A 10 años del 15-M


¿Qué queda en la Iglesia del movimiento de los indignados?

Hace una década que una ola de indignación propositiva llenó durante semanas las plazas y barrios
Jóvenes cristianos vinculados a la acción social se sumaron y soñaron con un mundo nuevo
 
Hace diez años, Madrid afrontaba lo que parecía una campaña electoral que a priori respondía a una convocatoria  autonómica y municipal… Hasta que la mecha surgió y el 15 de mayo de 2011, festividad de san Isidro, más que mirar a la pradera, a Las Vistillas o a Las Ventas, las miradas se clavaron en la Puerta del Sol.
Bajo la estela de ‘Indignaos’, un libro del nonagenario Stéphane Hessel que acabó convirtiéndose en una bandera para una juventud hastiada de la situación política, nació el llamado Movimiento 15-M. Lo que arrancó como una protesta más evolucionó a una acampada de miles de jóvenes en el centro de la capital. Durante semanas, celebraron todo tipo de asambleas en las que se soñaba con dirimir cómo habría de ser la sociedad del futuro y el presente. La mecha prendió y la ola se extendió a ciudades y pueblos de todo el país.
Si en materia política se ha quedado en el imaginario colectivo que el 15-M supuso una grieta en el bipartidismo y, tras los pasos previos de UPyD y Ciudadanos, surgió desde la izquierda Podemos, ¿qué rastro quedó en la Iglesia? ¿Supo interpretar el hartazgo social que entonces bullía y que hoy, en 2021, se manifiesta en plena pandemia, con una creciente crisis económica y las instituciones aún más debilitadas en su credibilidad?
Una década después, ¿qué ha quedado de un movimiento en el que también se implicaron muchos jóvenes católicos, provenientes de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), de la Juventud Obrera Cristiana (JOC), de la Juventud Estudiante Católica (JEC), del Sector Juvenil de la Acción Católica General, de las Comunidades de Vida Cristiana (CVX) o, sencillamente, de todo tipo de parroquias, universidades católicas o institutos de vida consagrada?

Un renacimiento
En Madrid vio nacer este movimiento el joven David González, militante de la Acción Católica Obrera (ACO). “El 15-M –detalla– fue un punto de inflexión para la sociedad. Descubrimos que algo fallaba. Fue un ‘hay que empezar de nuevo, lo que hay ya no vale… Vamos a hablar’”.
Para él, la concentración de los indignados “generó un inusitado interés por lo político y sirvió de altavoz y denuncia de muchas situaciones injustas, poniendo el foco en los desahucios, la precariedad y la pobreza de mucha gente que se queda al margen del crecimiento económico y de la acumulación de riqueza. No podemos olvidar que hay una parte minoritaria de la sociedad, lo que se llamó ‘el 1% contra el 99%’, que concentra mucho más que el resto”.
Para González, esas reivindicaciones han dado sus frutos a la larga, como evidencian “el subsidio de desempleo y, más tarde, el Ingreso Mínimo Vital”. Sin olvidar que “ayudó a tener una visión más global y menos localista de la realidad en la que vivimos”; lo que, a su vez, “inspiró a muchas personas en otras partes del mundo a realizar experiencias similares: en Brasil, Turquía, Estados Unidos, Inglaterra y el resto de Europa, África y Asia… El movimiento de los indignados se volvió algo nuevo e impredecible”.
De ahí que David no dude en celebrar que, tras “mutar a otros espacios, con mucha gente implicada en diferentes espacios nuevos o que ya existían”, el 15-M ha supuesto “un renacimiento”.
Así, recuerda que “tanto Sol como las asambleas de barrio estaban llenas de creyentes que trabajan como uno más, con una gran implicación desde su fe. Aún recuerdo a un compi que me decía sorprendido: ‘¡Eres cristiano! ¡Pero si eres un tío muy majo!’. Fue un espacio de encuentro y compromiso entre distintas experiencias”.

Aportar dones, capacidades y recursos
María Isabel Herrera Navarrete, cordobesa de 34 años que ha encarnado su fe como militante de la JOC durante 15 años, cree que estamos ante un hito histórico que se extiende aún en el presente.
Trabajadora social y siempre comprometida con la realidad desde el tejido asociativo de su ciudad, a través del Consejo de la Juventud y diferentes plataformas de participación juvenil y organizaciones de barrio, recuerda perfectamente cómo vivió el 15-M: “Sentada frente a mi televisor, observaba con el corazón encogido a los jóvenes manifestándose de manera pacífica en la Puerta del Sol y cómo estaban siendo violentamente agredidos por la policía. La empatía me llevó a situarme en su piel y sentí un puñetazo en el estómago, se me rajaron las entrañas”.
A los pocos días, se convocó en Córdoba “una manifestación como respuesta a tal brutalidad e injusticia, y así comenzó mi participación en el Movimiento de los Indignados. Lo primero fue montar la acampada y crear un hogar, un espacio habitable público en la calle. Nunca olvidaré las tres primeras noches durmiendo en la calle sobre cartones, sintiendo lo que puede sentir una persona sin hogar (frío, dolor, miedo, vulnerabilidad…)”.
Cada participante aportaba sus dones, capacidades y recursos (dinamizando la asamblea diaria, realizando charlas y talleres formativos, cocinando, aportando recursos materiales)”, expone la que después sería presidenta nacional de la JOC entre 2017 y 2019.
Visto en perspectiva, Herrera percibe numerosos cambios en la sociedad española en esta década que son el eco de lo que ella vivió: “Rompimos con la idea de reducir la participación política a votar cada cuatro años. Pusimos en marcha un nuevo sentido de participación ciudadana, tangible y comprometida con el cambio social y una democracia real, poniendo en el centro a la persona, su dignidad y sus necesidades”. Además, a un nivel institucional, “rompimos con las mayorías absolutas que miraban más por sus intereses que por los intereses del pueblo”.

Romper barreras
Desde Valladolid, Ana Sánchez, militante de Encuentro y Solidaridad, admite que “el 15-M me pilló bastante de improviso. Me alegró ver que había mucha más inquietud social y política de la que yo creía en mi ciudad, no muy dada al asociacionismo”. “No participé directamente en ningún círculo o asamblea, pero sí que me acerqué algunos días a ver cómo estaba en ambiente y se respiraba vida y ganas de vivir y de construir juntos”, detalla.
A nivel creyente, la militante de Encuentro y Solidaridad agradece lo que entiende que fue un revulsivo que rompió barreras: “Para muchos grupos de Iglesia también supuso un toque de atención para abrir más las puertas y ventanas, para seguir trabajando en el aggiornamento que impulsó el Vaticano II, para plasmar la Doctrina Social en la lucha con otros y para tender puentes de trabajo conjunto en la búsqueda del bien común, por encima de los prejuicios que todos los seres humanos tenemos. Hoy creo que, en general, seguimos en ese camino, aprendiendo cada día a caminar hacia las periferias, sin olvidar las estructuras de pecado que las generan”.

Trabajo común
El zaragozano Saúl Pérez Martínez, sociólogo y economista que entonces estaba en Madrid como presidente nacional de la JOC, recuerda la intensidad y novedad de aquellos días:  “Compartiendo muchas cosas y otras no, creían que era posible transformar la sociedad”.
Entonces bullía “la toma de conciencia de la importancia de lo comunitario”: “Los jóvenes cristianos, que ya teníamos una experiencia profunda de ese trabajo común en nuestros grupos y comunidades, dábamos testimonio y compartíamos lo vivido con muchos compañeros no creyentes, con lo que nos enriquecíamos todos”. Así, rescata “una gran experiencia de fe, una vivencia fraterna que tratábamos de contagiar”.
Al hacer balance, Pérez cree que, más allá de lo conseguido o no, “nadie puede ignorar que fue todo un hito histórico y se avanzó en varios ámbitos. En lo social, se impulsó la participación de los jóvenes y se involucró mucha gente que no tenía experiencia en el asociacionismo, valorando esto como un logro colectivo. En lo institucional, hubo un resurgir de distintos movimientos políticos”.
 

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