Sínodo 2021-2023: Por una Iglesia sinodal

Sinodalidad para sanar la parálisis eclesial 

Logotipo oficial del Sínodo 2021-2023 ‘Por una Iglesia sinodal’

 «Hay en el evangelio un relato de sanación que, si lo interpretamos desde su simbología y lo despojamos de concepciones mitológicas, puede servirnos para acoger la convocatoria del Papa para el Sínodo»                                                                                                            «Me refiero al relato del paralítico que llevaba 38 años esperando que alguien le ayudase a introducirse en el agua de la piscina (Juan 5, 1-16)» 

«Propongo utilizar su simbología para discernir sobre la ‘parálisis eclesial’ que respecto al Concilio Vaticano II hemos vivido, sentados y con los brazos cruzados la inmensa mayoría de los creyentes» 

«La convocatoria del Sínodo de los Obispos, sobre la ‘sinodalidad’ de la Iglesia, bien puede ser otra nueva oportunidad para ponerse en pie y lanzarse a las profundidades del agua que nos sana a todos» 

«En el Sínodo que se inicia tenemos una nueva oportunidad para consolidar las intuiciones y deseos de Papa Bueno (Juan XXIII) y del Concilio Vaticano II» 

«Aprovecharla nos permitirá a nosotros, mirar al futuro con la esperanza que siempre despierta la Iglesia, cuando se deja seducir por el Espíritu y la Memoria de Jesús» 

«Nos corresponde ahora (especialmente a los laicos, que son más libres y están menos apegados a tradiciones y prácticas del pasado) implicarse en el Sínodo, no solo manifestando su opinión sino haciendo valer su derecho a ser escuchados, en cada Diócesis y en la Iglesia Universal» 

26.09.2021 José María Marín Sevilla 

Hay en el evangelio un relato de sanación que, si lo interpretamos desde su simbología y lo despojamos de concepciones mitológicas sobre la actuación de Jesús, puede servirnos para acoger la convocatoria del Papa para el Sínodo

Me refiero al relato del paralítico que llevaba 38 años esperando que alguien le ayudase a introducirse en el agua de la piscina (Juan 5, 1-16). Propongo utilizar su simbología para discernir sobre la “parálisis eclesial” que respecto al Concilio Vaticano II hemos vivido, sentados y con los brazos cruzados la inmensa mayoría de los creyentes. Es fácil comprobar que el diagnóstico del Papa en su Exhortación apostólica Evangelii Gaudium acerca de la situación eclesial es real y preocupante: “Algunos se resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia paralizante… que seca el alma” (EG 81 y 207). 

«Paralizados» 

Paralítico es el que debería moverse y se queda quieto, física o interiormente. Paralítico es también aquel que se mueve dando vueltas siempre sobre sí mismo, sin proyectos ni sueños. Paralizado está también quien se niega tomar su camilla a cuestas (limitaciones, fragilidad, miedos…) y ser protagonista de su historia esperando que llegue alguien de fuera (un ángel) que resuelva los problemas. 

El símbolo del “paralizado” de Betesda puede ayudarnosa ponernos en pie y activar nuestras capacidades. Es cierto que los cambios cuestan y son lentos, pero lo que realmente importa es que lo que nosotros deseamos profundamente: ¿quieres curarte? pregunta Jesús. Importa pues, y mucho, nuestra disponibilidad a colaborar con su Espíritu vivificador, en lugar de tratar de domesticarlo y distribuirlo a capricho de quienes se consideran “divinamente autorizados” para ser sus únicos intérpretes. 

38 años «sentado» 

Toda una vida “sentado” (38 años era, efectivamente, la edad media de la esperanza de vida en aquella época). No cuesta mucho ver en esta imagen la Iglesia que el Papa pretende poner en estado de sinodalidad. No debemos olvidar que esta misma Iglesia ya recibió con fuerza extraordinaria el Espíritu para ponerse en pie, en el Concilio Vaticano II… y que, finalmente, se instaló en el inmovilismo, especialmente en Europa y los países más desarrollados. 

Recordemos solo unas palabras de aquel acontecimiento

Sobre el servicio: “No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido” (Gaudium et spes, 3). 

Sobre la jerarquía y los laicos: “Los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente consejo, encomiéndenles con confianza cargos en servicio de la Iglesia y denles libertad y oportunidad para actuar; más aún, anímenles incluso a emprender obras por propia iniciativa.” (Lumen Gentium, 37) 

Han pasado muchos años de aquellos “acuerdos” (65 años de post-Concilio) y dos o más generaciones. Produce decepción comprobar que aquella contundencia que manifestó Pablo VI al clausurar el Concilio, se ha ido diluyendo hasta extinguirse en el tiempo: “… debe considerarse nulo y sin valor… todo cuanto se haga contra estos acuerdos por cualquier individuo o cualquier autoridad, conscientemente o por ignorancia”. (Pablo VI, Breve pontificio »In Spiritu Sancto», 8 de diciembre de 1965). 

Algunos lo intentaron, muchos abandonaron, la mayoría optó por resignarse con pequeñas reformas, que cambiaron solo superficialmente a la Iglesia. Con razón podemos hablar de “invierno eclesial” (Karl Rahner). Hoy es fácil comprobar Iglesia vacías, laicos sin protagonismo alguno y las vocaciones tan escasas que amenazan la continuidad de muchas parroquias y comunidades religiosas. Lo triste es que todo esto se debe, en gran medida, al abandono de la hoja de ruta establecida por el Vaticano II. 

Aguas agitadas 

El Papa Francisco ha vuelto a remover las aguasRepite, una y otra vez, expresiones que remiten al Evangelio y al Concilio: alegría, Iglesia en salida, abierta, en diálogo, servidora, hospital de campaña, samaritana donde los pobres y los que sufren sean su preocupación preferente, con pastores que huelen a oveja, profética frente al sistema económico que mata… y sinodal. Sus palabras y sus gestos vuelven a despertar esperanza en muchos creyentes. 

La convocatoria del Sínodo de los Obispos, sobre la “sinodalidad” de la Iglesia, bien puede ser otra nueva oportunidad para ponerse en pie y lanzarse a las profundidades del agua que nos sana a todos (agua que no es otra que el mismo Jesucristo, Juan 4, 14). Francisco ha introducido cambios importantes, su Proyecto eclesial (Evangelii gaudium) parece decidido y firme. Alegra imaginar que estamos ante el principio del fin de un largo “invierno” y a las puertas de una nueva “primavera”. 

Pero ojo, no hace mucho que se celebró el Sínodo de la Amazonía. Abrió algunas puertas pero dejo cerradas otras, quizás las más necesarias, las más esperadas, las que pueden devolver la esperanza a muchos de los que desean una Iglesia distinta, cercana al pueblo y a sus necesidades, participativa, con menos normas excluyentes, ni cultos bizantinos que subrayan lo que la Iglesia no debió nunca ser: una institución de poder, autoritaria y excluyente. 

No podemos seguir vendiendo aire y humo. Creo que, en esta ocasión, es muy importante no defraudarde nuevo a los mismos: a las mujeres, a los colectivos tradicionalmente excluidos y marginados, a los laicos casados y vueltos a casar, a quienes desean y esperan sacerdotes casados y también a las mujeres que esperan con pleno derecho una verdadera e inequívoca igualdad. 

Pirámide invertida 

Con una gráfica y atrevida imagen presentaba el Papa el nuevo Sínodo: “El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio… La sinodalidad, como dimensión constitutiva de la Iglesia, nos ofrece el marco interpretativo más adecuado para comprender el mismo ministerio jerárquico… porque la Iglesia no es otra cosa que el «caminar juntos» de la grey de Dios por los senderos de la historia que sale al encuentro de Cristo el Señor… en su interior nadie puede ser «elevado» por encima de los demás.                                                                                                                                                      Al contrario, en la Iglesia es necesario que alguno «se abaje» para ponerse al servicio de los hermanos a lo largo del camino… en esta Iglesia, como en una pirámide invertida, la cima se encuentra por debajo de la base. Por eso, quienes ejercen la autoridad se llaman «ministros»: porque, según el significado originario de la palabra, son los más pequeños de todos. Cada Obispo, sirviendo al Pueblo de Dios, llega a ser para la porción de la grey que le ha sido encomendada, vicarius Christi, vicario de Jesús, quien en la Última Cena se inclinó para lavar los pies de los apóstoles (cf. Jn 13,1-15). Y, en un horizonte semejante, el mismo Sucesor de Pedro es el servus servorum Dei” (Discurso del santo padre Francisco, Aula Pablo VI, Sábado 17 de octubre de 2015 en la Conmemoración del 50 Aniversario de la institución del sínodo de los Obispos). 

Estas palabras no son una ocurrencia de Francisco, ni son sospechosas de ideología política alguna; son traducción directa de algo nuclear en el Evangelio: “Sabéis que entre los que son tenidos por gobernantes tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre vosotros; más bien, quien entre vosotros quiera llegar a ser grande que se haga vuestro servidor; y quien quiera ser el primero que se haga esclavo de todos. Pues este Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por todos” (Marcos 10, 42-45).     Cuesta entender como hemos podido llegar tan lejos. Muchos se preguntan, dentro y fuera de la Iglesia, ¿cómo hemos podido apartarnos tanto de la voluntad de Cristo? Será costoso volver a los orígenes y mantener vivo el deseo profundo del corazón de Jesús cuando dio origen a la comunidad eclesial. 

Damos por supuesto que el Papa sabe bien que, lo que expresan sus palabras, ha de traducirse inevitablemente en cambios profundos, que muchos sacerdotes y obispos desean; pero también que otros muchos, no están dispuestos a “consentir”. Damos por supuesto que el Papa está acompañado por personas de profunda fe y de su confianza… Deseamos que el sufrimiento que le provocan la oposición y las descalificaciones personales sean mitigados por la fortaleza personal que acompaña siempre a la verdadera fe y a la honestidad. 

Nos corresponde ahora (especialmente a los laicos, que son más libres y están menos apegados a tradiciones y prácticas del pasado) implicarse en el Sínodo, no solo manifestando su opinión sino haciendo valer su derecho a ser escuchados, en cada Diócesis y en la Iglesia Universal.                                                                                                            En el Sínodo que se inicia tenemos una nueva oportunidad para consolidar las intuiciones y deseos de Papa Bueno (Juan XXIII) y del Concilio Vaticano II. Aprovecharla nos permitirá a nosotros, mirar al futuro con la esperanza que siempre despierta la Iglesia, cuando se deja seducir por el Espíritu y la Memoria de Jesús.  

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