El milagro de Rutilio: Mons. Romero

“El día 12 de marzo hemos celebrado un nuevo aniversario del martirio de Rutilio Grande, un campesino y un niño, en 1977”
“Todavía, la Iglesia oficial exige que para comenzar ese proceso es necesario la aprobación de un milagro, de aquel a quien se quiere beatificar y luego canonizar”
“En el comienzo del proceso de beatificación de San Romero, el Papa apuntó a que el milagro de Monseñor fue su misma vida. Cabría ahora por eso preguntarnos cuál es el milagro de Rutilio Grande”
“El grano de trigo de Rutilio, el campesino y el niño, cayó en tierra, y no fue baldío, sino que dio mucho fruto, dio mucha vida, y produjo el gran milagro de Romero”
20.03.2021 | Javier Sánchez
El día 12 de marzo hemos celebrado un nuevo aniversario del martirio de Rutilio Grande, un campesino y un niño, en 1977. Y como cada año, cuando llegan días especiales como este, los enamorados de El Salvador y del pueblo salvadoreño, volvemos de modo especial, nuestro corazón y nuestra vida, a lo que allí se ha vivido y lo que todavía aún se vive. Se cumplen cuarenta y cuatro años de su martirio, y sin duda que su vida y su recuerdo siguen vivos en aquella tierra, y en los pobres, que, por desgracia, siguen siendo aún muchos entre los salvadoreños.
El 21 de febrero de 2020, el papa Francisco autorizó a la Congregación para la causa de los santos a promulgar los Decretos que dan el visto bueno a su beatificación, y eso supone que ese reconocimiento llegará pronto. Un acontecimiento que supone por fin, hacer, como en otros casos, justicia. Ser beato, como paso para la posterior canonización, supone descubrir en este martirio un punto de referencia especial para nuestra vida como creyentes.
Todavía la Iglesia oficial, exige que para comenzar ese proceso es necesario la aprobación de un milagro, de aquel a quien se quiere beatificar y luego canonizar. Quizás en nuestra sociedad no tenga mucho sentido ese requerimiento, como tampoco lo tendría en la sociedad en la que vivió Jesús de Nazaret, ni desde luego en el mismo evangelio. Un milagro, entendiendo por tal ruptura de las leyes de la naturaleza, no tiene ni sentido ni sostenimiento teológico, incluso desde el mismo evangelio. No se trata de un milagro como un acontecimiento que va en contra de la naturaleza. En el evangelio de San Juan, los milagros son los signos de la presencia del Reino. Y cuando Jesús lleva a cabo un milagro, no se trata de algo físico, sino de una presencia especial del Dios de la vida a través de ese signo concreto.
En el comienzo del proceso de beatificación de San Romero, el papa apuntó a que el milagro de Monseñor fue su misma vida, su vida entregada al “pobrerío” salvadoreño, a la causa de la justicia y por tanto, a la causa del Evangelio. Y desde ahí se comenzó un proceso que culminó en la canonización del santo de América, el 14 de octubre de 2018. Aunque, como ya es conocido, el otro santo aún no canonizado, y recientemente fallecido, en agosto de dos mil diecinueve, Pedro Casaldáliga, lo canonizó ya en la misma noche de su martirio, llamándolo San Romero de América. Y fue después el mismo pueblo salvadoreño, martirizado y pobre, el que se encargó de que ese título se pudiera ir haciendo realidad, en las entrañas más profundas de este país, entre sus gentes y sus campesinos.
Cabría ahora por eso preguntarnos cuál es el milagro de Rutilio Grande que ha dado origen al comienzo del proceso de beatificación. Y sin duda, que conociendo a San Romero, y a su posterior evolución como persona y como creyente, el milagro de Rutilio fue precisamente ese: Monseñor Romero. A medida que vamos conociendo a Monseñor Romero, todos llegamos a coincidir en eso: Romero no puede ser entendido sin el martirio de Rutilio. O dicho de otro modo, el nuevo Romero surge de la sangre derramada de su amigo y maestro, Rutilio.
Es difícil saber qué sentiría San Romero de América al encontrarse ante el cadáver de su amigo jesuita, el campesino y el niño. Pero, sí en palabras del también mártir Ignacio Ellacuría, “con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”; con el martirio de Rutilio “Dios cambio la vida de Romero y le hizo convertirse a los pobres de modo especial”. Es verdad que Romero, desde siempre, tuvo una preocupación por los más débiles y torturados del país, pero el martirio de Rutilio le hizo descubrir algo diferente: lo que decía y vivía su amigo jesuita era la verdad; y que justamente porque a los poderosos no les gustaba, porque su vida estorbaba como la de Jesús de Nazaret, por eso lo asesinaron.
Los rostros crucificados de Rutilio Grande, el campesino Manuel de 72 años y el joven de 15, llevan a Romero a un entender de modo especial el Evangelio desde los pobres. Siempre fue sensible ante el sufrimiento del pueblo y de su gente, pero el asesinato de Rutilio le mostró con toda crueldad lo que su pueblo estaba sufriendo y cómo lo necesitaban especialmente a él; desde el Rutilio asesinado, San Romero descubre quizás el sentido más profundo de sumisión como pastor.
El estilo pastoral de Rutilio no era compartido al comienzo por Romero, le valoraba como amigo y como persona, pero no acaba de entenderlo y compartirlo. La contemplación del cadáver de su amigo le quitó la venda de los ojos, haciéndole descubrir que la pastoral de Rutilio era la adecuada, la auténtica, la derivada del seguimiento de Jesús de Nazaret. Que su pastoral no era política, sino que era estar encarnado en la realidad del pueblo y sufrir su mismo destino, como lo sufrió.
Si Rutilio murió como Jesús, es que también su vida y su misión habían sido como la de Jesús. Por eso hablamos de la conversión de Romero como el gran milagro de Rutilio. Un milagro que va mucho más allá del puro milagro físico, al que a menudo estamos acostumbrados.
La pastoral de Rutilio estaba profundamente enraizada en el Vaticano II y en las conferencias de Medellín y Puebla, una teología que lleva a la encarnación y a la defensa de los más pobres y crucificados, y que supone querer bajar de la cruz a aquellos que como Jesús también lo están, a esos crucificados que, por desgracia, abundaban y abundan tanto en la tierra de El Salvador. Por eso, pisar El Salvador es pisar Tierra Santa, porque es tierra de mártires y de presencia especial del Dios muerto y resucitado.
La figura de Rutilio está unida, después de cuarenta y cuatro años, al pueblo sufriente, y por eso unida a la justicia social y fraternidad que él predicaba con su vida y que sin duda le costó el martirio. Esa fraternidad de la que él hablaba, cuando decía que la sociedad tiene que ser como una mesa grande, con manteles largos para todos, donde para todos haya comida y donde todos nos podamos sentar alrededor de ella, sin distinciones de ningún tipo, sino desde el sentir de la igualdad que nos da el sabernos hijos e hijas de Dios.
Es el canto de entrada de la misa salvadoreña: “Vamos todos al banquete, a la mesa de la creación, cada cual con su taburete, tiene un puesto y una misión”. El banquete eucarístico que tiene que estar unido al banquete de la vida. Celebrar la Eucaristía desde el hambre de pan y de Evangelio, del que hablaba también otro de los santos, el Padre Arrupe, responsable también del giro hacia la preocupación de la justicia que lleva a cabo la Compañía de Jesús.
El 22 de Febrero de 1977, Monseñor Romero, desde una gran controversia, toma posesión como Arzobispo de la diócesis de San Salvador. Y desde el primer momento, sin entenderle muy bien, pero sí como fiel amigo, y sobre todo como fiel a la Iglesia, Rutilio estuvo cerca de él. Dieciocho días después, el 12 de marzo, Rutilio era asesinado, y su vida fue como nos dice el evangelio de San Juan, como el grano de trigo que cae en tierra y da mucho fruto: “os aseguro que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 23). El grano de trigo de Rutilio, el campesino y el niño, cayó en tierra, y no fue baldío, sino que dio mucho fruto, dio mucha vida, y produjo el gran milagro de Romero.
Hoy después de 44 años y al hacer memoria de su martirio, no podemos por menos que seguir unidos al martirio del pueblo salvadoreño, que todavía desde la pobreza y la injusticia, sigue crucificado. Y desde nuestra pobreza, seguimos rezando a Rutilio para que produzca un nuevo milagro, el nuevo milagro de la justicia, el nuevo milagro de que cada día los cristianos salvadoreños y de todos los países, “bajemos de la cruz a los crucificados”.
Quizás le pedimos al casi ya Beato Rutilio Grande, un milagro mucho mayor que curar una enfermedad, le pedimos la conversión del pueblo salvadoreño y de todos los cristianos, al evangelio de Jesús, y a su proyecto del Reino. Le pedimos que al contemplar su martirio, su cadáver, podamos también convertirnos, como lo hizo San Romero. Y le pedimos sobre todo, por el pueblo salvadoreño, que sigue sufriendo y crucificado, para que los que tienen el poder lo utilicen siempre en beneficio del pueblo y sus necesidades, y no para seguir oprimiendo y machacando al débil.
Vamos todos al banquete, Rutilio, vamos contigo a esa mesa grande, con manteles, donde todos tengamos nuestros taburetes, donde todos podamos sentarnos a compartir la mesa de la igualdad, donde todos podamos sentir que somos una gran familia, donde podamos experimentar que Jesús preside nuestras comunidades y nuestras casas, donde descubramos que no podemos celebrar con la dignidad del Evangelio la Eucaristía, mientras a nuestro alrededor haya personas que sufren y son tratadas injustamente. Vamos a una mesa nueva de integración, y de amor para todos.
Que tu martirio, el del campesino Manuel, y el del joven de apenas 15 años, sean semilla de un nuevo pueblo salvadoreño y de unas nuevas comunidades cristianas como las que tú nos transmitías y por las que te asesinaron. Y que sintamos que no estamos solos, sino que tú, Monseñor Romero, y todos los mártires de la Tierra Santa de El Salvador, presididos por el resucitado, nos vais abriendo camino

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