La herencia de Marianella

Contar la historia de Marianella García Villas no solo significa sacar del olvido la vida y la muerte de una joven fuerte y valiente, sino celebrar su memoria, es una suerte de liturgia pascual con las dos especies: el pan partido de su vida con los pobres y la sangre derramada por las mujeres y los hombres oprimidos. Hace treinta y ocho años los militares de su país la capturaron y torturaron durante horas. Su cuerpo fue encontrado el 13 de marzo de 1983.

Marianella nació en 1948 en una familia de clase media alta salvadoreña, de madre salvadoreña y padre español. Estudió en Barcelona en el rico y prestigioso colegio religioso de las Teresianas donde las hermanas, además de montar a caballo y tocar el violín, ofrecían a las alumnas la posibilidad de impartir catecismo a los niños del barrio de La Torrassa. En esos días la adolescente Marianella encontró por primera vez la mirada de quien padece hambre y frío, los rostros de los niños de la calle y de los adultos marcados por la pobreza. A partir de ese momento, sus ojos no buscarían nada más.

Al regresar a casa, durante sus años en la Acción Católica universitaria, comenzó a trabajar en La Fosa, un barrio de chabolas donde sus habitantes padecían la pobreza y la precariedad. Marianella se preguntaba por qué en un país tan católico podían existir semejantes formas de injusticia y marginación. Su reflexión la llevó a organizar grupos universitarios de lectura del Evangelio para comprender la urgencia de “la elección preferencial por los pobres” a partir de los documentos conciliares, de los textos de la teología de la liberación y de las conclusiones de la histórica Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín en 1968.

En movimiento

La pasión por los estudios jurídicos, por la filosofía del Derecho y por la política activa, la llevaron a convertirse en abogada de la Asistencia Jurídica de la diócesis de San Salvador, la diócesis de Óscar Arnulfo Romero. Después fundó y presidió la Comisión de Derechos Humanos y participó en la Democracia Cristiana Salvadoreña. Pero se desvinculó de este partido que, desde el poder, inició una campaña de persecución.

Marianella fundó con María Paula Pérez el Movimento campesino de mujeres demócratas cristianas. Las dos mujeres se dedicaban a visitar a las campesinas en lugares remotos. Con ellas leían la Biblia, celebraban la Palabra y analizaban la realidad, tratando así de organizar una red de comunidades y familias comprometidas con la defensa de sus derechos.

Marianella ayudaba “a identificar las cosas, a reconocerlas, a aceptarlas y a combatirlas para saber que, más allá de la verja del jardín, la montaña, el río o el mar, hay otros hombres que hablan con las mismas palabras que las suyas, aunque con un idioma diferente; para saber que se puede establecer un puente entre estos idiomas, un canal de amistad y solidaridad”, (Linda Bimbi, Il Margine, 1984). Vivía la fe con “una pasión casi mística por el hombre, una verdadera encarnación del amor”.

La amistad con Romero

A partir de este rico bagaje de espiritualidad encarnada, nació y creció su especial amistad con el entonces arzobispo, y hoy santo, Óscar Arnulfo Romero.

Cada semana Marianella aliviaba su carga en Romero a quien relataba lo que había visto, las historias, las heridas, las torturas y los datos que después el arzobispo traducía en las poderosas frases que jalonaban su predicación. Ella le acercaba esos rostros que captaba a través del objetivo de su cámara, su fiel instrumento con el que denunció y probó la violación de los derechos humanos. “Rostros de campesinos sin tierra, ultrajados por las fuerzas armadas y por el poder. Rostros de trabajadores despedidos sin motivo, rostros de ancianos, rostros de marginados, rostros de niños pobres que desde pequeños comienzan a sentir las crueles garras de la injusticia social”, (homilía de Romero).

En manos de este pastor pone también su dolor, el agotamiento de seguir en la lucha después de haber visto morir a sus amigos y amigas, la rabia tras sus detenciones y su trágico silencio tras haber sido víctima de la violencia sexual. Ante la terrible historia de su violación, Romero estalla en llanto y sus inesperadas lágrimas logran apaciguar el odio y transformar el deseo de venganza en una ocasión más para la cruda denuncia de la abogada Marianella.

“Violar a una mujer está considerado como una señal de virilidad. Quien no lo hace con una mujer capturada, quien la respeta, recibe burlas, es ridiculizado y se le califica de impotente. Son los mismos superiores quienes inculcan estas ideas, mezcla de ignorancia y machismo, en sus subordinados. Esta violencia que siempre ha existido se convierte así en una práctica habitual e institucionalizada entre las fuerzas de seguridad y el ejército”, (entrevista a Marianella y sus hermanos, por Linda Bimbi y Raniero La Valle).

El 24 de marzo de 1980 esta santa amistad pareció interrumpirse cuando Romero fue asesinado, tal y como él mismo había temido. El arzobispo se encontró a merced de sus verdugos, indefenso a pesar de los recursos ante tribunales nacionales e internacionales, las investigaciones abiertas por organismos y asociaciones de derechos humanos, las visitas al Vaticano para informar de la situación, y los viajes de Marianella por Europa y Norteamérica con el mismo objetivo.

La sentencia se ejecutó, “un obispo debe morir”, y así sucedió. Fue a manos de un sicario. Fue solo un adiós a la amistad terrena, porque en el mismo mes de marzo, mes de los idus, de tres años después Marianella se encontró con su hermano obispo y las compañeras del martirologio de El Salvador. El 13 de marzo de 1983 un comunicado de prensa informó de que en un tiroteo cayó “la terrorista Marianella García”.

Fuente de sabiduría

La única arma encontrada a la guerrillera pacifista es la cámara que la acompañó en su búsqueda de la verdad, esa verdad “esplendor de la realidad” de su amada Simone Weil. Esa realidad maestra de vida y de muerte, con su dureza, su injusticia, su lado negativo y oscuro, el de los cadáveres; una realidad que sin embargo se transforma en fuente de sabiduría o, como diría hoy la teóloga Antonietta Potente, en “místicapolítica”.

“El gran desafío que nos propone la Historia es el esfuerzo de ser capaces de distanciarnos de esta realidad y de cuestionarla, de interrogarnos a nosotros mismos con el fin de encontrar las respuestas profundas, no las superficiales. Así pasaremos de una conciencia ingenua a una conciencia crítica, así iremos a la raíz de los hechos, nuestra visión se hará más completa y seremos capaces de comprender las causas y, más allá de las contradicciones, hacer de lo cotidiano un hecho histórico. Esto es la sabiduría”, escribió en 1981.

Este es el legado de la peligrosa memoria de una mujer que hizo y aún hace historia.

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