Vuelve el fascismo

[Por: Juan José Tamayo]
El científico social portugués Boaventura de Sousa Santos es el intelectual que más tempranamente y con mayor rigor ha desvelado la forma moderna del fascismo y quien en sus análisis políticos concede especial importancia a la proliferación y el fortalecimiento del fascismo social con fachada democrática como agravante de la crisis actual (Boaventura de Sousa Santos, La difícil democracia. Una mirada desde la periferia europea, Akal, Madrid, 2017). Boaventura distingue dos tipos de fascismo: el social y el político.

El fascismo social tiene lugar en las relaciones sociales cuando la parte más fuerte detenta un poder tan superior al de la parte inferior que le permite disponer de un derecho no oficial de veto y de control sobre sus deseos, necesidades y aspiraciones de una vida digna. Se trata de un derecho ejercido despóticamente sobre los seres pueblos y los pueblos y sobre la naturaleza, que es lo más contrario a un derecho fundado en la dignidad humana y de la tierra.
Boaventura ofrece tres ejemplos significativos de fascismo social: la violencia contra las mujeres ejercida por el patriarcado; el trabajo realizado en condiciones laborales reales de esclavitud y los jóvenes afrobrasileños de las periferias de las grandes ciudades. Yo añado una cuarta manifestación del fascismo social: el sistema prostitucional que convierte a las mujeres en esclavas de los proxenetas y traficantes de personas y de la masculinidad hegemónica que convierte a las mujeres en objetos sexuales de uso, abuso y llega al feminicidio como la máxima expresión del odio a la vida de las mujeres. “Vivimos –asevera- en sociedades que son políticamente democráticas y socialmente fascistas” (Santos, 2017, 320). La afirmación no puede ser más certera.
“Cuanto más se restrinjan los derechos sociales y económicos , y cuanto menos eficaz sea la acción judicial contra las violaciones de los derechos, mayor es el campo del fascismo social” y mayor es “el fortalecimiento de las pulsiones fascistas” (ibid.)

El fascismo político se traduce en un modelo de régimen político dictatorial caracterizado por el nacionalismo excluyente, el racismo, la xenofobia, la aporofobia, el patriarcado y la modelo de desarrollo científico técnico depredador e la naturaleza. Las clases dominantes prefieren a veces dicho régimen cuando ven amenazados sus interés de manera significativa por el modelo democrático.
Walter Benjamin afirmaba que no se puede plantear la cuestión del fascismo sin plantearse la cuestión del capitalismo. Así es. El fascismo social, junto a la sobreexplotación de los recursos naturales y la catástrofe medioambiental que provoca, constituye uno de los impactos más destructivos que provoca el capitalismo neoliberal en las relaciones sociales. Existe un vínculo muy fuerte, afirma Isaac Rosa en el prólogo de Neofascismo. La bestia neoliberal (Siglo XXI, Madrid, 2019), entre los nuevos fascismos y los mercados, el poder financiero y el capitalismo global. “Los estragos fascismos y los mercados, el poder financiero y el capitalismo global. “Los estragos causados por el neoliberalismo (desigualdades, miedo, resentimiento, desconfianza de la democracia) han preparado el terreno para que emerja un nuevo fascismo que, lejos de combatir el neoliberalismo causante, se ofrece a él para llevar su hegemonía más lejos” (Isaac Rosa, 2019, 9), La democracia constituye un obstáculo para el buen funcionamiento del capitalismo en su última fase.

El fenómeno que alimenta el fascismo social es el debilitamiento de los procesos democráticos que da lugar a formas de dominación similares a los del capitalismo salvaje del siglo XIX. ¡La historia se repite en sus aspectos más deshumanizadores y depredadores de la naturaleza!
A la pregunta de por qué la actual deriva neofascista, responde Victoria Gago: “Creo que el neoliberalismo no logra estabilizar unos modos de obediencia, no logra que se toleren los niveles de violencia que requiere la actual fase de acumulación del capital; y las derechas han leído la capacidad de desestabilización del mundo que tiene el movimiento feminista; por eso, el fascismo, en los gobiernos y como micropolítica, promete una forma de estabilización para el neoliberalismo”.
En el próximo artículo me centraré en los vínculos entre fascismo y religión

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