El virus que ataca las defensas de lo comunitario

Por Jesús Bonet Navarro
                                                Vidas cada vez más solitarias
Escribir sobre algunas consecuencias de la COVID-19 es subrayar algo que ya ocurría antes, pero que se ha acentuado o ha quedado más claramente al descubierto: cada vez más solos en una sociedad cada vez más conectada, porque conexión no es lo mismo que comunicación, aunque se empeñen algunos en confundirnos.
Y no sólo más solos y solitarios, sino, en muchos casos, más individualistas. Parece que –con palabras de Z. Bauman- “separar y mantener a distancia se ha convertido en la estrategia más habitual en la lucha urbana por la supervivencia” (Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre). La COVID ha incrementado la soledad, la incertidumbre, la desconfianza en el otro y el individualismo.
El individualismo es un virus que destruye las defensas de lo comunitario e infecta todas las células sociales, debilitando o aniquilando el tejido de la cooperación entre las personas. El sentido de lo público, de lo común, de lo colectivo, está casi diluido en el mar del individualismo. Y esto va a ser más difícil de recuperar en el futuro, a corto y medio plazo, que la inmunidad biológica de nuestros cuerpos mediante las vacunas; las “redes sociales” telemáticas no van arreglarlo, bastaría con que no lo estropearan más.
                                         Quédate en casa
Al principio del confinamiento por la pandemia, la expresión tenía un sentido unívoco: por motivos sanitarios, era preciso no salir para evitar contagios.
Pero, al poco tiempo, “quédate en casa” –aunque siempre, aparentemente, con el pretexto anterior- pasó a significar “teletrabaja en casa”, es decir, lo importante es que produzcas eficazmente, aunque en el mismo espacio y al mismo tiempo tengas que atender a los hijos, preparar comidas, consumir y pagar la energía para tus aparatos, etc.; trabajar físicamente en grupo, se convirtió en secundario o peligroso, aunque en el futuro no sea necesario quedarse en casa porque esté controlado el virus.
No tardó en aparecer otro sentido del “quédate en casa”: comenzó a ser un mensaje para ampliar las ventas y los beneficios de grandes empresas, como Amazon, que venden virtualmente a costa, por supuesto, del pequeño comercio local, que depende del contacto personal y suele tener pequeños beneficios.
Finalmente (por ahora), “quédate en casa” fue y es un automensaje psicológico preñado de individualismo: quédate en tus cosas, en tu vida, en tus intereses; los demás, que se las arreglen. No existe el sufrimiento ajeno, la soledad, la falta de cariño, el hambre, la muerte; sólo existís tú y los tuyos. Obviamente, ésta es la cara más cruel del mensaje.
                             Contacto y comunicación, claves para humanizarnos
Sí, por salud psíquica y por salud social. Un número enorme de personas están quedándose solas y sin contacto por causa de dos virus: el coronavirus y la indiferencia de muchos. Es un panorama desolador de inhumanidad: personas mayores o sin recursos económicos o digitales se hallan vitalmente solas, y eso las deshumaniza poco a poco.
Quienes trabajamos en el campo de la salud mental asistimos en estos meses al drama del desfondamiento progresivo de las defensas psíquicas de las personas, inundadas por grandes niveles de ansiedad, depresión, miedo, pérdida de sentido de la vida, violencia, renuncia a vivir.
En una época de pandemia en la que se han multiplicado las relaciones audiovisuales está quedándose atrás el sentido del tacto, un sentido que se extiende por todo el cuerpo y que es el más complejo y variado de todos. Necesitamos proximidad, inmediatez física real, no sólo presencia virtual; necesitamos tocar y ser tocados, abrazar, besar, sentir nuestra piel y la de otros, porque el tacto es una profunda forma de conocimiento; es, desde que somos bebés, el calor de la presencia real, el sentido del con-tacto. Los “contactos” de las listas de nuestros aparatos electrónicos no son estrictamente con-tactos, son puntos de conexión a distancia. Por el contrario, el verdadero contacto está en relación con las bases neuronales de la comunicación que residen en nuestro cerebro.
                       Recuperar la vida es recuperar la convivencia y la comunidad
Es la única vacuna que funcionará al cien por cien. El individualismo es el empecinamiento en vivir infectados por el virus de lo inhumano. Por el contrario, la convivencia y la comunicación comunitaria y profunda, que nada tienen que ver con los botellones masivos ni con las fiestas ruidosas ni con el consumo desatado, nos hacen más humanos, llenan nuestro corazón –como diría Pedro Casaldáliga- de nombres de personas a las que hemos dedicado nuestra sensibilidad, nuestra compasión, nuestra solidaridad y nuestro tiempo.
Convivir y hacer comunidad es más que juntarse y, por supuesto, mucho más que “hacer amigos” a través de Facebook. No es el “perfil” del otro el que me inclina a hacer comunidad con él, sino el hecho de que sea persona como yo y de que necesite proximidad real, igual que yo.
Estoy convencido de que éste es el reto más decisivo que social e individualmente se nos presenta para afrontar esta pandemia y cualquier otra alteración global de nuestros proyectos, de nuestra salud o de nuestra economía.

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