Mercedarios: encuentros humanos entre rejas


El momento en que se van cerrando las puertas de seguridad detrás de ti es el más molesto. Al principio se hace un nudo en el estómago, ponemos cara de susto al entrar en un mundo tan separado y en teoría habitado por personas peligrosas y malvadas. Sin embargo, la magia empieza con el primer saludo. Y es a los funcionarios, las personas que llevan adelante y humanizan el sistema penitenciario, con quiénes vamos entablando pequeñas conversaciones mientras agilizamos el paso por el detector de metales y la verificación de credenciales. Pronto encontramos por los pasillos a los que han conseguido un trabajo en talleres, en el huerto o en los servicios internos del centro. José estuvo mucho tiempo en el grupo de catequesis y en “Entre dos sillas”, y nos saluda con alegría mientras empuja el carro de comida. Preguntamos a Juan que sale de la limpieza del módulo de entradas, y nos pone al corriente del último permiso que disfrutó y de su familia, que conocemos bien. Con Óscar es apenas un saludo de lejos, al otro lado del rastrillo: estuvo en la pastoral juvenil y sus antiguos catequistas mandan saludos. Cuando llegamos a los módulos estamos ya sumergidos en este microcosmos humano. Primero grandes saludos, en tropel, mientras vamos al salón de actos para la Eucaristía. Jorge está enfadado, le han negado un permiso y habla de recurrir al juez. Recuerdo cuando en una catequesis descubrió que otro compañero había estado en el mismo reformatorio, y se decían: ¿a ti también te pegaron con la manguera? ¿Y estaba aquel que dirigía las palizas? Ahora tiene más de cincuenta años, y ha pasado por una docena de prisiones…
Entre rejas
Por eso en la pastoral de prisiones, en la confesión y en la Eucaristía celebrados entre rejas, suceden cosas que no pasan en otros lados. Pedid y se os dará, decía el Señor. Piden escucha, y buscan perdón, de la sociedad, de Dios, y el más difícil, de sí mismos. Lo más fácil es indignarse ante tanto dolor generado con sus delitos, o sentir lástima ante su miseria, historias de vida terribles, donde no caben más desgracias por centímetro cuadrado, como dice don Ángel. La liturgia se carga de esperanza, rezamos el credo con la fuerza del que necesita creer, y se comulga con una devoción que conmueve hasta al más duro. El mundo de la prisión es un mundo de controles y normas que comprimen la vida de personas en un minúsculo espacio y tiempo, a base de restricciones tan duras y frías como los barrotes de hierro que las contienen. Teóricamente es un lugar de reeducación y reinserción, socialmente prima el castigo por el delito cometido. Humanamente… es el lugar donde cualquier gesto de humanidad es semilla de esperanza para un anhelado futuro en libertad. Por eso entro en la cárcel. Cómo parte de la familia grande de los creyentes. Haciendo caso del aviso del Señor: “Estuve en la cárcel y vinisteis a verme”, la Iglesia se hace presente en mundo penitenciario desde la fuerza del Evangelio, sin juzgar a nadie. Es lo primero que te dicen cuando vas a entrar: nunca, nunca se pregunta por qué estás aquí. Vamos a encontrarnos con hermanos, para dar lo que hemos recibido: compasión de Dios, fuerza de vida, chispas de esperanza. Los voluntarios visitamos, acompañamos y ofrecemos momentos de oración, catequesis y actividades educativas. Desarrollamos programas de ayuda, solucionando con fondos a los internos que no tienen recursos para llamar a sus familias o para disfrutar de permisos, y apoyando también en los momentos de salida.

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