El camino sinodal


por Rafael Narbona
Todas las reformas que han surgido en el seno de la Iglesia católica han sufrido el rechazo y la incomprensión de la jerarquía eclesiástica, siempre reacia a los cambios. Inocencio III contempló con recelo a san Francisco de Asís la primera vez que se entrevistó con él, sugiriéndole despectivo que tal vez debería predicar ante los cerdos, pues su atuendo era tan miserable que parecía apropiado para una porqueriza y no para una audiencia papal. Santa Teresa de Jesús no llegó a ser procesada por el Santo Oficio, pero ‘El Libro de la Vida’ permaneció en manos de los inquisidores hasta su muerte, sujeto a exámenes que rastreaban posibles herejías. San Juan de la Cruz fue encarcelado en Toledo por los Calzados, soportando toda clase de privaciones y vejaciones. Su celda no era un calabozo convencional, sino una antigua letrina. Las penurias no le impidieron comenzar el ‘Cántico espiritual’, una de las cimas de la mística española del XVI. El filósofo y jesuita Teilhard de Chardin publicó póstumamente gran parte de su obra para evitar represalias. Se le acusó de posiciones heréticas (cuestionó el pecado original, aprobó los métodos anticonceptivos y señaló que el fin del matrimonio no es la procreación, sino el enriquecimiento espiritual de los esposos), pero –como reconoció Benedicto XVI– su liturgia cósmica, que convertía el universo en una hostia viviente, inspiró ‘Gaudium et spes’, la única constitución pastoral del Concilio Vaticano II. El 20 de julio de 1981 L’Osservatore Romano afirmó que Teilhard de Chardin fue “un hombre poseído por Cristo en lo más profundo de su alma. Estaba preocupado por honrar tanto la fe como la razón, y anticipó la respuesta al llamamiento de Juan Pablo II: ‘No tengáis miedo, abrid, abrid de par en par las puertas de los inmensos ámbitos de la cultura, la civilización y el progreso a Cristo’”.
El Camino Sinodal emprendido por la Iglesia católica alemana está experimentando el mismo desdén que soportaron figuras honradas por la posteridad como Santos y Doctores de la Iglesia. Pienso que ese clima de enemistad se parece a los inevitables dolores de un parto. Todo lo fructífero pasa por un turbulento proceso de gestación. El Camino Sinodal surgió como respuesta a un demoledor informe que contabilizaba en Alemania 3.677 casos de abusos sexuales a niños y jóvenes perpetrados por 1.670 clérigos entre 1946 y 2014. La noticia provocó una pérdida masiva de fieles y un gravísimo desprestigio. Esta crisis provocó que muchos señalaran la necesidad de reflexionar sin miedo, adoptando los cambios que fueran necesarios. En 2019, la Asamblea Plenaria de Primavera celebrada en Lingen aprobó iniciar el Camino Sinodal, advirtiendo que no se trataba de un sínodo formal, sino una reflexión asamblearia con estilo propio. Urgía adoptar nuevas posturas en ciertos temas para abrir nuevos caminos. El papa Francisco apoyó la iniciativa en su Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania (29 de junio de 2019): “Es esencialmente un sínodo, un camino común bajo la guía del Espíritu Santo. Esto significa que se emprende el camino con toda la Iglesia bajo la luz del Espíritu Santo, bajo su guía y agitación, para aprender a escuchar y discernir el horizonte nuevo que quiere darnos”. Los temas abordados por el Camino Sinodal son la distribución del poder en la Iglesia, la sexualidad y la pareja, el ministerio sacerdotal y las mujeres. Dentro de ese esquema, se aboga por una reforma democrática de la Iglesia que conceda mayor protagonismo a los laicos para mitigar la lacra del clericalismo.
Celibato opcional
El Camino Sinodal aboga por el celibato opcional de los presbíteros, la ordenación sacerdotal de las mujeres, una nueva moral sexual y una elección democrática de los obispos. La reacción de los sectores más conservadores no se ha hecho esperar, acusando al clero alemán de promover un cisma, un reproche reforzado por la reciente bendición de parejas homosexuales, desafiando a la prohibición expresa de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Los pontificados de Wojtyla y Ratzinger promovieron una contrarreforma que dio alas a los movimientos integristas, liquidando el espíritu del Concilio Vaticano II. Ese giro ha llevado a la Iglesia católica a comportarse en ciertas ocasiones como un fundamentalismo antidemocrático, tal como se ha visto recientemente con el choque entre el Vaticano y las leyes contra la homofobia y la transfobia que está elaborando el Parlamento italiano. Francisco está haciendo todo lo posible para que el fundamentalismo retroceda, lo cual ha suscitado unas críticas jamás vistas contra un Papa.
El Camino Sinodal es tal vez la última oportunidad para que la Iglesia católica no se transforme en un baluarte de las ideas más reaccionarias. Sus propuestas son muy razonables. El celibato sacerdotal no es un dogma, sino una tradición eclesiástica y su carácter opcional tal vez podría ser la solución para acabar con la pederastia. La sexualidad forma parte de nuestra naturaleza. Es necesario educarla, como reconoció el mismo Freud, pero reprimirla puede propiciar desarreglos neuróticos y conductas inapropiadas. En cuanto a la ordenación sacerdotal de las mujeres, conviene recordar que las mujeres desempeñaron un papel esencial en la predicación de Jesús y, como reconoció Juan Pablo II, se mostraron más firmes y valientes durante la Pasión. El reconocimiento de María Magdalena como apóstol de los apóstoles corrobora que la importancia de la mujer en la propagación de la Buena Noticia. Seguir impidiendo su acceso al ministerio sacerdotal solo puede interpretarse como una injustificable resistencia a la igualdad entre los sexos. Por lo que respecta a la elección democrática de los obispos, no hay argumentos sólidos para oponerse al procedimiento que regula el funcionamiento de las sociedades libres y plurales. Todo indica que las primeras comunidades cristianas funcionaron de ese modo.
El Camino Sinodal también aborda la necesidad de reformar la moral sexual de la Iglesia católica. Seguir calificando la homosexualidad como “un comportamiento gravemente desordenado” resulta inaceptable en un tiempo donde aún proliferan las agresiones homófobas. Conviene recordar que algunos países islámicos aún contemplan la pena de muerte para los homosexuales, un castigo que fue habitual durante siglos en la Europa cristiana. Tampoco parece muy sensato seguir condenando los métodos anticonceptivos, lo cual solo favorece los embarazos no deseados y las enfermedades de transmisión sexual, o negar la Eucaristía a los divorciados. Es difícil predecir adónde llevará el Camino Sinodal, pero su valentía para abordar ciertas cuestiones abre un horizonte esperanzador. La Iglesia católica no puede abandonar en ningún caso su defensa de la dignidad del ser humano y su compromiso con los más pobres y vulnerables, pero debe afinar su perspectiva en otros frentes, abriéndose al diálogo con el mundo moderno. Como señaló Hans Küng en su carta abierta al papa Francisco, hay que combatir el “inmisericorde dogmatismo que mata el espíritu empecinándose en la letra, que impide una renovación a fondo de la vida y la enseñanza de la Iglesia y bloquea cualquier avance serio en el terreno del ecumenismo”. En su exhortación apostólica ‘Amoris laetitia’, Francisco pareció hacerse eco de esta reflexión, afirmando que “no todos los debates doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltos con intervenciones magisteriales” y posicionándose contra “una fría moral de gabinete”. El Papa advertía que los obispos no podían seguir actuando como “controladores de la gracia” y recordaba que la eucaristía no era un premio para los perfectos, sino un “alimento para los débiles”.
Hans Küng recordaba que el pontífice vivía “entre lobos” y pronosticaba que se toparía con un muro de hostilidad en el Vaticano. Hagámosle sentir que somos muchos los que seguimos con ilusión su Magisterio, apoyando sus reformas y su valentía. El Camino Sinodal, lejos de destruir la Iglesia, podría ser una magnífica oportunidad para edificarla sobre cimientos más sólidos

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