Matar herejes, un crimen inesplicable

[Por: Juan José Tamayo]

“Matar herejes es introducir en la tierra un crimen inexpiable”, afirmaba en el siglo IV el padre de la Iglesia Juan Crisóstomo. Doce siglos después lo ratificaba Lutero: “Quemar herejes es contrario a la bondad del Espíritu Santo”. Por las mismas fechas el pastor protestante Sébastien Castillion, primero protegido por Calvino y luego repudiado, afirmó que no hay en la Biblia un solo textos que justifique la ejecución de los herejes. Dos pensadores de orientación religiosa tan divergente como el apóstol Pablo de Tarso y el filósofo ateo Ernst Bloch coinciden en la necesidad de la herejía. Pablo de Tarso afirma: “Conviene que haya herejes”. Bloch escribe en el frontispicio de su libro Ateísmo en el cristianismo: “lo mejor de la religiones es que produce herejes”.

Sin embargo, la Iglesia cristiana no ha seguido tan certeras recomendaciones. Todo lo contrario, desde muy pronto creó la figura de los herejes e inició la persecución contra ellos hasta justificar la aplicación de la pena de muerte. Una demostración de dicha persecución es este excelente libro de Antonio Pau HEREJES (Trotta, Madrid, 2020), que traza un gran fresco herético a lo largo de diecisiete siglos de la historia del cristianismo, desde el siglo II al XIX, a través de un recorrido por la vida, el pensamiento y los tormentos físicos, psíquicos y mentales a que fueron sometidos veintidós mujeres y hombres cristianos de diferentes épocas y países con profesiones y orígenes sociales distintos.

He aquí algunos ejemplos: el teólogo Marción, declarado hereje por contraponer el Dios malo del Antiguo Testamento al Dios misericordioso del Nuevo; Joviniano, por ir en contra del monacato y defender la igualdad del matrimonio y la castidad, desterrado; el predicador itinerante Pedro Valdo, excomulgado por vivir el ideal evangélico de la pobreza en toda su radicalidad; el Maestro Eckhart, místico sin visiones, una de las mentes más lúcidas de su tiempo, de quien Rilke se consideraba discípulo, condenado postmortem; la costurera de Toledo Isabel de la Cruz, condenada a reclusión perpetua “por hablar e doctrinar siendo muger e sin letras”; el maestro zapatero Jakob Böhme, a quien Hegel define como “el primero de los filósofos alemanes”, silenciado por defender la pluralidad de religiones y la fidelidad a la conciencia; el hortelano y mozo de cuerda Andreas Bodenstein, perseguido por Lutero y el Papa; el médico Miguel Servet, ejecutado por orden de Calvino; la mística María Jesús de Ágreda acechada por la Inquisición y su obra La mística ciudad de Dios colocada en el Índice de Libros Prohibidos; Bárbara Zdunk y Janet Horn, acusadas de brujería y quemadas en la hoguera. Esta última, al sentir frío, se calentó las manos en su propia pira. Y así otros muchos teólogos y teólogas, místicos y místicas de todos los tiempos, cuya lista sería interminable y a cuál más dantesca.

Sus vidas fueron ejemplares y consecuentes con el Evangelio. Vivieron austeramente, volvieron a la pureza del cristianismo originario, denunciaron las alianzas entre el trono y el altar, lucharon por una Iglesia pobre, trabajaron por la paz y el amor entre los seres humanos, compaginaron la contemplación con la acción solidaria hacia los pobres, tuvieron el rico tesoro de la paz interior. Sin embargo, fueron acusados de herejía y sometidos a procesos inquisitoriales en nombre de Dios –“sin que Dios estuviera presente”- que desembocaron en cárceles, destierros, torturas, despedazamientos, decapitaciones, tormentos, sus cuerpos y sus libros quemados en la hoguera y sus restos mortales desenterrados. Los relatos de Pau son estremecedores, hasta el punto de ser considerados fantásticos e inverosímiles, lo más parecido a historias para no dormir, pero “son absolutamente reales”. Son la memoria subversiva y peligrosa de la violencia eclesiástica contra la libertad de conciencia.

Suscribo la conclusión de Antonio Pau: “En una época como la nuestra, en que hay temor de expresar lo que se salga del pensamiento único y en que la conducta se procura mantener en el cauce de lo políticamente correcto, los herejes son un auténtico modelo de comportamiento social”, porque “tuvieron el valor de decir lo que pensaban y de morir por sus ideas… y no se traicionaron a sí mismos”. Ahí radica, a mi juicio, la actualidad de este libro.

El problema de la verdad ha tenido que ver siempre con el poder, como reconoce Michel Foucault, hasta el punto de conformar un círculo vicioso del que resulta difícil salir: “Estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la producción de la verdad”, afirma. Lo mismo puede decirse de la ortodoxia, que “no es tanto una cualidad del Espíritu como la necesidad del poder”. Así lo reconoce el poeta José Ángel Valente en su estudio sobre Guía de perplejos, del místico Miguel de Molinos, obra condenada por herética y analizada en el libro de Pau. De la ortodoxia que la autoridad eclesiástica quiere imponer incluso recurriendo a la violencia puede decirse lo que Nietzsche afirma de la verdad: “es aquella clase de error sin la cual una especie de seres vivos no podía vivir”. Por lo mismo, la figura del hereje es una construcción ideológica del poder eclesiástico para controlar inquisitorialmente la libertad de conciencia e imponer el pensamiento único.

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