Afganistán, el feminismo y medios de comunicación

Jaime Richart, Antropólogo y jurista

El islamismo y las culturas que lo han adoptado desde tiempo inmemorial (pues hay que distinguir la religión de la cultura que ha acogido la religión, su manera de interpretarla y de aplicarla) es un asunto recurrente que está muy relacionado con los momentos que ahora vive Afganistán, con su historia y especialmente con su historia más reciente, y, sobre todo, con el foco que los medios ponen sobre
los hechos. De todos modos, como en el asunto migratorio, hay en este del feminismo extremo un fuerte ramalazo de universalidad semejante al del proletariado marxista que abarcaba en otro tiempo a los trabajadores de todo el mundo.

La lucha y desvelos de la mujer van mucho más allá de su cercanía y de su país. Se rebela contra todo lo que a la mujer le afecta y la agravia. Pero desde exclusivamente el punto de vista de la observadora occidental, como si la mujer fuese el apéndice único de las cosas que en el mundo los individuos civilizados y los cultos desean cambiar, cuando grandes sectores de la sociedad dan una resuelta prioridad a las oprobiosas desigualdades sociales que existen en nuestro país, España, y en numerosos países del mundo por no decir la mayoría.

Y aquí está el centro de mi atención y de mi análisis. El mundo y los
países donde la mujer está en un plano secundario respecto al hombre
son muchos. Y algunos de ellos no sólo son ignorados ordinariamente
-es imposible e indeseable por la salud nerviosa personal abarcar más
de lo que los obstáculos que nuestro barrio, nuestro municipio, nuestra
autonomía y nuestra nación nos problematizan nuestras vidas y
nuestra sensibilidad individual- nos presentan cada día.

En otros tiempos calmos, en aquellas doradas épocas en que lo cotidiano nos
sonreía, podía uno asomarse al exterior, resentirse e indignarse con
cuestiones como ésta, es decir, sobre lo que les ocurre a millones de
personas, de mujeres, de niños, de ancianos. Pero en los tiempos
actuales en que la miseria, el sufrimiento, los excesos y los abusos de
todo tipo, y no sólo los del hombre sobre la mujer sino de los hijos
sobre los padres o los abuelos, de los padres sobre los hijos, de la
sociedad española en general sobre los débiles sociales, etc, prestar
una atención inusitada a lo que ocurre en un país a miles de kilómetros
de distancia y sin ninguna conexión cultural, religiosa y mental con la
nuestra, es sólo efecto, como tantos otros, de la influencia de la
“noticia” del día y de los días que ejercen los medios que viven de la
debilidad mental de millones de personas; no efecto de algo sobre lo
que podamos cambiar.

Abrumarnos por los acontecimientos que tocan la fibra sensible de la gente sensible está muy bien, pero bramar por lo que te cuentan quienes venden morbosamente lo que saben va a atraer la atención y la venta de ejemplares es una muestra de la escasa
personalidad de la gente vulgar. Si nuestro interés estriba en
compadecernos y en socorrer a los demás, en España hay suficientes,
demasiadas situaciones que requerirían la movilización de las masas
para impedirlas o remediarlas. Y sin embargo hay muy pocas señales
de ese deseo de movilizarse y de sacudirse de encima la pereza. La
prueba es que cuarenta y cuatro años después de la dictadura, las cosas
de los abusos, de las injusticias, de una barbarie en algunos casos de
baja intensidad persisten…

Esas reacciones femeninas y feministas son dignas de aprecio pero,
sin ir más lejos, el estrecho entendimiento de personajes de las
instituciones y del empresariado de nuestro país con los jerarcas de
otros países donde funciona, como en Afganistán, un régimen infame
para la mujer y para los homosexuales, es tan clamoroso como odioso.
Y sin embargo no pasa nada, ningún medio dedica horas y páginas a
una campaña para romper las relaciones diplomáticas y la venta de
armas a Arabia Saudita, por ejemplo, sólo porque el capricho del
emérito y el negocio del orbe empresarial son el centro de gravedad de
unas relaciones políticas indeseables. Y quien dice ese país, puede
decir otros muchos de religión y cultura contrapuestas a las
occidentales…

Ahora Afganistán está en el primer plano de la noticia porque la clase
social que impera allí desde siempre estaba reprimida y ahora se ha
hecho con el control del país. Y todos los medios, análisis y reportajes
van a parar a aquel lugar porque los medios agitan el asunto tanto
como copa el talibán el protagonismo en su país. Lo que no significa
que pese a ser una parte de la historia del presente, para cualquier
persona con criterio es uno más de los hechos horrorosos que a diario
suceden en el planeta. Seguir el asunto conducidos por la “noticia”
expresa una debilidad de carácter, por otro lado muy propio del
español y en este caso sobre todo de la española media, obsesionada
en cambiar el mundo desde su óptica exclusivamente judeocristiana,
lo mismo que arremete contra quienes no se quieren vacunar. Hay que
reaccionar, desviar la atención de lo que los medios están interesados
en resaltar, mientras mantienen en la opacidad o en el olvido
numerosos asuntos “nacionales” que a millones personas en España
nos sobrecogen el alma

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