EL ‘CASO NOVELL’ Y LOS OBISPOS QUE LA IGLESIA NECESITA

 

Leo en la prensa ya hace días la renuncia reciente del obispo de Solsona. Sin tardanza alguna, empiezan a aparecen conjeturas sobre cual habrá sido la causa de que una persona de 52 años que fue nombrado a los 41, el obispo más joven de España, con una prometedora carrera eclesiástica, haya presentado su renuncia. 

¿Será enfermedad? Pronto parece descartarse. De algún lado se presumen presiones de la propia CEE por su nacionalismo catalán exacerbado. De otros, coerciones de los colectivos LGTBIQ por su homofobia manifiesta, que le lleva a organizar cursos de rehabilitación para personas gays. Hay quien también opina que la causa es que el obispo Omella y el Papa no le quieren por sus posiciones alejadas de Amoris Laetitia en lo que a cuestiones morales ligadas a la sexualidad se refiere. Muchos, con un conocimiento más próximo de la persona, dicen que tiene una personalidad inestable y que desde que le conocen ha manifestado importantes desequilibrios psicológicos. Y, ya, definitivamente, queda para todos su explicación, su propia palabra.  Dice que lo que le hace presentar su renuncia, es que “se ha enamorado de una mujer” y “que quiere hacer las cosas bien”. 

Revuelo generalizado. Ahora gran parte de las miradas cambian de objetivo y se dirigen hacia la ley de celibato obligatorio para los presbíteros. Quieren encontrar aquí causas de esta dimisión,  hacer reflexiones o sacar conclusiones en torno al debate sobre el celibato, a favor o en contra de la elección libre de estado de vida. Hay quien le da por endemoniado. La verdad, carezco de experiencia para juzgar sobre ese tema. Pienso que lo que están haciendo muchos otros obispos a los que ahora recuerdo, en sus diócesis (aunque no se hayan unido a una mujer) no parece obra de Dios y si sucumbir a distintas tentaciones, pero ya lo de la posesión satánica me queda un poco grande. Me abstengo de opinar. 

Para nada juzgo a la persona ni sus motivaciones personales de renunciar al ministerio episcopal. No lo haría ni siquiera si la conociera, cuanto más sin conocerlo. Y me parece absolutamente respetable con quien quiere cada cual unir su vida, así que lejos de mi opinar sobre su pareja. Pero si puedo analizar lo que he visto de su ministerio como obispo, que no es el único que cuestiono, por cierto. 

Cuando ha surgido este caso, que muchos abordan desde el morbo o desde un enfoque muy centrado en la sexualidad, para mí las reflexiones son otras y giran en torno al ministerio del obispo y a su misión: ¿Qué se les debería exigir a los obispos, mucho más allá de que sean célibes? Reflexionemos sobre su misión. 

Un obispo debe ser un hombre de hondas convicciones cristianas, una persona de oración e interioridad, alguien que se sabe limitado y pecador, que a diario es transformado por la oración y que quiere dejarse guiar por el Espíritu, que nos hace libres. Para esto se necesita formar personas de profunda espiritualidad conectada a las realidades concretas. 

En la actualidad, un obispo en la Iglesia Católica es un pastor de comunidades, cada una dentro de sí diversa y diversas, también, plurales entre ellas. Por lo tanto debería de cumplir un papel de mediación, de ayudar a unir a las comunidades, más allá de sus legítimas diferencias. Independientemente de su opinión, también legítima y razonable, como ciudadano sobre algún tema, no debe ser un ideólogo que se posicione radicalmente a favor de unas tesis, marginando y confrontando a quienes piensan diferente. Para esto se necesita personas que saben tender puentes y poner la mirada en un punto más allá del conflicto, allí donde las diferencias pueden unirse en intereses comunes. Y que todos se sientan queridos y acogidos en sus diversidades. 

Un obispo debe cuidar y acoger a todos los presbíteros de su diócesis, independientemente de sus simpatías o antipatías y debe de cuidar del equilibrio emocional de todos ellos, acompañarles en sus crisis y felicitarles por sus esfuerzos pastorales, contribuyendo a su formación. Para esto se necesitan personas equilibradas emocionalmente, sin filias, ni fobias, que sean capaces de amar en profundidad y de no juzgar a las personas, sino ver las situaciones por las que atraviesan y procurar ayudarles en lo posible. 

Un obispo no puede tolerar en su diócesis, si los conoce, casos de corrupción ni de abuso de cualquier tipo, sea de tipo sexual, de poder o de conciencia. Evidentemente, mucho menos protagonizarlos él mismo. Por lo tanto, el obispo tiene que ser un ejemplo de desapego de las riquezas y de los poderes mundanos, de renuncia a cualquier tipo de privilegios y ser una persona humilde que sabe relacionarse con las personas más sencillas, sin dejar por eso de ser profundo. Alguien que sabe comunicar con todos, porque sabe escuchar en profundidad, e incluso es evangelizado por los sencillos y desprovistos de poder. 

Un obispo católico postconciliar tiene que estar hoy en el seguimiento el Evangelio, del desarrollo del Vaticano II y en la línea de las últimas encíclicas del papa Francisco: Fratelli Tutti, Amoris Laetitia, Laudato Si… Por lo tanto, debe ser alguien profundamente convencido y poseído por la Misericordia, por el amor fraterno y sororal, alguien que valore profundamente a cualquier ser humano, independientemente de su género, orientación sexual, situación social o procedencia geográfica, étnica y religiosa. Es preciso que esté firmemente comprometido con la Paz, la Justicia y el cuidado de todo lo Creado, poniendo la vida a su servicio. Y nunca debe descuidar su formación continua. Formación y oración se complementan. 

Un obispo hoy tiene que llevar la sinodalidad en la entraña, tiene que saber que todos y todas hemos de caminar juntos, pensando, orando y decidiendo  y que el Espíritu sopla sobre todo el Pueblo de Dios, independientemente de su sexo, ministerio o función en la Iglesia. Y, al mismo tiempo valorar y comprometerse con el diálogo entre los cristianos como mandato de Cristo, e interreligioso como único camino posible hacia la Paz. 

Sin idealismos: obispos, presbíteros o laicos, nadie podemos cumplir al cien por cien, porque somos pecadores, pero todos podemos cada día buscar la conversión y tender hacia lo que se nos pide como cristianos en nuestros ministerios, tratando de hacer el mayor bien posible. 

Y en un lugar secundario, fruto de una ley medieval, hoy por hoy, en la Iglesia Católica Romana, un obispo tiene que ser célibe. Esto podría cambiar en un futuro, como ocurre en otra Iglesias cristianas. Los puntos anteriores, no. Y sea célibe o casado (como en otras confesiones cristianas sucede, sin consecuencias terribles)  lo que si tendrá es que tener su afectividad bien resuelta y una personalidad equilibrada para poder cumplir su misión con dignidad y respeto a sí mismo y a los demás. Ni más ni menos debería ocurrir con los presbíteros en sus respectivas comunidades, a pequeña escala. Porque de estos presbíteros, además, saldrán los futuros obispos. 

Si coincidimos en esa definición de su misión, que aún se podría completar, deberíamos estar muy preocupados por la cantidad de obispos actuales en la Iglesia (incluido el que ha renunciado recientemente) que se alejan de los principales requisitos para la misma.  Y una preocupación grande a nivel eclesial sería la de cómo hacer para que esto cambie en el futuro, porque la situación actual a nivel sistémico, con buenas y abundantes excepciones en las personas concretas, es fruto de una desviación de siglos en la Iglesia que la aleja del Evangelio y debe cambiar. 

Sin embargo, lo que atrae ahora la mayoría de las miradas y hace olvidar a muchos lo realmente importante, es que el obispo Novell haya decidido casarse. Y se remueve –creo que desacertadamente-  el tema del celibato. Desde mi punto de vista, en el caso del obispo dimisionario de Solsona no viene a cuento hablar del celibato opcional o de si podría haber en un futuro obispos casados. 

Una de las razones es la siguiente: dentro de los presbíteros que en un momento se casan  hay que distinguir entre aquellos que o bien por dudas de fe, o bien porque ya no ven sentido a su ministerio solicitan la dispensa y pasar al estado laical, o incluso se alejan totalmente de la Iglesia; y aquellos otros que desearían continuar en su ministerio,  apoyados por sus comunidades y, por la disciplina actual de la Iglesia, se ven obligados a abandonarlo. Novell, sin duda, pertenece al primer grupo. Por lo tanto, no nos lleva desde su caso a un debate sobre el celibato opcional dentro del ministerio ordenado. Por el mismo motivo tampoco entra su caso en la reflexión sobre dos tipos de presbiterado, célibe y no célibe, cada vez más reflexionado y considerado en la Iglesia. 

Algunos, ya se está viendo, querrán atribuir desequilibrios emocionales a este ex obispo por causa del celibato obligatorio; otros verán la oportunidad de condenar para siempre el que haya presbíteros casados (porque a ver con quien se unen y cómo afecta eso a la comunidades y a la Iglesia en su conjunto). Pienso que debemos alejarnos de ambas posiciones ideológicas cerradas. No me cabe duda, por actuaciones públicas, del desequilibrio emocional y afectivo de Novell. Pero, ni creo que tenga que ver directamente con su celibato, ni ahora con su decisión de vivir con una mujer. Creo que es algo más complejo y de origen bastante anterior. Tal vez pueda superarlo en su nueva vida. Existen terapias muy eficaces, una vez que reconocemos nuestros problemas y pedimos ayuda. 

Creo  que si la selección y formación de los presbíteros fuera la adecuada, inserta en sus realidades, cuidando su equilibrio psicológico, con una visión positiva de la sexualidad;  si se practicara la sinodalidad en la Iglesia y se enseñara a comunicar escuchando, respetando como iguales en Cristo al laicado y a las mujeres, si se cultivara una espiritualidad profunda vinculada a los consejos evangélicos (ninguno de los cuales es el celibato) sino que son la pobreza, la castidad y la obediencia; si los presbíteros fueran mediadores, signo de unidad y comunión profunda en sus comunidades (especialmente en contextos de controversias que quiebran la convivencia)  y fueran también ejemplo de libertad evangélica, que no quiere para sí honores, poder mundano o privilegios, un tema de segunda línea sería si pueden  casarse o no. O mejor, aún, si pueden coexistir dos formas presbiterales, unos célibes por vocación no ligada al poder y otros casados, insertos y queridos por sus comunidades, con mujeres que aceptan, respetan y pueden integrar en su vida de pareja  amorosamente su ministerio. 

No, desde mi punto de vista la decisión del obispo Novell, ni es un alegato a favor del celibato opcional, ni una argumentación en pro del celibato obligatorio. Es la consecuencia lógica y deseable de una trayectoria ministerial que nunca debió ser. Dicho esto con todos los respetos y amorosos deseos hacia su persona y hacia su futuro, puesta la confianza en el Dios Padre y Madre de todos nosotros. Y ojalá algunos otros obispos en todo el mundo, haciendo examen de conciencia, siguieran su camino (no necesariamente de vincularse a una mujer) sino de convertirse al Espíritu, o- con humildad- renunciar, sencillamente porque – tal como funcionan ahora- no son los obispos que una Iglesia sinodal, renovada a la luz del Espíritu, necesita. 

Y mirando hacia el futuro, el auténtico cambio,  la renovación necesaria, tiene que empezar en la selección, formación continua de los presbíteros y acompañamiento psicológico, con una visión positiva y respetuosa de la sexualidad;  y en el  acompañamiento y formación continua de las comunidades cristianas a cuyo servicio están, para hacer de verdad comunidades vivas y corresponsables que saben caminar juntos en el espíritu del Evangelio y no toleran ningún tipo de abusos. 

Emilia Robles 

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