Ante el 41º aniversario de Mons. Romero

La Iglesia después de 41 años, todavía emocionada, solo puede decirte: ‘Gracias, Monseñor Romero’
“Romero sigue siendo desconocido dentro de nuestra Iglesia, y sigue siendo por parte de muchos sectores de ella, martirizado, incluso después de su martirio físico, e incluso después del reconocimiento oficial por parte de la Iglesia, elevándolo a los altares”
“Ha tenido que ser un papa venido justamente de América Latina, el que ha reconocido quién es Monseñor, y cómo su vida es modelo para los creyentes”
“Monseñor Romero, como Jesús, como los jesuitas de la UCA, como las monjas norteamericanas, como miles de campesinos y campesinas asesinados en El Salvador antes y durante la guerra, eran gente que estorbaba, precisamente porque se enfrentaba al poder establecido”
“Su ‘comunismo’ era ese, reconocer que todos nos merecemos lo mismo y que Dios no hace distinciones, que la única distinción que hace es favor delos pobres y los sencillos, pero no tanto por ser buenos, sino por ser los más necesitados y desgraciados”
“Te encomendamos en este día a toda la Iglesia del papa Francisco que lucha cada día por hacer una Iglesia de los pobres y para los pobres, una Iglesia misericordiosa y acogedora”
Por Javier Sánchez, sacerdote
Un nuevo aniversario del asesinato de Monseñor Romero, mientras celebraba la Eucaristía en la capilla del Hospitalito, y son ya 41. El 24 de marzo, al mirar el calendario, nos aparece ya como Santo, San Oscar Romero, obispo y mártir, y todavía a los que nos consideramos hijos de Romero, y de su espiritualidad, se nos hace raro, nos parece extraño.
Quizás porque siempre fue, desde el mismo momento en que cayó abatido por la bala asesina, San Romero de América, como lo bautizó, el también santo y recientemente fallecido, Pedro Casaldáliga. Pero es cierto, Monseñor, a secas, como era conocido por todo el pueblo salvadoreño, “su pobrerío”, fue canonizado por nuestro hermano el papa Francisco, el 14 de octubre de 2018, cuando habían pasado más de 38 años de su asesinato.
Yo en las Eucaristías de cada día, al hacer el recuerdo de mártires, y santos, siempre cito de modo expreso y especial, a San Oscar Romero, aunque ciertamente me sigue costando ese nombre, pero lo hago también para que la gente vaya saboreando poco a poco la figura de nuestro mártir. Y es verdad, que son muchas las personas que preguntan y que luego se interesan por él. En la Eucaristía de este 24 de marzo, lo hicimos de modo especial, como recuerdo esperanzado de su vida, y además ya en vísperas de la semana santa.
Pero por desgracia, Romero sigue siendo desconocido dentro de nuestra Iglesia, y sigue siendo por parte de muchos sectores de ella, martirizado, incluso después de su martirio físico, e incluso después del reconocimiento oficial por parte de la Iglesia, elevándolo a los altares. En palabras del propio Francisco:

“El martirio de Monseñor Romero no fue puntual en el momento de su muerte, fue un martirio testimonio de sufrimiento anterior, sufrimiento anterior, hasta su muerte, pero también posterior porque una vez muerto, yo era sacerdote joven y fui testigo de eso, una vez muerto fue difamado, calumniado, ensuciado…su martirio se continuo incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado…no hablo de oídas, he escuchado esas cosas… osea que es lindo verlo también así, un hombre que sigue siendo mártir, bueno ahora creo que casi ninguno se atreva…pero que después de haber dado su vida siguió dándola ,dejándose azotar por todas esas incomprensiones y calumnias, eso da fuerza, solo Dios sabe las historias de las personas, y cuantas veces a personas que ya han dado su vida o han muerto se les sigue lapidando con la piedra más dura que existe en el mundo, LA LENGUA…”.
Esas palabras ponen sin duda a relucir lo que ha sido la vida de Romero en ciertos sectores: antes de su asesinato era tachado por miembros del episcopado salvadoreño de comunista, de haber perdido la fe…. Le asesinaron los propios soldados que cada día escuchaban, por protocolo evidentemente, sus homilías y participaban en sus eucaristías… Y como bien dice el propio papa, después de su asesinato fue de nuevo martirizado por ciertos sectores de la propia Iglesia. Esto hace de Romero, además de su propia vida, un mártir muy especial. Un mártir que hace veamos sin duda, en su vida, la propia vida, del primer mártir, Jesús de Nazaret.

A Jesús no le entendió el poder religioso de su tiempo, fueron los propios judíos los que dictaron orden de crucifixión para El, e incluso después de su muerte fue el propio poder religioso el que no reconoció el asesinato del Justo. A Jesús quien le reconoció desde el principio, fue el pueblo, los pobres y pecadores, fueron las masas de seres humanos que “se encontraban como ovejas sin pastor”. Jesús era la voz del pueblo llano, la voz del pueblo excluido, machacado, crucificado e injustamente tratado. Los pobres entendían bien las palabras del Maestro, porque “tenía una autoridad especial”.
Jesús tenía no la autoridad del poder, sino la autoridad de la vida, y era esa vida la que no interesaba a los poderosos, porque básicamente les acusaba, porque ponía en tela de juicio, sus mentiras y su falsa religiosidad. El poder fue el que mató a Jesús de Nazaret, porque no podía permitir que nadie se lo quitase. Jesús estorbaba a todos los poderes establecidos del momento, incluso a los religiosos; precisamente porque eran poderes al servicio de los grandes, de los poderosos.

A Monseñor Romero tampoco lo entendió el poder religioso, ni en su tiempo, ni muchos años después, ha tenido que ser un papa venido justamente de América Latina, el que ha reconocido quién es Monseñor, y cómo su vida es modelo para los creyentes. A Monseñor también lo mató el poder del tiempo, como a Jesús de Nazaret. Un poder que, como siempre, no podía permitir que se le quitasen sus privilegios. Pero a nuestro Monseñor, como al Maestro de Nazaret, sí lo reconoció desde siempre “el pobrerío”, y se convirtió en su defensor. Todos los domingos, la eucaristía, celebrada en la catedral, era transmitida por radio, y era famoso que todos los campesinos y campesinas salvadoreñas, desde cualquier punto del país, tenían su “transistor” encendido, para escuchar sus homilías.

Decían que casi el país se paraba en ese instante, para escuchar las palabras de San Romero. Y él, sin ningún tipo de pudor, arremetía contra los poderosos, que se consideraban cristianos, y que ocupaban los primeros puestos de la catedral. Igual que Jesús en la sinagoga, criticaba a fariseos y en el templo expulsaba a los mercaderes, desde una libertad asombrosa, San Romero criticaba también a los poderes militares, que hacían desaparecer y asesinar a los que no comulgaban con un régimen que cada vez creaba más pobres y era más tirano, contra los más sencillos.
Monseñor Romero fue tan libre como Jesús para criticar a todos los poderes establecidos.


Es conocida la homilía en el funeral de su amigo y hermano jesuita Rutilio Grande, donde tuvo el atrevimiento de hacer una sola misa, donde tuvieron que asistir todos los representantes del gobierno; y es bien sabido que entre ellos, militares, se encontraban los autores del asesinato del sacerdote de Aguilares. Una misa única que fue muy crítica, incluso por la propia conferencia episcopal salvadoreña, que acusaba a Monseñor de querer meterse en política, y ser en el fondo él la causa de las posteriores revueltas.
“¿Quién sabe si las manos criminales que cayeron ya en la excomunión están escuchando en un radio allá en su escondrijo, esta palabra? Queremos decirles, HERMANOS CRIMINALES que los amamos y que le pedimos a Dios el arrepentimiento para sus corazones, porque la Iglesia no es capaz de odiar, no tiene enemigos. Solamente son enemigos, los que se le quieren declarar; pero ella los ama y muerte como Cristo: “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen” (Homilía funeral de Rutilio Grande, 14 de marzo de 1977).
Hermanos asesinos es el nombre que Romero da a los que apenas dos días antes habían asesinado a balazos a su amigo y hermano Rutilio, a un campesino y a un joven. Y sabiendo, como dice, que esos hermanos asesinos, le estaban escuchando en aquel momento, ocupando los primeros bancos de la catedral salvadoreña.
Monseñor Romero, como Jesús, como los jesuitas de la UCA, como las monjas norteamericanas, como miles de campesinos y campesinas asesinados en El Salvador antes y durante la guerra, eran gente que estorbaba, precisamente porque se enfrentaba al poder establecido. A Jesús, como a Monseñor, no los mató la guerra, ni los no creyentes; a Monseñor Romero lo mató el poder, el mismo que sigue matando a miles de seres humanos en muchas partes del mundo.
Pero es curioso, que lo mató de modo especial el poder religioso. El martirio de Romero es también muy especial porque lo mataron los que ocupaban bancos en las Iglesias, los que gobernaban en nombre de Dios, los de comunión diaria… esos que después de asistir a la Eucaristía y comulgar hacían desaparecer a niños, jóvenes, mujeres, y reprimían a los pobres, pero lo hacían encima, en nombre de Dios. Los ateos no mataron a Romero ni a Jesús, sino justamente los que desde el poder , usurpaban el nombre del mismo Dios.
Hemos celebrado un nuevo domingo de Ramos, que inicia la semana santa, la semana central de nuestra fe como cristianos. Y en ese domingo conmemoramos decimos, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, para celebrar la Pascua. Muchos le habían dicho al Maestro, especialmente, sus discípulos que no subiera a Jerusalén, porque los sumos sacerdotes y los poderes religiosos, pensaban asesinarlo. Pero Jesús no hizo caso, quería ser fiel a sumisión hasta el final, y por eso no le importó subir a Jerusalén. Fue una entrada triunfal muy especial. Porque alababan al rey de los judíos, que estaba subido encima de un borrico, no en una calesa bonita de caballos de lujo.
El rey encima de un pollino entraba en la ciudad santa, y era alabado por los que siempre le habían alabado: los pobres, los pecadores, los excluidos, los que de verdad entendieron a Jesús, y a los que El mismo dirige su acción de gracias en el evangelio de Mateo: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11).
Esos pobres gritaban ¡viva nuestro rey!, esos pobres que no contaban en la sociedad judía y que estaban al borde del camino. Pero esos pobres de los que dice el Evangelio “que son bienaventurados y de ellos es el Reino de los cielos”. Jesús en esa entrada triunfa entre los que siempre triunfó, a los que El había defendido siempre y con los que se había sentado a comer sin ningún pudor, eran los que le reconocían como tal.
Ese mismo triunfo fue el de Monseñor Romero en toda su vida; los pobres decían siempre que era su voz, que era el portavoz suyo, que defendía siempre su causa. Y en él se encarnan también las palabras del Magnificat, que la comunidad de San Lucas, pone en boca de María: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos “ (Lc 1 ).
A los 41 años de su asesinato su vida y su testimonio continúan vivos y presentes especialmente entre el pueblo salvadoreño. Y continúa vivo especialmente en ese pueblo que le honra, cada día, no solo en la cripta donde está enterrado, o en la capilla donde lo asesinaron, sino en cada una de las casas más pobres de campesinos, y en cada uno de los corazones delos pobres. El Estado le ha puesto nombre al aeropuerto internacional de El Salvador, bautizado como San Oscar Romero, y una delas avenidas más importantes de la capital también se llama así, pero los que realmente lo veneran como santo son los pobres, los mismos que veneraban a Jesús, los crucificados, los mismos por los que Jesús dio la vida.
A Monseñor Romero también le dijeron que el día 24 de marzo de 1980 no celebrara la Eucaristía en la capilla del Hospitalito, como todos los días. Sus amigos más íntimos le decían que podían asesinarlo, que estuviera unos días sin aparecer públicamente. Pero él, hizo caso omiso: había quedado en celebrar la misa funeral del año por doña Sarita, y decía que ese compromiso con la familia debía cumplirlo, fuera como fuera. Y efectivamente, mientras levantaba el pan y el vino después del ofertorio, la bala asesina acabó con la vida terrena de nuestro santo, pero solo con la terrena, porque como el bien decía “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Y sin duda que no fue una frase hecha, porque Monseñor, sigue vivo en el pueblo.
Sentarse al pie de la tumba de Monseñor en la cripta de la catedral, es sin duda algo curioso y sobrecogedor: llegan personas de todas partes, y de diversos países y situaciones para abrazar, rezar y contar la vida al santo del pueblo. Todos ante la tumba de santo son iguales, no hay distinción de ningún tipo, pero una vez más los que llegan son los pobres de cualquier parte del país salvadoreño. Y llegan esperando encontrar un consuelo, y reconociendo que Monseñor sigue siendo su voz. “Queremos ser la voz de los que no tienen voz para gritar contra tanto atropello contra los derechos humanos. Que se haga justicia, que no se queden tantos crímenes manchando a la patria, al ejército. Que se reconozca quiénes son los criminales y que se dé justa indemnización a las familias que se quedan desamparadas “ (Homilía 28 de agosto de 1977)
“El pastor tiene que estar donde estar donde está el sufrimiento”, había dicho en su homilía del 30 de octubre de 1977, y así estuvo hasta el final, acompañando y defendiendo a los más sufrientes, a los más perseguidos, a todos aquellos que los poderes dejaban en las cunetas y en las tumbas.
Acusado de hacer política, de ser comunista, de ser instigador de revueltas, San Romero lo que hizo fue simplemente llevar a la vida, el propio Evangelio de Jesús, lo que hizo fue decirnos lo mismo que ya el maestro de Nazaret había dicho hace veinte siglos: Que todos somos iguales y que Dios nos quiere a todos, y que todos tenemos que luchar por un mundo nuevo, un proyecto nuevo de vida, que El llamó Reino de Dios. Por ese proyecto, Jesús dio la vida y por él también resucitó. Romero selló también con su propia sangre, el proyecto del Reino.
Su “comunismo” era ese, reconocer que todos nos merecemos lo mismo y que Dios no hace distinciones, que la única distinción que hace es favor delos pobres y los sencillos, pero no tanto por ser buenos, sino por ser los más necesitados y desgraciados, los más excluidos y los que no cuentan. “Cuando doy pan a un pobre, dicen que soy santo. Cuando pregunto por qué pobre no tiene pan, me llaman comunista”, que también decía Monseñor Helder Cámara.
Es la crítica fácil sin duda que se hace a los que se preocupan de los demás, a los que se preocupan por defender la justicia social y la fraternidad: que son comunistas.
Mientras que desde otros sectores, están preocupados solo por el aparentar, por el rito y no por la vida. Pues a esos “acusados de comunistas”, es a los que persigue el poder establecido, como persiguió a Jesús de Nazaret. Son esos “comunistas” los que dan la vida y son profetas de esperanza, mientras que los otros continúan acomodados, y salvando su vida, apoyando un poder, que siempre va contra la dignidad del ser humano y crea siempre víctimas de la injusticia y de la opresión.
A los 41 años de su asesinato nos seguimos quedando conmovidos por las palabras y el testimonio de Monseñor Romero. Como decía al comienzo, desde el pasado 14 de octubre de 2018, figura en el santoral de nuestra Iglesia, pero en el santoral del pueblo figura desde siempre, incluso antes de morir en la capilla. Su última homilía, el 23 de marzo de 1980, cavó su tumba y su lugar privilegiado en el cielo, y entre el pueblo salvadoreño: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, ¡cese la represión! “.
Y sus palabras continúan estando al día, porque en el Salvador y en muchas partes de mundo, sigue habiendo mucha represión, incluso efectivamente en nombre de Dios. Y los que le tachaban de comunista, son los que hoy día sigue teniendo poder represivo y hacen uso de él. Siguen siendo, “los hermanos criminales”, que siguen profesando “una religión de misa dominical, pero de semanas injustas” ( 4 de diciembre de 1977).
“Que este Cuerpo inmolado y esta Sangre sacrificada por los hombres nos alimenten también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos, pues, íntimamente en fe y esperanza en este momento de oración por doña Sarita y por nosotros… “. Fueron sus últimas palabras, porque después de pronunciarlas, el Santo caía ensangrentado a los pies del altar. Ese día el sacrificio de Jesús en la Eucaristía, fue el sacrifico de Monseñor Romero; el cuerpo entregado y la sangre derramadas fueron las del propio San Romero.
La Iglesia después de 41 años, todavía emocionada y consternada, solo puede decirte GRACIAS, Monseñor. Las mismas gracias que te sigue dando cada día tu pueblo, el pueblo por el que entregaste tu v ida hasta el final. Esta Iglesia que te canonizó desde el comienzo como pueblo, te sigue canonizando cada día, en cada casa, en cada recuerdo, en cada lágrima, en cada pobre salvadoreño que sigue crucificado… Y como bien decías, “Si me matan, morirá un obispo, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, vivirá para siempre”.
Te seguimos necesitando a nuestro lado, tienes que seguir siendo nuestra voz, tienes que seguir defendiéndonos. Te encomendamos en este día a toda la Iglesia del papa Francisco que lucha cada día por hacer una Iglesia de los pobres y para los pobres, una Iglesia misericordiosa y acogedora. Echanos una mano, nosotros solos no podemos. Sigue siendo tu nuestra luz, nuestra fuerza y nuestra voz.

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