“San Romero, el santo que abrió la puerta”

“Romero nos abre la puerta de un modelo de santidad estructuralmente solidario, comprometido con la justicia”

Por José María Tojeira
“El Papa Francisco, conocedor de la generosidad de tantas y tantos cristianos en América Latina apoyó el proceso”
“La santidad del mártir se impuso y abrió la puerta a esa santidad cristiana de raigambre social que debe transformar corazones y estructuras sociales”
“Renovó la fe cristiana de muchos e incluso conmovió conciencias laicas ajenas a la fe, impactados por la profunda coherencia entre su amor a los pobres y la defensa de los mismos”
“Impactó de tal manera a hombres y mujeres de buena voluntad, que las Naciones Unidas proclamó el día de su muerte, 24 de marzo, y en su honor, como ‘Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas'”
A lo largo del siglo XX América Latina tuvo obispos, sacerdotes y laicos comprometidos con la justicia del Reino de Dios y con la fuerza profética y compasiva del Evangelio. Muchos fueron perseguidos, otros mal tratados incluso en el seno de la Iglesia, considerados más políticos que cristianos fieles al mensaje de Jesús. Algunos fueron asesinados por su libertad (“parresía”) a la hora de anunciar la palabra de vida, justicia y fraternidad.
Y sin embargo no se perfilaba que ninguno de ellos llegara a ser reconocido como santo y elevado a los altares, como suele decirse. Al contrario, especialmente en el caso de los obispos, cuando alguno de ellos se distinguía por su amor y su solidaridad con los pobres, no era raro que al jubilarse pusieran como sucesor a un prelado más conservador y conciliador con los intereses de los poderosos.
Cuando en 1990, a los diez años del asesinato de Monseñor Romero su sucesor, Monseñor Rivera (este sí un hombre de bien), abrió la causa de beatificación del obispo mártir, nadie estaba seguro de cuándo llegaría a los altares. En esa misma Misa de aniversario martirial, en la que se anunció el inicio de la causa, había muy pocos obispos concelebrando. A pesar de la insistencia de cada vez más gente que apoyaba la santidad de Romero, su causa caminaba despacio.
La prudencia, el miedo a la reacción de quienes veneraban al asesino del mártir, frenaba el proceso. Un obispo muy conocedor de la curia romana llegó a decir a sus conocidos más cercanos que si la causa caminaba despacio era “porque el enemigo está dentro”.
Pero el Papa Francisco, conocedor de la generosidad de tantas y tantos cristianos en América Latina apoyó el proceso. La santidad del mártir se impuso y abrió la puerta a esa santidad cristiana de raigambre social que debe transformar corazones y estructuras sociales. Es así que, nos dice el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, “la caridad se convierte en caridad social y política… nos hace amar el bien común y nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas, consideradas no individualmente, sino también en la dimensión social que las une” (CDS, 207).
Abierta la puerta a la santidad profética y social las beatificaciones de gente entregada a los pobres no se ha hecho esperar en Centroamérica. Los franciscanos han visto ya beatificados a algunos de sus frailes en Guatemala y El Salvador. También en El Salvador está próxima la beatificación del jesuita y amigo de Mons. Romero, Rutilio Grande junto con sus dos compañeros de muerte martirial, Nelson y Manuel, un joven colaborador el primero, y un adulto mayor el segundo, ambos comprometidos con la pastoral de la parroquia, orientada al cambio social.
Y en Guatemala muy pronto se tendrá la ceremonia de beatificación de tres misioneros del Sagrado Corazón junto con siete compañeros laicos, todos ellos asesinados por defender los derechos de la maltratada y en ocasiones masacrada etnia indígena Quiché.
Monseñor Romero fue muchas veces llamado “voz de los sin voz”, “padre de los pobres”, “profeta de la verdad”. Enraizado en el Evangelio, usó un lenguaje que todo el mundo podía entender para defender a los pobres y denunciar a las idolatrías del dinero y del poder como la fuente de opresión. Para cristianos y no cristianos fue una luz de ánimo y de esperanza en medio de una situación histórica oscura y trágica.
Renovó la fe cristiana de muchos e incluso conmovió conciencias laicas ajenas a la fe, impactados por la profunda coherencia entre su amor a los pobres y la defensa de los mismos. Ayudó a la Iglesia universal a recordar su vocación samaritana e impactó de tal manera a hombres y mujeres de buena voluntad, que las Naciones Unidas proclamó el día de su muerte, 24 de marzo, y en su honor, como “Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas”.
En este 41 aniversario de su muerte celebramos una vez más un nuevo modelo de santidad enraizado en la Palabra antigua y siempre nueva de “el Cordero degollado que permanece de pie” (Apoc 5, 6). Como Jesús y con Él, Romero nos abre la puerta de un modelo de santidad estructuralmente solidario, comprometido con la justicia y el cambio social, precisamente en estos nuestros días de desprecio y olvido de los pobres.
Unido al Señor en la muerte y el amor a los oprimidos de este mundo, nos sigue animando a construir un futuro donde la economía no mate, donde la política crezca en solidaridad y disminuya en corrupción y autorreferencia, y donde las armas se conviertan en instrumentos de labranza que permitan a todos un trabajo digno y una convivencia fraterna

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