El crucificado se solidariza con las víctimas de la covid-19

Por Leonardo Boff
Un manto de tristeza se extiende sobre toda la humanidad y no hay suficientes pañuelos para enjugar tantas lágrimas por las víctimas de la Covid-19. El virus no exceptúa a nadie, pues, invisible, puede atacar a quienes no toman los debidos cuidados. Él ha puesto de rodillas a las naciones militaristas, que se llenaron de armas capaces de exterminar toda la vida del planeta, inclusive la humana. Son absolutamente inútiles delante del pequeñísimo coronavirus. Alejandro el Grande (356-323 A.C), fundador de un imperio que iba del Adriático al río Indo, murió probablemente picado por un mosquito que produce una fiebre viral (la fiebre del Nilo occidental). ¿Quién es aquí el más fuerte? ¿El joven conquistador de 23 años o el mosquito? Estamos muriendo a causa de un virus invisible, que arrasa toda nuestra arrogancia, sin decir que él es consecuencia de nuestra sistemática agresión a la naturaleza (el antropoceno y el necroceno), que se defiende con su arma letal e imperceptible, la Covid-19 y una gama de otros virus.
Todos tememos y sufrimos, presenciando, impotentes, la desaparición de miles de personas, cerca ya de dos millones de víctimas. En Brasil la situación es dramática, porque un gobernante enloquecido y negacionista, sin ningún sentimiento de empatía, tolera que mueran más de 300 mil personas y cerca de 13 millones estén infectados.
No poder despedirse de los muertos queridos, ni darles el último adios, ni poder vivir el luto imprescindible causa un dolor silencioso que rompe los corazones. Es nuestro viacrucis de estaciones sin fin, de lamentos y llantos. Celebramos el Viernes Santo de la muerte en la cruz del Hijo del Hombre en el contexto de esta pasión mundial y nacional. ¿Quién nos consolará? ¿Quién nos mantiene la esperanza de que la vida una vez más va a triunfar y que podremos vivir libres y sanos, disfrutando de la alegría de estar con nuestros seres queridos, amigos, amigas y próximos?
Se pueden sacar muchas lecciones de la crucifixión de Jesús, resultado de un doble proceso, religioso y político, seguramente de sentido trascendental como redención/liberación de los seres humanos. Esta tal vez sea la más profunda. Pero hay otros sentidos, humanitarios, que, en la situación actual, nos pueden fortalecer en nuestro desamparo y en las horas penosas del aislamiento social, este que nos roba la alegría de encontrarnos con los familiares y amigos y poder abrazarlos y besarlos. Nos consuela pensar que, para los que consiguen creer, no estamos solos en nuestra pasión. El Crucificado sufre con nosotros y va a seguir sufriendo hasta el fin de los tiempos, mientras haya pobres y desamparados.
San Pablo lo expresó adecuadamente en una versión simplificada: “él no hizo caso de su condición divina, se presentó como un simple hombre, en solidaridad se hizo siervo y no tuvo miedo de morir en la cruz” (cf. Carta a los Filipenses 2,6-8). No fue ingenuamente al encuentro de la muerte. Al saber que sus opositores habían decidido matarlo, da testimonio de ello el evangelio de San Juan, se escondió en la ciudad de Efraín cerca del desierto (11,54). Sabemos que Efraín era una ciudad-refugio. Quien estuviera perseguido y amenazado por cualquier razón, en la ciudad de Efraín no podía ser preso y estaba protegido. Hacia allá se fue Jesús con sus seguidores.
La Epístola a los Hebreos testifica: “entre lágrimas suplicó a Áquel que podía salvarlo de la muerte”. Versiones más antiguas dicen: ”y no fue atendido; a pesar de ser Hijo de Dios, tuvo que aprender a obedecer por medio del sufrimiento” 5,7-8). En el Monte de los Olivos, en Getsemaní su temor ante la muerte inminente lo lleva a suplicar: “Padre, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lucas 22,42).
El evangelista Lucas relata “lleno de angustia, el sudor se volvió como gruesas gotas de sangre que caían hasta la tierra” (22,44). Más que de miedo, Jesús fue invadido de pavor, hasta el punto de sudar sangre, como se atestigua en personas a punto de ser ahorcadas o fusiladas. Pero el paroxismo fue alcanzado en la cruz: sintiéndose abandonado por sus seguidores y absolutamente sólo se enfrentó a la mayor tentación por la que puede pasar un ser humano: la tentación de la desesperanza. “¿Será que todo ha sido en vano? Pasé por el mundo haciendo el bien y heme aquí crucificado”. Expresa su desamparo gritando: “Dios mío, oh Dios, ¿por qué me has abandonado?” (Marcos 15,34). Finalmente, desnudo por dentro y por fuera, se entrega al Misterio que se esconde pero que conoce todos nuestros destinos. La última palabra de Jesús, no resignada sino libre, fue: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lucas 23,46). San Marcos todavía recuerda: “dando un inmenso grito, Jesús expiró” (15,37).
Jesús mostró ser el prototipo de ser humano fiel a Dios y a la causa de Dios en el mundo, la predilección por los pobres, el amor incondicional y la misericordia ilimitada, causa esta llevada hasta el extremo, entregando libremente su propia vida. El rechazo humano de su persona y su mensaje puede decretar su crucifixión, pero no puede definir el sentido que Jesús da a esta vergonzosa condenación: ser solidario con todos los crucificados y sufrientes del mundo.
La resurrección tras su destino trágico vino a mostrar de qué lado estaba Dios, al lado de él, de su vida y de su causa. Revela la justicia divina contra el ajusticiamiento perpetrado por sus opositores.
Una lección que podemos sacar del Viernes Santo de pasión es seguramente esta: nadie sufriendo y postrado de dolor tiene que sentirse solo. El Crucificado, ahora Resucitado y hecho el Cristo cósmico, estará siempre a su lado, sufriendo con quien sufre, dando esperanza a quien casi se desespera y mostrando que la página más importante del libro de la vida viene escrita no por el odio y la muerte impuesta, sino por la vida, llevada a su plenitud por la resurrección. Dice un discípulo tardío de San Pablo, Timoteo: “Es cierta esta afirmación: si padecemos unidos a Cristo, también viviremos con él” (Segunda Carta, 2,11). Esta es nuestra consolación.

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