Pongamos que hablo de Madrid

J.I. GonzálezFaus

Esta civilización de lo digital, de la prisa y los medios llamados de comunicación nos ha ido acostumbrando a las abreviaturas. Uno se encuentra con IA y ya no sabe si es la Inteligencia Artificial, la Incidencia Acumulada de contagios de la Covid o la Ingeniería Aeronáutica. Y si el sistema operativo me pide una URL tengo que renunciar a seguir por ahí, porque no sé lo que me están pidiendo…

La brevedad de las abreviaturas se prolonga en la brevedad de las palabras. Quien lea la última novela del Nobel Kazuo Ishiguro (Klara y el sol) verá que no se le aclaran las cosas cuando pasa de las AA a las Amigas Artificiales. Por eso los antiguos aristotélicos nunca argumentaban sobre alguna realidad sin dar antes una clara definición conceptual de esa realidad. Pero ocurre que la aclaración de conceptos reclama su porción de espacio y de tiempo. Y hoy andamos muy escasos de los dos.

“Pongamos que hablo de Madrid” como cantaba Joaquín Sabina. Pues bien, hablando de Madrid nos encontramos con peleas entre políticos y aportación de datos contradictorios, simplemente porque esa palabra no significa lo mismo para unos que para otros. Al igual que el coronavirus, las palabras tienen también sus variantes: una variante madrileña, una variante Cantó, una variante independentista, una variante Sánchez o una variante Iglesias…

Desde una sensibilidad llamémosla cristiana (y ciñéndonos a la ciudad capital), hablar de “Madrid” sería hablar, en primer lugar, de la Cañada Real, o de la parroquia de San Carlos con sus curas “rojos” (otra indefinición: porque rojo en la liturgia católica es el color de los mártires, del amor y del Espíritu Santo; y no parece que quieran decir eso quienes les tachan de rojos). En cambio, desde otra sensibilidad, digamos que más pagana, hablar de Madrid es hablar solo del barrio de Salamanca o de La Moraleja. En un caso el presidente de un gobierno podrá decir que lo de la Covid en Madrid es “muy serio” y, en el otro, la presidenta de otro gobierno podrá acusar de “mentiroso” a quien eso dice. Así lo hemos oído estos días. Y todo por no dar definiciones.

Y no digamos nada si hablamos de igualdad: “todos los hombres son iguales”, dice la Declaración de derechos. Quizá por eso, un político madrileño propone subir los impuestos medio punto, para todos igual: tanto para el que se mueve entre millones de euros, como para el que se arrastra entre unos cientos. Efectivamente, todos los hombres son iguales: aunque “unos más que otros”, como avisó aquel sabio inglés…

Por supuesto, todo eso no pasa solo en Madrid. Madrid no es más que un ejemplo reciente. Pero ocurre lo mismo cuando hablamos de España: para algunos, España tiene solo unos 11 millones de habitantes: los demás serán “invasores” o ilegales o espurios, pero no propiamente españoles. En este sentido se puede decir con verdad que “España va bien”. Pero si España tiene más de 40 millones de habitantes, entonces resulta que no va tan bien.

Tampoco es problema exclusivo de Madrid ni de España. Pasa lo mismo en Estados Unidos o en mi querida Cataluña, donde hay quienes creen que el país tiene solo tres millones de habitantes, los cuales quieren ser independentistas: por lo que se sienten con el deber de ejercer ese derecho sin dialogar con nadie y contra todo impedimento legal: evidencia irrebatible desde ese punto de mira. Pero resulta que hay otros puntos de mira.

Quizá por eso, el político Arzalluz (que, como jesuita que fue, había tenido una formación aristotélica) se sintió obligado a aclarar conceptos, hablando de “los verdaderos vascos”. Y aunque no dijera quién es el que decide de ese carácter verdadero, resulta que hoy tampoco nos sirve aquella precisión: porque hemos entrado en esta época de la postverdad, más discípula de Pilatos (el que preguntaba “¿qué es la verdad?”) que de Aristóteles.

Y ya nadie sabe qué es eso de la verdad: si nos atenemos a las etimologías, lo verdadero en griego es “lo desnudado” (a-lethês) mientras que en hebreo (emeth) es la actitud de respeto con que te acercas a las cosas. Y puede ocurrir que una cosa se te entregue y se te desnude mucho más cuando te acercas a ella con respeto que cuando crees desnudarla tú.

Para acabar de complicarlo, si antes he hablado de sensibilidades cristianas y paganas, resulta que hay gentes que se profesan cristianas pero tienen una sensibilidad pagana; y también al revés: gentes no cristianas pueden tener una sensibilidad más cristiana que otros bautizados y hasta “practicantes”. Hace ya más de veinte siglos un galileo llamado Jesús descubrió que “publicanos y prostitutas” (y hasta algún “samaritano”) podían tener una sensibilidad mucho más judía que los representantes y defensores del judaísmo oficial. Descubrir eso le costó la vida. Pero hizo que salieran otros cristianos como Emmanuel Mounier con aquella definición tan molesta: “la verdad, Pilatos, es ponerse del lado de los pobres”.

Tampoco creamos que la solución debe estar en definir bien los términos antes de cualquier afirmación. Eso era antes. Pero ya dije que eso es hoy imposible porque nos quita espacio y tiempo: en nuestra civilización de lo digital y de la velocidad, los matices son un lastre que nos vuelve pesados y lentos. Podían ser útiles en la época de la verdad; pero en esta era lo que cuenta no es la verdad sino la victoria. Y la victoria se consigue siendo más ligeros, más rápidos y con más pegada. Mientras que la verdad es lenta, se abre camino paso a paso y no pretende ofender sino conjuntar.

Una pequeña experiencia personal sobre esta dificultad: infinidad de veces se me ha pedido reducir un escrito a tantas palabras (o tantos espacios). Y al final el recurso que encontré para ello ha sido suprimir las definiciones (“el lector ya entenderá”), suprimir adjetivos (que a veces ayudan a matizar algo), sustituir un sustantivo por otro sinónimo pero más corto (aunque quizá menos preciso en aquel contexto) y, cuando la claridad pedía repetir un sujeto, sustituirlo por un demostrativo (“este” o “ese” que total son solo tres o cuatro espacios) aunque el lector tenga que preguntarse quién será exactamente este o aquel…

Total pues: no se peleen los políticos que lo que importa no es lo que se dice, sino el decirlo muchas veces en las redes sociales, en las teles, en las radios… En esta época en que todo es relativo, unos miles muertos más o menos tampoco cambian mucho la realidad visto que al final todos nos hemos de morir y, cuando alguien se muere, es cuando mejor hablamos de él. En cambio, unos miles de euros más o menos, sí que pueden cambiar mucho la realidad.

J. I. González Faus

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