Afganistán: geopolítica versus DD.HH.

Afganistán: geopolítica versus Derechos Humanos

Se está consumando el enésimo episodio vergonzante por parte de la, cada vez con menos propiedad, denominada comunidad internacional. Porque de igualdad de sus miembros en lo que respecta a derechos y obligaciones ejercidos y defendidos en igualdad va quedando poco. El ejercicio de autocomplacencia de la Unión Europea y de Estados Unidos respecto al papel que se está jugando en esta precipitada retirada de Afganistán resulta, cuando menos, sonrojante. Las escenas que se están transmitiendo casi en ‘streaming’ de la huida despavorida de la población civil afgana nos remite, por desgracia, a otros conflictos pasados (antigua Yugoslavia) o en curso (Siria; si, aún en curso aunque nos hayamos olvidado) Episodios como el de Sebrenica en Bosnia-Herzegovina cobran vida en estos días. No solo por lo que vemos en el aeropuerto de Kabul sino, ojalá nos equivoquemos, por lo que se nos antoja presumible en el momento en el que –a partir del día 31 de agosto– la “tregua talibán” para la evacuación y salida occidental se dé por concluida.

Piedra de toque

¿Qué ha pasado para que asistamos a esta falta de previsión de las cancillerías europeas y estadounidense? Nada en absoluto. Todo está sucediendo conforme a sus previsiones. La retirada norteamericana estaba decretada ya por la administración Trump; Biden no la ha cancelado, en un ejercicio de conjunción de intereses a los que, tanto demócratas como republicanos, parecen responder de forma similar ante los intereses de sus respectivos lobbies. Afganistán ha sido la piedra de toque y el obstáculo a los intereses geopolíticos de todos los imperios contemporáneos (británico, ruso, soviético y norteamericano) Todos acabaron claudicando en conflictos de enorme desgaste militar, económico, humano, reputacional y de erosión en sus respectivas sociedades civiles. Tras la fallida incursión de la Unión Soviética pocos años antes de su desaparición, Estados Unidos recogió el testigo después de los atentados del 11-S del año 2001. Veinte años después se retira después de haber sido incapaz de diluir a los talibanes, aquel grupo de radicales que nos descubría Ahmed Rashid en el año 2000 en su magistral ensayo. Después de una ingente inversión (pública y privada) y un coste elevado en vidas civiles y militares del contingente internacional desplegado por Estados y organizaciones internacionales. La inversión en infraestructuras materiales, en la construcción institucional de un Estado semi-fallido, en la edificación de unas fuerzas armadas nacionales y en educación parece haberse escurrido por el desagüe de la historia. La corrupción sistemática, incontrolada por los Estados e Instituciones involucrados en la financiación de los diversos proyectos, no puede ser una explicación exculpatoria.

Las potencias y actores regionales comienzan a posicionarse en el nuevo contexto de equilibrios geopolíticos. Rusia, al igual que China, Turquía o Irán, no han retirado sus misiones diplomáticas. Llenar el vacío dejado por Estados Unidos puede configurar un nuevo sistema de alianzas estratégicas. La protección de las fronteras respectivas frente a un potencial auge del terrorismo integrista se impone como uno de los objetivos prioritarios, especialmente en repúblicas ex soviéticas como Turkmenistán, Tayikistán o Uzbekistán. Rusia contempla con inquietud el poder desestabilizador de la región. No olvidemos el papel protagonista de una potencia nuclear como Pakistán, cobijo tradicional de los talibanes y soporte estratégico y financiero de los mismos. Irán se enfrenta, de nuevo, a la expansión suní de su íntimo “enemigo” Arabia Saudita. ¿Y China? Espectadora de excepción de los acontecimientos, su posición futura como potencia en expansión y refractaria a los derechos humanos y a un Derecho internacional que considera “liberal y occidental” es un auténtico interrogante.

Garantizar los derechos humanos

Resulta lacerante para la sociedad civil afgana, en especial para las mujeres y niñas, cerrar la puerta a las oportunidades de educación y de disfrute de unos derechos humanos esenciales a los que se había abierto—aunque todavía no en pie de igualdad— durante estas casi dos décadas, después del conflicto militar. La brutal represión que se avecina, las violaciones masivas de derechos humanos, la retrocesión a unas condiciones de vida medievales avaladas por un rigorismo incompatible con el mundo actual, debe de caer en la conciencia de los gobiernos occidentales y en la moral de todos los que formamos parte de la comunidad internacional. Somos conscientes de que Estados Unidos no tiene el papel de gendarme internacional, asumiendo los costes ‘sine die’, de la pacificación de Afganistán. Sin embargo, cabe recordar que su intervención en el Estado desde el año 2001 tenía unos objetivos estratégicos, desde el punto de vista geopolítico y económico, parecidos a los que ahora se presentan para su retirada. Estos episodios ya los conocemos. Su reiteración forma parte de la Historia Contemporánea universal, y no solo en el caso de Estados Unidos.

¿Cómo se podrán garantizar los derechos humanos de la población civil afgana? De ninguna manera, no nos engañemos. La exigua cantidad de población refugiada que llegará a la Unión Europea no tendrá nada qué ver con el éxodo del conflicto de Siria. Y ya sabemos el fracaso en la gestión del mismo por parte de la UE, encargando la misma a Turquía. En las próximas semanas y meses veremos y leeremos críticos análisis sobre la situación en Afganistán. Pero, por favor, no mencionemos la protección de los derechos humanos en vano; no más ejercicios de autocomplacencia con nuestro compromiso con los mismos (nacional, regional o universal). Si somos partícipes del horror, por acción u omisión, no más felicitaciones, no más fotos. Dejémoslo para los auténticos protagonistas, héroes anónimos, fuerzas armadas, sanitarios, Organizaciones no gubernamentales y seres humanos que han pagado con su vida el fallido intento de creación de una sociedad mejor en Afganistán

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