Ser Iglesia en la diversidad

por José Fernando Juan 
La diversidad es incómoda. Incluso sus defensores se enfadan y enojan con quienes no la respetan. Normalmente la suya, dicho sea de paso. Otros grupos, muy sinceros, como no la quieren ni en pintura se esfuerzan para que todo esté a su gusto. Lo deben pasar muy mal paseando por cualquier lugar fuera de sus casas o viendo la televisión.
La diversidad incomoda. Cuando toca decidir, aunque sea algo mínimo, incomoda. Los viernes por la noche al elegir qué hacer, los sábados si se sale a ver una película, en vacaciones por qué visitar y dónde comer. No digamos en temas más importantes. No nos vayamos tampoco a la política tan rápidamente. Allí donde hay libertad y se permite que aflore el interés de cada cual, su propia visión, sus deseos, su momento histórico, su situación, allí hay diversidad y la diversidad incomoda.

A la Iglesia no debería serle extraño nada de lo anterior. Y si todo cristiano lo es incorporado a una comunidad, por muy pequeña que sea, lo habrá probado. Algunos a sorbitos, otros casi ahogándose o abandonado. Si algo permite nuestro tiempo, fruto precisamente de la libertad, es que cada cual puede ir a lo suyo mientras cumpla el precepto infernal de Sartre. Imposible de cumplir, por supuesto. Pero ya viene en ayuda la indiferencia y el todo cuadra. Si hay algo que está permitido hoy, como nunca antes en la historia, es la indiferencia. Un buen “me da igual” resuelve muchos conflictos personales. Un buen “movimiento de hombros” y se acabó.
Clasismo y elitismo
La libertad, sin responsabilidad, termina aquí. La diversidad, sin relación y proximidad, termina en la indiferencia hacia el otro, en el enclaustramiento en el propio grupo, en las formas renovadas de clasismo, de elitismo, de “clericalismo” extendido a unos y otros.
Me voy dando cuenta de algo fundamental a la hora de comprender (y vivir, muy torpemente) las religiones y, en lo que a mí me toca, el cristianismo. La diversidad mayor que puede experimentar un creyente no es, ni de lejos, con el prójimo u otra persona, por muy lejana que sea. Es siempre con Dios. Y Dios es el fundamento de todo lo demás. Pero una vez vivida esa distancia, esa diversidad, esa diferencia tan radical y absoluta, en la que se entra solo como misterio definitivo y absoluto, ¿el prójimo me parece tan diferente como algunas veces decimos? ¿No es Dios la primera escuela de diversidad, de respeto, de amor? ¿No decimos esto los cristianos, que siendo tan diferentes de Dios hemos sido creados por Él así y que nos ama?
No es un juicio hacia nadie. De verdad. Es que parto de que es realmente complicado vivirlo a fondo. Para que aparezca una diversidad real ante alguien, esa persona debe estar muy próxima a la santidad, muy cercana a una responsabilidad con Dios mismo, muy vaciada de egoísmo. Porque lo demás, se diga lo que se diga, no hace honor a la diversidad humana, personal, filial y fraterna. Será ideología, será motivo de enfrenamiento. Pero ni expresión de uno mismo y sus búsquedas y vida, ni habrá vínculo profundo con el otro. Aparecerá una cordial indiferencia o una asimilación interesada y manipulante. Pero el otro como otro, es casi solo ante Dios y ante el sufrimiento de quien sea ama.

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