La política desde el Evangelio

Gabriel María Otalora

Hay que ver lo que ha menguado el gusto por la política entendida como construcción del bien común de personas concretas, sus necesidades y sus derechos individuales y colectivos… El desprestigio de los políticos viene cuando se hurta el debate de las ideas mientras se refuerza el Estado-aparato -o las estructuras europeas- en detrimento del Estado-social.

Ya no hay ciudadanos sino “clientes”, en expresión de J. Habermas. No obstante, la política es necesaria y tiene que ver con la vida buena (ética) y el esfuerzo por mejorar la existencia de las personas. El Estado y la política detentan su poder legítimo en razón de los fines; y esos fines exigibles se resumen en el bien común de los ciudadanos como ya lo entendían en los tiempos de Atenas y Roma, aunque de una manera imperfecta.

La libertad abanderada por todos está en peligro por el exceso de pragmatismo materialista y codicioso que minimiza todo lo demás, incluidas las personas, haciendo inevitable el eclipse de tanta buena labor realizada por muchos políticos a pie de calle que trabajan de verdad por el bien común.

La política tiene que ponerse a la escucha del sufrimiento humano para ser algo más que la mera administración de servicios. Las “soluciones” que proponen desde el G 8 y sus satélites ante tanto sufrimiento evitable, son puro cinismo. A Jesucristo le mataron por reivindicar un comportamiento justo y humano a los dirigentes de entonces. En realidad se metió de lleno en política por amor al cuestionar aquella injusticia estructural cívico-religiosa. Su ejemplo desestabilizaba la hipocresía que justificaba una realidad ajena al Reino de Dios. Este era su fatum. Y por la amenaza de este Mensaje fraterno a sus intereses, los romanos persiguieron con dureza a los seguidores cristianos que reivindicaban con el ejemplo otra estructura social y religiosa más coherente y solidaria. Habría que preguntarse si todos los seguidores de Cristo somos un ejemplo o un problema para la Buena Noticia.

Porque ante ciertas cuestiones como los derechos fundamentales y básicos no cabe neutralidad. Ahí tenemos Afganistán, la realidad africana, la inmigración galopante, los millones de refugiados en Turquía retenidos previo pago de la Unión Europea, la gestión de las vacunas en los países pobres, los dolores de tantos que nos rodean… Jesús se encontró una sociedad muy injusta que jamás bendijo; vivió para acoger a las víctimas que sufrían leyes injustas, muchas de ellas con el marchamo religioso. Y con su actitud (el cómo) y sus obras (el qué) mostró el camino ante cualquier situación de fragilidad y necesidad de quien se encuentre en apuros, incluidos los enemigos. Solo de esta manera, todas las personas pueden llegar a ser su mejor versión. El mensaje de apostar por ese amor radical como el plan de Dios con todos le costó la vida.

Reducir lo político al profesional de la cosa pública entre partidos, de derechas o de izquierdas, es lo que quieren algunos. Pero Greenpeace y Médicos sin Fronteras hacen política; Teresa de Calcuta hizo excelente política reduciendo el número de moribundos y consolando amorosamente a los más parias hasta el final. El presidente de la patronal y el presidente del Banco Mundial también hacen política… Y claro que Jesús de Nazaret hizo política defendiendo la dignidad de cada ser humano en concreto; eso sí, siempre por amor mostrando con hechos el verdadero corazón de Dios.

Como dijo el que fuera general de los jesuitas, P. H. Kolvenbach, si política significa acción por el bien de la ciudad, la lucha por la justicia es inevitablemente política; y el compromiso con un partido político solo es una parte del todo. Con los textos políticos esenciales en una mano y el Evangelio en la otra, “los nuestros” deberían coincidir en mostrarse de parte de la libertad con responsabilidad y la justicia para las víctimas a las que les falta lo más necesario, olvidadas por casi todos. Leyendo el Evangelio, veo que somos muchos los que nos dejamos llevar por la costumbre de lo establecido, aunque abunde cerca nuestro necesitados de tantas, cosas no solo materiales (compañía, escucha, consuelo, comprensión…).

Estamos asustados viendo un mundo tan loco, pero el mensaje de Jesús nos apremia a no estar paralizados. Las obras son amores, cada uno en su medio, por más que algunos traten su Mensaje como una justificación y no como un reto -sociopolítico en el sentido de transformador.

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