Emmanuel Levinas: Dios no ha muerto

por Rafael Narbona
Emmanuel Lévinas perdió a gran parte de su familia durante la Shoah, pero eso no le hizo dudar sobre la existencia de Dios. Siempre advirtió en su interior la huella de un ser que trasciende lo visible, manifestándose como una llamada a cuidar al otro, especialmente cuando se encuentra en situaciones de desamparo. La Shoah fue un crimen contra la humanidad y, por eso mismo, un crimen contra Dios. Su intención última no era destruir a judíos, gitanos, discapacitados o eslavos, sino realizar el viejo sueño de nuestra parte demoníaca: matar a Dios.
La muerte de Dios
Nietzsche ya había anunciado la muerte de Dios, señalando que esa muerte sería incompleta hasta que la moral del superhombre se instaurara. ¿Cuándo sucedería eso? Cuando al fin se destruyera la regla de oro de la sabiduría ancestral, presente en todos los pueblos: no hagas al otro, lo que no desees para ti. Mientras perviva una brizna de compasión hacia el débil, enfermo y malogrado, Dios seguirá vivo, irrumpiendo en nuestras vidas para exigirnos que actuemos fraternalmente. Los nazis no obraron a ciegas. Sabían que la enseñanza crucial de la tradición judía era la obligación de cuidar la vida ajena. En ‘Isaías’ leemos: “Aprended a hacer el bien, buscad la justicia, reprended al ofensor, defended al huérfano, abogad por la viuda” (1:17). En ‘El crepúsculo de los ídolos’, Nietzsche invierte esa norma, aseverando: “Compasión con los decadentes, igualdad de derechos para los fracasados; si esta fuera la más profunda moralidad, sería la contranaturaleza misma como moral”.
Para Lévinas, el sentimiento de responsabilidad hacia el otro no es un valor adquirido, sino algo que nos precede, la huella de un infinito que nos permite trascender el yo, liberándonos del ensimismamiento narcisista. Ese sentimiento no tiene origen ni fundamento. Es un fondo “anárquico” que nos convoca, planteándonos la necesidad de cubrir la desnudez del otro. Este acontecimiento es la situación originaria de la condición humana. La ética precede a la ontología. Es la filosofía primera, el punto de partida del conocimiento, y la huella que nos revela la existencia de una trascendencia irreversible. Algo nos impide responder con indiferencia al dolor ajeno, al rostro que suplica nuestro cuidado. Llamamos Dios a ese algo, a ese enigma que se interpone entre nuestro yo y un semejante herido, prohibiéndonos pasar de largo. Para Lévinas, Dios no es presencia, sino apertura. Es absurdo hablar de antagonismo entre lo trascendente y lo inmanente, pues Dios está enredado en el mundo, interpelándonos constantemente. Ese Dios que nos excede y antecede no puede ser objetivado como un ente, pero lo reconocemos porque nos incita al Bien, mostrándonos el camino hacia el infinito: un ascenso impulsado por el desinterés. Es ilógico intentar definir a Dios, asignándole atributos, pues Dios es la única palabra inagotable. Nunca podremos abarcar todo su campo semántico, pero siempre sentiremos que nos reclama, emplazándonos a ser el «rehén del otro». Frente al ideal de autonomía de la ética moderna, que solo reconoce al yo la legitimidad de legislar, Lévinas reivindica la heteronomía del mandato bíblico, que nos prohíbe matar. El hombre no es un ser-para-la-nada, como dice Sartre, sino un ser-para-el-otro. El ideal de fraternidad universal es lo que introduce un sentido en el mundo. La ética no es una preceptiva más o menos detallada, sino acogida. No pretende uniformar, asimilando lo diferente por medio de la imposición. Su vocación es comprender la alteridad, reconociendo y protegiendo su derecho a existir.
El Dios de los Salmos
El Dios de la tradición tomista se parece al de la metafísica aristotélica. Es un ser omnipotente y omnisciente que contempla el mundo desde fuera, sin experimentar ningún cambio. Lévinas se siente más cerca del Dios de los Salmos, «padre de los huérfanos y defensor de las viudas». El hombre solo se acerca a Dios mediante el encuentro con el otro. Hay que escuchar su voz, reparar en su fragilidad, curar sus heridas. El reino de Dios es el reino del nosotros. Ahí no hay llamadas de auxilio que queden sin respuesta. El infinito irrumpe en el yo cuando prevalece el amor al prójimo. “Yo me acerco al Infinito en la medida en la que me olvido de mí mismo en favor de mi prójimo que me mira –escribe Lévinas–. Me acerco al Infinito sacrificándome. El sacrificio es la norma y el criterio de acercamiento. Y la verdad de la trascendencia consiste en poner de acuerdo las palabras con los hechos”.
Cuando el bienestar ajeno se convierte en una prioridad, postergando las demandas de nuestro yo, aparece la santidad. La santidad es amor sin eros, amor no concupiscente, amor que no demanda reciprocidad. El santo es un nuevo Abrahán. A diferencia de Ulises, que desea retornar a casa para ejercer sus privilegios como rey, Abrahán abandona su hogar por la promesa de una tierra desconocida. El viaje de Ulises es un viaje hacia lo mismo y expresa la voluntad de dominio de la filosofía occidental, donde predominan la libertad sobre la justicia, la totalidad sobre el infinito, la angustia sobre la esperanza. Ulises solo se interesa por la diferencia para someterla. En cambio, el éxodo de Abrahán es apertura al otro, salida de lo Mismo hacia la Diferencia. Ulises regresa a Ítaca, al dominio de lo idéntico, cerrando un círculo. Abrahán se aventura hacia lo incierto, hacia un lugar que no es un lugar, sino una utopía. La filosofía occidental es filosofía de la existencia, no del existente. Nace del propósito de colonizar el ser o, en el mejor de los casos, apacentarlo, pero no repara en el existente, en ese otro que demanda nuestra hospitalidad y que nos acerca a Dios. Para Lévinas, el infinito brilla en el rostro del otro. El rostro es una epifanía, la huella visible de ese infinito que se escapa a la comprensión teórica y que es irreducible a conceptos. Dios es “irrepresentable, el sin principio, la anarquía”. No está de más señalar que Lévinas utiliza el término anarquía en su sentido etimológico: lo sin principio, sin fundamento, lo que no tiene origen. La ética nos lleva al infinito. No es un momento más del ser, sino algo “mejor”.
El rostro de Dios
Lévinas no reflexiona como judío, sino como filósofo, pero su perspectiva es la de un pensador que se mueve en el marco del judaísmo. Su concepto de Dios resulta demasiado abstracto. No es un Dios inhumano, pues se manifiesta como responsabilidad infinita en el rostro del otro, pero en sí mismo no tiene rostro y eso abre una distancia que propicia en el hombre la sensación de soledad y desamparo. La razón poética, teorizada por María Zambrano, se perfila como una alternativa a la razón conceptual, pues llega más allá de lo que puede ser objetivado y corroborado, ofreciendo un cauce expresivo a lo inefable. La razón poética es el último escalón del saber, un ejercicio de comprensión y expresión que afronta el reto de mostrar y elucidar lo que solo puede atisbarse, nunca conocerse por completo. La razón poética necesita la colaboración de una razón narrativa que realice una función esclarecedora, haciendo inteligible lo que de otro modo quedaría sumido en una frustrante oscuridad. El Logos sería algo etéreo y difuso si no se hubiera encarnado, transformándose en una historia. La comprensión no acontece en la filosofía ni en la teología, sino en el relato, donde el pasado, el presente y futuro se encadenan, explicándose mutuamente. Como señaló Paul Ricoeur, el relato es el verdadero ‘Da-sein’, pues nos permite comprender la conciencia como algo vinculado al mundo y no como el solitario cogito cartesiano, que escinde al yo de la naturaleza y la historia. Sin la posibilidad de narrar, los acontecimientos se diluyen en una diversidad incomprensible. La encarnación del Logos nos ha permitido comprender mejor a Dios. Dios no es identidad, sino apertura. Su aventura creadora nace de su necesidad de salir de sí mismo para abrir el camino a la alteridad. Dios no es inmutable. Después de la muerte en la cruz, ha cambiado, añadiendo a su historia la experiencia de la humillación y el desamparo. La muerte ya forma parte de su naturaleza. El cristianismo se desvía de su esencia cuando permite que la tradición platónico-aristotélica contamine su idea de Dios, transformándolo en un ente separado del mundo que no conoce el cambio ni el sufrimiento.
La razón narrativa nos revela muchos aspectos del Dios crucificado. Jesús no irrumpe triunfalmente en la historia, sino con una escrupulosa humildad. Nace como un paria y un extranjero al que nadie quiere abrir la puerta. Solo le arropa el calor de dos animales. Abre los ojos entre estiércol y paja. Ese acontecimiento revela la preferencia de Dios por los pobres y marginados. Negarlo sería absurdo. La infancia de Jesús es discreta. Solo su diálogo con los sabios en el templo pone de manifiesto su temprana clarividencia. De joven, se enfrentará a las tentaciones de este mundo. Se librará de ellas, pero no sin una lucha interior. Su humanidad está sujeta a las mismas flaquezas que el resto de los hombres. Cuando empieza a anunciar el Reino, su familia reacciona con perplejidad. Eso explica que se distancie de su madre y sus hermanos, menospreciando los lazos de sangre. Su mensaje escandaliza, pues exalta a los que no tienen nada y critica a los ricos, ironizando sobre su salvación. Desdeña los ritos, escucha a los niños y critica a los sacerdotes, a los que acusa de hipócritas. Comparte la mesa con los pecadores y no practica el ascetismo, pero sí es austero y sencillo. Entre los apóstoles, acepta a mujeres, ignorando la estricta división de sexos de su cultura. No reconoce ninguna distinción entre judíos y gentiles, hombres y mujeres, amos y esclavos. Habla para todos y ensalza el perdón, animando a responder a los agravios con amor y paciencia. Cuando le piden su opinión sobre el castigo que merece una adúltera, le resta importancia a su conducta y la perdona sin imponerle una penitencia. En la víspera de su apresamiento y martirio, suda sangre, atormentado por el miedo. Ya en la cruz, reprocha a Dios que le haya desamparado, pero le reitera su confianza. Tres días después de su muerte, resucita para dejar constancia de que el dolor y la injusticia no son la última palabra. La historia de Jesús nos revela que Dios es muy humano. Conoce la duda, el miedo y la tristeza, pero la esperanza le sostiene en las horas más amargas, corroborando su compromiso con los hombres.
La fe “no hace tranquilo al hombre, sino inquieto, no paciente sino impaciente”, escribe el teólogo protestante Jürgen Moltmann. “Quien confía en Cristo no se adapta a la realidad tal como es sino que empieza a sufrirla y contradecirla. Paz con Dios significa discordia con el mundo, puesto que el estímulo del futuro prometido incide inexorablemente en la carne de toda realidad presente incumplida”. La misión del cristiano no es solamente difundir la fe y la esperanza, sino participar en la transformación histórica de la vida. Como señala Wolfhart Pannenberg, Cristo es la “prolepsis” o anticipación del cumplimiento de la historia. Su resurrección es el anuncio de lo que nos espera a todos: “El fin del mundo realizará simplemente a escala cósmica aquello que ya le sucedió a Jesús”. La resurrección rescata a las víctimas de la historia. Al encarnarse, Dios se sumió en la finitud de lo humano, adoptando el compromiso de compartir las formas más intolerables de sufrimiento. Solo desde ahí puede anunciar con credibilidad que el mal no triunfará. Como apunta Moltmann en ‘El Dios crucificado’, Dios pasó por Auschwitz y ahora Auschwitz está en Dios. Gracias a eso, hay un mañana para sus víctimas.
Dios no ha muerto, protesta Lévinas. Está en el rostro del otro, del que sufre e implora nuestra solidaridad. Si eliminamos a Dios, destruimos nuestra humanidad, pues Dios es la voz que nos exige respetar y auxiliar al otro, prohibiéndonos cosificar a nuestros semejantes. Esa voz es lo primero, la evidencia que sirve de punto de partida al conocimiento humano, situándonos en la realidad como seres trascendentes y responsables. El pensamiento de Lévinas puede interpretarse como una propedéutica del cristianismo, pues nos prepara para aceptar que Dios se manifieste con un rostro y una historia. Un rostro que nos prohíbe herir a nuestros hermanos y que nos exige derribar los muros que nos separan de los más infortunados. La razón narrativa nos ayuda a comprender el lado humano de Dios. Para ir más allá, hay que recurrir a la razón poética. En última instancia, Dios siempre es mayor de lo que imaginamos (‘Deus semper maior’). Solo la poesía puede acercarnos a ese misterio, pero siempre mediante metáforas y analogías. Rilke nos dejó valiosas metáforas, describiendo a Dios como “piedra viva”, “fuente de aguas vivas”, “árbol de vida”. No es casual que en todas sus imágenes el poeta remitiera a la vida, pues Dios y la Vida son indiscernibles. Afirmar que Dios ha muerto es una contradicción. Solo mueren los ídolos. No cometamos el error de transformar a Dios en uno de ellos.

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