Sinodalidad eclesial

escrito por  J. I. González Faus

 – “La Iglesia no es una democracia”: pocas frases se han dicho que sean, a la vez, más verdaderas y más heréticas que esta. Ahí se muestra la ambigüedad de todo lenguaje.

La Iglesia no es una democracia porque en ella no tiene el pueblo la palabra última y definitiva: la Iglesia está sometida a la Palabra y a la revelación de Dios, a la voluntad de Aquel que es el Señor de todo y de todos.

Pero que la Iglesia no sea una democracia no significa que sea una monarquía absoluta. Y este es el sentido herético que dan a esa frase los que apelan a ella. Las dos palabras que definen a la iglesia son la koinonía y la sinodalidadLa primera significa comunión en el ser, la segunda significa comunión en el caminar y, por tanto, en el obrar.

Koinonía (de koynós: común) es una palabra hermana del comunismo. Por eso no es extraño que a los eclesiásticos más auténticos (desde Helder Camara a Msr. Romero y a Francisco) se les acuse de comunistas. Y sin embargo, hay una diferencia importante: el comunismo es una comunión impuesta a la fuerza y, desde fuera. Es, por tanto, una comunión falseada. La koinonía es una comunión buscada libremente (y dificultosamente) por todos y desde dentro. La koinonía es pues el verdadero comunismo.

Y curiosamente, lo que molesta a quienes tachan de comunistas a algunos cristianos, no es el autoritarismo de estos (que nunca lo hubo) sino su pretensión de comunión total. Critican porque ellos padecen una especie de autismo (individual o grupal) que les vuelve autoritarios cuando mandan y rebeldes cuando han de obedecer.

El Vaticano II insistió mucho en la Iglesia como comunión. Es lógico, por tanto, que ahora se hable y se luche por la sinodalidad en la Iglesia: que la comunión en el ser, se despliegue en la comunión en el hacer.

Y es sobre esta sinodalidad sobre lo que quisiera hacer una advertencia importante. La sinodalidad no significa que las cosas vayan a ser más fáciles y más cómodas para nosotros; al contrario. Serán más arduas y más difíciles. Sinodalidad significa que la Iglesia será más conforme con la voluntad de Dios que es “comunión Infinita”. Una imagen bíblica de la sinodalidad puede ser el pueblo judío caminando por el desierto: la Iglesia camina por el desierto de la historia, pero sabe que va hacia una “tierra prometida”. Si Moisés, con Aarón y su grupo, hubiesen caminado solos, habrían llegado mucho antes a la tierra prometida, pero, seguramente el pueblo no habría llegado nunca. Moisés tuvo la grandeza de hacer que todo el pueblo llegara hasta la meta de su peregrinación por el desierto. Pero eso le supuso no entrar él en la tierra prometida…

Una advertencia parecida nos la ha dado a todos los hispanos la democracia: cuando la reclamábamos en tiempos de Franco, pensaban muchos que así iba a ser todo más cómodo. Y ha resultado que no: por eso estamos peleándonos constantemente, incapaces de convivir y desengañados de la democracia.

Cuidado pues con la sinodalidad. Bienvenida sea por fin, pero solo si estamos dispuestos a pagar su precio. En comunidades de tres o cuatro personas es fácil actuar juntos. En una comunidad de más de mil millones nunca se hará plenamente la voluntad propia.

Escribí otra vez que el gran milagro de la democracia es que nos enseña a perder. Con la sinodalidad eclesial pasará eso mismo. Pero la gracia (y lo asombroso) de la comunión es que puedes perder y seguir contento. Como puedes ganar alguna vez y no por eso sentirte superior a nadie.

Me recuerda esto una anécdota que viví en el norte de Nicaragua (ya no sé si era Ocotal o Estelí) en 1980, cuando aquella magnífica campaña de alfabetización. Un chaval me explicaba entusiasmado lo bonito que iba a ser el futuro de Nicaragua y la de maravillas que iban a realizarse. De vez en cuando yo intentaba advertirle de que las cosas podrían no ser tan fáciles: EEUU tenía mucho poder, podrían sobrevenir bloqueos, la “Contra” estaba armándose, los nueve comandantes (tan unidos durante la guerra) podrían pelearse ahora… Hasta que llegó un momento en que el pobre chaval interrumpió la conversación y me dijo medio gritando “Vos sos un matizón”. Nos reímos luego y quedamos tan amigos. Pero últimamente me he acordado y preguntado qué será de él ahora que tendrá ya unos 57 años. Me gustaría mucho volver a contactar con él. Pero sería un milagro que leyera estas líneas y se acordara de la anécdota.

En cualquier caso, la sinodalidad será difícil. No esperemos de ella ventajas propias, sino más gloria de Dios

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