Pan para los pobres

Pikaza: «Sin pan para los pobres no habrá paz para los ricos»

 Este es el discurso del «pan de vida» de Jesús en Cafarnaúm, que sigue al «milagro» de las multiplicaciones.  En un sentido,  el relato de Juan resulta más tradicional que Mc 6, 31-46 y 8, 1-8, pues ha destacado el carácter mesiánico y político del signo: los que se han alimentado con los dones de Jesús quieren tomarle y elevarle como rey, traduciendo su  «milagro» en forma su poder eclesial y alimenticio (cf. Jn 6, 14).

De esa forma recrea el evangelio de Juan el tema de Mt 4 y Lc 4  donde Jesús decía que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Pues bien, esa palabra de Dios se concretiza ahora en forma de pan de vida, esto es, de carne y sangre compartida. Ser hombre de verdad (masías de Dios) implica convertir la propia vida en «carne» (pan de vida) para los demás

«Sólo un humano puede saciar a otro humano, como sabe todo enamorado. La vida se vuelve así amor, cuerpo mesiánico centrado y culminado en Cristo»

Por | Xabier Pikaza X. Pikaza

El evangelio de Juan sabe que Jesús ha rechazado  el reino político/militar que le proponen sus discípulos (como se lo ha propuesto el diablo de las tentaciones de Mt 4 y Lc 4). Desde ese fondo ello ha desarrollado un largo discurso y catequesis eucarística, que suele titularse el Sermón del Pan de Vida Jn 6, 22-61.

Está en su fondo la temática del pan y el vino: las multiplicaciones de Jesús, la experiencia de comidas gozosas de la iglesia. Pero lo que ahora emerge y se sitúa en primer plano es la experiencia poderosa de la identidad eucarística de Jesús entendido como «carne» compartida, como «sangre» de vida que él ofrece a todos.

Él no se limita a repartir el pan del reino, no es un simple convidado que ofrece el vino nuevo de las bodas de Caná, sino que él mismo es Pan de Vida y Vino de la Fiesta, verdad (fe, palabra) y comida verdadera (cuerpo y sangre) para los humanos.

Muchos discípulos le buscan simplemente porque quieren alimento material; él les ofrece una comida que dura hasta la vida eterna y sólo puede consumirse y consumarse en fe, creyendo en él. A partir de aquí se inicia la revelación más alta, que presento en forma de disputa entre “los judíos” (quizá judeocristianos que no acaban de aceptar la visión eucarística de Juan) y Jesús, que así aparece como revelación eucarística de Dios.

 He dividido el texto en cinco apartados que marcan el proceso eclesial y catequético de  esta revelación eucarística, en disputa no sólo con el judaísmo exterior (que ha quedado fuera de la iglesia de Jesús), sino también con otros grupos eclesiales, que no aceptan la visión eucarística de Juan, su concentración cristológica. No puedo discutir el texto en profundidad, pues ello exigiría todo un libro. Simplemente marco sus momentos esenciales.

 1. Pan del cielo. Ellos entonces le dijeron:¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas?   Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios el que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 30-34).

Este primer apartado(Maná, Pan del cielo) sitúa ya el tema en un ámbito de disputa con un tipo de judaísmo que, a juicio de Juan, está anclado en un pan que no ofrece comida verdadera, pues sigue dejando morir a los humanos. Además, el verdadero autor de aquel Maná, que es un primer pan del cielo, no fue Moisés, fue el Padre  de Jesús, que ahora quiere ofrecer y ofrece el verdadero Pan del Cielo, que será el mismo Jesucristo.

2. Hambre de Dios. – Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. –  Jesús les dijo: Yo soy el pan vivo (=de vida). El que venga a mí, no tendrá hambre,  el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6, 35).

Este apartado presenta a Jesús como Pan viviente que sacia un hambre distinta, hambre de Dios y de reino, que atormenta a los humanos desde el mismo principio de los tiempos. Juan está evocando aquí el motivo y signo del Árbol de la Vida, el vino de las Bodas de Caná: sólo el pan mesiánico, encuentro personal con Cristo, es comida verdadera para los humanos.

3. La eucaristía no es simplemente cuerpo, es «carne«. Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: Yo soy el pan que ha bajado del cielo… ¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede  decir ahora: He bajado del cielo? – Jesús les respondió:  No murmuréis entre vosotros…. Yo soy el pan de vida. Vuestros   padres comieron el maná en el desierto y murieron….  Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le daré, es mi carne para vida del mundo (Jn 6, 41-51).

 El tema de fondo es la «carne» (la vida más honda de Jesús). Ciertamente, los hombres y mujeres comen pan externo y se alimentan mientras siguen en el mundo de alimentos materiales, de plantas y animales. Pero sólo les sacia una comida humana, el cuerpo y sangre (la carne) de otros seres personales, como supo Jesús cuando decía, el día de la Cena:  Comed: esto es mi Cuerpo.

Sólo un humano puede saciar a otro humano, como sabe todo enamorado. La vida se vuelve así amor, cuerpo mesiánico centrado y culminado en Cristo. Para quien haya seguido los dos capítulos anteriores de este libro (sobre la Cena de Jesús y su Pascua) lo que dice aquí Jesús será evidente, un simple corolario de lo ya evocado.

4. Disputa sobre la carne de Jesús.  – Discutían entre sí los judíos y decían: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? – Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros… Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.  El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Como el Padre viviente me ha enviado, y yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí (Jn 6, 52-57).

Este apartado  elabora lo anterior y lo sitúa en un plano carnal y trinitario, desde la perspectiva del Dios que es “comunión”, pero entendido en sentido carnal, esto es, de vida humana concreta, que nace, que sufre, que ama y que muere. La eucaristía es la revelación más honda de la identidad y riqueza divina, pero en línea de carne.  

En los sinópticos, conforme a las palabras de la institución, Jesús dice: Esto es mi Cuerpo (sôma), en el sentido de corporalidad. Juan acepta ese signo, pero lo interpreta desde la perspectiva de la carne concreta (sarx). 

El cuerpo se puede “espiritualizar”, en sentido de comunión más espiritual. La carne no. La carne es la vida concreta, la humanidad en el sentido de fragilidad, de entrega de la vida… En ese sentido, la eucaristía ha de entenderse desde la formulación radical de Jn 1, 14, que no es “el Verbo se hizo cuerpo”, sino el Verbo “se hizo carne”. En esa línea, cuando Jesús pide a los suyos que coman su carne y beban su sangre, les ofrece y pide algo inaudito, pero que forma parte de su identidad divina humana.

Por una parte, Jesús revela a los hombres su inmersión en el misterio trinitario, que es vida regalada y compartida: cada persona existe en la medida en que recibe y regala lo que tiene, en gesto de comida (donación, comunicación) eterna. El evangelio de Juan nos sitúa así ante el misterio y tarea de la carnalidad de Dios en forma humana.

5. Disputa eclesial (apartado 5) Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. – Jesús dijo a los Doce: ¿También vosotros queréis marcharos? – Respondió Simón Pedro: Señor ¿donde iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios  (Jn 6, 66-69).

Este discurso eucarístico suscita una disputa eclesial, centrada en la comprensión de la carnalidad cristiana, eucarística, personal, comunitaria, y en el fondo divina, que aquí se halla centrada en Pedro y en los Doce. Ellos se quedan con Jesús, aquí Pedro y los doce, en  Jn 21 Pedro con el Discípulo amado y los otros cinco de la misión universal, entendida como pesca y pastoreo). Aquí (Jn 6)  hallamos a Pedro cumpliendo una función parecida de portavoz del grupo, pero no con los Siete (como en Jn 21), sino con los Doce.

 Pedro y sus compañeros no acaban de entender la novedad eucarística de Jesús, pero le siguen, en un camino abierto hacia el futuro de la iglesia, un camino de carnalidad eucarística, que debe situarse en un contexto de disputa doble:

(a) Pedro y los Doce deben superar un riesgo de espiritualismo gnóstico; eso significa que tienen entender la comunión de y con Jesús en línea “carnal” (de encarnación), no de pura corporalidad espiritual.

(b) Al mismo tiempo, ellos deben superar un tipo de corporativismo judío, de comunión de cuerpo social, sin entrar en la carne y sangre de la ida concreta.

En ese sentido, estas palabras centrales de la eucaristía, entendida en forma de comunión de carne y sangre, parecen oponerse a las de Jn 1, 13, donde se afirma que los creyentes no nacen de la carne y de la sangre (carne y sangre entendidas en forma de egoísmo, de lucha, de oposición a Dios. Pero, en otro sentido, estas palabras ratifican recrean el verdadero sentido de la carne y de la sangre (sarx, haima), que no se entienden ya como egoísmo (quizá impureza, oposición a Dios), sino como la pureza más honda de la vida humana, expresión de la pureza y del amor de Dios.  

Según eso, la nueva “corporalidad eucarística” ha de entenderse en línea de encarnación (=dar y compartir la carne concreta de la vida) y  in-sanguinación  (esto es, de dar y compartir la propia sangre, la “vida de la vida”, si así puede decirse, cf. Lev 17, 11).

No se trata, pues, de una comunión espiritualidad o ideal de ideas o proyectos, sino de una comunicación de carne (de carnalidad concreta de la vida) y de sangre (es decir, de donación hasta la muerte). En ese contexto, la Iglesia posterior ha introducido en su credo los dos artículos fundamentales: Creo en la “comunión” (koinonía) de los creyentes y en la resurrección de la carne.

Lo que Jesús dice de sí mismo lo dice no sólo de él, sino de aquellos que le siguen, que han de compartir entre sí (y con todos los hombres) la carne y sangre de su vida.  Actualmente (2021) podemos comprender quizá mejor la actitud de aquellos ese mismo camino nos hallamos nosotros, que sentimos también dificultades para comprender este discurso de carnalidad eclesial, comida personal y vida compartida. Dejamos así que los lectores sigan penetrando en el misterio.

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