El desafío de los católicos en Italia

En Italia, la revolución más importante de las últimas décadas se está desarrollando en la familia y en sus modelos, que van cambiando muy deprisa, despertando sobre todo entre los católicos una honda preocupación, también porque a menudo la Iglesia no parece ofrecer adecuadamente claves de interpretación claras y seguras.
Cambian las relaciones en el matrimonio, al que se van anteponiendo relaciones menos estables; cambian las relaciones con los hijos: siempre menos hijos y, hecho completamente nuevo, con siempre mayor frecuencia hijos nacidos en relaciones homosexuales.
En muchos casos son hijos nacidos con técnicas bastante sofisticadas, como la gestación artificial, en que se multiplican los partners: mujer que alquila su cuerpo, mujer que acepta cuidar del hijo recién nacido…Muchas mujeres, ninguna madre.
A tal punto que se habla de gestación social, un trabajo en equipo para dar forma al deseo-derecho de tener hijos en personas que forman parte de una unión homosexual masculina, a cualquier precio. Aunque el precio más alto al final sea pagar por los hijos.
Eso es lo que está pasando en verdad
Ciertamente, no está claro si este cambio nos hará más felices o si creará niveles crecientes de soledad y ofuscación. Generalmente se admite que el hombre moderno ha exigido a la sociedad y a su propia familia un espacio de mayor libertad y autonomía.
Es como si, al haber experimentado el peso de la responsabilidad que imponen las relaciones humanas, hubiera hecho una opción fundamental, poniéndose a sí mismo en el centro del sistema. La propia realización personal y profesional, la inversión en el desarrollo de sus talentos y la posibilidad de estructurar vínculos altamente flexibles para elegir cada vez a los que resultan más funcionales para sus proyectos y exigencias. Hoy la familia refleja de forma emblemática este orden de ideas: vínculos aplazados en el tiempo, relaciones lábiles, fáciles de disolver y de reanudar en diversas modalidades; poquísimos hijos, a menudo no más de uno, ya sea para garantizarles el máximo de oportunidades, ya sea para privarse lo menos posible de oportunidades personales.
La reflexión sobre la familia no puede prescindir de tres órdenes de consideración necesarios para comprender qué sucede. Se trata, respectivamente, del contexto en el que la familia vive y se desarrolla, de la dialéctica interna en sus continuos procesos de adaptación y desarrollo, y del ámbito contiguo a la familia, el del trabajo, por ejemplo, que define su frontera natural con respecto al contexto más amplio del universo social. Concretamente, se pueden tomar en consideración:
✓ El panorama sociodemográfico, con el que se describe el proceso de transformación de las familias desde el perfil demográfico, el número creciente de núcleos familiares cada vez más pequeños, el aumento de la edad media de sus componentes, el constante decrecimiento de la natalidad. En Europa Italia es el país en que nacen menos hijos: un verdadero invierno demográfico;
✓ El análisis de los procesos de cambio interno, que afectan a los modelos familiares, a partir de la dinámica interna de sus miembros, de sus vivencias, de sus anhelos y de la necesidad creciente de su seguridad. De estos procesos son parte integrante también los que afectan la identidad sexual, su ambigüedad que va considerando no solo la homosexualidad, sino también la bisexualidad y la transexualidad como variantes naturales de la orientación sexual del hombre y de la mujer contemporánea. Los derechos de las personas LGBTQ+ son hoy prioridad en el debate político italiano;
✓ Ea evolución del contexto profesional que, por un lado, ve cómo se alargan los procesos de estudio y formación y, por otro, experimenta un retraso progresivo en la inserción estable de los jóvenes en el mundo profesional. Y no solo de los jóvenes sino también de las mujeres qua pagan el precio más alto en términos de desocupación, de inoculación y de discriminación económica: el gender pay gap, que alimenta en las mujeres un deseo siempre más fuerte de afirmación profesional, para alcanzar niveles más altos de prestigio, de poder y de sueldo.
¿Que está en juego?
El escenario de la posmodernidad parece caracterizado por un crecimiento desmesurado de la cultura del individualismo, el hombre siente la necesidad, cada vez más aguda, de los demás, porque percibe que está fuertemente expuesto al riesgo de la soledad y de la desazón existencial, que va mucho más allá de su malestar psicológico, pero no sabe ir más allá de sí mismo.
El mundo se ve desde una perspectiva que refleja una visión fuertemente subjetiva: los demás apenas se entrevén más allá del espejo en el que se refleja el sujeto, cercanos, pero inalcanzables. Se quisiera compartir con ellos anhelos y preocupaciones, hacer planes juntos, pero a la vez cuesta comunicarse, no se logra comprender al otro y las tensiones que se generan por la carencia de un mismo lenguaje crean un sentido de extrañeza y distanciamiento. La familia revela una fragilidad que hoy transmite inseguridad y desorientación, pero a la vez señala un fuerte deseo de atención, afecto y estima.
La pregunta que queda siempre en suspenso en los debates, tanto científicos como populares, se refiere al sentido de estos cambios, que parecen tan típicos de la modernidad, con sus lógicas y exigencias propias: siempre se nos plantea la pregunta de si se trata de cambios positivos o más bien, como muchos creen, cambios cuya problemática pone en crisis seguridades que se habían consolidado en el tiempo. Se cuestiona también a la luz de la doctrina católica y de la fidelidad que como católicos queremos vivir. Qué significa el término progreso aplicado a la vida de la familia: en este momento no está claro en absoluto.

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