas ayudar todo lo que pueda para promover la sinodalidad en la Iglesia. Es un reto y una hermosa tarea»
«Debemos profundizar en el Concilio Vaticano II, no del todo entendido ni desarrollado»
«No podemos regresar al tiempo anterior. Ni es posible. Esa época anterior al Covid ni existe ni va a regresar. Estamos ante un tiempo nuevo con toda una carga de urgencias: tras la crisis sanitaria llegan la crisis económica y la crisis social»
«Como ha recordado el cardenal Mario Grech, Secretario General del Sínodo, el nombramiento de la hermana Nathalie abre una puerta en la mayor implicacion del Pueblo de Dios. De todo el Pueblo de Dios. Es el inicio y, sin duda, habrà que avanzar más»
17.02.2021 José Manuel Vidal
«Estamos ante el reto de potenciar nuestra dimensión profética como cristianos. Y hay que saber arriesgar». Lo tiene claro el madrileño Luis Marín de San Martín O.S.A (Madrid, 1961), el nuevo subsecretario del Sínodo de los obispos. Partidario convencido de la sinodalidad y apasionado defensor de las reformas del Papa Francisco, insta a mirar adelante con parresía: «No podemos regresar al tiempo anterior. Esa época anterior al Covid ni existe ni va a regresar». Es hora, a su juicio, de «profundizar en el Concilio Vaticano II, no del todo entendido ni desarrollado», apostando, como el Papa, por procesos de renovación con «sencillez, con claridad y con valentía». Seguro que contribuirá a ellos, junto al cardenal Grech y a su compañera subsecretaria, Nathalie Becquart, la primera mujer con derecho a voto en la historia del Vaticano.
¿Qué sintió al conocer el nombramiento de subsecretario del Sínodo? ¿Se lo esperaba?
Es difícil decirlo, porque sentí emociones contrapuestas. La mañana del 2 de febrero (precisamente fecha en la que celebrábamos la Jornada de la Vida Consagrada) había sido tranquila; estaba ocupado en diversas tareas relacionadas con mi responsabilidad como asistente general de la Orden de San Agustín. A media mañana me llegó una llamada desde la Secretaría de Estado y me comunicaron el deseo del Papa. Qué puedo decir. Pareció como si se apagara todo, como si ya no hubiera nada a mi alrededor. Después me sentí profundamente conmovido. Y con una clara conciencia de mi fragilidad y mis límites. Pero me resultó igualmente evidente que, como religioso y sacerdote, estoy en total disponibilidad a las necesidades de la Iglesia, aunque suponga caminar por senderos inesperados.

¿A quién invocó en ese momento, para pedir ayuda?
En ese momento me vino a la mente, varias veces, la petición del padrenuestro: “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. Cuando terminé el diálogo con la persona que me llamaba, me encomendé inmediatamente a San Agustín, que asumió los cambios radicales en su vida con enorme fe y gran generosidad. Y, sobre todo, con mucho amor. Fui a la capilla de mi comunidad y allí, en silencio, encontré la paz y la serenidad suficientes, aunque la emoción continuó bastante tiempo. El sábado 6 de febrero, horas antes de que se hiciera pública la noticia, me dirigí a la Basílica de San Pedro. Estaba semidesierta, debido a las consecuencias de la pandemia. Fui primero a la tumba de San Juan XXIII; después me detuve en el altar de San José, patrono de mi Orden, y finalmente me arrodillé en la Capilla del Santísimo. Y oré como un niño, sin ningún artificio, dialogando con total confianza.
Un nombramiento, además, históricamente novedoso por ir acompañado del de una mujer, Nathalie Becquart, que también ocupará el puesto de subsecretaria.
Sí, hay varios rasgos novedosos: por primera vez somos dos los subsecretarios del Sínodo; por primera vez pertenecemos a la vida consagrada (ella javeriana y yo agustino). Y, además, ella es la primera mujer en ocupar un cargo que le otorga derecho a voto en el Sínodo, lo cual es verdaderamente histórico. No debiera serlo, pero lo es. Quiero resaltar también que la hermana Nathalie Becquart tiene gran experiencia en el tema sinodal y que formamos buen equipo con el cardenal Grech. Es muy grato trabajar juntos.

¿El nombramiento de la religiosa como subsecretaria es un golpe de efecto del Papa o un paso más en el proceso de empoderamiento de la mujer en la Iglesia?
Todos los bautizados deben participar de forma efectiva en la vida de la Iglesia. Esto es lo importante. Por eso el Papa ha insistido en que las mujeres participen más en los procesos eclesiales de discernimiento y toma de decisiones. Como ha recordado el cardenal Mario Grech, Secretario General del Sínodo, el nombramiento de la hermana Nathalie abre una puerta en la mayor implicacion del Pueblo de Dios. De todo el Pueblo de Dios. Es el inicio y, sin duda, habrà que avanzar más.
Pasa usted por ser uno de los convencidos de las reformas de Francisco. ¿Por qué?
Don Bosco aconsejaba a los jóvenes decir “Viva el Papa”, así en general, cualquiera que fuere. Porque el Papa, sucesor de Pedro, es signo visible y garante de la unidad en la Iglesia. Yo estoy claramente con Francisco. Le expreso mi total fidelidad y mi decidido apoyo. Creo que ha emprendido unos procesos de renovación que generan una enorme esperanza. Con sencillez, con claridad y con valentía. Es impresionante. Doy gracias a Dios y rezo por él.
También se le considera un entusiasta de la sinodalidad, que, precisamente, ahora, va a poder activar e impulsar desde el Sínodo
La sinodalidad pertenece no solo al “hacer”, sino sobre todo y ante todo al “ser” de la Iglesia, a su esencia misma. Es la Iglesia de los Padres, es la Iglesia de los Concilios, es la Iglesia de Cristo, cabeza y cuerpo, unidad y pluralidad. Orar, dialogar, discernir juntos, aportando cada uno lo que es, los propios dones y carismas, sintiéndonos todos parte, protagonistas, no meros espectadores. Un peligro es la dureza de corazón; de él derivan el individualismo, el fanatismo de cualquier signo, la búsqueda de seguridades, el miedo y la falta de entusiamo. Deseo con todas mis fuerzas ayudar todo lo que pueda para promover la sinodalidad en la Iglesia. Es un reto y una hermosa tarea.
¿Cómo romper la espina dorsal al clericalismo, al que el Papa suele llamar incluso ‘peste’?
Hace falta una verdadera conversión para pasar de una Iglesia clerical a una Iglesia sinodal. Y esto a todos los niveles. No solo en el Sínodo de los Obispos sino también en las parroquias, en las diócesis, en las conferencias episcopales, en los organismos eclesiales regionales y supranacionales. Es decir, en todas las realidades de la Iglesia. La sinodalidad no debe ser solo un slogan, una pabra vacía de contenido, sino una gozosa realidad. Esto es un proceso. Evidentemente no es posible de un día para otro. Pero el camino es claro y la urgencia del mismo, también. Hay que ir dando pasos, comenzando por la propia conversión personal. Se trata de poner, de verdad, a Cristo como centro. Y no hay Cristo sin Iglesia, ni Iglesia sin Cristo. Forman una unidad inseparable.
Como especialista en Juan XXIII, ¿qué puede aportar su figura a la Iglesia de hoy?
El Papa Juan fue un hombre humilde que supo ponerse siempre en las manos de Dios. “Obediencia y paz”, era su lema. A la Iglesia de hoy aporta un sugerente testimonio de docilidad al Espíritu, de amor a la Iglesia, de sencillez y sentido pastoral en el ministerio, de apertura de mente y corazón. “La Iglesia no es un museo de arqueología, sino un jardín floreciente de vida”, escribió. De ahí que debamos profundizar en el Concilio Vaticano II, no del todo entendido ni desarrollado.
¿Y la espiritualidad agustiniana, que también ha estudiado a fondo?
La espiritualidad agustiniana es esencialmente comunitaria, por eso entendemos muy bien los procesos sinodales. Nuestro carisma se centra en buscar la unión de almas y corazones en camino hacia Dios. Y este carisma, bello y exigente, da sentido tanto a las estructuras de vida y participación (comunidades, capítulos) como al apostolado y a los necesarios procesos de renovación. Espero aportar toda esta experiencia.
¿Volverá la gente a la Iglesia católica después de la pandemia en similares o en mayores proporciones a las de antes?
Estamos viviendo una época difícil y dramática que debe hacernos reflexionar. No podemos regresar al tiempo anterior. Ni es posible. Esa época anterior al Covid ni existe ni va a regresar. Estamos ante un tiempo nuevo con toda una carga de urgencias: tras la crisis sanitaria llegan la crisis económica y la crisis social. A la luz del Evangelio leamos los signos de nuestro tiempo y obremos en consecuencia, con mayor coherencia y mayor efectividad. Porque los cristianos somos respuesta de Dios, su amor en medio del mundo. No importa tanto el número sino la calidad. El grano de mostaza se convirtió en un arbusto frondoso; un puñado de testigos en un apartado rincón del Imperio Romano cambió el mundo. No nos detengamos en vanos lamentos ni en estériles nostalgias: seamos cristianos vivos. Este es el vedadero reto.
¿Cómo ve la situación de la Iglesia española desde su atalaya de asistente para Europa del Sur?
Quiero responder a esta pregunta desde “dentro”, como hijo de la Iglesia española y europea. Y destaco sobre todo el “haber”: un riquísimo patrimonio espiritual, un sustrato cristiano que debe ser reconocido, fomentado y vivido. También destaco la magnífica y amplia acción social de la Iglesia, que se ha puesto de manifesto especialmente en estos tiempos de pandemia. Tantos cristianos, tantas organizaciones, están en primera línea, en las periferias existenciales, respondiendo a las necesidades concretas, dándose con gran generosidad. Por lo demás, quisiera que siguiéramos avanzando en el camino iniciado hacia una Iglesia más sinodal, más participada; también mas valiente, generadora de cultura; una Iglesia que, desde el Evangelio, sepa liderar y estar presente en medio del mundo y que cuide la casa común; una Iglesia Familia de Dios, que distinga lo esencial de lo accesorio y que fomente la unidad en la pluralidad; una Iglesia en diálogo, de puertas abiertas, que sea hogar para todos, lejos de los individualismos y los nacionalismos excluyentes. Estamos ante el reto de potenciar nuestra dimensión profética como cristianos. Y hay que saber arriesgar.

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