Necesitamos profetas

Por Gabriel Mª Otalora

Quizá hubiese sido mejor un titular que resalte la necesidad de descubrir y seguir a los profetas de nuestro tiempo, pero un titular es algo más breve. Al menos lo destacamos al principio, cuando no pocos leen los textos proféticos bíblicos como sobre una pátina de alcanfor propia de un ropaje antiguo cuando sus mensajes son atemporales. Lo cierto es que algo fuerte expresan para que, por ejemplo del profeta Jeremías, los príncipes dijeran al rey: “Muera ese Jeremías, porque desmoraliza a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos” (Jer 38,4).
Profecía no significa prever el futuro sino la comprensión de los signos del tiempo presente a la luz de palabra de Dios. Y el don de ser verdadero profeta viene marcado por san Pablo: aunque posea el don de profecía e incluso tenga una fe que mueva montañas, si no tengo amor, no soy nada (Cor 13). Este tiempo nuestro no facilita visualizar los profetas que, sin duda, el Espíritu nos pone para iluminar el verdadero camino de la evangelización conforme a nuestros carismas, regalo también del Espíritu. Sin embargo, no somos capaces de reconocer a los profetas actuales; ni siquiera consideramos como tal al Papa Francisco. Incluso el profeta nos parece una figura anacrónica, impropia del siglo XXI cuando lo cierto es que actúa con la máxima fidelidad al evangelio. Por eso hace chirriar nuestros goznes estructurales injustos mientras tildamos a su mensaje de soflama política en lugar de como una verdadera denuncia profética.
La aspiración de toda denuncia profética es afirmar la vida, advertir y condenar los signos de muerte, pero siempre señalando senderos de esperanza con mano tendida. Y cuando es verdaderamente la voz de Dios, es también la voz del oprimido, la voz de los que no tienen voz. Recordemos que los hubo bien humildes, como Moisés, al que Dios escoge siendo tartamudo para poner en él sus palabras sagradas. O como Oseas, un pastor elegido por Dios para enfrentarse nada menos que a las autoridades religiosas de su tiempo.
La denuncia profética no busca beneficios particulares sino el cambio o conversión, la instauración de la justicia, la construcción de nuevas relaciones basadas en la dignidad humana asumiendo el dolor de otros con un profundo sentido solidario. La voz profética de la Iglesia, en suma, es un gran compromiso en medio de una sociedad compleja y desnortada que necesita escuchar la voz de Dios para reorientar sus acciones.
Aunque algunos se empeñen en obstruir el evangelio sustituyendo la esperanza por conformismo (clericalismo y pasividad), la gracia de Dios supera cualquier obstáculo para llegar a quienes ansían que Él les llene y dé sentido, abiertos a la escucha. Si admiramos al Jesús que curó y sanó con enorme compasión y misericordia a los que más sufrían, no podemos obviar a este mismo Jesús denunció con dureza la hipocresía y la manipulación del verdadero mensaje de Dios. Él no murió por sanar, perdonar y curar, sino porque cuestionó las injusticias estructurales que se bendecían en nombre de Dios. La estructura asfixiaba su Palabra y la vivencia por lo que su buena noticia fue boicoteada desde el momento en que cuestionó el poder religioso de su época.
Lejos de la conversión, no pararon hasta convencer a los romanos que había que denigrarle socialmente con lo más ignominioso que había entonces: la crucifixión. Hoy todo es más sofisticado para mantenernos en una dormidera eclesial sin salirnos de la pasividad laical y del clericalismo presbiteral y laical porque a bastantes laicos les encanta el clericalismo a pesar de haber sido duramente criticado por el Papa.
En palabras de un líder no cristiano (Abdu´l-Bahá), “Una religión que no sea causa de amor y unidad no es una religión. Todos los santos profetas fueron como médicos para el alma; prescribieron un tratamiento para la curación de la humanidad.” Quizá no seamos profetas, pero todos somos testigos desde el bautismo. Y eso implica coherencia a nivel individual pero también como comunidad que sigue a Cristo evangelizando… ¡y pidiendo al Espíritu el don de reconocer y seguir a los profetas de nuestro tiempo!



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