Cristianismo frente al capitalismo neoliberal

Por Fernando Bermúdez
Hace muchos años, en 1976, durante una charla que impartí en el aula de cultura de Palomeras Altas, en Vallecas, presenté un cartel con el siguiente texto:
“En un lugar muy lejano había una comunidad
que tenía un solo corazón y una sola alma.
Sus miembros compartían todo lo que tenían,
se repartía los bienes de acuerdo a lo que cada uno de ellos necesitaba.
Nadie consideraba suyo lo que poseía,
sino que todo lo tenían en común.
No había entre ellos ningún pobre,
porque se repartía a cada uno según sus necesidades”.
Después pregunté: ¿de quién es este texto?
Uno respondió: Pienso que es del libro la Utopía de Thomas Moro.
Yo creo –dijo una mujer-, que ese texto debe ser de una comunidad hippie.
Seguí preguntando y uno expresó que le suena al manifiesto comunista de Carlos Marx, donde se dice que “de cada quién según su capacidad y a cada quién según su necesidad”.
Y así fui escuchando diversas opiniones.
Finalmente, abrí la Biblia y leí los capítulos 2 y 4 de los Hechos de los Apóstoles (2, 44-45 y 4,32-37). Todos quedaron sorprendidos al comprobar que este texto es de la Biblia, donde describe el estilo de vida de los seguidores de Jesús cuando formaron la primera comunidad en Jerusalén.
Hoy haría lo mismo con aquellas personas que se confiesan muy católicas y sin embargo, defienden la libertad absoluta de libre mercado, la propiedad privada sin control y se oponen a la acogida de inmigrantes. A todas ellas les recuerdo que:
Jesús habló muy claro. Su mensaje y su práctica fueron revolucionarios. Dijo que el proyecto de Dios es que todos los hombres y mujeres, sin discriminación, vivamos como hermanos, compartiendo lo que somos y tenemos. Y puso este ejemplo: había una vez un hombre rico que se condenó porque no compartió con el pobre Lázaro. Ese hombre no se condenó por ser rico sino por no compartir su riqueza con los pobres (Lc 16, 19-31).
Otro día se encontró con el corrupto Zaqueo. Jesús le cuestionó y éste cambió de actitud, prometiendo entregar la mitad de sus bienes a los pobres y, a los que había extorsionado, devolverles cuatro veces más. Y es entonces cuando dijo Jesús: “Hoy ha entrado la salvación a esta casa” (Lc 19, 1-9). Se encontró, asimismo, con un joven rico que le preguntó: Maestro, ¿qué tengo que hacer para entrar en la vida eterna? Jesús lo miró con cariño y le dijo: “Solo te falta una cosa. Anda, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y así tendrás un tesoro en el cielo.
Después, ven y sígueme. Cuando el joven oyó estas palabras, se sintió golpeado porque tenía muchos bienes, y se fue muy triste. Entonces, Jesús, mirando alrededor de él, dijo a sus discípulos: Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riqueza” (Mc 10,17-30). Y siguió diciendo: “Es más difícil que un rico se salve que un camello entre por el ojo de una aguja” (l8,24-27), porque “no se puede servir a Dios y al dinero”.
Cuando el pueblo que le seguía tenía hambre dijo Jesús a sus discípulos “Dadle vosotros de comer”. Que todos se siente en el suelo en grupos organizados. Con sus palabras transformó la conciencia de aquella gente y compartieron lo poco, lo mucho o nada que tenían y todos comieron.
Y una noche, después de la última cena, se puso a lavar los pies de sus discípulos y discípulas. Cuando terminó dijo: “¿Entendéis lo que acabo de hacer? Os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis lo mismo que yo os he hecho. También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13,12-15). Lavar los pies, en aquel tiempo, era un signo de servicio. Y lavarse los pies unos a otros es servir, superando las clases sociales, porque todos somos iguales en dignidad. Con ello, señala Jesús que el más importante no es el que ocupa cargos religiosos (sacerdotes y obispos) o civiles sino, el que más y mejor sirve a los demás, particularmente a los pobres.
Jesús proclamaba lo que vivía y vivía lo que proclamaba. Salió al encuentro de los pobres, marginados, enfermos, ciegos, paralíticos, leprosos y los sanaba y consolaba. Y decía: “Quien me ve a mí ve a Dios Padre”. Así es Dios. Y proclamó que entrarán en el reino de los cielos los que dan de comer a los hambrientos, vestido a los que no tienen ropa, techo a los que carecen de vivienda, los que acogen a los migrantes, consuelan a los enfermos y visitan a los presos (Mt. 25, 31 y ss). Para Jesús, ser discípulo suyo, es decir, ser cristiano, es amar, servir y compartir como hermanos los bienes que Dios ha creado para todos los hombres y mujeres, exigiendo al mismo tiempo responsabilidad y colaboración de todos y de todas.
El santo obispo brasileño Helder Câmara decía: cuando yo ayudo a los pobres me llaman santo, pero cuando señalo las causas de la pobreza me llaman comunista. Esto mismo decía también San Óscar Romero y Pedro Casaldáliga, obispos que fueron perseguidos por los poderosos de El Salvador y de Brasil. Jesús proclamó: Felices los que tiene hambre y sed de justicia, felices los compasivos, los limpios de corazón, los perseguidos por causa del bien. Dichosos cuando por causa mía os maldigan, os persigan y os levanten toda clase de calumnias… porque vuestro es el reino de los cielos. (Mt 10, 6-11).
Contrasta el mensaje de Jesús con el sistema capitalista neoliberal. Este sistema ha convertido el dinero en su dios y manipula la religión en función de sus intereses económicos. Defiende el valor absoluto de la propiedad privada y se desarrolla acaparando los bienes de la naturaleza, contaminando el medio ambiente, responsable de la pérdida de biodiversidad, de la destrucción de ecosistemas, del calentamiento global y del cambio climático… Y, sobre todo, se desarrolla explotando y excluyendo a la gente, haciendo más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Consecuentemente, a medida que aumenta la riqueza para unos pocos, aumenta el hambre de las mayorías, acrecentándose la desigualdad en el mundo e incluso la exclusión total.
La Doctrina Social de la Iglesia señala que “La propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto. No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad, cuando a los demás les falta lo necesario” (Populorum progressio, 23, Pablo VI). “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de las mayorías se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Este sistema económico mata” (Evangelii gaudium, 56, Francisco). Asimismo, el papa Francisco señala que defender el bien común por encima de la propiedad privada no es comunismo sino una exigencia de la fe cristiana.
A los capitalistas se les hace la boca agua hablando de libertad, de libre mercado, pero ¿qué libertad? Libertad para privatizar los servicios públicos (salud, educación, transporte, pensiones…). Libertad para enriquecerse a costa de los demás y para explotar los recursos de la naturaleza. Eso no es libertad. La verdadera libertad exige la justicia social, la búsqueda de la igualdad y la fraternidad (Pacem in terris, Juan XXIII y Evangelii gaudium, Francisco). Libertad sin justicia social es una falsa libertad.
Los cristianos tenemos el reto de salir al encuentro de los marginados, aliviando el sufrimiento humano, promoviendo el diálogo intercultural e interreligioso, el respeto al diferente, combatiendo el racismo, la xenofobia, la homofobia, el supremacismo, la violencia de género, los discursos de odio, y contribuyendo con nuestra práctica, juntos con creyentes de otras religiones y no-creyentes, a la construcción de una sociedad alternativa, en donde el bien común, la justicia social, la libertad, la fraternidad, la solidaridad con los más desfavorecidos y el cuidado de la Naturaleza sean sus bases y criterios de acción. De esta manera estaremos haciendo presente el Reino de Dios en nuestra historia, que es la misión que nos confió Jesús

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