San Atanasio

San Atanasio Paladín de la Fe contra el arrianismo


Por Ángel Gutiérrez Sanz
Es difícil hablar de un hombre, de quién Bossuet dijo que todo en él era grande y por mucho que se diga sobre este personaje se corre el riesgo de quedarse corto. Su cuerpo era menudo, talla pequeña, físicamente insignificante, rayano en lo ridículo, pero albergaba un espíritu gigante y poderoso, que sólo él podía templar. Habría de ser considerado campeón de la fe, el prototipo de la fortaleza cristiana, el gran luchador, el atleta del espíritu, columna de la Iglesia a quien apellidaron “El Grande”, título con el que ha pasado a la historia. Esta figura señera surgió cuando el cristianismo más lo necesitaba, en un momento crucial de la historia, en que Arrio estuvo a punto de dar la vuelta a la tortilla. Siendo solo Diácono, ya fue testigo en el Concilio de Nicea, de la condena del arrianismo que se mostraba en contra de la divinidad de Cristo. Esto supuso una gran satisfacción para él, pero la batalla no estaba ganada. Estamos hablando de Atanasio.
Había nacido en la ciudad cosmopolita de Alejandría, el año 320, de padres cristianos. Se ignora casi todo de los primeros años de su vida, sí que se sabe, que recibió una buena formación filosófica y teológica. Con veinticuatro años fue ordenado diácono y a los 25 publicaba su obra magistral titulada “Discurso contra los gentiles”, donde trata de desenmascarar todas las falacias del paganismo, poniendo también en evidencia al neoplatonismo, aún con todo, su «best seller», en palabras de Benedicto XVI, habría de ser la “Vida de Antonio” fundador del movimiento eremítico, a quien trató personalmente. .
Poco después de haberse celebrado el concilio de Nicea muere el santo patriarca de Alejandría, Alejandro, su protector y es nombrado Atanasio como sucesor suyo. A partir de entonces los arrianos y filo-arrianos, no cesarán en su hostilidad contra él. Lo primero que hacen, es dar como nula tal elección episcopal y removerle de la sede, llegando incluso a acusarle de que había asesinado a un obispo llamado Arsenio, cuyo brazo se exhibe como prueba. Esto produce un escándalo monumental. El juicio contra Atanasio se celebra y éste trae de la mano al tal obispo como manifestación contundente de su inocencia, pero sigue el acoso. Las acusaciones no cesan y al final consiguen del emperador su deposición y destierro, del que regresa a la muerte de Constantino, para ser desterrado poco después nuevamente, así hasta completar un total de cinco destierros; pero este luchador infatigable nunca se dio por vencido.
Cuando venían por él, no se dejaba capturar fácilmente y en ocasiones sus fugas resultaban ingeniosas. En una ocasión huyendo de sus perseguidores tuvo que tomar una barca y deslizarse por el Nilo, pero cuando menos lo pensaba se le acerca lo que podíamos decir una patrullera imperial y los guardias le preguntan: ¿Habéis visto a Atanasio?, éste fingiendo la voz le responde:” Precisamente navega río arriba”. Sin esperar más y a toda prisa, los guardias emprendieron su búsqueda; fue entonces cuando Atanasio mandó dar un viraje a su barca y así escapar del peligro sin haber faltado a la verdad.
Los dos últimos destierros los pasaría en compañía de sus monjes con los que llegó a intimar, precisamente a ellos iba dedicado un escrito en que trataba de ridiculizar al emperador y a los arrianos, para luego salir en defensa de las verdades cristianas. Gracias a él pudo conocerse el monaquismo egipcio, siendo él quien divulgó la figura de Antonio Abad, amigo suyo, poniéndole como modelo de monje a imitar. Este batallador incansable pudo finalmente regresar a su sede en Alejandría, donde murió en la paz del Señor el año 373
Reflexión desde el contexto actual:
Después de conocer la vida de Atanasio, uno no puede por menos de decir ¡qué bien nos vendría un luchador como él en estos tiempos de crisis aguda, en que los cristianos nos encontramos excesivamente cómodos, contemplando el espectáculo desde el burladero y exponiéndonos a pocos riesgos! La vida de un campeón de la fe, como lo fue Atanasio, necesariamente va asociada al riesgo, pero hay que correr este riesgo y jugársela cuantas veces sea necesario, cuando la fidelidad al mandato de Cristo así lo exija.

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