Loa a la hermana madre tierra

por Trinidad Ried
El vínculo con la “hermana madre tierra” como la denominó san Francisco de Asís, no siempre fue tan tóxico y destructivo como lo es hoy. Es conmovedor admirar el respeto, cuidado e interacción maravillosa y fecunda que establecieron muchos pueblos en la antigüedad, de los cuales algunos aún se conservan. En África, por ejemplo, la tribu San o Bosquimana que es la más antigua de las civilizaciones, siendo recolectores y cazadores nómadas, siempre se preocuparon del equilibrio de los ecosistemas, de solo obtener lo necesario y siempre cuidar la fertilidad de los áridos contextos donde vivían. Similar es la experiencia de la tribu de los Auténticos de Australia y Nueva Zelandia, como relata en su libro ‘Las voces del desierto’, Marlo Morgan, de cómo estos aborígenes conocen y se comunican con la creación obteniendo lo que necesitan para vivir, incluso en el desierto. Sin ir más lejos la cosmovisión de nuestros propios pueblos originales también concibe que todos los animales, plantas, ríos, montes y el ser humano poseen un espíritu: aquel que les da vida y aliento. Y si nos vamos a nuestras propias raíces judeocristianas, también vemos un relato del Génesis en el cual dice: “Entonces el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto de Edén para que lo cultivara y lo guardara”. Este vínculo respetuoso, prudente, amoroso y sustentable en el tiempo, sin embargo, a partir de la Revolución Industrial en el siglo XVIII comienza a desvirtuarse y a dañarse.
Abuso, violación y genocidio
Cada uno de estos actos son desgarradores, pero son las probables acusaciones que nos podría hacer nuestra hermana y madre tierra si tuviese voz legible para nuestra razón. Lenta y sistemáticamente, el ser humano se sintió dueño del planeta, lo cosificó (lo transformó en un objeto) y comenzó a transgredir los límites de un equilibrio frágil que siempre había existido. Avalado por la excusa de producir y obtener recursos, como humanidad empezamos a abusar de las fuentes naturales, a penetrar violentamente en ecosistemas, bosques, selvas, lagos, glaciares, etc. para extraerles sus recursos. Arrasamos con miles de especies que se han ido extinguiendo y de paso, unos pocos más poderosos, excluyeron a inmensas mayorías de la población que también debieron migrar y comenzar a sufrir miseria. Sin embargo, no hay que ir solo a los grandes grupos económicos del mundo para notificar de estas denuncias; este modo de pensar también se instaló en cada uno de nosotros quienes muchas veces contaminamos, explotamos, no queremos asumir nuestras huellas ecológicas, negamos lo crítico que está el estado actual del mundo y seguimos viviendo del mismo modo un vínculo que no da para más.
Aportes de san Francisco de Asís
Probablemente en toda la historia de la humanidad, no ha existido hombre con mayor sensibilidad que la de este santo católico del siglo XII. Al contrario del ser humano actual que ha anestesiado gran parte de sus sentidos a la vida y belleza que se nos ofrece, san Francisco, era capaz de empatizar de tal modo con todo y con todos que los sentía vivos y hermanos de él. El poseía en grado zumo lo que se denomina “espíritu de fineza” o de “sutileza” que es capaz de sentir y gustar lo que otros no ven. Veía en los animales, los astros, los ríos, los árboles, el torrente precioso de la vida recorriendo todo y dando testimonio del Dios Amor. Lejos de cosificar todo para su propio bien o provecho, él tenía una capacidad única de percibir “la energía” presente en cada ser y agradecer por ella como un regalo inmerecido y precioso para atesorar y compartir. Muchos en la actualidad, por el tipo de vida que llevamos, orientados básicamente a producir y rendir, no estamos conectados a nuestra dimensión espiritual y por lo mismo, pasamos por alto, no vemos, todas estas manifestaciones amorosas en nosotros mismos y los demás. Para desarrollar los dones que tuvo san Francisco lo primero es ser conscientes de dónde nos encontramos y cuáles son los modos en que nos relacionamos con los demás y con la creación en general. Salir un rato del modo racional, lógico, funcional, práctico, conquistador y darnos el tiempo de retomar nuestros cinco sentidos puede ser un buen inicio para comenzar a retomar los vínculos de “familia” que dejamos atrás, tapeados de resultados, indiferencia y mal trato inconsciente o consciente. Para ello, bien vale la pena siempre preguntarse si fuese yo mismo el que recibe todo eso, ¿qué cuidados me gustaría recibir a cambio? Probablemente emergerían gestos de ternura, compasión, paciencia, y contención. No le hagamos a los demás lo que no nos gusta que nos hagan, es una regla básica que San Francisco no sólo vivió con los más pobres sino también con toda la creación.
Aportes de Byung Chul Han en ‘Loa a la tierra’
La Tierra da vida y renueva tal como le pasó a Pedro con su viaje al Amazona. El poder regenerador de la naturaleza es latente e inescrutable, creador y paciente, dice el autor en su bellísima y original obra. Es así como su propia vivencia de jardinería nos invita también a nosotros a conectarnos sensiblemente con la tierra para poder practicar la meditación y reflexionar sobre la belleza, la vida y el culto. El cultivo de las plantas y flores, explicita, brinda el reconocimiento y agradecimiento a esta excelsitud subterránea, al Dios que insufla vida, igual como lo plantean los pueblos originales. En ese tiempo silencioso y sagrado podemos volver a ser “humanos”, a cuidar a la hermana madre tierra que nos sostiene y desplegar todas las virtudes y capacidades que tenemos solapadas en el rendir. Podemos, por ejemplo, volver a admirarnos de la magia y misterio de la vida, de la abundante y diversa belleza que se despliega, aprender de los tiempos y ciclos de la naturaleza, adentrarnos en nuestros propios misterios y raíces que nos llevan al origen. Pasar del teclado a la tierra, de una pantalla a una huerta, nos permite regresar a la dicha, sostiene Han, ya que es una fuerza vivificante. A veces solo pisar a pies descalzos el suelo ya significa recargarnos y centrarnos. Hacer loas a este útero que nos cuida y provee no solo es una obligación, sino también un gozo del que nadie nos puede privar. Han repara en las evocaciones que producen los nombres de las flores. Hay denominaciones “maravillosas”, “lúdicas” y “misteriosas”, pero, claro, aprendérselas todas es “casi imposible”, pues se supone que existen unas 250 mil especies de flores en el mundo. Sin embargo, esta lógica la podemos ampliar a todos los seres de la creación. Si no conocemos sus nombres, no es posible interpelarlas, respetarlas, amarlas y entrar en vínculo con ellas. Tal como Dios le pidió a Adán, nombrar ya es un primer acto performativo que permite edificar al otro y respetar su existencia y dignidad.
Aportes del papa Francisco en ‘Laudato si”
‘Loa’ y ‘Laudato’ se prenden del mismo sentido: alabar, reverenciar, reconocer lo sagrado y bello de algo que no se puede malograr porque somos un solo cuerpo, un sistema interconectado de lazos que no se pueden obviar. Además de lo ya dicho, es muy revelador detenernos en la relación que ve el Papa entre los más pobres y la fragilidad del planeta. Ambas cosas son los dos lados de una misma moneda y no se puede abordar la una sin la otra. Sostiene que todo está conectado, física y místicamente, y que debemos buscar otros modos de entender la economía y el progreso. Para ello, cada criatura tiene un valor y debemos dejar atrás la cultura del descarte para generar un nuevo estilo de vida. El mandato de Dios no fue explotar a nadie ni nada, sino cuidar y cultivar y como humanidad nos hemos alejado mucho de eso. Francisco, siguiendo los pasos del de Asís, da consejos muy concretos: en primer lugar, la austeridad y discernir con honestidad nuestras necesidades y las de los demás. Por lo mismo, promueve conversaciones inéditas entre todos para generar un nuevo modo económico existente, pero urgente. Hay un grave deterioro de la “casa común” que se manifiesta en una grave crisis socioambiental que ha tocado a todos nuestros países con intensidad. Por obtener mayor rentabilidad, la economía -dice el Papa- se ha prostituido y ha dejado de servir a las necesidades humanas. Cuánto de eso nos ha pasado a cada uno de nosotros en nuestras prioridades y decisiones. Cuánto nos hemos alejado de nosotros mismos, de los demás especialmente los más pobres y de la tierra como hermana y madre.
Solidaridad internacional, intergeneracional
Cuando llamamos a agradecer, cuidar y cultivar nuestra casa y los que habitan en ella, no podemos esperar a que otros resuelvan y se hagan cargo. Debemos actuar ahora, unirnos con otros y velar por los que vendrán. Sólo pensar que lo que hoy tenemos y contemplamos quizás nuestros hijos o nietos no lo podrán disfrutar es una punzada de dolor que nos debiera transformar.
Un modo de gestar nuestra Re-evolución
Destinar nuestro tiempo y energía para servir y amar a los que más necesitan ayuda espiritual y/o material es un modo de alabar a Dios encarnado que llena el corazón. Estar horas y horas picando, desmalezando, plantando, regando, contemplando, cosechando, es un camino de retorno a nuestro hogar y de sentir que aportamos en el cuidado de nuestra casa común. Pasar tardes caminando, contemplando las puestas de sol, los árboles, la lluvia o el mar nos permite entrar en diálogo y oración con Dios mismo. Cuidar a los animales, la flora, la fauna de su extinción y procurar su conservación son formas de reparar y reivindicar un vínculo que dañamos con la creación. Reducir el consumo, reciclar, reutilizar, evitar químicos tóxicos, son actos amorosos para con nosotros mismos y la hermana madre tierra que tanto nos dio. En definitiva, no se trata de salvar nuestro hábitat para poder seguir viviendo como lo hacemos hoy, sino de volver a la tierra para dejar que ella nos sane, como una madre cariñosa, como rostro femenino de Dios Padre, que nos haga más humanos, sensibles, agradecidos, pacientes, conscientes, perseverantes, fuertes, resilientes, sencillos, sabios, auténticos, trabajadores, entregados y responsables, entre muchas de las bendiciones que brotan en el espíritu gracias a esta especial conexión.
Aprovechemos esta oportunidad en medio de la crisis que estamos atravesando, para reconectarnos y comenzar a alabar agradecidos a Dios en la creación, a pedir perdón por todo el daño que hemos hecho y a comenzar una silenciosa pero fecunda cruzada de reparación. Aún estamos a tiempo y como toda madre es llana a la misericordia y el perdón.

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