La buena Noticia del Dgo 15º – B

Los envió de dos en dos

    Vivir con sencillez y solidaridad

Evangelio: Mc 6, 7-13

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.»
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Comentario

  Jesús envía a sus discípulos de dos en dos, sin alforja, ni dinero, ni túnica de repuesto, con una única misión: predicar la conversión y el cambio a otra manera de vivir. Esta sociedad necesita como nunca el impacto de hombres y mujeres que sepan vivir con pocas cosas; creyentes capaces de demostrar que la felicidad no está en acumular bienes, sino en compartir y solidarizarse con los pobres. Quienes viven una vida sencilla y una solidaridad generosa son los que mejor predican la conversión que más necesita nuestra sociedad. 

Palabra viva de Mons. Romero

Cuando Pablo VI habló de la renovación de la Iglesia, sólo señaló dos virtudes necesarias para nuestro tiempo: la caridad y el espíritu de pobreza.

Y analizando por qué conviene hoy que la Iglesia y los cristianos vivan  el espíritu de pobreza, dice esto: “Pensamos que la liberación interior producida por la pobreza evangélica…” Fígense qué hermoso!: “la liberación interior que da el espíritu de pobreza”. Porque no basta no tener cosas. Hay gente pobre que no está liberada interiormente, busca con codicia, odia al que tiene, resentimientos…

Todo eso no es liberación de la pobreza, no basta con ser pobre no tieniendo bienes, sino que el verdadero pobre ha roto las cadenas interiores”

                                                                                  Homilía  Dgo.15º-B  15.07.1979

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