El 15-M nos interpela hoy

Cómo el 15M nos interpela hoy, diez años después

Sin acercarnos a las vidas cotidianas de las personas, a la praxis concreta, es imposible transformar

Por María Gómez Garrido Publicado el 15 May, 2021

Reconozco que, yo misma, la noche de los resultados electorales no pude dormir. Hace casi diez años que vivo en Mallorca. Pero me sigo sintiendo madrileña, pese a no votar allí y pese a la vergüenza de estos días. Al fin y al cabo no podemos evitar sentirnos parte del lugar donde hemos vivido la infancia y juventud y, en mi caso, donde sigo teniendo vínculos fuertes. En medio de mi angustia, revisé los resultados electorales de los últimos años. No el subidón del PP respecto a 2019 con el que nos han machacado los medios una y otra vez, sino una trayectoria más larga. Para mi sorpresa, el PP había sacado aproximadamente el mismo resultado en mayo y noviembre de 2011 en la región de Madrid, en aquellos meses en los que el 15M ocupaba las calles. Así pues no es que en 2021 hubiera un giro histórico y el mundo (o Madrid) se tiñera de forma inexorable de azul. Es que había vuelto a un resultado ya anterior (que quizás sea su techo y que muestra, también, la dificultad que tiene la derecha para sostener pluralidad, pues los demás partidos – a excepción de Vox, que nace del mismo seno – han quedado pulverizados). Aquellos días Rajoy pudo felicitarse de aquello que él denomino “la mayoría silenciosa”. Parecía evidenciarse que las movilizaciones sociales no tienen una traducción directa en los resultados electorales.

Sin embargo, como ha recordado Emmanuel Rodríguez, nada parecido a esta amargura actual se vivió aquellos días que el azul coloreaba el mapa electoral. Había ilusión, esperanza, deseo por construir. ¿Por qué? Porque desde el 15M se percibían los límites de las instituciones tal y como están diseñadas, porque lo importante no era lo que ocurría en el mercado electoral, sino lo que se estaba tejiendo más allá. Porque el voto ciudadano es lo más parecido a la elección de un producto por un consumidor en un supermercado (de modo que la campaña realizada con más medios económicos tiene más probabilidades de llegar al votante/consumidor, aunque este acabe comprando basura. Y es así como al PP le ha funcionado una campaña grotesca por capitalizar la fatiga pandémica). En aquellos momentos, decía, las esperanzas iban mucho más allá: se trataba de transformar el juego político, qué entendemos por democracia, qué es una vida digna.

Después vinieron las prisas, la “máquina de guerra electoral”, el “hay que madurar”… cuya historia conocemos y cuyo resultado es hoy los partidos Unidas Podemos y Más Madrid. ¿Era el 15M excesivamente utópico? ¿Si no gobiernas no puedes transformar?

Bueno, el 15M provocó que la mayor parte de los partidos políticos, incluidos los de derecha, tuvieran que replantearse la manera como construían sus listas, y abrirse a la participación de las bases. Una parte de su lenguaje fue incorporado en el discurso de muchos.

Cuando el 15M dejó la espectacularidad de las plazas centrales para trabajar en los barrios de manera menos mediática, conectó con la realidad material de las vidas de las personas. Vidas destrozadas y zarandeadas por la gestión neoliberal de la crisis financiera. Y se unió a las plataformas antidesahucios, y organizó bancos de alimentos asamblearios. Y construyó grupos de trabajo por la convivencia. Y ya daba igual si seguía teniendo la etiqueta 15M. Creó red y desarrolló otras formas. Pero esa apertura, esa confianza en la capacidad colectiva de construir era una energía que derivaba del movimiento.

Es así como se abrieron procesos participativos sin precedentes con personas que habían pasado por servicios sociales y entidades del tercer sector, acostumbradas a ser tratadas como “usuarias” (o en el lenguaje liberal, “clientes”). Esos procesos transformaron la vida de muchas personas al poder salir del marco individualizador y culpabilizador de su situación (Herrera-Pineda y Pereda Olarte, 2017). Es el caso del movimiento Invisibles, que se desarrolló en varios barrios y municipios de Madrid y la zona metropolitana (Tetuán, Hortaleza, Villaverde, Coslada…), y que sigue aún trabajando hoy por reivindicar una política decente de garantía de rentas, identificando los fallos del actual implementación del IMV. En el barrio de Tetuán se creó la Mesa contra la Exclusión y los Derechos Sociales en un esfuerzo descomunal por intentar tejer un puente entre movimientos sociales, asociaciones e instituciones. Fue iniciativa de Invisibles.

El 15M abrió espacios en los barrios y, por primera vez en treinta años, pensar en los problemas sociales y políticos dejó de ser un monopolio de las clases medias nacionales, abriéndose esos espacios a clases populares[1], y población migrante.

En muchos barrios se dio una simbiosis con centros sociales que trabajaban desde la autogestión, como es el caso de la Enredadera, de la Villana de Vallekas… Estos lugares se abrieron y dejaron de ser un espacio exclusivo de juventud activista, para ser habitados también por personas mayores, por migrantes, y por quienes no tenían ninguna experiencia política previa. Al mismo tiempo, el movimiento pudo enriquecerse con las experiencias de organización local previas, como los propios centros sociales y oficinas de derechos sociales.

Es así que una parte del movimiento sigue hoy viva en sindicatos de barrio, que dando valor a la autoorganización luchan frente a la precarización de las vidas, y por la garantía de derechos: el Sindicato de barrio de Hortaleza, la Asamblea Popular de Carabanchel, la Plataforma de parad@  precari@s de San Blas, La Asamblea Popular Villa de Vallecas, y muchos otros núcleos que siguen activos…

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