¿Qué es más importante: cambiar la estructura económica o el corazón de las personas?

Carles Marcet
¿Qué es más importante: cambiar la estructura económica o cambiar el corazón de las personas? Una propuesta que parte de una realidad que cada vez se nos hace más evidente: es necesario un cambio. Nuestro actual sistema capitalista vive de una paradoja: si no crece, languidece y muere –como estamos intuyendo en estos tiempos pandémicos–, pero si crece, mata. Pareciera, pues, que no queda más alternativa que seguir creciendo económicamente de manera constante e ilimitada (¡eso que llamamos progreso!). Un progreso económico que se nos ha convertido, casi sin darnos cuenta, en un “dios” que reclama para sí toda nuestra confianza y nuestra fe, toda nuestra esperanza puesta en los valores que promueve (tener más, consumir más…) y todo nuestro amor puesto en el cumplimiento de sus “mandamientos”: obtén el máximo beneficio económico y gozarás del paraíso en la tierra; defiende la economía de mercado: es la única posible; recuerda que eres según lo que produces; explota sin temor los recursos de la naturaleza pues para eso están en tus manos; sé libre y consume todo lo que puedas; confía en el progreso y en el crecimiento ilimitado de la economía; consume y acumula todos los bienes que puedas porque así obtendrás la máxima felicidad; no olvides que vence el más fuerte, no el más solidario…
Este cambio parece aún más necesario si consideramos que en el modelo del capital, la dimensión económica de la vida se convierte en el centro y fin de nuestra existencia. Lo invade todo, todo lo quiere dominar, condicionar o controlar (pensemos, por ejemplo, en una realidad tan originariamente lúdica como es el deporte, cómo se ve hoy «capitalizada» por lo económico). Si bien es verdad que la economía está en casi todo pues, en definitiva, se trata del arte del cuidado/administración de la casa común, el peligro deviene cuando se convierte en “todo”. Es verdad que necesitamos de lo económico, pero no es menos verdad que lo económico no es lo “esencial” de la vida. En el cambio necesario que intuimos, se trata de saber distinguir lo que es “fin” (objetivo) y lo que es “medio” (instrumento) y, en este sentido, resituar la economía, no como un fin en sí misma (un “dios”), sino como un instrumento para alcanzar un fin mayor que podríamos definir como la vida en dignidad de toda persona humana. Cambiar significa poner a la economía al servicio de esta cosmovisión.
El cambio que andamos buscando implica, pues, un descentramiento de la estructura económica misma (ponerla en el lugar de los medios y no de los fines), pero también un descentramiento de nuestro propio “yo” personal, pues lo que está en juego no es sólo mi dignidad, sino la dignidad de toda persona humana.
Y aquí entramos ya más directamente en el asunto que nos ocupa: para alcanzar este cambio deseado, ¿qué es lo esencial?, ¿cambiar la estructura económica o cambiar el corazón humano de cada uno? Al respecto diría lo siguiente:
Primero. La cuestión está planteada en términos de “esto o esto”. Pero la letra “o” es una mala consejera por lo que supone de exclusión. La “o” acaba cerrando todo posible diálogo. Prefiero responder utilizando la “y” que es más integradora y abierta al diálogo. Y, en este sentido diría que los dos cambios –el estructural y el personal- son necesarios para que realmente haya “cambio”.
Segundo. También cada uno de nosotros “vivimos” y “convivimos”; no convivimos sin vivir ni vivimos sin convivir; nuestro vivir es un convivir. El “convivir” hace referencia a las necesarias estructuras que hagan posible nuestro “sano vivir con otros”. Y el “vivir” hace referencia a la necesaria calidad personal e individual que podemos aportar al colectivo social.
Tercero. Lo comunitario/estructural y lo individual/personal se necesitan mutuamente. Es más: se pueden nutrir mutuamente. Nosotros solemos pensar que para salvaguardar la libertad de lo individual/personal es necesario limitar el poder de lo comunitario/estructural. O, al contrario, que para salvaguardar lo comunitario/estructural es preciso poner límites a lo individual/personal.
Cuarto. Los que piensan lo primero (políticamente sería un pensamiento “de derechas”), ante la pregunta que nos ocupa, dirían que lo importante es cambiar el corazón personal, pero sin tocar las estructuras vigentes (no sea que vayan a poner demasiados límites a un sistema que ya va bien… «para mí», individualmente). Contrariamente, los que piensan lo segundo (políticamente sería un pensamiento de “izquierdas”), dirían que lo importante es cambiar las estructuras porque limitarse a cambiar los corazones es como «mantener caritativamente y a base de limosna» un sistema injusto.
Quinto. Y yo me pregunto: ¿no podemos vivir integradamente los dos cambios?, ¿no se necesitan el uno al otro para que realmente haya cambio? ¿No es pensable que a mayor crecimiento personal/individual (un vivir más sano, generoso, desprendido, libre…), mayor crecimiento comunitario/estructural (un convivir más justo, digno para todos)? Y viceversa: también un convivir en el marco de unas estructuras justas y dignas para todos va a favor del crecimiento del buen vivir personal/individual. Yo creo que unas “estructuras virtuosas” facilitan el desarrollo de unas “actitudes individuales virtuosas”, y unas actitudes individuales virtuosas posibilitan la creación de nuevas estructuras más virtuosas. En otras palabras: un corazón compasivo puede dar pie simplemente al sentimiento personal de “lástima” y a la mera atención asistencial del necesitado (dando limosna, por ejemplo), pero sin que nada de fondo cambie (sino que el fondo del problema se perpetua) o bien puede acabar articulándose/estructurándose como acción solidaria con otros. Del mismo modo que una acción solidaria de transformación estructural con otros, puede acabar degenerando en un orgulloso sentimiento de superioridad moral que acaba sometiendo a los otros (haciéndolos dependientes de nuestras nuevas estructuras) o bien puede ser dinamizador de un espíritu más solidario y comunitario de otras personas antes muy insensibilizadas.
Sexto. Hay algo que puede actuar a modo de nexo entre el cambio estructural y el cambio de corazón y que, a la vez, es previo a los dos. Este “algo” es un modo de ubicarse existencialmente en la realidad y sin el cual no es posible ningún cambio. Un modo de ubicarse en la realidad que se rige por esta máxima: “todo depende del dolor interior con el que se mire”. Se trata, en el fondo, de sumergirse durante un cierto período de tiempo en alguno de aquellos lugares reales (¡hay muchos!) donde las estructuras (injustas) y las personas (insensibles) generan “vidas que no son dignas de ser vividas”. Se trata de dejarse impregnar sensiblemente por esa realidad doliente, de manera que entre por los poros de nuestra piel y acabe por hacérsenos incluso familiar. Sin estas experiencias de cierto shock es difícil que se den tanto el cambio estructural como el del corazón. Pero, desde estas experiencias el corazón puede irse trasformando hasta el punto de movilizar sinergias que apuesten por cambios más estructurales.
Séptimo. Ciertamente lo que de este modo se consigue son pequeños cambios (tanto del corazón como de las estructuras), a menudo locales y parciales. Pero algo es algo. Porque entre lo estructural/global y lo íntimo/individual existe una necesaria realidad intermedia que se llama “comunidad”, desde la cual tenemos cancha para ensayar pequeños pero concretos cambios personales/estructurales. Me parece que hoy en día es impensable un cambio del corazón y un cambio de las estructuras si no es apoyándose en la fortaleza y la mística de la comunidad, del trabajo en equipo, del aunar fuerzas y esperanzas.
Octavo. Es en el seno de estas comunidades o equipos -hoy, por cierto, más bien a la baja-, donde hoy es posible cambiar/transformar algo, actuando de manera paciente y a la vez tenaz. Donde es posible volver a despertar algo tan imprescindible para cualquier tipo de cambio/transformación y que recibe el nombre de utopía. Por desgracia hoy en día tampoco está muy de moda hablar de utopía: suena a algo así como estar viviendo en las nubes, en un sueño permanente. Cuando le preguntaron al escritor uruguayo Eduardo Galeano “¿para qué sirve la utopía?” respondió que “para caminar”. Caminar por las sendas del cambio –tanto personal como estructural– pide, de entrada, desear caminar, mirar esperanzadamente hacia un nuevo horizonte. No basta ese chato deseo, tan expresado a raíz de este largo tiempo de pandemia, de “volver a la normalidad” (a lo de siempre) porque la normalidad no es la solución, sino el problema. Se trata de ir más allá de lo que por desgracia se está imponiendo como “normalidad”: unas estructuras económicas que matan (por injustas y generadoras de desigualdades e indignidades) y unos corazones que también matan (por insensibilidad, insolidaridad y falta de comunidad).

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