Entrevista a Juanjo Tamayo

Juan José Tamayo: “Tiene que protegerse la libertad religiosa, pero también exigir democracia e igualdad de género a las organizaciones religiosas”

Comparto la entrevista publicada por el Ayuntamiento de Barcelona en el marco de la Jornada “Libertad religiosa en Barcelona: estado de la cuestión”.

Entrevistamos al doctor Juan José Tamayo*, teólogo, sociólogo, filósofo y profesor emérito de la Universidad Carlos III de Madrid, de larga trayectoria académica y activista. Activista, decimos, porque es un crítico duro y sin tabúes de la institución actual de la Iglesia católica y de otras religiones mayoritarias, en cuanto a democracia y perspectiva de género. Aboga por unas instituciones eclesiásticas para todo el mundo, pero especialmente para los más necesitados, en la línea de la teología de la liberación.

Conversamos con él en Barcelona, en el marco de la jornada “Libertad religiosa en Barcelona: estado de la cuestión”, que se celebró, hace un año, para hacer balance del estado del derecho a la libertad religiosa en Barcelona y recoger las aportaciones de comunidades y entidades religiosas y personas expertas. Como ponente tenía encargada la tarea de hacer un recorrido por el reconocimiento jurídico internacional de la libertad religiosa, pero añadió una perspectiva de “deberes” también, insistiendo en la necesidad de exigir democratización e igualdad de género a las instituciones de cualquier confesión.

Durante la jornada “Libertad religiosa en Barcelona: estado de la cuestión”, hizo un recorrido por las leyes desde los principios de las religiones. Según usted, la libertad de culto está en la misma base de las religiones. ¿Por qué entonces esta libertad es inexistente en muchos lugares del mundo?

Las religiones surgen como propuestas de valores morales para fomentar la convivencia y traducir cívicamente las ideas de trascendencia y, por lo tanto, se desarrollan con el pluralismo, la libertad y el respeto por la diferencia como base. El cambio del diálogo al anatema y la contraposición entre las diferentes religiones se debe a la intervención del poder en la gestión y la orientación de las religiones. Cuando adquiere carácter institucional, el poder se apropia de ella y la utiliza como arma en los conflictos que tiene con otros poderes. Sin negar que la religión tiene una vertiente política irrenunciable, debe mantener una relación dialéctica con ella. No puede estar a su servicio porque entonces pierde su razón de ser original: la relación directa con la divinidad y el compromiso ético con los más desfavorecidos.

Fue muy contundente en sus conclusiones en la Jornada “El estado español protege la libertad religiosa pero no la igualdad de las religiones”. Incluso dijo: “La transición no fue tal en cuanto a religión y quedan demasiados rastros del nacionalcatolicismo”.

Primero, quiero confirmar o asegurar que a partir de la transición democrática se establece la libertad religiosa. No conozco a ninguna persona presa por sus creencias o prácticas espirituales. Pero estamos muy lejos de conseguir la igualdad entre religiones. Me explico: hay tres tipos de religiones en España, la católica, que recibe todo tipo de privilegios por parte del Estado, las de “notorio arraigo”, que también disponen de determinadas prerrogativas a través de acuerdos directos, y las que, a pesar de que están inscritas como tal en los registros de asociaciones, se consideran minoritarias y no tienen ningún reconocimiento especial.

España es uno de los ejemplos más flagrantes de contradicción entre el presupuesto laicismo y la realidad, muy próxima todavía al nacionalcatolicismo franquista. Hay miles de ejemplos: hasta hace tres años los miembros del gobierno firmaban y juraban el cargo delante de un crucifijo y de la Biblia; el ejército tiene un arzobispo a su servicio, pero lo más grave, creo, es el tema de la financiación. ¿Cómo se puede hablar de igualdad de las religiones cuando una de ellas, la católica, está recibiendo unos honorarios de entre 250 y 280 millones de euros al año a través de la asignación tributaria? Seguimos bajo una concepción nacionalcatólica en el imaginario político y social.

¿Las religiones minoritarias o de “notorio arraigo” qué reivindican?

Tener privilegios como las mayoritarias, pero yo más bien creo que a las religiones de primera y segunda clase les sobran todos los privilegios que el Estado les concede y, por lo tanto, la igualación sería hacia retirárselos y no tanto hacia otorgar prerrogativas a las minoritarias. Ya sé que por razones electorales eso es casi imposible, pero ellas mismas, las grandes, por coherencia con su ética de la pobreza y la solidaridad, tendrían que renunciar a ello.

¿La democratización y la feminización de las instituciones religiosas, de cualquier confesión, le parece que son deberes imprescindibles para seguir disfrutando de apoyo institucional?

La Constitución establece que todas las personas españolas son iguales ante la ley, pero en el seno de las organizaciones religiosas no existe ni esta igualdad en la gobernanza ni de género. Si se exige a sindicatos y otras organizaciones sociales que sean democráticas y no sexistas (y se les requieren planes de igualdad de género, por ejemplo), ¿por qué no a las instituciones religiosas?

Las ciudades son los espacios donde se practican los cultos y las enseñanzas religiosas, pero ¿qué puede hacer una ciudad para hacer realidad esta democratización y feminización?

Pues lo mismo que digo para el Estado lo digo para el resto de poderes políticos: tienen que velar por que todas, y digo todas, las instituciones se rijan por principios democráticos y todas las personas miembros de estas instituciones puedan ejercer el derecho a escoger a sus representantes. No hay ninguna exclusión y, por lo tanto, un ayuntamiento que pide democracia a las asociaciones de vecinos y vecinas, a la gestión de las escuelas, a los clubs y a otros espacios de la ciudadanía tendría que exigir lo mismo a las organizaciones religiosas para financiar proyectos. Y todavía tendrían que ser más exigentes con respecto a la discriminación de la mujer. Concretamente, la Iglesia católica es la organización más machista y patriarcal de la sociedad española. No permite el acceso de las mujeres a los ámbitos de la representación, ni del pensamiento, ni al espacio de lo sagrado. La discriminación de las mujeres clama al cielo.

Lógicamente, debe hacerse de una manera pedagógica, pero la financiación o la participación en los espacios de decisión o de consulta municipales tendrían que estar condicionadas a prácticas democráticas y no discriminatorias en su seno.

Hablando de mujeres… en el 2003, en una entrevista que le hicieron en El País, ya hablaba del sexismo de la Iglesia católica y utilizaba el desdoblamiento lingüístico “cristianos y cristianas”. ¿Era usted un comunicador feminista avant la lettre? ¿Cómo se puso con el feminismo, para llegar a ser hoy una de las voces de la teología feminista?

Yo tengo una formación completamente patriarcal, evidentemente también con respecto al lenguaje, pero he tenido la suerte de que mi pareja es una teóloga feminista y desde los inicios me corregía el lenguaje sexista de mis escritos, y me hacía ver las contradicciones del patriarcado dentro y fuera de las religiones. Una segunda experiencia es el encuentro, a principios de los años 2000, con un grupo de filósofas feministas que me invitaron a unirme a ellas, al pensamiento feminista. Te diré la verdad: me lo estuve pensando, porque el patriarcado tiene eso, te hace hacer balances de pérdidas y ganancias: por una parte, temía perder ciertos privilegios que te otorga la masculinidad hegemónica, pero, por la otra, sabía que ganaría en cuanto a coherencia y justicia.

Renuncié a unos privilegios que no me correspondían, solo por ser hombre, y conocí y abracé una nueva vertiente de afectos, de sentimientos, de la razón sensible y de una manera de ver la vida menos rígida. Dejo de lado la autoridad convertida en autoritarismo, la fraternidad, en nombre de la que se han cometido tantos crímenes, y me paso a la fraternidad-sororidad, incluso en la manera de trabajar, más colaborativa y horizontal. Ya son veinte años de mi conversión al feminismo, hasta el punto de que estoy preparando un libro que probablemente se titulará Soy un teólogo feminista.

Volviendo a la jornada “Libertad religiosa en Barcelona: estado de la cuestión”, propuso derogar todas las leyes y acuerdos del Estado con las diferentes estructuras religiosas y empezar de cero con la creación de un estado laico. ¿En qué consiste exactamente?

Sí, hice distintas propuestas: elaborar una ley de libertad de conciencia (la religiosa incluida); un estatuto de laicidad para quitar el protagonismo de las religiones en los espacios laicos; un modelo educativo cívico, sin presencia confesional en las escuelas y centros educativos, y la autofinanciación de las instituciones religiosas. En definitiva, un estado laico donde se vele por la democracia y la igualdad de género en todas partes y donde las libertades de todo el mundo, creyentes o no, se garanticen.

Uno de sus referentes es el papa Juan XXIII, y su Concilio Vaticano II, con el que pretendía precisamente devolver la Iglesia a la gente, en la idea original del cristianismo. ¿El papa Francisco, el actual, también es un referente para usted?

Yo diría que para el papa actual el papa Juan XXIII es un referente, y quiere recuperar el espíritu del Concilio Vaticano II, que se quedó en papel mojado porque los papas posteriores eran neoconservadores. De entrada, ya proyecta imágenes de la Iglesia diferentes: habla de la iglesia de las periferias, de la iglesia campamento, de la iglesia de los pobres. Pero, sobre todo, para mí, la gran aportación del papa Francisco es la crítica, dura, de hecho, al sistema económico neoliberal. Llega a afirmar que es nocivo en su raíz, no solo en sus consecuencias. Es de los pocos dirigentes políticos que critican también la globalización neoliberal.

Otro elemento que creo que es crucial en sus aportaciones es el giro ecológico. Ningún otro papado se había preocupado por la ecología. Con la encíclica “El cuidado de la casa común” sintoniza mucho con los movimientos ecologistas y de defensa de la dignidad de la tierra.
Quizás una tercera característica que valoro muy positivamente es la crítica que hace a su propio gobierno, la curia romana. Pero aquí también es donde veo uno de los grandes déficits: por mucho que haga una crítica, las acciones de reforma que ha tomado no son tan coherentes: para hacer cambios ha escogido una comisión completamente interna, de cardenales que no tienen visión desde fuera; todo sigue muy endogámico. Es cierto también que tiene muchos adversarios dentro, pero así no conseguirá que nadie renuncie a ningún privilegio.

Y siguiendo con los déficits, el otro que me sorprende también es la falta de perspectiva feminista, no ha hecho ninguna, ninguna acción para permitir o favorecer la incorporación de las mujeres a los ámbitos del culto, en la elaboración de la doctrina. Creo que sigue siendo una persona muy clerical, jerárquica y patriarcal.

¿Cómo se relaciona un teólogo progresista como usted con el resto de personas teólogas católicas pero, sobre todo, los/las de otras religiones?

Con respecto a los católicos y las católicas creamos la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, con unas ideas progresistas, ecológicas y feministas comunes que nos ayudan a protegernos los unos a los otros. Y de hecho a esta asociación se han añadido algunas personas teólogas protestantes.

Con el resto de religiones, yo mismo, por ejemplo, he creado un proyecto de la teología islamocristiana de la liberación. Me reúno con colegas musulmanes y musulmanas de todas partes, con los que estamos de acuerdo en el hecho de que toda teología se tiene que hacer al servicio de la liberación de las personas marginadas y oprimidas.

¿Existe o tiene fuerza la teología de la liberación? No se oye hablar de ella casi nunca…

No solo existe, sino que afirmo que tiene fuerza y está más extendida: empezó en América latina, pero ahora mismo la encontramos también en África y Asia, e incluso en países del norte global, en comunidades afrodescendientes y otras. Se desconoce y, sobre todo, tiene muchos adversarios que anuncian su muerte constantemente. Pero tiene mucho vigor, mientras haya comunidades marginadas y precarizadas, existirá.

Usted transita entre la creencia y la crítica a las instituciones religiosas. En una ocasión dijo que la religión “es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de la sociedad sin corazón”. ¿Sin la religión no hay suspiro? ¿Hay alternativas laicas?

Yo planteo más bien la necesidad de hacer convergir las diferentes religiones con las organizaciones o personas no creyentes, alrededor de dos ejes: uno “anti”, anticapitalista, anticolonial y antipatriarcal, y después un eje “pro”, una propuesta de sociedad interreligiosa, interétnica, intercultural, en la que las diferencias no sean un obstáculo para la convivencia. Muchos movimientos, religiosos o no, tienen ideas que pueden ser comunes, integradoras y alejadas del neoliberalismo excluyente. Por ejemplo, el perdón en el catolicismo, la interdependencia en el budismo, la comunidad y la comunión con la naturaleza de la Pachamama o la identificación de las raíces en los afrodescendientes… hay muchas más. No se trata de una coordinadora institucional, sino de un proyecto donde ninguna persona sea excluida.

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