Carta de González-Faus a Ayuso

Carta de Faus a Ayuso: “Pedir perdón bien es como zurcirse bien un roto” 

Isabel Ayuso

¿Leyenda negra? Lo de leyenda no es cierto. Lo de negra resulta explicable porque es como si pretendiera “blanquear” la conquista de América del Norte por los pueblos sajones, donde también hay mucho por lo que pedir perdón. 

Carlos I, acosado por escrúpulos morales, prohibió la institución llamada “encomienda”; pero esa prohibición no se cumplió en absoluto. 

Los encomenderos “han tenido mucho cuidado y diligencia de hacerles (a los indios) sacar oro y labrar otras haciendas trabajando todo el día…, teniéndolos en mucho menos que bestias suelen ser tenidas: porque aquellas suelen ser curadas, mas ellos no”. 

“Más que de una leyenda negra, quizá tendríamos que hablar de una “leyenda blanca” que tejió el franquismo para que nos la explicaran en los colegios” 

Por | José I. González Faus teólogo 

Es curioso: cuando leí sus críticas a Francisco por el perdón pedido a los indios latinoamericanos, me quedé yo tan sorprendido como dice haberse quedado usted al oír las palabras del obispo de Roma. Prescindamos ahora de que Francisco solo pidió perdón por los pecados de la Iglesia. Pero déjeme sorprenderme por su afirmación de que los españoles llevaron a América la civilización y la libertad… 

Primero pensé que no es bueno para un personaje político como usted, aparecer como ignorante; pero enseguida comprendí que a usted le habrían enseñado en el colegio lo mismo que a mí: la conquista de América fue ¡una maravilla calumniada por la leyenda negra! Vamos a ver pues. 

Lo de leyenda no es cierto; es simplemente historia. Lo de negra resulta explicable porque es como si pretendiera “blanquear” la conquista de América del Norte por los pueblos sajones, donde también hay mucho por lo que pedir perdón. De hecho, hubo bastante mestizaje en el sur y nada en el norte. Y en el sur se han conservado muchas lenguas indígenas, casi desaparecidas en el norte: hace pocos años un compañero mexicano aún me enseñaba, entre orgulloso y contento, una traducción de la Biblia al náhuatl. 

También parece cierto que el emperador Carlos I, acosado por escrúpulos morales, prohibió la institución llamada “encomienda”; pero esa prohibición no se cumplió en absoluto: ¡demasiado lejos estaba la autoridad para que pudiera controlar esas cosas! 

Pero reconocer lo positivo no implica desconocer todo lo negativo, que fue mucho. Podrá usted comprender fácilmente que la gente que se embarcaba a la América recién descubierta no iba para “civilizar y evangelizar”, sino para hacer fortuna. Varios hermanos de Teresa de Ávila fueron a América y alguno debió hacer bastante dinero pues la ayudó mucho en la construcción de un carmelo. Es también probable que algún famoso como Hernán Cortés fuera más noble y respetable que otros conquistadores y sus subordinados. Pero ya sabemos que una golondrina no hace verano. 

Y tenemos además multitud de testimonios estremecedores. Yo le recomendaría el libro de Gustavo GutiérrezEn busca de los pobres de Jesucristo. Pero como no creo que tenga tiempo para leerlo (es larguito), le puedo poner algunos ejemplos rápidos para concluir. 

Si va usted a República Dominicana podrá ver casi nada más aterrizar, un mural con el famoso sermón del dominico Montesinos (un domingo de diciembre del 1511) dirigido a la población española de la isla: “Todos estáis en pecado mortal por la crueldad con que tratáis a estas gentes. ¿Es que no son hombres? ¿Es que no lo veis? ¿Cómo podéis estar en la profundidad de sueño tan letárgico dormidos?”… Y lo peor no fue el sermón, sino el resultado que tuvo: aquella comunidad de dominicos acabó disuelta y regresando a España. 

Del indio peruano Guamán Poma, ferviente cristiano, se conserva una carta a Felipe III denunciando la situación de despojo y violencia en que vivían sus hermanos. Allí explica que los encomenderos “han tenido mucho cuidado y diligencia de hacerles (a los indios) sacar oro y labrar otras haciendas trabajando todo el día…, teniéndolos en mucho menos que bestias suelen ser tenidas: porque aquellas suelen ser curadas, mas ellos no”. 

Hacia 1550, Domingo de santo Tomás, obispo de La Plata, escribe: “Hará cuatro años que, para acabarse de perder esta tierra, se descubrió una boca del infierno por la cual entra cada año gran cantidad de gente, que la codicia de los españoles sacrifica asu dios: y es una mina de plata que se llama Potosí”. 

Se conservan cartas al rey de España de otros obispos, con explicaciones como éstas de Tomás de Toro obispo de Cartagena de indias: “Por donde quiera que van [los españoles] ensangrientan sus manos matando indios, porque no les dicen dónde hallarán oro: que éste es su apellido y no el de Dios”. O como esta otra del obispo de Popayán en 1567: “Es tanta la miseria de estos naturales que… no tienen posibilidad para dar una tortilla de maíz… La doctrina que les enseñan es con la boca el Padrenuestro y, con sus obras, fornicar y adulterar y tomarles sus hijas y aun mujeres”. 

Pero al rey le llegaban también otras cartas, como una de 1541, contra un colegio abierto en Tlatelolco por Juan de Zumárraga, donde se decía textualmente de los indios: “la doctrina es bueno que la sepan; pero el leer y escribir es muy dañoso como el diablo”. No extrañara pues que alguno de estos denunciadores acabara mártir como Antonio de Valdivieso en Nicaragua (donde por lo visto, los somozas y los ortegas no son cosa solo de hoy). 

Como podrá usted ver, todas esas denuncias son significativas y serias: y más que de una leyenda negra, quizá tendríamos que hablar de una “leyenda blanca” que tejió el franquismo para que nos la explicaran en los colegios. De niño también me enseñaron a cantar: “voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”. Luego aprendí que por rutas imperiales solo se camina hacia Moloch y que a Dios solo se va por rutas de sobriedad y solidaridad. 

Mire cómo debían estar de mal las cosas que el gran Bartolomé de Las Casas cometió el inmenso error de decir que trajeran negros de África como única forma de aliviar la esclavitud de los indígenas. Un disparate tan increíble solo puede decirse desde la desesperación. 

Así que, mi querida señora Isabel, hay motivos suficientes para que el papa pida perdón. Otra cosa es si es el único que debe pedirlo. Y dejando ahora a las iglesias de origen sajón, le explico que hace poco escribí una de estas “cartas” mías al presidente de México explicándole que, luego de la independencia, los responsables de la opresión de los indios ya no fueron los españoles sino los criollos (descendientes de hispanos pero nativos latinoamericanos). 

Y que así como la revolución francesa, con sus bellas palabras, fue solo una revolución de la burguesía para librarse del rey, pero seguir oprimiendo a la naciente clase obrera, la independencia de los países latinoamericanos fue solo para liberarse del rey de España, pero seguir oprimiendo a los indios. Por eso no estaría nada mal, si el señor López Obrador y algún otro presidente hicieran otra petición de perdón por cómo trataron a los indígenas su tatarabuelos criollos (quizá también con excepciones admirables e impotentes como la de Simón Bolívar). 

Pero temo que esto no se hará. Lástima: porque pedir perdón bien es como zurcirse bien un roto. 

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