Deconstruir y reconstruir el Templo

Urge recuperar el “desplazamiento del centro de gravedad de la religión”
Michael Moore: «Deconstruir y reconstruir el Templo en tiempos de COVID»

La escena en el templo es clave para entender la vida y la muerte de Jesús pero, sin embargo, aún no la hemos internalizado ni hemos sacado las consecuencias teológico-prácticas que se derivan
Lo que se pone en tela de juicio es una determinada imagen de Dios de la cual se deriva el dónde encontrarlo y el cómo adorarlo
Jesús propone una suerte de “desplazamiento del centro de gravedad de la religión” que propongo graficar en un doble movimiento: del templo a Jesús y de Jesús al pobre/sufriente
05.03.2021 | Michael Moore
Quiero comenzar esta reflexión citando, una vez más, las palabras de uno de los cristólogos contemporáneos más sugerentes –y de los pocos “atrevidos”– el jesuita francés J. Moingt: “La gran revolución religiosa llevada a cabo por Jesús consiste en haber abierto a los hombres otra vía de acceso a Dios distinta a la de lo sagrado, la vía profana de la relación con el prójimo, la relación ética vivida como servicio al prójimo y llevada hasta el sacrificio de uno mismo. Se convirtió en Salvador universal por haber abierto esta vía, accesible a todo hombre. La abrió a través de su propia persona, aceptando pagar con su vida la blasfemia de haberle quitado al culto el monopolio de la salvación” (El hombre que venía de Dios. Cristo en la historia de los hombres, vol.II, Bilbao, Desclée de Brouwer 1995, 154 [las cursivas son del autor]). Y lo evoco porque sostengo que la escena en el templo es clave para entender la vida y la muerte de Jesús pero, sin embargo, después de 2000 años de pensamiento y vida, aún no la hemos internalizado ni hemos sacado las consecuencias teológico-prácticas que se derivan, e invitan a vivir la fe de una manera jesuánicamente distinta. Sin duda, la coyuntura pandémica que venimos atravesando es una buena oportunidad para repensar lo que eso significa dado que, para muchos cristianos, la dificultad para acceder al templo (y a lo sacramental) en estos tiempos ha significado un doloroso y desconcertante terremoto espiritual.
Cuando el Templo des-templa
Ubicada al inicio de su ministerio según el evangelio de Juan y al final según los sinópticos (cf. Mt 21,12-17; Mc 11,11.15-19; Lc 19,45-46; Jn 2,13-22), el episodio supone mucho más que un gesto puntual: simboliza una radical relación conflictiva con el templo que atraviesa todo el ministerio de Jesús o, mejor, con lo que en ese entonces el templo representaba. Lo precisa y sintetiza muy bien González Faus: “La «expulsión de los mercaderes» del Templo no fue una mera denuncia de (¿inevitables?) abusos económicos, sino la desautorización de una forma de culto que consagraba esas diferencias entre las personas” (Memoria subversiva, memoria subyugante, Barcelona, Cristianismo y Justicia 2001, 19); esto es: entre judíos y gentiles, entre ricos y pobres, entre sacerdotes y laicos, entre varones y mujeres… Por tanto, lo que se pone en tela de juicio no es, al menos en primer lugar, la cuestión del templo como lugar de culto, sino una determinada imagen de Dios de la cual se deriva el dónde encontrarlo y el cómo adorarlo. Hoy, como ayer, los templos/iglesias/capillas/sagrarios parecen seguir siendo los espacios privilegiados en los cuales habita Dios y en donde le rendimos culto (litúrgico). Pero, precisamente, lo que afirma Moingt es que Jesús señala al otro-vulnerado como el lugar privilegiado donde sigue habitando Dios (el crucificado en Jesús) y donde pide que se le rinda culto… ya no ofreciendo sacrificios externos (llámese animales, dinero, penitencias o intenciones de misa) sino entregando la propia vida para que lo des-humanizado se vuelva un poco más divino… o, al menos, no tan inhumano. En palabras de otro gran teólogo francés (dominico esta vez) que creo yo sintetizan bien la misión del profeta galileo, Jesús propone una suerte de “desplazamiento del centro de gravedad de la religión” (Ch. Duquoc, Jesús, hombre libre, Salamanca, Sígueme 1976, 68), desplazamiento que propongo graficar en un doble movimiento:del templo a Jesús y de Jesús al pobre/sufriente. El primero queda refrendado en la autoridad (exousía) con que Jesús se presenta ante las instituciones tradicionales del judaísmo (ley, templo, torah, etc.), y que Moingt grafica así: “Jesús llenaba con su palabra y con su poder todo el espacio sagrado y se constituía en el centro; las muchedumbres ya no subían al Templo para solicitar los oficios de sus sacerdotes y de sus doctores, sino para escucharle a él y dar gracias a Dios por su venida. Jesús ejercía en plenitud la mediación entre Dios y el pueblo, que era patrimonio exclusivo del Templo, como si a este último ya no le quedara más que desaparecer ahora que Jesús estaba aquí” (El hombre…, 170).
Y el segundo desplazamiento, de un modo paradigmático aunque no único, queda inmortalizado en el texto de Mt 25,33ss. Claramente aquí no se decreta una sustitución de Jesús por el pobre (enfermo, encarcelado, hambriento, etc.) como si el evangelio se redujese a una ONG caritativa, sino que apunta a un fundamento teologal quasi-dogmático para toda la praxis cristiana: el Dios encarnado en Jesucristo sigue presente en nuestra historia de un modo privilegiado en el dolor humano. Esa es la vía profana de la que habla el jesuita francés que, en rigor y por lo que acabamos de señalar, es una vía del todo sagrada. Y porque es camino que cualquiera puede emprender, sin importar credos ni confesiones, se vuelve universal, es decir: accesible a todos. Pero si todos pueden obtener la salvación por esta vía, ¿para qué “ir al templo” y recurrir a sus mediadores? Todo esto se traduce, como ya hemos escrito en este blog hace poco, en la única pregunta que nos será formulada al final de la vida, la única pregunta que merece ser respondida: “¿qué has hecho con tu hermano?” (https://www.religiondigital.org/creer_pensando-_el_blog_de_michael_moore/Michael-Moore-revelacion-pregunta-importante_7_2288841118.html )
“¡Devolvednos… ¿la misa?!”
Claro que todo esto supone una verdadera “gran revolución” (Moingt) y, por eso, obliga a repensar muchas cosas que generan comprensible inquietud, inseguridad e inestabilidad afectiva y efectiva. Porque nos obliga a replantearnos una pregunta que –en el mejor de los casos– damos por definitivamente respondida: ¿cuál es el “centro de gravedad” (Duquoc) desde el cual experimento y practico mi religiosidad, esto es, mi relación con Dios… y con los otros?
En estos largos y angustiosos meses de pandemia se escuchó el reclamo de ciertos grupos de iglesia que clamaban (exigían): “¡Devolvednos la misa!” Más allá de la justa crítica que pueda esgrimirse contra los gobiernos de los diversos países por el manejo un tanto discrecional de los criterios desde los cuales negaban la concurrencia a celebraciones litúrgicas comunitarias, lo que aquí me interesa notar, puesto que me interpela como creyente, es la convicción implícita desde la cual realizaban ese reclamo: sin misa no hay Jesús o no hay encuentro real ni comunión con Jesús; y por extensión, en la línea de lo que venimos comentando, no hay acceso a Dios. Pero identificar hasta circunscribir la presencia actual del Señor con la llamada presencia real eucarística es, cuanto menos, reductor y empobrecedor. Y no hace justicia a lo revelado por Jesús y testimoniado en los evangelios.
Pienso que el reclamo que debe surgir de nuestros corazones es “¡devolvednos a Jesús!” Pero Jesús, según hemos visto, no ha quedado ni identificado ni encerrado en el templo. Tampoco ha pretendido una sustitución para que se adore su persona “en abstracto” puesto que desde su palabra y ejemplo habrá que afirmar, nuevamente con Moingt, que “el camino que lleva a Dios ya no es el que va de la tierra al cielo pasando por el templo: es el camino que Jesús ha tomado para ir a los vencidos de la historia” (El hombre que venía de Dios. Jesús en la historia del discurso cristiano (vol.I), Bilbao, Desclée de Brower 1995, 158). Y que, ahora y de un modo especial, son los vencidos por el COVID-19: los enfermos y los que acompañan gratuitamente a los enfermos, arriesgando sus vidas; los muertos y los que sobreviven llorando a sus muertos; los que no tienen acceso a la salud preventiva ni privilegios para poder vacunarse a tiempo; los que se han quedado sin trabajo o sin ilusiones; los deprimidos y los solos; los creyentes angustiados que se preguntan dónde está Dios en medio de tanto dolor, etc.
Deconstruir para reconstruir

Quizá, entonces, sea este un momento oportuno (kairós) para deconstruir y reconstruir el templo de nuestra fe (cf. Jn 2,19). Volver a preguntarnos dónde creemos que “habita” nuestro Dios, dónde lo buscamos; dónde, con quienes y para qué lo celebramos.
En tiempos en que las palabras sinodalidad e iglesia-en-salida se ubican en el top five de la agenda eclesial deberíamos cuestionarnos con quienes y hacia dónde caminamos. El templo en época de Jesús –como vimos–, excluía, separaba y distinguía quién podía acercarse (a Dios) y quién no. Y hoy… también. La iglesia-en-salida debe ser hacia los espacios de dolor (y no de confort celebrativo-intimista); la sinodalidad (= caminar juntos) nos debe posibilitar el repensar todos a la par, sin privilegiados ni excluidos, las deconstrucciones y reconstrucciones necesarias para reanimar una institución y una religión que pide a gritos sordos ser rescatada de su oscuro presente.
Pero quiero concluir –porque “el que avisa no traiciona”–recordando el final de la primera cita de Moingt: la actitud de Jesús frente al Templo (a la religión) lo condujo a “pagar con su vida la blasfemia de haberle quitado al culto el monopolio de la salvación”.

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