Las armas de la luz

Jesús Sánchez Adalid: «Cuando la religión se convierte en fanatismo empiezan los problemas»

Jesús Sánchez Adalid, sacerdote y escritor, acaba de publicar ‘Las armas de la luz’, bajo el sello editorial de «HarperCollins»

«Los tiempos que estamos viviendo son tristes, en algunos momentos desoladores. Estamos ante una situación nueva e inesperada. Estoy seguro de que en adelante ¡nada será igual!»

«Quisiera que ‘Las Armas de la luz’ permaneciese como un relato de esos como solemos decir, de toda la vida; novelas que quedan en la memoria, que se recuerdan entrañablemente»

«Mi vida es mucho más normal y corriente de lo que algunos pueden llegar a pensar. Me dedico a la parroquia, escribo, hago deporte y también disfruto de la familia, de la amistad y de muchas cosas buenas»

 Alfonso del Río, corresponsal en Astorga

Hay historias personales sepultadas por el ruido. Focos, micrófonos, conferencias y reconocimientos literarios pueden llegar a empañar, a crear una imagen distorsionada de un sacerdote que, además de atender su parroquia en el día a día, debe lidiar con el éxito que sus novelas han ido cosechando durante los últimos veinte años.

Jesús Sánchez Adalid, nació en Don Benito en 1962, se considera un cura como cualquier otro. Ama su vocación y no duda de que si la vida le hubiera forzado a elegir entre la literatura o la vida sacerdotal, el seguimiento de Dios habría sido su primera elección. A propósito de su última novela «Las armas de la Luz», hablamos con el escritor extremeño de su trabajo pastoral, de la iglesia rural, del mundo artístico, la belleza, los riesgos de la industria literaria hoy y, por supuesto, de su novela.

– Su última novela «LAS ARMAS DE LA LUZ», está siendo un auténtico best seller, ¿qué espera de ella?

La palabra best seller no me agrada demasiado. Es materialista y simplificadora. Quisiera que LAS ARMAS DE LA LUZ permaneciese como un relato de esos, como solemos decir, de toda la vida: novelas que quedan en la memoria, que se recuerdan entrañablemente, como Los miserables de Víctor Hugo, Historia de dos ciudades de Dickens, Guerra y paz de Tolstói… ¿Qué escriptor no sueña hoy con esto? Son tiempos en los que todo va muy rápido, la caducidad es una norma de vida y muy pocas cosas permanecen. Si todo se reduce a lo comercial, mal vamos. Lo que en verdad me hace feliz de saber que muchos son felices leyendo mis novelas.– ¿Cómo se puede compatibilizar su vocación sacerdotal con la de escritor? ¿Jesús Sánchez Adalid, es más sacerdote que escritor o más escritor que sacerdote?

Hace ya tiempo que me estoy sintiendo obligado a repetir una y otra vez que mi vocación fundamental en la vida es la de sacerdote. La literaria apreció mucho después. No voy a negar que ambas entran a veces en conflicto. Eso es inevitable. Pero afirmo que me siento fundamentalmente sacerdote católico. Eso ocupa un lugar absolutamente principal en mi vida. Lo otro es secundario y está supeditado a lo primero.

– Muchos historiadores rechazan la idea de que la Edad Media fuese una época crucial y oscura, tal y como siempre se nos ha dicho, ¿Vd. opina lo mismo?

No estoy de acuerdo en absoluto con esa visión de la edad Media como un periodo de oscuridad. Esa idea ha surgido del desconocimiento, del tópico propiciado por el cine y por cierta literatura romántica poco sustentada en la documentación histórica. La Edad Media es un periodo muy interesante. Ciertamente, con sus luces y sus sombras; como cualquier otro periodo humano. Pero de ninguna manera considero que deba ser despreciado ese tiempo y relegado. Nos aportó muchas cosas: entre otras, las maravillas del románico y el gótico y una evolución del pensamiento que es el puente con la antigüedad clásica.

El evocador título “LAS ARMAS DE LA LUZ” tiene su razón de ser, precisamente, de la figura del abad Oliba, un hombre instruido, amante de la paz, que siempre defendió la cultura y los libros como las verdaderas armas de las que vendría el progreso y la luz de los pueblos. Me pareció que esa frase, “Las armas de la luz”, tomada de la Carta a los Romanos de san Pablo, es un verdadero lema que identifica muy bien este periodo medieval, en lo que se refiere a los hombres buenos, pacíficos y luminosos que desdeñaron las armas de las tinieblas, la guerra y el odio, en favor de las armas de la luz.– ¿Pero Dios destacaba por encima de todas las cosas en aquella sociedad?

Todos sabemos que el teocentrismo es una forma de pensamiento que afirma que Dios es el centro del universo y que lo rige todo, incluso las actividades humanas. Es una filosofía de épocas de mucha religiosidad, como la Edad Media. Al finalizar la Edad Media y comenzar el Renacimiento, el teocentrismo cedió el paso al antropocentrismo.

– ¿En varios de sus libros trata sobre el yihadismo, a su juicio esto supone un desastre humanitario?

En efecto, sobre todo en Siria e Irak, supone la entrada a un escenario de dolor y desaliento; un desastre humanitario de proporciones difíciles de calcular.

– ¿En alguna ocasión ha manifestado que nunca ha tenido ningún problema con ninguna religión, esto queda de manifiesto en la novela que Vd. ha escrito sobre los problemas de Santa Teresa con la Inquisición?

Cuando la religión se convierte en fanatismo, empiezan los problemas. Las distintas religiones ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad, esto es lo que propone el papa Francisco en su tercera encíclica Fratelli tutti. El punto de partida debe ser la mirada de Dios, que mira con el corazón. La violencia no encuentra fundamento en las convicciones religiosas. El culto a Dios sincero y humilde lleva al respeto de la vida, de la dignidad y la libertad.– Jesús Sánchez Adalid, ¿Cómo está viviendo la pandemia con los parroquianos?

Los tiempos que estamos viviendo son tristes, en algunos momentos, desoladores… Estamos ante una situación nueva e inesperada. Todos nosotros, crecidos en una cultura que cada vez más trataba de desterrar el dolor y la muerte, nos enfrentamos de repente a la fragilidad y al desamparo. Las preguntas nos llegan de manera directa y violenta a través del peligro inminente y del miedo que nos agita. Es el miedo a enfermar, a ser secuestrado en una unidad de cuidados intensivos… Es, finalmente, el miedo a morir. La pandemia nos ha devuelto a la muerte, al acontecimiento más terrible e insalvable para muchos.

Me he encontrado con situaciones muy dolorosas. Pero también esta época rara, como toda circunstancia adversa, tiene sus enseñanzas y sus momentos de consuelo y de luz. No hay aquí espacio suficiente para contar los casos con la necesaria descripción.

Baste decir que estoy descubriendo cosas apasionantes del ser humano, ¡esa maravilla que somos!, mezcla misteriosa de sombras y luces… Hay gente que acude a mí, con frecuencia maravillada, por haberse descubierto interiormente, por el encuentro con muchas virtudes humanas que se mantenían latentes y que ahora afloran… Amistades recuperadas, familias desunidas que se reencuentran, llamadas inesperadas, perdones, reconciliaciones, actos heroicos, desinterés, amor sincero… Estoy seguro de que en adelante ¡nada será igual!– ¿Cómo es el día a día de Jesús Sánchez Adalid?

Mi vida es mucho más normal y corriente de lo que algunos pueden llegar a pensar. Me dedico a la parroquia, escribo, hago deporte y también disfruto de la familia, de la amistad y de muchas cosas buenas, en la medida que puedo. Vivo con esperanza y no he perdido la capacidad de soñar.

– ¿En su novela «Las Armas de la luz», tiene especial importancia la figura del abad Oliva?

Oliba nació en algún lugar del condado de Cerdaña o del condado de Besalú en el último tercio del siglo X, probablemente en el año 971. Era el tercer hijo de Oliba Cabreta, conde de Cerdaña y Besalú, y de Ermengarda de Vallespir. Era por tanto bisnieto del conde Wifredo el Velloso. Tuvo cinco hermanos: Bernat Tallaferro, que a la muerte de su madre heredará los condados de Vallespir, Fenollet y Besalú; Wifredo, conde de Cerdaña y, posteriormente, conde de Berga; Berenguer, obispo de Elna; Adelaida de Cerdaña, casada con el señor de Salas, e Ingilberga, hija natural de Oliba Cabreta y última abadesa del monasterio de San Juan de las Abadesas.

Cuando Oliba cumplió diecinueve años, su padre, un hombre ambicioso y enérgico, renuncia a todos sus cargos y títulos y se retira al monasterio italiano de Montecasino. La madre, Ermengarda, y los cinco hijos quedan al frente del patrimonio familiar.En agosto de 1002, cuando contaba treintaiún años de edad, Oliba renunció a los condados que había recibido por testamento, cediendo el condado de Ripoll a su hermano Bernat Tallaferro y el de Berga a Wifredo II de Cerdaña, e ingresó en el monasterio de Ripoll como monje de la Orden de San Benito.

El año 1008, después de la muerte del abad Seniofré, Oliba fue elegido abad de dicho cenobio y luego de Cuixá. Reformó espiritual y materialmente ambos cenobios, ampliando y enriqueciendo extraordinariamente las bibliotecas monásticas, ya conocidas desde hacía décadas por los textos árabes traducidos al latín que poseían. Baste decir que Oliba, al iniciar su mandato como abad, se encontró con una biblioteca de cerca de un centenar de manuscritos y, a su muerte, se contaban doscientos cincuenta, una cifra extraordinaria en aquel tiempo.

Bajo su mandato salieron del scriptorium monacal códices célebres hasta el día de hoy, como la Biblia conocida equivocadamente como de Farfa (hoy en la Biblioteca Apostólica Vaticana), realizada entre los años 1015 y 1020, y la Biblia de Roda (hoy en la Bibliothèque Nationale de France), regalada posiblemente al monasterio de San Pedro de Rodas (Gerona) en 1022, con motivo de la consagración de la nueva iglesia.El año 1018 fue nombrado obispo de Vich. A partir de este momento, aumenta considerablemente su importancia política, al formar parte de la gran asamblea de notables de Cataluña, dedicando muchos esfuerzos a la defensa y repoblación de las fronteras. Oliba hacía que su voz se hiciera escuchar, conciliadora siempre en los concilios y sínodos particulares; enérgica y valiente frente a los abusos, aunque fueran los de su propio sobrino, el arzobispo Guifré de Narbona.

La conjunción de los intereses temporales y de los espirituales en la Cataluña del siglo X explica el importante papel ejercido por los monasterios y los obispos. Y Oliba comprendió que podía ejercer una importante labor en favor de la paz, recordándole una y otra vez a la confundida sociedad de su país que la guerra no podía definir la esencia de los pueblos.

Oliba reflexionó, poco antes de cumplir los veinte años, teniendo presente el gesto de su padre, emprendiendo una suerte de exilio voluntario como protesta a la política de la guerra contra el islam promovida por los condes. Seguramente se preguntó si era posible recomponer el camino de la paz. ¿Cabía todavía un acuerdo diplomático con Almansur para restaurar el eficaz sistema de alianzas del siglo X?Oliba no es un monje apocalíptico como otros monjes de su tiempo, sino más bien un promotor de la cultura escrita, en la línea de su tío Miró Bonfill, obispo de Gerona y conde de Besalú, uno de los amigos catalanes de Gerberto de Aurillac, el futuro papa Silvestre II. En este sentido, el pacífico abad no propugna una visión tremendista del mundo, como por entonces se divulgaba a través de las copias del Apocalipsis de Beato de Liébana realizadas, por ejemplo, en Gerona (975) y Seo de Urgel (1002), sino que aboga por una actitud contenida y esperanzada ante el ritmo de la historia y los signos de los tiempos.

Según esto, quizá lo más celebrado de la vida de Oliba sea su impulso al movimiento de la paz y tregua de Dios en Cataluña. Se trataba de propiciar el pacto por el que se intentaba una supresión temporal de la violencia. La iniciativa del abad y obispo nace como una prolongación del movimiento de la paz de Dios que tuvo sus orígenes en Aquitania a fines del siglo X, nacido de un concilio en Le Puy en 975 o el primer concilio del que se conservan los acuerdos, el de Charroux del 989.

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