El Señor es mi pastor. Un Salmo de libertad

Así dice el último versículo del evangelio de hoy (Mc 6, 30-34): “Jesús vio a la muchedumbre, y tuvo compasión porque eran como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles con calma” (6, 34).
Había planeado descansar con sus amigos en un sitio apartado, pero al llegar y ver a la gente, tiene compasión.
Eran como ovejas sin pastor. Estaban de tal forma oprimidos y engañados que no podían reaccionar; necesitaban alguien que les ayudara a pensar por sí mismos, a tomar una decisión de de rechazo del engaño y la opresión, a iniciar un camino creador de libertad.
Ciertamente, los hombres no son ovejas mansas, incapaces de cambio de acción (comunión) liberadora. Pero los malos pastores les habían oprimido de tal forma que necesitaban un impulso de ruptura, y ese impulso se lo dio Jesús, enseñándoles ante todo a pensar por sí mismos
Jesús se compadece. Quería descansar, pero las ovejas oprimidas, cegadas, expulsadas piden su ayuda y él responde. No son así, les han hecho así. Podían ser distintas, pero se lo impiden los poderes de un poder de opresión. Por eso, él renuncia al reposo y abre para todos, en pleno campo, su casa de enseñanza, su “universidad” contra el sistema.
La primera libertad y misericordia es la enseñanza. Acoger y abrir los ojos de los cegados, oprimidos, descartados, para que ellos mismos puedan tomar las riendas de su vida y liberarse. No se ofrece libertad desde fuera; se enseña a los oprimidos, para que ellos mismos se liberen.
Por| X. Pikaza Ibarrondo
Un salmo para la pedagogía de la libertad
Conforme a la lectura de hoy, Jesús vino a enseñarnos libertad. Éramos “ovejas” oprimidas, explotadas; quiso iniciar con (par) nosotros un camino de liberación. Así dice el evangelio:
Jesús dijo a sus discípulos: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.” Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado… Pero al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma (Mc 6, 30-34).
Es un texto de vacación de verano… cuando muchos van y quieres descansar separados, en mar o montaña. Así quiso ir Jesús, tomando unas vacaciones con sus amigos. Pero llegó la gente, queriendo libertad, y él empezó a enseñarles…
Sobre esa enseñanza de Jesús vengo tratando con frecuencia en este portal. Hoy prefiero pararme en el “salmo responsorial” de la misa, Sal 23 (liturgia 2), salmo clásico del Cristo pastor. Hay que adaptarlo a nuestras circunstancias, recrearlo, sentirlo, cantarlo.
Quizá alguno quiere hacerlo.Yo le ofrezco una lectura reposada que le podrá servir para entenderlo mejor y aplicarlo a su propia circunstancia. No olvide el lector que éste es un salmo de unos dos mil cuatrocientos años. Hay que adaptar y precisar matices (cambiar circunstancias…). Pero puede aplicarse a la vida cristiana. Por eso se canta en la misa:

Salmo 23 (22). El Señor (Yahvé), la casa de los hermanos liberados

Este breve salmo, atribuido lógicamente a David, pastor y rey, a quien la tradición atribuye el orden sagrado del templo de Jerusalén, tiene dos motivos básico, conectados entre sí de un modo histórico y religioso.
(a) 23, 1-4. Yahvé (el Señor) aparece como pastor que protege, guía y alimenta al rebaño (a su pueblo, al orante) en los caminos fuertes, peligrosos, de trashumancia en oriente.
(b) 23, 5-6. El mismo Señor/Yahvé aparece vinculado a un templo (una casa), que es, evidentemente la de Jerusalén donde unge al orante yle ofrece una mesa de misericordia, en la que podrá mantenerse por siempre como triunfador (en frente, en contra de los enemigos).
Es muy posible que este salmo sea la oración de un “devoto”, un creyente, a quien han acusado sus enemigos, persiguiéndole y queriendo expulsarle del culto de los fieles del templo; pero se ha defendido, y puede mantenerse en el templo, confesando a Yahvé como su Dios, tanto en su entorno anterior de trashumancia (como oveja de un rebaño protegido por Dios), como en su contexto posterior (actual) de presencia y culto en el templo.
De un modo implícito, este salmo evoca el arco histórico de la identidad israelita, en sus dos momentos fundamentales:

(a) En un primer momento, el orante se identifica como “oveja” de un rebaño guiado y defendido por Dios, no sólo en la etapa de los patriarcas (Jacob pastor), sino a lo largo de los tiempos de trashumancia por un tipo de desierto, desde la salida de Egipto hasta su establecimiento en torno a Jerusalén.
(b) En un segundo momento, este salmo nos sitúa ante la comunidad de creyentes liberados, reunidos en torno al templo de Jerusalén, donde Dios mismo aparece como “anfitrión”, en la casa sagrada que acoge a sus devotos, les unge, les llena de gloria y les “alimenta”, de forma que ellos pasan de ser ovejas de su rebaño (cf. Is 40, 11; Ez 34, 21-22; Sal 95,7) y huéspedes y amigos de su casa.

Este paso de la religión trashumante del Yahvé pastor y su rebaño a la religión establecida del Yahvé/Elyon, Dios del templo con sus fieles, que comparten la mesa y oración (y más tarde el libro de la Ley), constituye la clave de la historia de Israel, y aparece aquí resumida en esta espléndida oración, de tipo simbólico muy hondo, que se divide en dos partes:

a)Dios el Pastor que debe “liberarnos”, abriendo una historia de liberación arriesgada en la que seguimos empeñados.
b) Dios el Amigo que nos reúne en su casa, la casa de todos, para compartir la mesa del amor, vencidos ya los enemigos.

a. Dios Pastor que libera
1 Yahvé es mi pastor, nada me falta:2 en verdes praderas me hace recostar; | me conduce hacia fuentes tranquilas 3 y repara mis fuerzas; | me guía por el sendero justo, | por el honor de su nombre. 4 Aunque camine por cañadas oscuras, | nada temo, porque tú vas conmigo:tu vara y tu cayado me defienden.

b. Dios Amigo que reúne en su casa.

5 Preparas una mesa ante mí, | enfrente de mis enemigos;me unges la cabeza con perfume, | y mi copa rebosa. 6 Bondad y tu misericordia me acompañan | todos los días de mi vida,Y habitaré en la casa Yahvé | por años sin término.
Entre el pasado de los patriarcas-pastores y el presente de los devotos del templo queda un largo transcurso de historia simbólica (conquista de la tierra, monarquía de Jerusalén, quizá exilio…), que el salmo no necesita precisar, pasando como hace la etapa de pastores (promesa) a la etapa de fieles/levitas de un templo.

Tú eres mi pastor

La imagen primera es del “pastoreo liberador”, una imagen que ha seguido vive en el mundo rural hasta tiempos recientes: La humanidad logró una madurez antes impensable cuando logró domesticar algunos animales (cf. Sal 8; Gen 2), de forma que, en vez de ser cazador fortuito de venados silvestres, se convirtió en pastor de animales domésticos (perros y caballos, vacas, ovejas…) a los que cuidaba y guiaba, para mantenerse de ellos.
Resulta esencial este recuerdo de los israelitas posteriores, que seguían identificándose más con los pastores patriarcas nómadas (trashumantes) que con los agricultores sedentarios, simbolizados por los pueblos paganos cananeos. De esa forma pasa el salmo del recuerdo antiguo de los “jeques” pastores (patriarcas) a los fieles sedentarios del templo.
Yahvé, tú eres mi pastor (23, 1-4)… Pastor que libera, un camino antiguo y nuevo de liberación. No dice eres mi Rey, mi Padre o Sacerdote, sino mi Pastor, Roí con acento de intensificación sobre la palabra hebrea, como para indicar que su vida (la vida de la humanidad) ha podido surgir y se ha desarrollado a través de una presencia gratuita, bondadosa y fuerte de Dios (liberadora, transformadora), como pastor que “domestica” a las ovejas, las guía, las protege… Eso significa que el hombre es un animal “domesticado”, educado por Dios, por una presencia superior de vida, a quien se conoce con el nombre de Yahvé (el que vive, hace vivir)[1].
Las notas principales de la presencia y obra de este Pastor divino son tradicionales y apenas necesitan comentario, teniendo en cuenta las condiciones del pastoreo trashumante antiguo, en una tierra de estepas semidesérticas, como las del entorno de Israel: Con la ayuda del Dios-Pastor, con su presencia educadora, el hombre ha sido capaz de encontrar verdes praderas y tranquilas fuentes, en medio de una tierra calcinada, reparando su cansancio y superando los peligros, a través de “senderos justos”.
Esta última expresión se puede y debe entender de dos maneras.
(a) Los hombres han recorrido senderos “rectos”, esto es, apropiados, que les han llevado a la supervivencia física.
(b) Pero también han recorrido caminos de “justicia”, en un sentido social y religioso, pues de otra manera ellos habrían perecido todos, víctimas de la violencia universal. Desde ese fondo se entienden las dos frases fundamentales.
– Aunque camine por cañadas oscuras (de oscuridad de muerte) nada temo, porque tú vas conmigo ; este Dios-presencia, en medio del riesgo de muerte de la vida humana, define y sostiene la su existencia. El hombre ha sido y sigue siendo un viviente acompañado, bordeando sin cesar el riesgo de la muerte- oscura que le rodea y amenaza. Un camino por la oscuridad rodeada de muerte, pero abierta a la Vida es la existencia humana.
– Porque tu vara y cayado me sosiegan-defienden; la vara es un tipo de “cetro” de orientación y mando (propio incluso de reyes); el cayado es más bien un bastón defensivo, que podía llevar punta de hierro, para luchar contra las fieras y contra posibles enemigos.

Según esto, la vida de los grupos humanos y de las personas en particular ha sido (y debe er) un “milagro” de educación (maduración, liberación, crecimiento) que el salmista atribuye a la presencia de Dios, como Pastor y guía. En un sentido, el hombre es dueño de sí (capaz de defenderse); pero, al mismo tiempo, su vida ha sido y sigue siendo resultado de una presencia superior. El hombre es porque Yahvé (el que es), siendo su presencia y providencia activa, le ha hecho surgir y le mantiene en vida.

Tú eres mi amigo…

Habitaré en la casa de Yahvé (23, 5-6). Como he dicho, el salmista da un gran salto, para situarse en el lugar en que ahora se encuentra (al menos simbólicamente): Ante la mesa que el mismo Yahvé le ha preparado en su casa , una mesa de libertad y comunión con todos los hombres y mujeres que le acompañan.
No camina ya buscando descanso de agua y sombra, en medio de duros senderos de muerte, sino que puede sentarse y se sienta ante la mesa de Dios, hasta saciarse sin fin. Su bienaventuranza no se expresa aquí en forma de visión (contemplar a Dios, cara a cara…), sino de banquete (comer siempre en la casa de Dios).
El mismo Dios-Pastor se vuelve así anfitrión, quizá mejor de Amigo, que acoge a los amigos en su casa, ofreciéndoles alimento, como ha sabido la tradición antigua (la carne de los sacrificios que se comen en el templo es “carne de Dios”) y más tarde el cristianismo (que ha interpretado el pan y vino eucarístico como cuerpo y sangre de Cristo, Dios encarnado). Es evidente que estas afirmaciones, como las que forman parte del “misterio” religioso han de tomarse “simbólicamente”, no para indicar que no son verdaderas, sino para afirmar que lo son de un modo más alto.

El orante ha dejado de ser “oveja” o pastor de ovejas en los caminos arriesgados de estepas orientales y ha empezado a ser miembro de una comunidad de culto del templo, es decir, de amistad en la que ya no hay enemigos, sino que toda enemistad ha sido superada.
Parece que en ese sentido ha de entenderse la frase enigmática “frente a mis enemigos”: El orante está en la mesa, nadie podrá nunca separarle de ella, expulsarle de la compañía de Yahvé y de sus amigos, es decir, de los restantes hombres y mujeres que comparten su camino. Pero éste fin del salmo advierte que en la otra parte de esta casa “sigue habiendo enemigos”, quizá grupos enfrentados.
Esa expresión (frente a mis enemigos) puede y debe entenderse de manera afirmativa: A pesar de que tengo enemigos (personas y grupos que piensan de un modo distinto y querrían expulsarme) estoy sentado a la mesa de Yahvé y ellos deben aceptarlo (no pueden impedirlo).
Pero esta expresión recibe aquí un rasgo muy significativo: En otros salmos, incluso en Sal 22, daba la impresión de que los enemigos eran aniquilados en la gran lucha final; aquí, en cambio, sigue habiendo enemigos, incluso al fin, en el mismo templo, pues el culto del santuario de Yahvé sigue estando dividido entre grupos enfrentados… pero esos enemigos no triunfarán nunca, no vencerán, ni expulsarán del templo de la vida a los “amigos” de Dios, a los creyentes verdaderos.
Dios mismo ha preparado esa mesa del templo para el orante, sirviéndole en ella: Unge su cabeza con perfume, declarándole triunfador (un tipo de mesías, ungido); mantiene siempre llena su copa… Aquí se ha invertido la imagen del hombre sometido a Dios pastor (que le domestica y dirige desde fuera), pues Dios se ha convertido en servidor del hombre, le unge, le ofrece su vino en la copa… y así la acompaña todos los días de la vida, como muestran las dos frases finales.
TuBondad/Bien y Misericordia me acompañan…

No se trata ya de la bondad de Dios, sino del Dios que es Bien/Bondad. Ciertamente, él hace que todas las cosas sean buenas (como declara el relato de la creación, Gen 1); pero él mismo es quien aparece ya como Bien y como Misericordia , esto es, como bondad amorosa para el hombre.Y así el orante puede terminar su salmo diciendo: habitaré en la casa Yahvé | por años sin término. en el doble sentido de “volver” (de retornar al principio de Dios) y de “habitar” en el mismo Dios.

Éste ha sido y sigue siendo uno de los “salmos místicos” que ha marcado un camino de experiencia interior y de vida para los cristianos, partiendo de Jn 10, donde Jesús aparece como Dios Pastor, que no sólo guía a las ovejas, sino que las “conoce” (comparte con ellas su intimidad de amor, les ofrece su misma vida en alimento).
Pero, al mismo tiempo, pero, en otra perspectiva, la lectura de este salmo ha conservado los rasgos de un Cristo/Dios pastor que “juzga” a sus ovejas, es decir, que discierne su conducta y que puede separar a unas de otras (ofrecer salvación, declarar condena), como se dice en Mt 25, 31-46, siguiendo una larga tradición judía, que aparece no sólo en los profetas como Ezequiel, sino en mucho texto apócrifos y apocalípticos, como en la tradición de Henoc.
Éste ha sido un salmo “místico”, no sólo porque presenta al Dios de Cristo como “pastor” de los hombres, sino, sobre todo, como aquel que les invita a su mesa en el templo, ofreciéndoles su propia vida como alimento (eucaristía litúrgica y personal).
Nota
[1] Actualmente, siglo XXI, al menos en el mundo occidental, esta imagen se nos ha hecho difícil de entender y de aceptar: No nos sentimos bien si alguien nos guía, no somos “animales domésticos”, dependientes de un Dios exterior, sino dueños y gestores de la propia vida, sin necesidad de “pastores”. En un plano, ese nuevo sentimiento de libertad es bueno, y este mismo salmo lo ratifica al final.
Pero en otro sentido, la visión del “Dios pastor”, vinculado a nuestra propia identidad de “rebaño de hombres libres”, sigue siendo necesaria: Nuestro despliegue en la vida ha sido un prodigio, la mayor de las maravillas de la tierra; la humanidad ha surgido por obra especial de una Presencia y Guía que podemos comparar con la del pastor, que nos ha hecho capaces de tener lo que tenemos, que nada nos falte

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