Mons. Romero y los derechos humanos

  

Una semana antes de su asesinato, Monseñor Romero expuso en una homilía que “nada me importa tanto como la vida humana. Es algo tan serio y tan profundo, más que la violación de cualquier otro derecho humano, porque es vida de los hijos de Dios y porque esa sangre no hace sino negar el amor, despertar nuevos odios, hacer imposible la reconciliación y la paz. Lo que más se necesita hoy aquí es un alto a la represión”.

De allí brotaba su enconada defensa por los derechos humanos, de su amor y defensa de la sacralidad de la vida, pues el derecho a la vida es el más fundamental de todos los derechos, es el valor de todos los valores y todos, absolutamente todos, tienen derecho, no sólo a la vida, sino a su promoción por medio de mecanismos que garanticen su seguridad en todos los órdenes políticos, sociales, económicos y culturales.

Nada me importa tanto como la vida humana

Todo cuanto atente contra la vida es producto de la violencia y la violencia, es indigna del ser humano. La sacralidad de la vida es un principio religioso absoluto. En sus homilías dejaba claro a quienes lo escuchaban con el corazón abierto o cerrado que el derecho a la vida es universal, pertinente a todo ser humano en todo tiempo y lugar.

La vida es inviolable, protegerla es un deber radical que no admite abdicación, ni giros ideológicos, ni componendas; ningún camino humano puede ser transitado para suprimirla o mermarla; es un derecho rígido, ya que no hay ley humana que esté por encima de la vida, no sólo por ser la vida un regalo de Dios, sino porque los gobiernos y sus leyes pasan, pero el ser humano queda y es principio de servicio de todo gobierno y de toda ley.

“Todo cuanto atenta contra la misma vida, como son el asesinato de cualquier clase, el genocidio, el aborto, la eutanasia, y el mismo suicidio voluntario, todo lo que viola la integridad de la persona humana (…). Todas esas prácticas y otras parecidas son en sí infamantes (…), son totalmente opuestas al honor debido al Creador”. Bajo la perspectiva de San Oscar Arnulfo Romero todo gobierno que actúe de manera semejante está opuesto a Dios y oponerse a Dios es oponerse al hombre.

Oponerse a Dios es oponerse al hombre

No puedes amar lo que no ves, si eres incapaz de amar lo que sí puedes ver. Monseñor Romero no consiente, ni acepta como legítimo ningún atentado contra la vida de un ser humano. No lo admite.

No lo justifica, es que no tiene justificación alguna. Matar, de cualquier manera, es insultar al Creador: “El mandamiento del Señor, «No matarás», hace sagrada toda vida; y aunque sea de un pecador, la sangre derramada siempre clama a Dios, y los que asesinan siempre son homicidas”.

La violencia es inhumana, no es cristiana

La violencia es inhumana, no es cristiana, no es evangélica. Por eso, para Monseñor Romero la defensa de los derechos humanos tampoco podía ser producto del odio, la violencia y la venganza.

Todo hombre que diga promover y defender los derechos humanos, pero que sus actos sean llevados por el bastardo interés político, por el odio o la frustración, más que defender la vida lo que hace –y con conocimiento de causa– es defenestrarla, vaciarla de su contenido y sentido.

En todo caso, y como él mismo fue testimonio, la vida se defiende entregando la vida: “Cuando Cristo nos dice en la segunda lectura de hoy: «Amad como Cristo que se entregó por vosotros». Así se ama. La única violencia que admite el Evangelio es la que uno se hace a sí mismo. Paz y Bien

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