La eutanasia y los cuidados paliativos

Javier Elzo: “En situaciones extremas, la eutanasia y los cuidados paliativos no son tan excluyentes como parece”

“La sedación, con resultado de muerte, es, evidentemente, la última solución, desde una perspectiva que vaya más allá del rigorismo de la Ley y ponga el acento en la humanidad de las personas”
“Limitarse a la eutanasia, es deshumanizar la sociedad. No respetar a la persona humana, como tal persona. Ese es el error, por decirlo suave, de la ley aprobada en el Parlamento español”
“Ante una persona que está sufriendo mucho, que un médico, familiar o allegado decida suministrarle una medicina, aun a sabiendas de que pueda provocarle la muerte, ¿cómo deslindar, con seguridad, si se pretende aliviarle (lo más probable) o provocarle la muerte para que no sufra más?”
“Personalmente, me basta prácticamente el punto 2279 del Catecismo, sin necesidad de hablar de ‘homicidio’ palabra palabra que provoca, de entrada, rechazo innecesario al propio Catecismo. En este orden de cosas me parece mejor deslindar, nítidamente, la eutanasia del suicidio asistido, cuestión que requiere tratamiento propio”
Por Javier Elzo
Hace seis años escribí un artículo que publicó el Grupo Noticias en el País Vasco, que titulé “¿Derecho a decidir su muerte?”. Lo comenzaba así: “Javier Gafo, un jesuita adelantado a su tiempo, era reconocido hace 30 años como un pionero en cuestiones de bioética. Escribió el año 1990 el libro Eutanasia y ayuda al suicidio: mis recuerdos de Ramón Sampedro (Desclée 1999), que ya no encuentro en mi biblioteca. Pero tengo muy presente en la memoria una conversación con él, poco antes de su fallecimiento en 2001. Veníamos charlando los dos en mi coche de Bilbao a Donostia. En un momento del viaje, me dijo que, en determinados casos terminales, lo único que diferencia la eutanasia activa de la pasiva estaba en la voluntad del médico o familiar: si aliviar el dolor y el sufrimiento del paciente, o si darle la muerte, aunque fuera para aliviar su dolor. Era una cuestión de intencionalidad propia a la persona, ante un mismo acto. La idea me lleva a un episodio que me relató un amigo próximo, no hace mucho, sobre la muerte de su madre.
Su madre falleció joven, como consecuencia de un cáncer, entonces incurable. Lo últimos días el doctor que la trataba les dio una medicación para aliviar sus dolores, cada vez más fuertes. Les advirtió que no la suministraran con una frecuencia menor a cada cuatro horas, pues podrían inducir su muerte. Pero la madre no podía aguantar los fuertes dolores, y decidieron administrar la medicación antes del plazo de las cuatro horas, de modo que falleció poco después. Era evidente que la intención de la familia era aliviar su dolor, incluso sabiendo que podían adelantar su fallecimiento, ya irreversible. Conté a mi amigo la conversación con Javier Gafo y se tranquilizó”.
Hay muchos episodios de eutanasia más complejos que el arriba reseñado, por ejemplo, en personas sin pronostico médico de muerte a corto plazo, pero ya sin ánimo vital, con fuertes padecimientos físicos o psíquicos, con una vida en la que solamente sigue siendo vida en su dimensión biológica y, a menudo, sabiendo que causan un enorme esfuerzo y padecimiento entre sus familiares y allegados. Los que ya tenemos edad avanzada conocemos más de un caso.
El pasado viernes, 25 de junio, entró en vigor la ley de la eutanasia en España. Una norma controvertida, llamada a marcar un antes y un después en la legislación sobre los cuidados al final de la vida. Muchos piensan que esta ley no ha sido debatida suficientemente. Por ejemplo, Koldo Martinez en el Senado, sin que prosperara su moción. Sostenía que se había ido demasiado deprisa en su resolución final. El resultado, según el presidente del Comité de Bioética del Estado español, Federico Montalvo, es que “hemos perdido una oportunidad de tener una ley que regule el final de la vida”. En su opinión, la ley “no regula el final de la vida, sino una de las alternativas. Han ido a regular lo concreto y lo excepcional, porque la eutanasia es algo excepcional”. No habrá ‘listas de espera’ ni aglomeraciones. Cierto. No obstante, “esta norma plantea un gran problema sobre qué es la eutanasia y qué no”. La eutanasia, “¿es una decisión principal, una más o la última alternativa cuando todo ha fallado?”, plantea Montalvo, quien sostiene que “en casos muy extremos uno se puede plantear la sedación”, pero “como una última vía”, lo que no se da en esta ley, que “sitúa lo excepcional en normativo”, y plantea “desafíos a médicos y pacientes”.
Apunta también Montalvo que la ley tiene una cosa buena: “ha situado en cabecera el debate sobre el final de la vida”, quien ve “tres posibles escenarios” de futuro. “Nos conformarnos con esto; impulsar los paliativos y que salga una nueva ley, o que esta ley las incorpore y regule todo el proceso, no sólo una medida excepcional”. Porque, añade, “se puede morir sin sufrimiento, sin eutanasia. Prácticamente todos los casos se resolverían si hubiera ayuda económica y profesional, que también ha de hablarse de esto”. “Aprovechemos, y aboguemos por la especialidad de Cuidados Paliativos, por una ley general para el final de la vida, y por un buen plan de cuidados”.
Leyendo estas reflexiones de Federico Montalvo recuerdo una conversación con el gran bioético y catedrático de Historia de la Medicina, Diego Gracia, en la que me decía, hace 15 años, en su paso por Deusto, que apenas había diferencia entre unos buenos cuidados paliativos y la eutanasia. Solo que en el primer caso se intenta ayudar al paciente a vivir sin sufrimiento y en el segundo, se elimina el sufrimiento ayudándole a morir. Pero, en situaciones extremas, no son tan excluyentes como parece, aunque la ley española pone el acento en el acto final y no en el proceso, como sería deseable.
Los miembros del Grupo de Bioética de UNIJES (Universidades jesuitas de España, en Granada, Bilbao, Barcelona y Madrid) se pronunciaron sobre el proyecto de ley de la eutanasia en febrero de este año 2021.
En su punto 7º señalan que “es necesario dejar las ideologías y acercarse en este tiempo de pandemia a la brutalidad de lo real, a las verdaderas demandas de la realidad de más de dos millones de mayores solos, un veinte por ciento afectados por una depresión, un incremento de los intentos de suicidio, la realidad oculta del maltrato de cerca de 200.000 mayores, unas ayudas a la dependencia que no llegan, unas 80.000 personas al año que mueren sin cuidados paliativos de calidad, unos 30.000 enfermos tetrapléjicos que solicitan al Estado más ayudas, unos 30.000 enfermos de cáncer mayores de 65 años viven solos, etc. Hay un peligro de no atender estos verdaderos problemas”. Y concluyen afirmando que “no es tan fácil morir bien y no se puede reducir a simplemente elegir un modo y un momento. La proposición de ley se aprueba en un momento donde la participación de la ciudadanía está muy limitada por la pandemia y en un contexto de intereses y alianzas políticas más que de escucha de los que más sufren. Abogamos por abrir diálogos serenos en este tema desde la realidad y desde los más vulnerables”. Evidentemente, tampoco les hicieron caso.
Quiero añadir mi fuerte recomendación a la figura de José Carlos Bermejo y a la lectura de sus libros. José Carlos es el director del Centro de Humanización de la salud que llevan los religiosos camilos, donde tratan de aliviar, mediante los cuidados pertinentes, el final de la vida. Es una figura excepcional, como lo son los religiosos camilos que se consagran a esta labor. Escuché a Bermejo en una Mesa Redonda online en RD, hablar sobre la eutanasia el pasado 8 de abril. Retuve de su intervención estas cuatro ideas. 1ª: Antes del momento de la muerte hay un proceso, y es ese proceso el que hay que atender. 2ª, La muerte no es un derecho. Es un hecho, al que hay que llegar respetando profundamente a la persona. 3ª Habitualmente, lo primero que piensa una persona que pide la eutanasia, es “no quiero sufrir” (el título de un libro de Bermejo de 2019), “no quiero seguir con este sufrimiento” y 4º, que algunos no aceptarán, la vida no es patrimonio exclusivo de cada uno. También compete, en primer lugar, a los más próximos. Y añadió, el principio de la bioética no es el de la autonomía, sino el de no hacer daño, aliviar los sufrimientos, cuidar y acompañar a las personas, particularmente a las más vulnerables.
La sedación, con resultado de muerte, es, evidentemente, la última solución, desde una perspectiva que vaya más allá del rigorismo de la Ley y ponga el acento en la humanidad de las personas. Pero, limitarse a la eutanasia, es deshumanizar la sociedad. No respetar a la persona humana, como tal persona. Ese es el error, por decirlo suave, de la ley aprobada en el Parlamento español. Además, ¿por qué tanta prisa, cuando, además, deja muchos puntos pendientes?
También cabe hablar de la prisa, y hasta de la precipitación, de algunos obispos que, a veces, parece que ponen el acento en el acto eutanásico puro. El Catecismo de la Iglesia Católica que, a veces es esgrimido por algunos obispos, en sus cuatro puntos, 2276 a 2279, se presta a diferentes acentos. Por un lado, se excluye, radicalmente, la eutanasia con estas palabras: “una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre” (yo subrayo).
Pero en el último punto 2279 leemos que “el uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la dignidad humana si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados” (Yo subrayo).
Al final estamos en el planteamiento de Javier Gafo: la intencionalidad de la acción. Detengámonos un momento a pensar. Ante una persona que está sufriendo mucho, que un médico o un familiar o allegado decida suministrarle una medicina, aun a sabiendas de que pueda provocarle la muerte, ¿cómo deslindar, con seguridad, si se pretende aliviarle (lo más probable) o provocarle la muerte para que no sufra más? Personalmente, me basta prácticamente el punto 2279 del Catecismo, sin necesidad de hablar de “homicidio”, cuya palabra ya provoca, de entrada, rechazo innecesario al propio Catecismo. En este orden de cosas me parece mejor deslindar, nítidamente, la eutanasia del suicidio asistido, cuestión que requiere tratamiento propio.
Por supuesto, defiendo el documento de últimas voluntades. De hecho, mi mujer y yo, ya lo hicimos, ante notario, cuando todavía no había registro en Osakidetza (el sistema de salud vasco). Y en ese documento, cabe hablar, también, de una salida voluntaria de la vida en determinadas condiciones y circunstancias.
Quiero terminar estas líneas mencionando a Andrés Torres Queiruga, un teólogo que pasó momentos difíciles con la jerarquía pero que, a los que nos hemos asomado a sus trabajos, nos ha hecho pensar y profundizar en nuestra fe cristiana, en la confesión católica.
En un artículo titulado “La eutanasia, problema humano”, tras varias reflexiones de fondo, se pregunta: “¿Cuál es, entonces, el papel de la religión en este problema? Creo que nada más, pero también nada menos, que centrarse en su rol específico. Aclararé esto con un ejemplo. Cuando, al hablar del tema en el número 106 de la revista Encrucillada afirmé: “lo que es bueno para Ramón Sampedro, es bueno para Dios”, dije algo que es evangélicamente axiomático, pero que escandalizó a muchos. A un amigo que me lo reprochaba, reflejando un parecer oficial, le respondí: ¿Acaso lo que es bueno para ti no es bueno para tu madre? Si algo nos enseñó Jesús de Nazaret, consiste justamente en que lo único que Dios busca es el bien de sus criaturas, nuestro bien. El problema está en que, por respeto y para no anular nuestra autonomía, tiene que dejarnos a nosotros la tarea de encontrar el camino y la decisión de seguirlo”.
Y añadió, concluyendo así su artículo: “En un pasado premoderno era comprensible que la Iglesia pensara que todo estaba ya dictado en la Biblia y que por tanto disponía a priori de respuestas para cualquier caso nuevo. Hoy comprendemos que, con el Evangelio en la mano, su papel auténtico consiste, por un lado, en llamar y urgir al cumplimiento de las normas que todos descubramos como las mejores; por otro, y sobre todo, en infundir confianza, anunciando la seguridad de un Dios Abbá, “padre-madre”, que envuelve nuestra vida con un amor más poderoso que la muerte, capaz de salvarnos y plenificarnos con una esperanza contra toda esperanza”.
Guardé su artículo en mi archivo, sin imaginar que, un mes después, día por día, me reconfortaría en un momento límite de mi vida, cuando me abandoné en la confianza de un Dios, a quien su hijo, Jesús de Nazaret, llamaba Abbá. Era la confianza y tranquilidad de abandonarse en infinitamente buenas manos

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